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Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO
XII
LAS CONSTITUCIONES
El Paso de las Guerras Civiles
Algunos
alegan que en la fundación de Manizales, tuvo viva importancia el factor de su posición
guerrera. La época estaba signada por lo bélico. La desorganización nacional o mejor su
tendencia a un amalgamiento de todo su sistema, llevaba a una continua agitación militar.
La ausencia de estabilidad en los cánones ideológicos, favorecía una continua
insurgencia de generales. La incomodidad social y la desigualdad económica, facilitaban
los afanes de conquista. Por todo se peleaba: por los enunciados constitucionales, por la
esclavitud, por la religión y sus levitas, por el federalismo. Había aún un fermento
que era la secuela natural de las batallas de la independencia, donde, en varias
oportunidades, el criterio del más guapo se había entronizado. Las guerras, que
produjeron muchos males, ayudaron a una mayor compenetración de los distintos sectores, y
fueron empujando contingentes humanos de una provincia a otra precipitando, en esta forma,
la amalgama nacional.
En ese período era imposible que alguna aldea,
por modesta que fuese, se mantuviera alejada de las permanentes rencillas. Manizales, que
solo era un caserío, se vio envuelta en todas las contiendas de su tiempo. Era natural
que ello sucediese así, si observamos, además, que la habían establecido en punto
estratégico, que, a la vez, era sitio de tránsito obligado entre el Cauca Grande y
Antioquia. Por ello esta última siempre apelaría a este Gibraltar
antioqueño, como alguien que conocía de estos achaques resolvió bautizar a
Manizales, augurándole mucha influencia en la vida política colombiana. Pero nunca los
efectos fueron tremendos impactos en su progreso. Allí se concentró el
aprovisionamiento, adquiriendo con ello amplias ventajas. Es natural que el paso de las
tropas siempre crea situaciones incómodas. Manizales las padeció con tremenda angustia y
expectativa.
La primera observación que nosotros podemos
hacer es aquella de que la guerra de 1840, que tuvo tan singular relieve en Salamina,
ayudó a una inmigración poderosa hacia el Sur de Antioquia. El drama de ese momento fue
torturante, pues los odios y las represiones se hicieron sentir con saña cruel.
Naturalmente que esta hecatombe no alcanzó a incidir sobre la vida manizaleña. Pero los
efectos de tal movimiento fueron de una brutalidad que aún sorprende por los hechos
incómodos y bárbaros que produjo.
En 1851, época de la libertad de los
esclavos, que tan hondamente repercutió en la economía colombiana, reaccionarios y
capitalistas se levantaron contra el gobierno y su lógica medida. En Antioquia además de
la defensa del esclavismo, la guerra se encendió cuando se dividió el estado
en tres provincias para fines electorales. Manizales tuvo entonces en sus calles las
contiendas civiles. No alcanzó ninguna alteración fundamental su organización, y
además no existían focos de esclavos, que hubiesen comprometido la comarca en la
campaña. No tenía contactos con los grupos fuertes, que se empeñaban en conservar su
privilegio contra las razones vitales que hacía triunfar la medida.
En 1854 cuando la acción contra la
dictadura de Melo, Manizales tuvo participación activa, pero menor, en el movimiento.
Hubo algunos modestos cambios de batallones, entre ellos el de Salamina, que
aprovechó el caserío para aprovisionarse y efectuar un reclutamiento. Esos episodios y
causas de esta dictadura no se han estudiado con comprensión y sagacidad intelectuales.
Solo Antonio García, en su libro La Democracia en la Teoría y en la
Práctica, da una explicación de tal hecho. La actitud mental y espiritual de
rechazar todo intento dictatorial, no nos impide volver sobre las razones que informaron
dicho golpe de estado. Este se produjo impulsado Melo por las Sociedades
democráticas que en esa época tenían una fuerte ingerencia en la vida política.
