Memoria fotográfica
GLORIA ESTELA BONILLA VÉLEZ
Profesora de Historia,
Universidad de Cartagena
Desde que en el siglo XIX el uso de la fotografía se popularizó
en la vida cotidiana, ésta ha constituido cada vez más un registro
de incalculable valor que con imágenes congeladas en vidrio,
acetato o papel, nos permite conocer acerca de épocas pasadas
detalles que no se pueden percibir en los documentos de texto que
comúnmente sólo registran las actividades económicas, politicas y
sociales más sobresalientes o de las elites.
El desarrollo de las técnicas fotográficas apoyada en el
conocimiento de la ciencia física y de la química, permitió en un
primer momento la práctica de la fotografía de estudio, pues la
velocidad de impresión de las imágenes exigía que los objetos y las
personas se mantuviesen inmóviles por segundos y a veces por
minutos hasta que el fotógrafo terminase su labor. Por eso en las
fotografías más antiguas por lo general vemos imágenes de personas
posando en forma individual o en grupo en los propios talleres de
fotografía, "estudios" o lugares adaptados para tal fin. Esta forma
particular de hacer fotografía produjo básicamente la modalidad del
"retrato", en el que las personas mostraban lo mejor de sus prendas
de vestir y los momentos más importantes de sus vidas. Mientras
tanto, el fotógrafo reproducía de manera fiel en el escenario
ambientes campestres o rurales, o introducía elementos alusivos a
distintas prácticas (trabajo, equitación, navegación, guerra,
religión, etc.), los cuales servían de fondo decorativo para la
fotografía, pero que, de igual manera, participaban en la
composición del testimonio de una época y de ciertas prácticas.
Así tenemos que una fotografía está cargada de información, no
sólo por lo que se registra del momento, sino también por la forma
como se hizo la toma. Todos los planos de la fotografía registran
una multiplicidad de factores de la vida de la época que debemos
tener en cuenta para lograr una comprensión cabal de la información
y hacer uso de la fotografía como registro documental en
imagen.
A comienzos del siglo XIX, época que podríamos llamar por
excelencia de la fotografía (aunque también en el siglo XX con
otras características y otras tecnologías), la práctica de la
fotografía constituyó un arte y de ello es testimonio el conjunto
de fotogramas con la pose, el vestido y los elementos decorativos
en primer o segundo plano. El retrato se convirtió en una manera
fácil y económica de exhibir en las salas de las casas la imagen de
los progenitores, como una forma de demostrar tradición o abolengo,
a la manera como en el Renacimiento los reyes hacían colgar de las
paredes de los salones de palacios grandes cuadros de retratos
personales o familiares, hechos por los más famosos pintores de la
época. También, en la medida en que aumentaba el número de
fotografías de retratos adquiridos, se procedió a formar el álbum o
a guardar en el baúl para mostrar a familiares o visitantes de
confianza de la casa.
Pasados los años, con el cambio generacional en las familias,
éstas conservaban todos los registros fotográficos, formando así
los llamados "archivos de baúl", tan preciados actualmente como
verdaderos tesoros de recuerdos que trascienden el interés familiar
y se convierten en patrimonio documental de toda la sociedad.