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Sociabilidad en la calle

Al abrir el siglo XX Cartagena mostraba ya los rasgos de una ciudad modernizada, diferenciada espacial y socialmente. Los elementos urbanos, las formas de vida y las ideas nuevas cambiaban rutinas y tradiciones. En los años veinte se proyecta el ideal de la ciudad futura, produciendo un brusco rompimiento con el pasado colonial, heroico y ruinoso de la ciudad y los hechos urbanos que la habían posibilitado. Toma aliento la alegoría de un "mar pródigo en paisajes, que atrae y subyuga con fuerza de mujer". La sociabilidad en la calle y la terraza se proyectaba como un nuevo ideal estético que intenta imitar el estilo de las grandes capitales europeas: "gente muy bien vestida que pasea sobre anchas terrazas, bañadas por los últimos reflejos de un sol moribundo y salpicadas por la furia de las olas". Espacios públicos "colmados de muchachas bonitas con sus sombreros de última moda, riendo y charlando con la alegría de su colmada juventud florida"; en frente, las "típicas fachadas de los café cantante, cabarets y teatros con sus luces encendidas, [...] los tranvías que pasan, los coches de gran chic que se alejan y el auto portador de parejas galantes a través de cuya vidriera se sorprende a veces la belleza marchita de un rostro de mujer".

La realización de este ideal estético durante los tres primeros decenios del siglo, incrementa la vida social de la elite, y en particular de la mujer de clase alta, para quien la educación y la participación en obras de caridad y de beneficencia significan salir de la vida doméstica a los salones de té, el teatro, los bailes, carnavales, paseos, velorios, procesiones, entierros, conciertos y el cine. Mientras tanto, las mujeres de los sectores populares ya habían ganado, desde mucho antes, el espacio de la calle, bien en su condición de empleadas al servicio de la elite o como trabajadoras independientes en el mercado.

Con frecuencia, los jóvenes de la elite salían a estudiar fuera del país, y los comerciantes e industriales viajaban a las Antillas, Europa o los Estados Unidos con el fin de actualizar tecnologías para sus empresas. Con ellos ingresan al país las nuevas ideas sobre las formas urbanas, las costumbres sociales y las modas que transforman la vida citadina. El fotograma de transeúntes masculinos en la calle, haciendo deporte (montar en bicicleta) e incluso en la playa, con saco, corbata y sombrero, es un cuadro común de la vida cotidiana. Cartagena recepciona de manera excepcional las novedades del siglo XX: la radio, el fonógrafo, la luz eléctrica, la aviación y el cine; que introducen cambios en el gusto y en el estilo de vida de sus pobladores. La vida cotidiana y la vida social se expresan entre otras cosas en el Teatro Heredia, las compañías de ópera que frecuentaban la ciudad, la música que congrega un público selecto y las masivas recepciones a destacados visitantes en el Camellón de los Mártires frente a la Torre del Reloj. La ciudad guarda memoria, entre otras imágenes, de la llegada de don Fernando de Baviera, de Marco Fidel Suárez, del Maestro Guillermo Valencia, del presidente Franklin D. Roosevelt, del piloto Charles Lindbergh y su avión.

Las imágenes de cine y la naciente afición por los deportes y las tertulias, se van convirtiendo durante los tres primeros decenios del siglo XX en elementos centrales del esparcimiento cotidiano de sus habitantes.

Hacia la década de los treinta, la expansión urbana de la ciudad produce nuevos espacios que mejoran la calidad de vida a las familias pudientes y garantizan su descanso. En el Cabrero primero, y luego en el sector de Manga y Crespo, más cerca de la playa, se construyen casas de arquitectura antillana destinadas para la recreación de las familias. Las grandes casas con jardines interiores y exteriores constituyen una realidad que contrasta con los caserones coloniales de patio y solar. El domingo es un día de paseo, hombres solos, señoras solas o las familias prefieren la playa y el baño de mar.

Al entrar el siglo XX la vida social y cultural de Cartagena se hace alrededor de los clubes y las tertulias que eran los centros sociales y literarios donde se reunía la gente ilustrada, escritores y poetas de la ciudad.

La tertulia El Bodegón fue muy famosa por su carácter intelectual y espiritual. Se reunía alrededor del periódico El Bodegón, fundado en 1920 por Jacobo del Valle; entre sus directores y socios tuvo a Miguel Araújo, Alberto Arrázola, Fulgencio Lequerica, Luis Carlos López, Aníbal Esquivia, Enrique Grau. El lema del periódico era "revista de literatura y buen humor". Esta animada tertulia tuvo una duración de 25 años en Cartagena.

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