Y conducía a cumplir la totalidad del programa que se había esbozado por la generación
del 48, de lo cual ya tuvimos oportunidad de hablar en otro capítulo. De suerte que en
aquel episodio histórico, jugaron hondas causas sociales, económicas y políticas. La
tendencia de Melo hacia la tiranía nos hace desechable su intento, pero no fue un simple
capricho personal, sino un estado colectivo-social, que lo empujó hasta semejante
aspiración. Parece establecido que no tuvo el valor ni siquiera la comprensión del
destino que le habían puesto gentes revolucionarias en sus manos.
Pero hay dos acontecimientos que tienen
vital resonancia en la vida de Manizales. Son ellos las guerras de 1860 y de 1876, que
tuvieron actos culminantes en la aldea incipiente. Y el alcance de ellos, radica, en sus
ulteriores desarrollos, en el pensamiento político colombiano. Lo que une
indefectiblemente a Manizales a episodios de la República de la mayor resonancia
ideológica. Allá, pues, se gestaron grandes transformaciones, a través de dos guerras.
Quizás algunos hallen ligeramente optimista nuestro juicio, pero las conclusiones nos
favorecen en el balance final.
En abril de 1857 don Mariano Ospina gobernaba la
Confederación Granadina. En el año de 1858 se expidió una constitución que implantó
el sistema federal y se dividió la República en ocho estados dentro del carácter del
estatuto. Tomás Cipriano de Mosquera gobernaba el Cauca Grande.
En su política, el señor Ospina tomó
algunas medidas que fueron duramente criticadas en su tiempo por Murillo Toro, Santiago y
Felipe Pérez, jefes del liberalismo. Ellos señalaron los desenlaces trágicos que
traerían esas disposiciones. Las pretensiones de Ospina iban, según las conclusiones de
los historiadores, hacia la hegemonía. Para ello estaba la ley de elecciones que tendía
a perpetuar al conservatismo en el poder; otra ley creaba los Distritos de Hacienda en
cada Estado, regidos por un Intendente con facultades amplísimas.
Antonio José Restrepo atribuyó parte de
las causas de 1860 a otros factores. Así lo explica él y copiamos para abundar en
síntesis sobre este proceso histórico: Como puede verse en la obra de los hermanos
Cuervo, Vida de D. Rufino Cuervo, que contiene un acervo de documentos
preciosísimos sobre las primeras dificultades de la república con Roma, el gobierno
liberal del presidente Santander reclamó y obtuvo al fin con energía para la República,
las regalías o concesiones que para el Poder Civil habían reclamado, obtenido e impuesto
muchas veces los Reyes de España a la Sede Pontificia. De allí nació la ley de
Patronato, que los próceres de la Gran Colombia expidieron en 1824, y que
consagraba la supremacía del Estado sobre la Iglesia... La ceguedad,
novelería de los radicales acabó con aquel régimen ideal de paz, sumisión y
contento clericales: desde que se declaró la separación de la Iglesia y el Estado, se
decretó la guerra sin cuartel de aquella a este. Eso lo hizo el Congreso de 1853. Y
continúa Restrepo: Ello es que siete años más tarde estalló la guerra susodicha,
con estos o los otros pretextos, pero en el fondo por motivos teológicos de rencores y
choques entre los dos poderes. Le oímos alguna vez al doctor Galindo explicar en la
Cámara de Representantes, su participación en aquel alzamiento: "Cuando comenzaron
los conservadores, con el presidente Ospina, a quemar libros aquí mismo en las calles de
Bogotá, comprendí que era un deber imperativo lanzarnos a la guerra civil como el
último remedio.
Raimundo Rivas, en su obra
Mosquera, sostiene que este era el defensor de los intereses del federalismo
contra Ospina. Igualmente añade que la legislatura del Cauca declara
inconstitucionales, al igual de la mayoría de los otros Estados, las debatidas leyes de
elecciones, orden público y nombramiento de los intendentes de Hacienda, por el
Ejecutivo, salidas de la mente del doctor Ospina.
