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Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO III
EL DISTRITO PARROQUIAL
Destino de la Sangre
Ahora que tenemos el prodigio de la ciudad y que
el paisaje tan fácilmente se ha confundido con su aspiración urbana, no somos siquiera
capaces de reconstruír aquel contorno en el cual se movieron los expedicionarios. Nos
hemos vuelto demasiado citadinos, para comprender ese mundo incitante. Para que algo
naciera se necesitaba rendir la selva y su misterio. Enredados entre malezas malignas y
árboles gigantescos, desafiaban la inclemencia del miasma y la acechanza del ofidio y del
tigre. Esa no fue una dulce aventura. Fue una batalla que solo podían realizar
individualidades fuertes; hombres que sentían la plenitud de su dictado en la punta del
machete. Apenas quienes tenían el ánimo de triunfar y de imponer su estirpe, podían
exponerse a esos rigores crueles. Si la fantasía fuera capaz de volver hacia atrás,
retrocedería con espanto y asombro ante un panorama tan duro y estrecho; tan desolado en
su inmensidad. Tan cruel en su falta de conjunción con la aspiración interior. Lo
primero que tuvieron que someter fue el propio escenario que escogieron. Esos eran
labradores, que sabían que el éxito no se entrega sino en densas contiendas, en las
cuales el concepto varonil hace resplandecer su resolución y su mandato.
En medio de una modesta abra que
donó generosamente Manuel María Grisales, comienza el lento aparecer de la aldea. Todo
se realizaba por medio de acciones conjuntas, destacando nuevamente el perfil colectivo de
la empresa. Nadie se sentía estrecho en el concepto de lo mío o lo
tuyo. Pues allí, en lo que llamaron Comunidad, el primer
derrotado fue el individualismo. Antes que los bosques cedieran al hacha y que la manigua
fuera entregando su imperio hosco, lo que primero desapareció fue el criterio cerrado de
que solo, en su soledad, el sér puede cumplir su destino. Por ello todo va de brazo del
convite esa típica institución, que revive cuando se siente el principio de
la solidaridad nacional.
Las casuchas van aumentando. Ya hay
vislumbres de villa. Hay un nuevo aspecto que se va volviendo engreído a medida que sus
dimensiones van ampliándose. Las casas se van levantando en modesta y rústica
arquitectura. Están edificadas con elementos
simples. La guadua y la paja
maciega se incorporan al ritmo arquitectónico de nuestros villorrios. Allí su aplicación es extensa y permanente. Así principia la guadua a ser elemento de dócil
manejo para el embellecimiento. Ese bambú,
que tiene tanto aspecto decorativo, fue uno de los primeros compañeros en los días
iniciales. A él debemos la primitiva
estabilidad de las habitaciones. Porque les
fue dando empuje. Sirvió para el bohío. Para amparar el predio, en las cercas medianeras. Su raíz consintió que se trabajasen los primeros
asientos montañeros. Con su clásica esterilla se labró el lecho rústico y la cuna para
el hijo presentido. Por sus tubos o por la
canoa dócil, corrió el agua hasta la casa campesina a amparar la labor cotidiana y a
permitir que la mujer le diese brillo y blancura a las modestas prendas del labriego. Se ha llegado a saber que su pulpa interior sirve
para el establecimiento de fábricas de papel, incorporándose así al ritmo industrial de
este tiempo. Y, por último, también se puede
fabricar con ella la barbacoa, que se utiliza para la conducción de heridos y
difuntos, desde la vereda hasta el pueblo cercano. Es,
por lo tanto indispensable en todos los usos. Desde
el nacimiento hasta la muerte, ayuda a la existencia rural en todas sus manifestaciones. Se podría escribir, siguiendo la historia de
nuestros municipios, un capítulo sociológico acerca de lo que podría llamarse la
civilización de la guadua.
Cuando, con la colaboración de tal
elemento, toma un aspecto formal de la aldea con su plaza, su espadaña y sus
calles- entonces Marcelino Palacio y sus compañeros resuelven pedir a la Cámara
Provincial de Antioquia la fundación del Distrito Parroquial. Iniciaron gestiones;
recomendaciones al diputado regional; debates amables en torno al nombre definitivo.
