Clubes, hoteles y heladerías
Los recientes espacios urbanos y las nuevas formas de
esparcimiento iban a la par con nuevas rutinas de socialización. El
Club Cartagena, fundado en 1891 por Fernando Vélez Daníes, que
tenía una biblioteca para la instrucción de los socios y el buen
uso de su tiempo libre, se transformaba en las noches en el
escenario de los más elegantes bailes y fiestas de la ciudad. El
Club Miramar en Manga y el Club La Popa, fundado en 1912 por
Vicente Martínez Recuero, donde se celebraban las tradicionales
fiestas de la Candelaria, ha quedado grabado en la memoria
colectiva de los cartageneros. Su edificio, de amplia arquitectura
de estilo tropical antillano, construido en madera, albergaba
amplias salas de baile y otros espacios al aire libre como canchas
de tenis, mesas de billar y las más completas comodidades para la
época. La recreación y el deporte entraban así a formar parte del
proceso civilizatorio de la vida cotidiana de la elite.
En el siglo XIX los viajeros se hospedaban en casas de familia,
donde sus compatriotas o se alojaban en improvisadas posadas. Como
plantea Claudia Vidal: "la Cartagena del siglo XIX se encontraba
muy lejos de entrar en la onda turística que se venía presentando
en el Viejo Continente y Norteamérica, no había una infraestructura
de alojamiento que permitiera albergar a los visitantes nacionales
o extranjeros". Sin embargo, en 1879 el señor "Ricardo Román
anunciaba en un periódico local de Cartagena la apertura del Hotel
y Club Cartagena", el cual estará situado en la calle Estanco de
Tabaco y además de hospedaje ofrece "una cantina provista de buenos
y escogidos licores, sala de lectura donde se dispondrá de varios
periódicos del estado, de la república y del extranjero".
En el siglo XX los clubes y los hoteles serán los espacios para
el alojamiento de los visitantes y lugar de socialización,
principalmente masculina, donde se iniciaban y cerraban negocios
entre locales y extranjeros. En 1910 existían en Cartagena hoteles
importantes: el Americano, que ofrecía un "servicio completamente
europeo", el Washington, que anunciaba piezas bien aireadas y
limpias, ventiladores en el comedor, se habla inglés, francés,
italiano y alemán", el Hotel New York, el Jiménez, el Cartagena y
el Boarding House de doña esperanza Goenaga. Veinte años más tarde
funcionaban 17 hoteles y tres pensiones en todas las categorías,
con tarifas desde uno hasta ocho pesos diarios.
Otros espacios urbanos, más abiertos pero no menos exclusivos,
lo constituyeron las heladerías o soderías. Entre las más
sobresalientes se pueden nombrar: El Puñao de Rosas, la Polo Norte
y El Ritz. A ellas concurrían hombres y mujeres que humedecían sus
diálogos vespertinos con jerez oro, manzanilla olorosa o ron
blanco.