Jugó mucho papel la soberbia de ambos
personajes. Eran dos entidades humanas muy poderosas para alcanzar el sometimiento de la
una a la otra. Y hubo equivocaciones de parte del presidente que creyó posible dominar
tal temperamento y emoción, como los que distinguían al general Mosquera. Con mayor
razón cuando este sentía que su sino histórico estaba en imponer su mandato a la
Confederación, obedeciendo ésta a su simple voluntad.
Se produjeron hechos que incidieron
profundamente en la política, que la transformaron. El Intendente nombrado para el Cauca
por Ospina, que lo era el general París, en asocio de Pedro José Carrillo, en enero de
1860 se alzó contra Mosquera en esa sección del país. Esto los derrotó. Y el general
soberbio, heredero de glorias que caminaban por su sangre, y otras que conquistó en el
campo de batalla, recordó lo que le había pasado al gobernador de Santander en el año
anterior. Pero el general no quería la muerte para él. Ni toleraba que nadie le usurpase
funciones que él consideraba le correspondían. Declaró la guerra, el 8 de mayo de 1860.
No nos interesan los pormenores de esa
cruenta lucha. Para estas páginas es bueno que lleguemos hasta Manizales, detrás del
general rebelde. En su viaje hacia Bogotá a derrocar el gobierno, comprendió que
Manizales era punto vital en la estrategia militar. Consideró necesario no dejar enemigos
que lo pudieran cercar. Trató de vencer a Posada Gutiérrez y Braulio Henao, el 28 de
agosto. No lo alcanzó por las dificultades naturales del terreno, por los obstáculos
artificiales que idearon los defensores.
Tomás Cipriano de Mosquera propuso la
tregua, o lo que se ha llamado en la historia La Esponsión de Manizales. El
gran general tuvo que someterse a la adversidad. Quienes conocen la historia, saben cuán
poca significación le daba este combatiente a sus reveses. Pero sintió que algo grande
se había opuesto en su marcha hacia el poder. Dicho pacto debía ser aprobado finalmente
por el gobierno central. Así lo disponía una cláusula. Pero la gloria que fue dura y
cruel para Mosquera en ese espinazo de los Andes, tenía algunas cartas en su favor, que
irían apareciendo en el tapete mágico de la suerte. El texto en resumen era el
siguiente:
Que el gobernador del Cauca (Mosquera)
suspendería toda hostilidad contra el gobierno general, revocaría el decreto que
separaba aquel Estado de la Confederación, otorgaría una amnistía completa a todos los
comprometidos contra el gobierno del Estado, se sometería al gobierno, garantizaría la
seguridad de los que le hubieran sido hostiles y entregaría las armas y los demás
objetos pertenecientes a la Confederación de que había dispuesto".
La Esponsión sería sometida a la
aprobación del gobierno general y las condiciones impuestas en ella no obligarían sino
en el caso de que fueran aprobadas. Las fuerzas antioqueñas, calificadas como nacionales,
se estacionarían en Salamina y las de Mosquera en Cartago o más al interior de cada
Estado. En el supuesto de que el gobierno general no aprobara la Esponsión, las
hostilidades no podrían romperse sino veinte días después de la notificación
oficial.
Ospina no aceptó la Esponsión. La
desdeñó enfáticamente. Con su soberbia habitual lanzó el reto: Cójase vivo o
muerto al revolucionario Tomás Mosquera. Y esperé el resultado. Don Joaquín
Tamayo, en su obra Tomás Cipriano de Mosquera, enfoca con maestría crítica
este hecho de la siguiente manera: El Presidente de la Confederación Granadina al
improbar el pacto de Manizales, dio fuego a la hoguera revolucionaria, vengativo, no
pensó que su victoria sobre las tropas del Estado de Santander, traería consigo la
reunión del radicalismo humillado al partido nacionalista, encabezado por el Jefe del
Estado del Cauca, que en actitud rebelde reía en las barbas de los generales del gobierno
y del conservatismo, seguro ya de acabar con los fantasmas que no supieron apreciar su
conducta ni agradecer su valor. Pero Ospina, demasiado ocupado con los detalles de su
recibimiento triunfador, despreció la última oportunidad que la suerte le ofrecía para
tratar a Mosquera de igual a igual, y cayó como las señoras de edad avanzada en brazos
de un amor utópico y sentimental, como fuera para el caso la restauración del
conservatismo tal como don Ignacio Gutiérrez su gran consejero, le indicaba confiado.