Finalmente el pedagogo don Mariano Ospina Delgado presentó el proyecto. Con fecha 1 de
octubre de 1848 fue aprobada la ordenanza. Sancionó la disposición el Gobernador Jorge
Gutiérrez de Lara. Desde entonces ha existido un compromiso de superación, que se ha
vuelto mandato de la sangre de todo manizaleño. Y quien allí llega se vincula con
extraordinaria fuerza a su porvenir.
Pero ahora mismo que se celebra su primer
centenario vuelve a la inteligencia la disputa acerca del día que debe aceptarse como
definitivo. El académico Enrique Otero DCosta, a quien Manizales debe tanto en la
concentración de sus datos históricos, tiene un estudio erudito en el cual plantea los
interrogantes esenciales acerca de esta discusión. Solo resumiendo su mensaje se puede
encontrar claridad.
El hace referencia a que don Manuel María
Grisales declara que debió ser por los años de 1846. Y que el mismo fundador
en otro de sus apuntes dice que las primeras casucas se construyeron en lo que hoy
es la Plaza de Bolívar en 1848.
Luego cita a Federico Velásquez C., quien
en 1880 declara que tuvo lugar en septiembre de 1848. Don José M. Restrepo Maya, en sus
Apuntes para la Historia de Manizales afirma que la limpia del sitio donde hoy
está la ciudad se principió a mediados de 1848. Igualmente recoge Otero las
declaraciones de don Alejandro Echeverri, quien advierte que ha debido ocurrir en 1848.
En función de su tema, Otero DCosta
hace remembranza de que el 16 de septiembre de 1849 se llevó la iniciativa a la Asamblea
de Antioquia. Que salió avante el primero de octubre. Y que finalmente fue sancionada el
12 del mismo mes y año. Y termina su estudio: Como conclusión nos aventuramos a
insinuar que, no habiendo bases incontrovertibles para fijar la fundación de la ciudad
durante el ciclo de los primeros trabajos de población, y existiendo una que pudiéramos
llamar Acta de Fundación, la cual no es otra que la Ordenanza de la Cámara Provincial de
Antioquia, debería se guardar la fecha en que ella se sancionó como la del nacimiento de
la ciudad. Esta fecha, que es el 12 de octubre, resulta en extremo simpática porque
concuerda con la de la Fiesta de la Raza. A iguales conclusiones llevan las páginas
de don Luis Londoño.
* * *
La situación de Antioquia, heredada de la
Colonia, tenía a sus habitantes en condiciones muy precarias. La agricultura se había
quedado al margen, olvidando su importancia, pues el conquistador no sabía si se adaptaba
y no tenía decidido si le interesaba una organización económica estable. En el caso
español la cosa fue bastante clara desde el principio. No podemos olvidar además la
anotación de Ots Capdequi de que los aristócratas en ningún momento permitieron el
viaje de los labriegos. Además, contribuía a la urgencia de avanzar hacia otras
latitudes el fenómeno de lo rojizo de la tierra, donde la capa vegetal no permitía
encontrar suficiente compensación al trabajo. Y no es menos grave el aspecto de la
concentración de la propiedad, que estaba en manos de unos pocos. Para recordar un caso,
bastaría saber que don Antonio de Quintana era titular de lo que actualmente son los
municipios de Carolina, Angostura, parte de Yarumal y de Santa Rosa de Osos. No es tampoco
desconocida la situación de las personas paupérrimas de Antioquia en tales días.
Francamente era ignominiosa: Eran los que conducían en sus espaldas los
tercios. Lo único positivo es que la colonización de Caldas tiene un solo
significado: El combate de quienes no tenían parcela contra los titulares de grandes
extensiones incultas.
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Claro que ello no implica que en el tipo
caldense solo haya prevalecido el antioqueño. Lógicamente que su sangre en un gran
porcentaje allí fecundé. En los estudios antropogeográficos de don Ramón Franco, se
sintetizan sus modalidades de la siguiente manera: Grupo: antioqueño; elemento
racial predominante: triétnico; economía preponderante: industrial y agro-minera;
tendencia social: colectivismo, propensión al socialismo de Estado; rasgos psicológicos:
audacia, mercantilismo, civilista y empresario. Comprende este conglomerado la población
de Antioquia y Caldas. No son, sin embargo el antioqueño y el caldense exactamente iguales, ni forman las dos familias un
bloque racial unitario. Apenas se aproximan. El caldense es producto de la fusión
de tres regiones disímiles cercenadas a Antioquia, Cauca y Tolima, con sus núcleos de
población inicial y aunque en él predomina la herencia antioqueña con sus atributos
específicos, exhibe también sus características diferenciales que la apartan de las
cepas originarias.
