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INTRODUCCIÓN
Hay quienes
creen y dicen que el don más grande que Dios le ha dado al ser humano es el de la
libertad. Nosotros pensamos que es el de la palabra.
La palabra es
poder y es luz, es fuego y agua. Es fortaleza y es ternura y es también libertad. Sólo
el hombre, de entre tantos seres de la Creación, disfruta de este privilegio maravilloso
y único de articular los sonidos y producir las palabras.
Y fue con la
palabra que primero se manifestó el Ser Supremo. Ya lo dice San Juan en su hermosísimo
evangelio:
Al principio era
el Verbo,
y el Verbo estaba en Dios, y
el Verbo era Dios...
Él estaba al
principio en Dios
Y todas las
cosas fueron hechas por Él
y sin Él no se hizo nada de
cuanto ha sido hecho...
En Él estaba la
vida,
y la vida era la luz de los
hombres...
Con esa luz que
es la palabra, cada país alumbra su idioma y dentro de cada país las regiones se
inventan sus propios términos, dichos y localismos con los que la gente se expresa,
comunica, siente, ama, vive y se identifica.
La región vallenata
entendiéndose como tal esa inmensa zona tanto geográfica como espiritual que arranca en
la Baja Guajira y se adentra en buena parte del Viejo Magdalena Grande no es una
excepción a esta regla. Muy por el contrario, aquí nació y se mantiene un léxico
particular que al expresarse oralmente, canta con un dejo melodioso la sonoridad y riqueza
de su contenido.
En la búsqueda
y rescate de ese vocabulario y del cómo y el porqué se conserva pese a la cada vez mas
notable influencia extranjera sobre el castellano, logramos hacer las apuntaciones que dan
origen a este trabajo.
Algunas de las
voces que hemos recogido son de auténtica estirpe castiza que olvidadas en su mayoría
por el habla culta o transformadas por el pueblo a través de una peculiar forma de
pronunciarlas, fueron adquiriendo, al paso de los años, sus propios timbres, ortografía
y significado. Significado que, no pocas veces, difiere sustancialmente del que tuvieron
antes de ser sometidas a ese proceso cultural por el que pasa todo vocabulario, dando
lugar a la polisemia tan frecuente en el lenguaje vallenato.
Vemos entonces
que en el habla vallenata se volvió costumbre la supresión de D en vocablos tales como
descalabrar (escalabrar), desflecar (esflecar), desmandar, que quedó convertido en
esmandar, el cual además, perdió su signific?do original de descomedirse,
propasarse para venir a ser sinónimo de caerse, golpearse una persona
violentamente contra el suelo; desmigajar (esmigajar), desparrancado, que no sólo
perdió su d inicial sino que por analogía con
piernas pasó a ser el sonoro espernancao, y muchas otras palabras que irán encontrando
los lectores en estas páginas. Y se llegó hasta el punto de suprimirla en la
preposición de, que viene a quedar reducida a
su minima expresión: e, sin que deje de prestar
el mismo servicio: En el camino e San Juan nos vemos
Simultáneamente,
tal vez por un mecanismo de refinamiento que el pueblo adoptaba de manera inconsciente, se
le dió también por agregar uno o mas sonidos a voces que no los tenían. Así
aparecieron dir (ir), dentrar (entrar), estrebejos (trebejos), arristranco por retranca,
en el cual vemos, además, el cambio de género gramatical.
Tales
juegos fónicos y morfológicos dieron, como es de suponer, origen a nuevas
formas que, a su vez, terminaban, en algunos casos, por cambiar su significado original.
Tales los casos de recorcoma (reconcomio), atrafago (atafago) aquí con epéntesis de
r y cruce con tráfago; cabresto
(cabestro); y el recursivo arandibeles que no es más que la adulteración con diferente
sentido, del andariveles que registra el Diccionario de la Real Academia.
Pero, además,
en un alarde de polisemia innata que iba a ser una de las características de nuestro
léxico, otras palabras quedaron con su misma grafía e igual pronunciacion pero con un
significado totalmente diferente al que tienen en el español general. Entre estas
encontramos mandarria, escarapela, chismes, pluma y muchísimas más.
Se articula como jota (j) la
hache (h) de la escritura:
jorcón
(horcón), jecho (hecho), jarto (harto), jaragán (haragán), jediondo (hediondo), jalar
(halar), jalador (halador), jamaquiar (hamaquear), jondazo (hondazo), mojino (mohino),
mojo (moho), retajila (retahila), antigua tendencia castellana que se
mantiene en esta región.
Otra vez la
olímpica supresión de la D cuando aparece intercalada en la palabra: toes (todos),
toítos (toditos), too (todo) y de manera especial en los participios: amercochao
(amelcochado), cursiao (cursiado), etc. E incluso en final de palabra: usté (usted).
Es frecuente la
pérdida de la R al final de palabra, sobre todo en los infinitivos verbales y
especialmente cuando están acompañados del pronombre: quedase (quedarse), dale (darle),
prestale (prestarle), bañate (bañarte), etc. En ocasiones se pronuncia como L:
albitrario (arbitrario), o lo contrario:
la L se
pronuncia como R: arcayata (alcayata), arcarde (alcalde), urtraje (ultraje), orvido
(olvido).