Riñó entonces con Posada Gutiérrez, militar astuto y digno de escuchar, para perder el
tiempo en habladurías de sobremesa frente a un ejército en rebeldía; renegó de don
Joaquín París el mejor de sus generales cuando buscaba la muerte en los soles del
Tolima; por último, para no perder el favor y las simpatías de los peores elementos de
la extrema derecha, toleró impasible el sacrificio de la candidatura presidencial de
Herrán, para sacar a flote la imposible e impopular de don Julio Arboleda.
Mientras tanto, el gran general
Mosquera trepaba con sus hombres por las breñas de la cordillera central, y cuando el
general París, creía encontrarle en los llanos del sur, atravesó de un salto el río
Magdalena para situarse frente a la sabana de Bogotá. La guerra estaba perdida para el
gobierno.
Pasaron algunos años. Andábamos por 1870.
Vino el período institucional de dos años para el Presidente. Se organizó un movimiento
en torno de la educación, de acuerdo con las pasiones intelectuales de los radicales que
ocupaban el poder. Desde 1871 la instrucción se dirigió hacia un campo generoso, libre
toda atadura dogmática. Se trajeron misiones alemanas. El partido liberal, mientras
tanto, con motivo de la sucesión, ejerció una continua y permanente lucha interna. Cada
nueva escogencia de candidatos producía renovados fervores divisionistas. El
conservatismo, entre tanto, fomentaba la reacción clerical y atizaba la hoguera
partidista. Los estados, además, obraban con una marcada independencia, libres en cuanto
a la facultad de conseguir armamento, lo que trajo la inestabilidad política. Antioquia
introdujo cinco mil rifles, que eran casi un arsenal, dadas las condiciones de la época.
Don Manuel Briceño recibió la comisión de
estudiar el ambiente nacional, para ver si era posible que el conservatismo declarase la
guerra. Varias conferencias se sostuvieron con don Recaredo de Villa, Gobernador de
Antioquia. En Manizales la idea fue acogida con beneplácito por el Coronel Francisco
Jaramillo, por Alejandro Restrepo y el General Gutiérrez, distinguido con el sobrenombre
de Botella. Mientras tanto, los Obispos de Antioquia, de Medellín, de Pasto y Popayán,
levantaban la bandera, con palabras que contribuían a enardecer los ánimos ciudadanos.
Como siempre en todas las hogueras civiles del siglo XIX hay un factor clerical, que es
efecto de la influencia decisiva de los levitas en el proceso de formación de la patria.
Y las batallas son tan comunes, por el hecho de que el denuedo bélico, heredado de la
Independencia, continúa operando sobre la mentalidad de quienes aspiran a la dirección
del Estado. La falta de sistemas políticos estables, hace posible el juego castrense, su
violencia y su repetición. Además, porque muchos ayudaban a esos fermentos militares,
repitiendo la frase simple pero que pinta toda una situación del recluta que
preguntado si sentía angustia por la suerte que le tocaba correr, contestó:
En tiempo de guerra es muy bueno porque se
encuentra uno muchas cositas.
Influyó poderosamente la división liberal, entre
radicales e independientes, que hacía muy favorable el ambiente para que el conservatismo
adelantase su campaña bélica. Los levitas volvían a repetir los argumentos contra los
actos de carácter político y religioso que se habían sucedido en épocas inmediatas.
Anotan otros comentaristas de la situación
que la muerte del doctor Pedro Justo Berrío en Antioquia, ayudó a precipitar los
acontecimientos. Porque éste había mantenido a su partido contenido, aceptando que era
más conveniente el proceso normal de la democracia, que la solución violenta que se
proponía. Y su reemplazo no fue el más conveniente para la época, pues el señor de
Villa era solo un banquero, dedicado a transacciones comerciales. De allí que el pueblo,
en copla feliz sintetizaba el problema con agudeza cruel:
Ya, murió el doctor Berrío
cabeza de Medellín;
Quedó Recaredo Villa,
Esperando el porvenir...
