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Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XI
EL COLONO
Significado de la Fundación
Con honda devoción nos hemos venido detrás del
peregrinaje de estos campesinos. Desde la Antioquia patricia nos enlazamos con ellos, en
estas líneas fraternales.
Muchas de sus grandes preocupaciones nos han
puesto en vigilia también. Lo mismo la montaña con su amplio y misterioso mar verde, que
los pleitos con su enmarañada geografía de intrigas y presiones. Todo nos ha despertado
hondas resonancias interiores. Y nos ha llevado hasta la ciudad actual, en la cual el
sentido del futuro hace meditar en la entrañable pasión que la impuso sobre esa colina.
Manizales es una fundación acaecida en los
primeros años después de la Independencia. Es de todas las de esa época la que mayor
celebridad ha tenido en el panorama nacional. Está incorporada al número de las ciudades
más importantes. Por lo tanto, es oportuno precisar el valor de su creación. Porque no
partió de un capricho solamente, ni del apego sentimental de levantar otra colmena
humana. En las páginas anteriores están dispersos muchos de esos elementos que
influyeron y la determinaron que no queremos repetir aquí. Tiene que existir una fuerza
oculta, quizás inconsciente, pero que surge cuando se analiza el fenómeno con serenidad.
Verbigracia, los historiadores han establecido que en la Conquista los pueblos respondían
a una ambición militar, mientras que la Colonia les imponía su propósito político:
Inclusive existe diversidad en la estructura física: la población de conquista,
situada sobre un camino de penetración militar tiene estos elementos esenciales: la plaza
de armas, la picota y la cruz de la misión; y los elementos más visibles en la
población de la Colonia, situada en una zona económica rica, son la plaza de mercado y
las oficinas de Recaudo de la Real Hacienda.
Ya hemos visto en capítulos anteriores
cómo en Manizales lo que predominó fue un deseo económico, con espíritu libertador.
Los labriegos se agruparon en torno de un nombre, Comunidad, que ya le da
contenido ampliamente significativo al fenómeno. El interés estaba en adquirir un buen
terreno, con su ojo de agua, con su cielo y su viento libres, donde pudiese fructificar
serenamente el amor detrás de los retoños de la familia. Que no hubiesen censuras
oficiales, y crueles peajes, y linderos que hacen odioso el valor de la naturaleza. Sus
habitantes tenían un fervor de libertad. Es la aspiración democrática que arranca de la
guerra de la Independencia, y que se hace eco en unos colonos. Ese es su principio más
esencial. Porque en estos seres gravitaba la voluntad gremial, que les hacía confiar,
ampliamente, en la disposición de su lucha cuando resplandecía la solidaridad colectiva.
Esto era apenas lógico, pues la República tenía que dar un inédito valor a sus aldeas.
No podía encastillarse en lo anterior, pues ello sería repetir los defectos que hemos
condenado. Por ello Manizales es, como si dijéramos, el modelo de las fundaciones del
país, el tipo que se irá destacando a medida que vayamos dominando nuestra tierra y
nuestro paisaje.
Un factor económico agrario predominó. Era
ya un concepto seguro, que advertía que no se podía confiar sino en el trabajo. Que el
individuo no podía continuar adherido a los resabios de los títulos, deteniendo con
cláusulas leguleyas el camino de un pueblo. Cambió, pues, de manera activa y
fundamental, el valor que había tenido la tierra hasta ese momento. En esos seres
humildes y pobres había prendido la llama revolucionaria que se encendió en las
prédicas de la Independencia. Ellos, sin alarde militar, como simples labriegos, llegaban
a darle entidad a esa lucha contra poderes seculares. Qué honda enseñanza la de un
conglomerado que descubre que con la libertad política debe llegar la libertad
económica! ¡Y que se lanza a cumplir esa consigna con modestísimos y rudos artefactos
de labranza!
Manizales abre un capitulo en la historia
colombiana, porque es la lucha de la República contra los vicios coloniales. Lo que nos
debe importar vivamente es la prolongación de su ejemplo. Ello traía muchos y
complicados valores. Como hemos visto, uno es el de la tierra. Otro el criterio gremial en
su lucha agraria. Que riñe directamente con el factor de conquista o de imposición de
tributo, que existía. Ahora es oportuno recordar la justa teoría de que el productor
tiene derecho a percibir lo que su desvelo ha creado.