Después de escuchar estas reflexiones de un
observador sagaz, comprendemos que muchas de las características nuestras, obedecen a esa
sucesión, visible siempre en la organización familiar, económica, social. De allí que
el sentido que le hemos dado a estas páginas no tenga ninguna exageración si recordamos
que la necesidad de poseer el agro es otro de los rasgos primordiales de esa raza. Es,
pues, natural que se hubiese desplazado hacia la instauración de ciudades como Manizales,
las cuales emergieron como la necesidad del establecimiento de una colonia
agrícola.
James J. Parsons, en su importante obra
La Colonización Antioqueña en el Occidente de Colombia traducida por
el doctor Emilio Robledo, con lo cual agrega este un nuevo servicio a la inteligencia
nacional sostiene que la preponderancia de la sangre mezclada está en
flagrante contradicción con la aserción de que Antioquia es una provincia de blancos. En
el nuevo departamento antioqueño de Caldas, ambos censos, el de 1912 y 1918, muestran una
preponderancia de mestizos y de mulatos. Todo esto nos está advirtiendo cómo se
fueron realizando los cruces para llegar hasta el tipo actual.
Ya hemos advertido que el fervor más
ahincado en el antioqueño es la tierra. Su posesión. La vinculación de su diaria tarea
a ella y a su engrandecimiento. De allí que principiara como una asociación rural. El
caldense, obedeciendo ese mandato que viene desde origen más remoto, aceptará en el
transcurso de su discurrir esa necesidad de vincularse al progreso agrícola. De
estimularlo. Ya veremos cómo la familia se vuelve un núcleo esencial en la base de su
economía. Y cómo cada uno, en una conjunción extraordinaria, cumple un mandato lógico
que se prolonga a través de abuelos, padres, hijos, hermanos. Esto lo podríamos explicar
más exactamente apelando a una cita de Spengler, que resume el proceso en forma tan clara
y elocuente: El hombre primitivo es un animal errante, una existencia cuya
vigilia anda a tientas por la vida; es todo microcosmos, sin patria, sin solar, provisto
de agudísimos y medrosos sentidos, siempre pendiente de arrebatar alguna ventaja a la
naturaleza hostil. Un cambio profundo comienza al iniciarse la agricultura, actividad artificial
completamente ajena a los cazadores y a los pastores. El que cava y cultiva la tierra no
pretende saquear la naturaleza, sino cambiarla. Plantar no significa tomar algo,
sino producir algo. Pero al hacer esto, el hombre mismo se torna planta, es
decir, aldeano, arraigado en el suelo cultivado. El alma del hombre descubre un alma en el
paisaje que le rodea. Anúnciase entonces un nuevo ligamento de la existencia, una
sensibilidad nueva. La hostil naturaleza se convierte en amiga. La tierra es ahora ya la madre
tierra. Anúdase una relación profunda entre la siembra y la concepción, entre la
cosecha y la muerte,
entre el niño y el grano. Una nueva religiosidad se aplica
en los cultos católicos a la tierra fructífera que crece con el hombre. Y
como expresión perfecta de este sentimiento vital surge por doquiera la figura
simbólica de la casa
labradora, que en la disposición de sus estancias y en
los rasgos de su forma exterior nos habla de la sangre que corre por las venas de sus
habitantes. La casa aldeana es el gran símbolo del sedentarismo.
Es una planta. Empuja sus raíces hondamente en el
suelo propio. Es propiedad en el sentido más sagrado. Los buenos
espíritus del hogar y de la puerta, del solar y de las estancias, Vesta, Janus, Los Lares
y Penates, tienen su domicilio fijo, como el hombre mismo.
Así nos explicamos la devota querencia por
el caserío.
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