Se inició una serie de movimientos.
Don Sergio Arboleda pasó por Manizales, donde conferenció con los rebeldes. Y viajó
hacia el Cauca. Luego vinieron sublevaciones parciales, hasta que el 18 de agosto de 1876,
el Presidente del Estado Soberano de Antioquia declaró la guerra al gobierno nacional,
presidido por el señor Aquileo Parra, y turbó el orden público en su territorio. Las
tropas de aquel Estado marcharon hacia el Cauca. En Manizales había un gran fermento
revolucionario, pues, como lo recuerda don Luis Londoño en su historia sobre la ciudad,
algunos sacerdotes habían levantado el ánimo de combate contra el gobierno. Cuando el
ejército llegó, el reclutamiento fue fácil y sencillo, porque había un clima propicio.
Antes de salir las tropas se ofició la misa y el padre Nazario colocaba a todos los
que podía, pero con especialidad a los soldados de Manizales, un escapulario del Corazón
de Jesús.
Luego vino la batalla de Los Chancos, en la
cual perdió el conservatismo; y posteriormente en el mismo Manizales don Marceliano
Vélez dio principio a la organización del ejército de los catorce mil
contra el gobierno, y vino el combate de Garrapata y otras incidencias ajenas a este
trabajo. El General Trujillo, vencedor en Los Chancos, acampó en Villamaría. Y
recordando la experiencia de 1860, en la cual fue vencido un carácter de la travesía
militar de Tomás Cipriano de Mosquera, resolvió conferenciar con don Marcelino Vélez
para cesar hostilidades. Este consideré que Trujillo al formular la propuesta estaba
vencido. Trujillo se replegó, para volver más tarde hasta el mismo sitio. Y dio comienzo
al asedio de Manizales, por todos sus caminos y por todos sus sitios, por las veredas que
conocemos con los nombres de El Tablazo, La Linda, Morrogacho, San Cancio, Alto de San
Antonio, etc. Manizales fue quedando sitiada. Se produjeron varios hechos: don
Marceliano abandonaba la aldea con objeto que aún no han establecido los historiadores.
Don Recaredo de Villa se retiraba de la Presidencia del Estado de Antioquia y don Silverio
Arango, en Manizales, como segundo designado, tomaba posesión del cargo.
El 5 de abril de 1877 fue el ataque
definitivo al caserío. El triunfo de Trujillo fue total. Vino la rendición y la renuncia
del puesto de Arango. Trujillo ocupó de hecho el cargo. Esa victoria lo llevó hasta la
Presidencia de Colombia, en calidad de sucesor del señor Parra, sin ningún opositor,
pues era el hombre más fuerte que existía en ese momento en la imaginación popular.
Estas dos guerras la del 60 y la del
76 que ocuparon sitio tan señalado en la historia de Manizales, iban a incubar
hechos antagónicos. Es precisamente por esto por lo que ese distrito parroquial, que
simplemente era un modesto villorrio, se une a la gran historia de Colombia. No vamos a
tener la presuntuosa ingenuidad de creer que los hechos que comentaremos en breve, los
incubé Manizales. O fueron hechos ideados allí. No. Lo que sostenemos es que los actos
que se cumplieron en esa colina, fueron suficientemente fuertes, que le dieron rumbo, en
ambos casos, a la república en forma definitiva. Las guerras no valen por los muertos, ni
por su duración, ni por el semblante trágico que imprimen a los pueblos, sino por las
orientaciones que desatan sobre la historia. Esas dos contiendas le dieron cauces al
país, en forma tal que aún todavía hay instituciones que nacieron en el final de ese
fragor bélico. Por ello hemos detenido, con mirada curiosa, nuestra indagación sobre los
procesos militares que atravesaron la aldea. Queremos relievarlos para que se entienda
cómo Manizales, desde las primeras horas de la república, ha tenido participación en
hechos fundamentales, que le dan fisonomía muy propia.
