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Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO X
DON JOSE MARIA PLATA
La Transacción del Gobierno
En este medio está creciendo Manizales. Cada día
un nuevo avance, que se registra con alborozo regional. Hay un profundo afecto por las
cosas que se van construyendo, con la ayuda social. Los colonos se sienten dominadores,
porque aún no han podido los capitanes de los pleitos lograr su destierro. La presión
colectiva es muy fuerte para permitir que con simples mamotretos de papel sellado, se
desvirtúe todo un movimiento. La muerte de Elías González y las consignas que
circularon contra personas del municipio, le dieron a la contienda un ambiente dramático.
Ya existía un rebullir de pasiones, que podían hacer su explosión en un momento
inesperado. Por ello el problema de las tierras de Manizales crecía permanentemente. Y
alcanzaba repercusiones en la República. Se iba extendiendo, hasta los altos poderes.
Lucha que tiene un extraordinario significado, porque en ella va envuelto el criterio
humano y el criterio económico, el sentido social y el sentido del futuro patrio.
Lo más esencial: la plena manifestación
del pueblo. Es este limpio y escueto. Sin intermediarios, sin azuzadores, sin demagogos
gritones. Es el pueblo el que libra la batalla. No hemos podido encontrar en todas las
crónicas de Manizales ninguna referencia al agitador profesional. Todo se mueve dentro de
la comunidad. El pueblo es el foco de la organización económica. De allí que sorprenda
su enseñanza. Porque los titulares eran conocidos, de prestigio, de mucha significación.
En cambio, los colonos no tenían otra arma ni otra defensa que su trabajo. Amparados en
él, comprometieron a la nación en su defensa. Ellos no se sentían libres sino con su
mano haciendo levantar la semilla y la esperanza en los hijos que tendrían fundo propio.
Así va progresando el interrogante de Manizales. Ni los arreglos de los cabildos, ni la
generosidad aparente de los dueños del título, ni las promesas ardientes que se echaban
a volar, hacen desistir a los colonos de su empeño. Ellos tienen un criterio gremial. Eso
los salva. Ellos son la heroica avalancha de los cultivadores sin parcela, que
colonizaron a Caldas. De 1820 a 1840, la empresa se localizó en dos focos: Salamina y
Riosucio.
Tuvo tal resonancia la fundación de
Manizales, que en Bogotá se principió a agitar la cuestión en 1853. Don Marcelino
Palacio, uno de sus fundadores, planteó con éxito el problema ante los poderes
centrales. Quedan documentos que así lo demuestran. Ya era preocupación de todos los
sectores. No podían abandonar a esos seres paupérrimos que con su constante batallar,
habían logrado derrotar la pobreza y la selva.
Fue entonces cuando el Congreso produjo el
Decreto, de fecha 22 de abril de 1853, facultando al Poder Ejecutivo para transigir con
González, Salazar & Cía. La solución no estuvo en manos de los cabildos, porque
éstos, como lo vimos en el capítulo respectivo, no enfocaron el aspecto de las parcelas
en toda su intensidad. Quedaban en condiciones de inferioridad aquellos colonos que
estaban lejos del área de la ciudad. De allí que en cada nueva hora alcanzase
proporciones más amplias tal inquietud, promovida por la primera gran movilización de la
República.
Don Jorge Gutiérrez de Lara, en nombre de
la Compañía, viajó a Bogotá. El estaba unido a Manizales, pues le tocó, como
Gobernador del Estado de Antioquia, sancionar la ordenanza del Distrito Parroquial. En la
capital de la República se entendió con don José María Plata, quien desempeñaba el
cargo de Secretario de Hacienda. La solución conjunta, en nombre de la Compañía y del
Gobierno, se alcanzó el 8 de junio, y el General José María Obando lo refrendó con su
firma el 18 del mismo mes y año de 1853.
Hay algunas cosas extrañas que asaltan al
lector acerca de las etapas que se cumplieron, para que este pleito llegase hasta el
Presidente. En 1825 se dictó el Decreto de Salamina y de su lectura se desprende, con
claridad deslumbrante, que los terrenos eran de la nación. Al menos todo así lo
predispone en una interpretación lógica. El mismo Parsons, extranjero que al escribir su
obra solo tuvo una preocupación investigativa, lo asevera: El decreto en virtud del
cual se fundó Salamina parece presumir que la concesión de Aranzazu no existía.