Allí se revoca el enunciado de que la
tierra tiene un valor según sea quien tenga el título. En Manizales la agricultura
irrumpe como función económica propia, pues solo se utilizaba antes como renglón
complementario. Aquí se forma un criterio agrario que luego llegará a darle su
fisonomía a la patria. Es el cultivo el que va a salvar el futuro, y la prueba está en
que aún, todas las iniciativas industriales, no han desarraigado el contacto permanente
del colombiano con el surco. Como se ve este hecho sería suficiente para hacer
interesante y singular este aparecimiento de unas casuchas en 1848, cerca de la faldas del
Ruiz. Los metales ya no serán, desde ese momento, la única preocupación de quienes
salen por desconocidos territorios. La fortuna no dependerá exclusivamente de unos
filones productivos. Igualmente se puede transformar el monte en fuente de riqueza. Y en
salud colectiva. Y en provecho social, que repercute inclusive en beneficio de las tareas
del Estado. Este valor de la fundación de Manizales tiene para nosotros una trascendencia
inusitada, que aún no se ha estudiado suficientemente.
Hasta esos días de mediados del siglo XIX,
los colombianos habían vivido insulares, aferrados a la comarca de nacimiento. La
peregrinación hacia Manizales, abre el derrotero hacia la inmigración. La República
irá a fundir su elemento racial en ese cruce de razas, en ese adaptarse a sitios
diferentes, climas dispares, perspectivas inéditas. Anteriormente el viaje era para
guerrear o para incrustarse en la aventura del oro. Pero no existía el arraigo. Ni se
confundían con el paisaje. Ni se sentían llamados por una fuerza superior a permanecer
porque no ponían ningún activo poder en su peregrinaje. Ahora quien lo emprende busca
quedar atado con su familia al suelo y su destino. Hay una profunda compenetración
telúrica. Es otra de las enseñanzas que ayuda a sembrar de caseríos las veredas
colombianas.
Todo esto va formando un nuevo tipo de
hombre. Un sér diferenciado. Un individuo que comprende que su misión es la producción
de riqueza. Que con profundo ascetismo se empeña extraerle los secretos y su rendimiento
a la parcela. Que fundamenta su tarea en la tesis de que se puede vivir pobre y
morir rico. Porque entiende que su lucha no termina en su propio provecho, sino en
la prolongación a través de la familia de las virtudes que él invocó ante el misterio
de la tierra, antes las dificultades y pobrezas de todos los días, en la conquista del
mundo que cada vez era más inaccesible por todas las ventajas que presentaba. Así se fue
consolidando una raza de luchadores anónimos. Que se han quedado perdidos en la memoria
de los villorios. Que no tuvieron otra satisfacción que la de ver resplandecer el triunfo
en el verde espigado de las semillas. Son personas heroicas que hicieron de la provincia
colombiana algo confundido con la patria. Pues
con su mujer abnegada, con su hacha, su tiple, su buey y su perro, se fueron inventando el
paisaje, mientras en las tardes, eufóricos, iban creando el folklore de nuestras
canciones y nuestra música. Ellos rescataron el valor de todas las cosas de la
naturaleza. Antiguamente ésta había sido desatendida en la golosidad de la riqueza
rápida. La larga paciencia es en ellos virtud y consigna. Pensando en su brega, nos
espantamos de la especulación y de los privilegios. No existía en ellos más ambición
que la de ver cómo el trabajo tiene una compensación en la silenciosa presencia del
tallo.