La circunstancia de que el señor Ospina no
hubiese aceptado la Esponsión, influyó en el porvenir de su partido. Se produjo su
retiro del mando público, por muchos años. Nació el proceso de algo que iba a tener
gran influencia en la república. Como consecuencia viene la Constitución de Rionegro,
que fue un estatuto que a pesar de sus ilusas declaraciones, tuvo el valor de que una
generación con sistema mental le advirtiese a los militares que Colombia debía someterse
a cánones ideológicos. Que la violencia guerrera no era titulo para gobernar, ni se
podían imponer las aspiraciones al poder solo en gracia de la calidad de caudillo de
montoneras. Era un grito abierto y noble, de la inteligencia contra el brillo de las
espadas. Pueden alegarse otras dificultades que produjo su expedición, pero, en ningún
momento, se podría olvidar lo que implicaba en ese instante el valor de sus cláusulas
idealistas. Y la gran notificación que ella implicó para los herederos de la
Independencia que consideraban que su poder podía continuar proyectándose firmemente
adherido a sus espuelas y a su imperio bélico. Esa constitución en última instancia fue
resultado de un hecho que se produjo en Manizales. Porque el desconocimiento de la
Esponsión trajo como consecuencia histórica, esa Constitución en que aletea por primera
vez en el país, un hondo aliento ideológico y humano, un profundo sentido idealista.
El triunfo de Trujillo en 1877, nos lleva en
pocos años a la Regeneración. No podríamos dejar de recordar que el conservatismo
escogió a Trujillo para su rendición, quien era independiente. De otra manera su derrota
habría ocurrido en manos de un jefe radical, que hubiese afianzado, lógicamente, al
liberalismo en el poder. Ese período es muy confuso y dramático. El triunfo de dicho
General en Manizales, que fue una derrota de los ejércitos conservadores, parece que se
celebró en Bogotá como un paso victorioso del conservatismo hacia la consolidación de
su suerte en el porvenir. Así nos lo relataba el doctor Julio César García, después de
recordar que lo había escuchado de labios de Monseñor Carrasquilla. Parece paradójico,
pero ello tiene su explicación en el hecho de que Trujillo era adicto a Núñez, como
posteriormente vino a demostrarlo. Esa fue la puerta entornada para llegar de nuevo la
reacción al mando público. Y para producir un fenómeno de contra-reforma fundamental a
la Constitución del 68. De allá, de Manizales, arranca también el estatuto de 1886, que
aún rige en muchas partes, y cuya vigencia desató dos guerras civiles, a finales del
pasado siglo. En ella hay un espíritu cesáreo, que sus exégetas proclaman con orgullo.
El mismo señor Caro, su inspirador y su autor, declaraba socarronamente orgulloso:
hemos establecido una monarquía, desgraciadamente electiva.
Esa es otra de las repercusiones de los
hechos cumplidos en Manizales. De tal suerte que las guerras han llevado el nombre de la
ciudad a vincularse estrechamente con sucesos vitales del país.
No podíamos, por lo tanto, dejar este
capítulo en breve reseña. Al principio al lector debió parecerle absurdo este moverse
por infolios históricos. A nosotros al iniciar su estudio también nos asaltó el mismo
escepticismo. Pero cuando fuimos ahondando, advertimos cómo los signos de la sangre y de
la muerte, vinculaban la ciudad a hechos que seguían proyectándose en Colombia.
Comprendimos que la humanidad, en su constante y difícil búsqueda de la felicidad, va de
guerra en guerra, y de constitución en constitución, tratando de atrapar la fortuna que
ansía. Y que ni en la espada, ni en el papel erudito, ni en la sangre, ni en la
cláusula, ha logrado descanso para su angustia y su padecimiento. La historia continúa
detrás de una luz que nos permite estar con nuestra propia vigilia. Fiel al sueño y a su
amargura. Parece que este es el único lote que corresponde en el reparto humano.
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