Ficha bibliográfica
Titulo: Diccionario Aristizábal de citas o frases colombianas
Autores: Luis H. Aristizábal
Edición original: Junio 29 del 2004
Edición en la biblioteca virtual: Julio 24 del 2005
Notas: Edición electrónica del diccionario de Luis H. Aristizábal en el que podrá encontrar una minuciosa selección de las frases y citas célebres pronunciadas por personajes colombianos.
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.

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| Diccionario Aristizábal de citas o frases colombianas

Letra V


VALDERRAMA, Carlos "El Pibe" (Santa Marta, 1961)

Todo bien, todo bien.
Respuesta tradicional a los periodistas.


VALENCIA, Elmo (n. en Cali)

Bogotá da la sensación de que siempre estuviera cubierta por una espesa capa de ceniza. Islanada, 1967.
El cielo que se introduce hasta debajo de las uñas y el color taciturno de los trajes forman espesas capas de aburrimiento en los cuerpos de los transeúntes.
Ibid.

Bogotá es el encuentro de un paraguas con un ojo.
Ibid.

Si todos los gamines que habitan las calles bogotanas se orinaran contra las columnas que sostienen la República, ésta, al caerse, se quebraría como un huevo.
Ibid.

To be or not to be that is the nadaísmo.
El universo humano, 1993, Prólogo.
Qusimos cambiar el mundo y resultó que el mundo nos cambió a nosotros.
Ibid.

Cuando Carlos Gardel se hizo fotografiar con su majestad la muerte, yo era un pajarito sin alas.
Ibid., título de cuento.


VALENCIA, Gerardo (n. en Popayán en 1911)

Orquesta del amor del universo / más allá del sentido.
El sueño de las formas, 1981.
A veces paso por mi frente / el dorso helado de la mano / y huye la niebla de mi alma; / cierro los ojos de la mente / y ya no veo ni pienso en nada...
Elación.
Algo sutil hasta mí llega / como una música lejana / y sueño entonces un poema / que no se escribe con palabras.
Ibid.

En el silencio es donde se encuentra siempre la verdad, la belleza y la misma poesía.
El Tiempo, 15, VIII, 1993.
La vejez, en sí, es deseable en cuanto a serenidad.
Ibid.

El primer hombre que alineó su casa / para ponerle un límite con la primera calle, / fue el primero también / en construir su propia cárcel.
El primero.
No para el mal ni para el odio, / que lo engendré para el amor. / Tened en cuenta lo que os digo / cuando os entrego este varón: Mensaje a todos los hombres.
Que nadie cierre los caminos / que abrió a los hombres la ilusión; / que nadie robe su derecho / para la dicha o el dolor.
Ibid.

Es un amigo que os entrego, / abridle un sitio bajo el sol.
Ibid.

Por fin llega el silencio. / Trapos de niebla cuelgan sobre las alambradas. / Hay una sombra en un portón. / La luz se va apagando como una vida enferma / y los postes vigilan su propia oscuridad. Nocturno.
Adentro, en todas partes, hay gentes que meditan. / Pero hay también quien sueña. / Duerme en desvelo la ciudad.
Ibid.

Amigo, no desdeñes / la humilde poesía, / que en el tallo más débil / hay una flor erguida / y en las alas más tenues / puede volar la vida.
Poesía.
Amigo, no destruyas / la oculta poesía, / que en la hierba que pisas / está brillando el día / y en los árboles secos / hay un arpa escondida.
Ibid.

Amigo, no te empeñes / en la palabra esquiva, / que el vocablo más dulce / puede ser la mentira / y en la voz del silencio / está la poesía.
Ibid.

Amigo, no lamentes / la ausente poesía, / que ella está en la añoranza / de la ilusión perdida / y es nueva en la ternura / del amor que se olvida.
Ibid.

Amigo, busca siempre / la muda poesía, / la que no tiene forma / para verter su esencia / que sin tú saberlo / en ti mismo se anida.
Ibid.

Todo lo que en la vida padecemos / es un haber, y toda la alegría / es algo que a la vida le debemos.
Las tres columnas.


VALENCIA, Guillermo (Popayán, 1873 - 1943)

¡Ya los perros sarnosos / se tornaron chacales. De ira ciego / el minero de ayer se precipita / sobre los tronos. Un airado fuego / entre sus manos trémulas palpita, / y sorda a la niñez, al llanto, al ruego, / ruge la tempestad de dinamita!
Anarkos, 1897.
¡Canes, mineros, artistas, / el árido recinto que os encierra / consume vuestros míseros despojos, / y en el agrio Sahara de la tierra / sólo hallásteis el agua... de los ojos!
Ibid.