Pero es natural que este juicio no podía subsistir ni prevalecer, si recordamos que en
otras líneas ya expusimos cómo en la República no aparecía ningún criterio económico
agrario. Y cómo, también, las concesiones feudales en esa época, continuaban en
vigencia, ahogando las posibilidades de transformación. Ese arreglo encajaba dentro del
pensamiento de la época, en la manida y traída y llevada nuevamente posición de quienes
afirmaban que la Colonia debía internarse en los nuevos días. Porque había privilegios
más fuertes que se interponían en la solución de los graves interrogantes. Así:
La nueva política la de la independencia- abolía formalmente las mitas,
encomiendas, etc. Comprendía un conjunto de medidas que significaban la emancipación del
indígena como siervo. Pero como, de otro lado, dejaba intactos el poder y la fuerza de la
propiedad feudal invalide a sus propias medidas de protección de la pequeña propiedad y
del trabajador de la tierra.
Pero se vuelve más difícil de entender el
problema si nos detenemos a considerar que el gobierno, en el mismo año de 1848, lanzó
un decreto por medio del cual consideraba baldías las tierras aledañas al actual
Manizales. Es decir, que continuaba la política que se estableció en el caso de
Salamina. Ese es un documento progresista que no puede olvidar la historia y menos cuando
se están analizando estos problemas vitales. Su texto está rubricado por el General
Tomás Cipriano de Mosquera:
DECRETO NUMERO 1877
sobre adjudicación de tierras
baldías para el establecimiento de una nueva
población en la provincia de Antioquia (Manizales)
Tomás Cipriano de Mosquera,
Presidente de la Nueva Granada, en atención a lo expuesto por el Gobernador de la
provincia de Antioquia sobre la conveniencia de establecer una nueva población en el
camino provincial que conduce de la provincia de Antioquia a la de Mariquita, como medio
seguro para la subsistencia del camino; en ejercicio de la facultad que concede al Poder
Ejecutivo la Ley 7a, Parte 5a, Tratado 1° de la recopilación Granadina,
Decreta:
Artículo 1° Se asignará para el establecimiento de una nueva
población doce mil fanegadas de tierras baldías en el paraje denominado La
Inmediación de Montaño, jurisdicción del distrito parroquial de Neira, en la
provincia de Antioquia.
Artículo 2° La Gobernación de Antioquia
dictará las órdenes convenientes para la medición, demarcación y adjudicación del
terreno entre los individuos y familias que se establecieren en
la nueva población, bien
entendido que el Tesoro Nacional no será gravado con gasto alguno, que demanden aquellas
operaciones.
Artículo 3°
La adjudicación se hará conforme a los
artículos 2, 3, y 6 de la misma ley, y los habitantes de la nueva población gozarán de
las franquicias otorgadas por los artículos 5, 6, 7 y 8.
Dado en Bogotá, el 29 de diciembre
de 1848.
TOMAS CIPRIANO DE MOSQUERA
El Secretario de Relaciones Exteriores, Encargado
del Despacho, Justo Arosemena.
Y extraño, igualmente, que José
María Plata hubiese llegado sin una nueva visión. No era un improvisado, sino hombre
vinculado a la realidad del país. Quizás su particular formación en los negocios le
pudo restar agilidad para comprender las peticiones de los colonos de Manizales. También
nos pudiésemos explicar su posición ideológica, escuchando las palabras de Tomás Rueda
Vargas, quien afirma que los de la generación a que perteneció José María Plata
aprendieron su filosofía con Ezequiel Rojas, se iniciaron en la ciencia de las
finanzas con Florentino González, y su vivir de hombres recorrió la plaza pública bajo
la obsesión del sacrificio de Celestino Azuero y de la desaparición prematura y
misteriosa de Vargas Tejada. Pero en la existencia de Plata ardía un gran
sentimiento humano, que como lo afirma su biógrafo, dependía de la crueldad de una
niñez difícil, que le dio esa excelente vibración para su lucha.
Duro fue realmente el discurrir de don José
María Plata. Desde joven le tocó huír al exterior, después de la noche septembrina, en
la cual no tuvo ninguna participación. Pero eran las consecuencias de la dictadura de
Urdaneta. Cuando la provincia invade a la capital en una inmigración poderosa, José
María Plata, de regreso, camina hacia el embrujo bogotano. Y llega con su credencial a la
Cámara. Pero abandona pronto la política y se dedica a los negocios en grande escala.
Dirige empresas. Los Montoyas y los Arrublas, grandes capitalistas, lo apoyan cuando
advierten su capacidad de organizador y su gran agilidad financiera. Y allí se inicia un
combate agrio, que se confunde con grandes episodios colombianos, contra Judas Tadeo
Landínez, que era un banquero ambicioso y que tenía sornetidos a todos los demás
grupos. Cuando realmente se estudie nuestra evolución fiscal, se comprenderá cuánta
influencia en la hacienda pública tuvo Landínez, y cuánta participación en hechos
vibrantes y trágicos de esas horas. La competencia entre Landínez y Plata adquiere
situaciones apasionantes, espectrales en esa honda confusión psicológica a que precipita
siempre la voracidad por el dinero. Landínez no tiene bases ideológicas. Juega con
éstas como a la bolsa. Así logra incorporarse al poder. No le preocupan las tesis
fiscales. Le importa conseguir, como en sus especulaciones particulares, oro, oro, oro,
con su cohorte encantada para el gobierno. Invade el mercado de vales, obligaciones,
bonos: papeles a ruedo.