Así fueron levantando todo lo que ahora nos
da orgullo y solaz. Porque mirando nuestro panorama desde un avión, nunca se comprende lo
que fue ese recio y lento crear. Porque había que triunfar contra todo. La naturaleza se
presentaba hostil, con su círculo selvático, y sus animales rampantes. Los transportes
eran desconocidos. Por ello el hombre se aferraba a su mula, compañera de distancias, con
amoroso sentido de solidaridad. Cada vez que un sitio florecía en semillas, la mirada se
detenía amplia, con un gesto de vencedor imperial. No había ningún sistema de
protección a la cosecha, al resultado de ella. De allí que tuviese que inventar, en cada
semestre, la forma de que lo que tanto desvelo había costado, se librase de las lluvias,
de los roedores golosos y destructores. Pero nada lo detenía. La ausencia de comodidades
mecánicas las compensaba con su constante vigilar, con su inclinación diaria sobre el
surco. ¡Qué recio y valeroso varón el que nos dejó la colonización! Cómo brilla su
nombre en la imaginación haciendo comprender que su agonía solo se traducía en el
triunfo efímero, y que cada vez que lo deseaba tenía que arrancarlo con sus manos a la
propia entraña de la tierra.
Ese tipo humano va desapareciendo. Grave
cosa para la patria. Porque es tanto como que se dobleguen sus mejores virtudes. En él
prevalecía el concepto de que su propia estirpe nacía en cada acto suyo, diariamente.
Que no existía ninguna tradición por detrás que le hiciera desistir de conseguir su
propio escudo que era la fortuna que amasaban sus manos de colono. De nuestras provincias
colombianas fue haciendo después centro de cultura, cuando la faena le deparó descanso a
su angustia. En el hijo, en el hermano menor, en el despliegue de energías para
construír la escuela, o el colegio públicos, fue dando esa otra dimensión de su
personalidad. Si la vida lo frustró como hombre de letras, quería que se reivindicase
esa merma personal en los mensajes de quienes lo rodeaban. Y no quería que la
inteligencia fuese efímero orgullo, incapaz de obras perdurables. Por ello siempre, con
generosidad ilímite, exaltaron a quienes tenían el destello de la verdad espiritual. Esa
es otra demostración de su reciedumbre. Es otro motivo de admiración por su fresca
condición humana.
De suerte que no es baladí empeño el que
nos ha llevado a escribir estas líneas. Es para relievar esas virtudes nobles, que
lentamente se van perdiendo. Porque en esos colonos destellaban el decoro, la dignidad, la
fe en sus ideas, que siempre aparecían en gestos que podrían reproducirse en medallones
para avivar el carácter. No transigían con la injusticia, ni con el deshonor, ni con el
gasto dilapidador, ni con la transacción fraudulenta. Todo esto va cayendo lentamente en
desuso en nuestro tiempo. Quizás todo depende del desapego que el hombre contemporáneo
ha tenido de la tierra. Porque esta enseña y en ellos fue fiel la enseñanza
a ser sobrios y modestos. Porque ella demuestra en mil ocasiones que se multiplican, que
es inútil exigir más de lo que el esfuerzo ha engendrado. Y que toda soberbia se paga
por lo efímero de las cosas. Quizás el hecho de ver que en cada hora se doblega la
espiga más fuerte, el encinar más alto, y caen desparramadas las cosechas más ansiadas,
da un sentido de la mesura, una confiada resignación en el fruto. Todo esto lo hemos ido
perdiendo. Por ello es necesario volver al recuerdo de ese hombre. De ese colono que fue
fundando la patria. Porque cada uno le fue dando una perspectiva distinta al paisaje. Y
del colono fueron cayendo sentencias sabias que ahora se desconocen, y que servirían
tanto para contener el ímpetu del orgullo y de la ambición. Sería bueno que nunca
desaparecieran aquellos versos elementales, que entregan la sensación de lo precario y
fugaz que es el poderío de los hombres:
Soñé que César y Pompeyo,
tiraban de mi manto rubicundo.
Desperté, sonreí y dije:
Así pasan las cosas de este mundo.
Allí queda el significado de la
fundación de Manizales. Muchas de las fuentes sociológicas, de los movimientos
económicos y políticos del país, cuando se traten de estudiar cuidadosamente,
encontrarán allí sus orígenes. Y cuando se vaya a indagar, en el deseo de situar los
diferentes tipos de la raza nuestra, tendrán que levantar la mirada y pensar en ese
colono de la provincia y gritar: Por allí avanza un hombre, que es la síntesis de un
pueblo que camina hacia el porvenir.
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