En este proceso de
antífrasis, alteración, transposición, supresión y añadiduras que se dió para formar
el vocabulario vallenato, es necesario registrar destacándola, la tendencia que se
convirtió en regla a suprimir la s al
final o en medio de algunos vocablos: vamo (vamos), venimo (venimos), hicite (hiciste),
embojotate (embojotaste), trajimo (trajimos), vite (viste), oíte (oíste), arró (arroz);
o también a aspirarla, por medio de un sonido al que no se le ha dado representación
gráfica u ortográfica, pero que fonéticamente es similar al sonido de la jota: vamoj
(vamos), ejto (esto), maj (más), ejte (este), ejtai (estás).
Se contraen no
sólo las preposiciones con los artículos (al, del), sino también las preposiciones con
los pronombres personales: della (de ella) y con pronombres y adjetivos como en el caso de
desto (de esto) y lotro (lo otro). Y con el desparpajo con que estira, encoge, inserta,
suprime y amalgama preposiciones con tiempos verbales y éstos con el resto de la
oración, construye giros de uso frecuente aun en las llamadas zonas cultas de la
población actual, tales como apué, a
c
atrá, vaepu
é
, voá, vuavé, yavite, que son el
equivalente de las castizas expresiones: ah pues,
acá atrás, vaya pues, voy a, voy a ver, ya viste.
Para no hablar
de los acentos y entonaciones propios que el pueblo estableció a su libre albedrío y
según su leal entender durante décadas y más décadas y que acabaron por transformar
palabras de antigua pronunciación clásica como traedme, quitadme, hacedme, en las
comunes traéme, quitáme, hacéme, que el vallenato entona con acento grave, sin
importarle el hecho de que, al suprimirle la d en
la penúltima sílaba, el uso culto las convirtió en esdrújulas: tráeme, quítame.
En este rápido
vistazo por el habla vallenata, hay que destacar la conjugación de la segunda persona
singular, en donde se emplea la forma verbal correspondiente al vos:
te vai (te vas),
tenei (tienes), te dejai (te dejas), vai (vas), dobléi (dobles de doblar), te dei (te
des), tai (estás, con pérdida, además de la primera sílaba), vei (ves), asistai
(asistas), sigai (sigas), sabei (sabes), querei (quieres, con pérdida de la i de la
primera sílaba).
Mención especial merece en
este exordio la inveterada costumbre muy arraigada entre el pueblo de
transponer, alterándolo, el lugar que en la oración les corresponde a los dativos o
acusativos de los pronombres personales de la primera, segunda y tercera personas, lo que
produce modismos y giros singulares que causan sonrisas en quienes, ignorando todos estos
intríngulis de nuestro léxico, se extrañan al escuchar frases con advertencias tales
como Abrí el ojo que te se va a caé el
muchacho de la hamaca; o de quejas porque antier me se dañó el reló en
lugar de la forma correcta (?) se te va a caer
el muchacho.., y antier se me dañó el reloj.
A otros
términos como trenquipe, faracateo, arrequiñe,
juriminga, flequetear, tucutaca, ˇtantos más!, hay sí que reconocerles el mérito
de haber sido inventados por el talento del pueblo vallenato que, al igual que todos los
pueblos del mundo, ante la necesidad de expresar emociones, describir situaciones y contar
cosas para las cuales no siempre conocían las palabras precisas, fue creando su propio
lenguaje, su vocabulario particular que, en el caso que nos ocupa y a Dios gracias, aún
se emplea en ciertos estratos y núcleos sociales a cuya memoria oral amén de la
propia excogitación hemos recurrido para extraer la mayor cantidad de las voces que
aquí aparecen y que, sin duda alguna, no son la totalidad de las que forman el léxico
vallenato.
Queremos reconocer y destacar algo que no es
ningún secreto para los amantes e investigadores de la palabra en su plena belleza de
poder comunicante entre los hombres. Y ello es que en la medida en que nuestras
investigaciones se llevaban a cabo en pueblos, veredas, caseríos o sitios apartados de la
ciudad, íbamos descubriendo más y más palabras: resonantes unas, desconcertantes las
otras, fuertes y groseras éstas, tiernas y simples aquéllas; pero todas nimbadas por ese
hálito propio de hermosura y transparencia que proviene de su nacimiento en la pura
entraña popular, de donde también se nutre la sabia y picante paremiología regional a
la que dedicamos algunas páginas de esta pequeña obra. Sitios como Patillal, La Paz, San
Diego y otros pueblos de los alrededores, son todavía un acervo lingüístico de
incalculable valor cultural que ojalá se investígara por estudiosos de la lengua, más
idóneos que quien esto escribe, a fin de que se divulgue en aras del conocimiento y
conservación de lo que fue, y es aún, un auténtico lenguaje propio, de rancia estirpe
castellana.
Sin pretensiones de
lexicógrafos que por desventura no somos y sin otro interés que el del
rescate de nuestras propias raíces culturales, presentamos y ofrecemos a todos los
vallenatos del mundo este modesto Lexicón del Valle
de Upar que no tiene pretensión distinta que la de recuperar y dar a conocer los
teminos, modismos, giros, dichos, refranes y coplas del habla popular vallenata para que
no desaparezca del todo la eufonía, la sonoridad y la gracia de un léxico realmente
hermoso que en los albores de la vida regional, sedentaria y pastoril, cumplió cabalmente
su cometido.
CONSUELO
ARAUJONOGUERA
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