Plata tiene otro concepto. Es él quien a
los progresistas les señala la ruta para solucionar sus inquietudes. La
tierra es la mayor seguridad contra todas las asechanzas que presenta el Ejecutivo en esos
días borrascosos, donde ningún capital está : seguro. Y en esto se vuelve a engarzar la
continua disputa entre Plata y Landínez. Así vive el país un tiempo, atado a los
caprichos de banqueros particulares. Al fin tienen que unir sus intereses los dos rivales.
Se espían mutuamente. Pero en un instante el juego alcanza su más alto grado y se
precipita la quiebra. Es aquella que se conoce como la Judaica. Allí cae
arrasado por ese turbión don José María Plata. Envuelto entre cuentas de cobro se cubre
su timbre de gran financiero. Todo en este final lo adelanta con dignidad y con ánimo de
quedar sin una sospecha de ligereza. Pero nadie detiene a los abogados ejecutantes, que se
van detrás del hombre, de su prestigio, y llegan a invadir el hogar en persecución de
las modestas cosas que le dan decoro. Y vino nuevamente el exilio para José María Plata.
Tostado por el sol, la barba de
collar, los ojos miopes reflexivos, corva la espalda, aparece por la Plaza Mayor, José
María Plata. Se incorporaba a Bogotá nuevamente, cuando la importante generación
del 48 iba pregonando un movimiento intelectual y revolucionario, que tuvo tan hondas
influencias. Al triunfar José Hilario López, la hacienda estaba en bancarrota. Murillo
Toro recordó que José María Plata podría ser utilizado para organizar la contabilidad
oficial. Al llegar al cargo, su talento le permitió reducir todo a un plan sencillo, vio
con claridad los problemas económicos y comprendió con exactitud la anarquía en los
impuestos y la incomodidad colectiva por ellos. Fue cuando se produjo la gran reforma
fiscal, que se buscaba desde 1810. Plata da sonoridad a su prestigio. Se vuelve figura
importante y esencial. De la Administración de Rentas, pasó al Senado; de éste a la
Gobernación de Bogotá y luégo a ser Secretario del Interior y Relaciones Exteriores.
Cuando Obando llegó a la Presidencia entró
a la Secretaría de Hacienda. Desde antes habían nacido hondas divergencias con Murillo
Toro. Quizás nunca se pudieron estimar. Cuando el golpe de Melo, Plata pretendió que
Obando resistiese. Fue puesto preso. Cuando logró huír, fue a Ibagué a reunirse con los
restos del gobierno legítimo. Y siguió siendo elemento indispensable. Manuel María
Mallarino lo hizo ocupar la misma posición.
Plata podría definirse como un
santanderista, partidario de los federalistas. Es la síntesis que revela
mejor su temperamento. Lo que nunca hemos podido explicarnos es cómo no acompañó a
Murillo Toro en su campaña por la presidencia. Sus viejas y afincadas desaveniencias no
le permitieron cercanía al gran político, ni le dieron claridad al pensamiento de Plata.
Posteriormente, cuando la guerra contra
Ospina, fue nombrado Gobernador de Cundinamarca. En Chapinero, ante Mosquera, cumplió un
deber de varón respetuoso del valor fundamental de la vida, oponiéndose a la sentencia
que aquél había dictado contra los Ospinas. Fiel a su designio íntimo acerca de la
situación colombiana en ese momento patético, se incorporó a la ardentía bélica,
cayendo doblado sobre el campo de San Diego.
Esta estampa de don José María Plata, la
hemos escrito siguiendo las páginas de don Joaquín Tamayo. Y para destacar un hombre
importante, que con la signatura de la transacción se incorporó a los anales de la
ciudad de Manizales. Porque si no se produce el arreglo, la dramática situación de los
colonos hubiese ahondado más la disolución de lo que ellos mismos habían construido.