¡Loor a los sepultos campeones / que no verán ya el cielo / entre los socavones!
Ibid.

¡Ah! Si es que apunta con fulgores rojos / el astro de la sangre por oriente. / Bajo el odio del viento y de la lluvia / por la frígida estepa se adelantan / los domadores de la Bestia Rubia.
Ibid. Sobre el olvido mi recuerdo impera; / de su sepulcro mi dolor la arranca; / mi fe la cita, mi pasión la espera,
A la memoria de Josefina I.
Y la vuelvo a la luz, con esa franca / sonrisa matinal de Primavera: / ¡Noble, modesta, cariñosa y blanca!
Ibid.

Que te amé, sin rival, tú lo supiste / y lo sabe el Señor; nunca se liga / la errátil hiedra a la floresta amiga / como se unió tu ser a mi alma triste.
A la memoria de Josefina II.
Diáfano manantial que no se agota, / vives en mí, y a mi aridez austera / tu frescura se mezcla, gota a gota.
Ibid.

Tú fuiste a mi desierto la palmera, / a mi piélago amargo, la gaviota, / ¡y sólo morirás cuando yo muera!
Ibid.

Quise ajustar mi ofrenda / al viejo canon, y pulir el verso / con paciencia de orífice.
A Palmira.
La carne es la tristeza, y ya los libros todos / ¡asiló mi cabeza! Brisa marina ¡Yo partiré! Tus mástiles erige con presteza / oh Buque, y léva el ancla / ¡con rumbo hacia una exótica feliz naturaleza!
Ibid.

¡Oh corazón! ¡escucha las voces de alegría / que dan los marineros!...
Ibid.

Hasta el Olimpo que la Tierra llora / subió de tu cantar la melodía / volando en el crepúsculo del día / con voz que a Grecia de laurel decora.
Homero.
Es un invierno tu cabeza... Mancha / un piélago de sombras el camino / que el ritmo puro de tu canto llena...
Ibid.

Verde corona tu perfil ensancha, / y vas - manso cantor de lo divino - / asido al brazo mórbido de Helena...
Ibid.

Cuna. Babero.
Escuela. Libros. Tesis.
Diploma. / Pobreza. Pleitos. Jueces. Aulas. Corte. Ruido. / Comités. Elecciones. Tribunal. Gloria. Olvido. La serie sustantiva Ilusión. Señoritas. La Sociedad. Marido.
Ibid.

Calva. Ceguera. Gripa. Vértigos. Callos. Penas. / Abandono. Esquiveces.
El Patatús.
La fosa.
Ibid.

Soy católico por tradición, por convencimiento y por estética.
Soy conservador por estética.
Vestía traje suelto de recamado biso, / en voluptuosos pliegues de un color indeciso. Leyendo a Silva.
De aquellos dedos pálidos la tibia yema blanda / rozaba tenuemente con el papel de Holanda.
Ibid.

Sus cuerpos de serpiente dilatan las mayúsculas / que desde el ancho margen acechan las minúsculas.
Ibid.

Allí la dama gótica de rectilínea cara / partida por las rejas de la viñeta rara.
Ibid.

Allí, cual casto grupo de núbiles Citeres / cruzaban en silencio figuras de mujeres // que vivieron sus vidas, invioladas y solas / como la espuma virgen que circunda las olas.
Ibid.

Mientras, envuelta en sombras, se atristaba la luna...
Ibid.

De las locas campanas que en el Día de Difuntos / despiertan con sus voces los muertos cejijuntos.
Ibid.

El bardo, que en la calma de una noche sombría, / puso fin al poema de su melancolía.
Ibid.

Amando los detalles, odiar el Universo; / sacrificar un mundo para pulir un verso.
Ibid.

Esconder entre flores el áspid de Cleopatra.
Ibid.

Poetas que diluyen en el espacio inmenso / sus ritmos perfumados de vagaroso incienso.
Ibid.

Querer sentirlo, verlo y adivinarlo todo.
Ibid.

Eso fuiste, ¡oh poeta! Los labios de tu herida / blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida.
Ibid.