Porque ya no resistían las presiones de los gamonales engreídos, parapetados en muchas
prerrogativas. Claro que no entendemos totalmente el negocio, si recordamos que todas las
gestiones habían sido francamente adversas a las pretensiones de González, Salazar &
Cía. Y que varios incidentes se habían fallado en su contra. Que algunos reclamos
tuvieron absolución favorable rara los labriegos, como en el caso de Arma. Y que la
Compañía tuvo que apelar a subterfugios que revelan claramente que no estaban seguros de
todo el poderío de sus razones. Y el Gobierno había determinado la calidad de baldío. Y
además, caminaba una nueva orientación acerca de la propiedad, que había expuesto el
Libertador frente a las montoneras insurrectas contra la Corona.
Pero, igualmente, hemos podido observar
todos los vicios que se habían dejado subsistir. El prejuicio feudalista se oponía a
todo interés por normas favorables al cultivador. Todo ello hay que recordarlo para poder
situar el negocio. Además, sabemos que sólo Aníbal Galindo, en 1882, inicia el cambio.
De este año son las primeras leyes y decretos que impulsan seriamente la colonización.
De suerte que cuando el pleito de Manizales, de Salamina, de Neira, llegó al Ejecutivo,
en éste prevalecían juicios que agonizaban.
El Convenio estipula:
1° Que el Gobierno
de la República cede y transfiere a la Compañía todos los derechos y acciones a las
tierras en litigio;
2° Que la Compañía dará en plena y absoluta
propiedad diez fanegadas de tierra a cada habitante de los establecidos dentro de estas
tierras, que tenga casa en él o haya hecho una labranza, o cualquiera otro
establecimiento agrícola, teniendo ciudado de no perjudicar los derechos de los
compradores anteriores, o de concesionarios;
3° Que la Compañía dará a cada población,
gratuitamente, doce mil fanegadas de tierra que se tendrán a disposición del Cabildo
respectivo;
4° Que el Tesoro de la República queda
propietario de una acción equivalente a la cuarta parte de todos los bienes, derechos y
acciones de que es propietaria la Compañía González y Salazar; y
5° Que por dos años, contados desde la fecha de
este contrato, los pobladores que deseen comprar tierras adicionales, del producto de
éstas, se deducirá siempre el 8% del precio de compra, para el abogado defensor de los
derechos de los pueblos, y el 6% para la educación pública.
En todos los autores consultados aparece invariablemente la afirmación de que el Gobierno
cede a la Compañía las acciones y derechos que tenga en la tierra en
litigio. No hemos podido comprender en su totalidad el alcance de esta declaración.
Porque si el latifundio no aparecía claramente de propiedad de la Compañía, ¿por
cuáles razones el Ejecutivo ponía en admirables condiciones a quienes venían entrabando
la colonización? No pudimos localizar en nuestras búsquedas las razones que el Ejecutivo
tuvo para ello, a pesar de que este punto nos interesó en forma capital. Sólo las
comprendemos recordando que el criterio económico-agrario era nulo. Pero no podíamos
dejar pasar inadvertido este episodio, que ha herido nuestra sensibilidad, porque,
después de estudiar con detenimiento esta odisea, tiene uno que continuar adherido
fielmente a su transcurso. No se pueden aceptar actos como el que comentamos. Pues ello
revela una desorientación muy perjudicial para su desenvolvimiento. No concebimos esta
cesión sino queriendo admitir que los papeles de González, Salazar y Cía. eran de tal
naturaleza válidos, que no se podía, sin grave desajuste del régimen de la propiedad
privada, entrar a desconocerlos. Porque de otra manera era poner en posición privilegiada
a los que gozaban de ventajas, y en nueva posibilidad de usufructuarlos, y dejar
desamparados a quienes habían dado un valor económico a la tierra.
1.154 labriegos llegaron por sus títulos
hasta la junta encargada de ir señalando los linderos. Se comprueba el movimiento tan
amplio que en torno de Manizales se había desatado, en solo un lustro. Esto previene
propiciamente sobre su futuro. El arreglo del señor Plata con la Compañía trae una
oportunidad: dar en pleno derecho diez fanegadas a los colonos. Era aliviarlos en parte.
Las otras cláusulas ya implicaban una limitación, porque no permitían una expansión
mayor del trabajo. Todo era producto del pensamiento que prevalecía, de las concausas
históricas que aquí hemos reseñado, que se venían con tremenda resistencia contra un
nuevo hecho social. Ya era algo para los colonos. Ya su batalla tenía alguna culminación
lógica. Ya sentían un ligero orgullo al ver que su denuedo no caía en abandono entre
los archivos leguleyos. Que su empeño podía prolongarse dando descanso de su pavor y
ansiedad a muchos seres que estaban oteando el devenir. Y que en Manizales, en esa colina,
tenía aplicación la síntesis del sociólogo:
Allí prevalecía una sociedad democrática
de pequeños propietarios, en un continente dominado por un latifundismo latino
tradicional.
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