Pensó mucho: sus páginas suelen robar la calma; / sintió mucho: sus versos saben partir el alma.
Ibid.

Amó mucho: circulan ráfagas de misterio / entre los negros pinos del blanco cementerio...
Ibid.

No manchará su lápida epitafio doliente; / tallad un verso en ella, pagano y decadente, // digno del fresco Adonis en muerte de Afrodita: / un verso como el hálito de una rosa marchita, // que llore su caída, que cante su belleza / que cifre sus ensueños, ¡que diga su tristeza!
Ibid.

¡Así rindió su aliento, bajo un sitial de seda / el último nacido del viejo Cisne y Leda!
Ibid.

¡Gemid poetas! funeraria urna / do bullen entre gélidos arcanos - bajo la propia lobreguez nocturna - / los versos como lívidos gusanos.
Día de ceniza.
Palemón el
Estilita, sucesor del viejo Antonio, / que burló con tanto ingenio las astucias del demonio.
Palemón el estilita.
Los recuerdos tormentosos / que en los días pesarosos, / que en los días soñolientos / de tristezas y de calma / nos golpean en el alma / con sus mágicos acentos, / cual la espuma débil / toca / la cabeza dura y fría / de la roca.
Ibid.

Y el buen monje / la miraba / la miraba, / la miraba, / y, queriendo hablar, no hablaba, / y sentía su alma esclava / de la bella pecadora de mirada tentadora.
Ibid.

Y en coloquio con la bella / cortesana, / se marchó por el desierto / despacito... / a la vista de la muda / ¡a la vista de la absorta caravana!...
Ibid.

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices, / de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia, / los cuellos recogidos, hinchadas las narices, / a grandes pasos miden un arenal de Nubia.
Los camellos.
Tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico / perdido entre las ruinas de infausto monumento.
Ibid.

Vagando taciturnos por la dormida alfombra, / cuando cierra los ojos el moribundo día, / bajo la virgen negra que los llevó en la sombra / copiaron el desfile de la Melancolía.
Ibid.

Son hijos del Desierto: prestóles la palmera / un largo cuello móvil que sus vaivenes finge, / y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera / ¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!
Ibid.

Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda: / "Amamos la fatiga con inquietud secreta...", / y vieron desde entonces correr sobre una espalda, / tallada en carne, viva, su triangular silueta.
Ibid.

Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles, / ni las volubles palmas que riegan sombra amiga, / ni el ruido sonoroso de claros cascabeles / alegran las miradas al rey de la fatiga.
Ibid.

¡Oh artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta / que vais llevando a cuestas el sacro Monolito! / ¡Tristes de Esfinge! ¡novios de la Palmera casta! / ¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!
Ibid.

¡Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas, / sólo su arteria rota la Humanidad redime.
Ibid.

¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana, / entre las ondas grises de lóbrego fastidio!
Ibid.

Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre / mientras el vago fondo de esas pupilas miro, / dirá que vió un camello con honda pesadumbre / mirando silencioso dos fuentes de zafiro.
Ibid.

Y entre las aguas de una mar tranquila / me hundí callado... y se me fue la vida. Sueño vivido Y todo estaba lleno por las olas / de una rara cadencia melancólica.
Ibid.

Y de los caros bosques familiares / aspira los aromas otoñales.
Ibid.

Y se finge de pies entre la arena, / como en las horas de la edad primera.
Ibid.

Sobre los viejos mástiles tendidas / ¡melancólicas velas amarillas!
Ibid.

Júpiter venuste, grave, feliz, remoto, primaveral, augusto.
Tristeza de Goethe.
Yo nací en la urbe, hecha de granito y de mármol / con escudos de piedra tosca, que unen la clave / de los arcos y llena de polvo y huesos / como un antiguo catafalco.
El tiempo mismo allí conserva, / su virtud de encaje plegado / y de la espada de un guerrero / cuelgan los hábitos de un santo. Salió, como relámpago imprevisto, / a impulso de los hálitos eternos, / esta sola palabra: |JESUCRISTO La mujer es la eterna enemiga del hombre. Desde los tiempos de Cromwell se alquilan las casas de los parlamentarios hostiles.
Telegrama al Presidente de la República, 1904.
Nos quitaron el potrero y nos dejaron la casa de la hacienda con el mangón de los terneros. (Tras la fragmentación del Gran Cauca, en 1910), cit. por Eduardo Lemaitre en Reyes el Reconstructor, 1958.
"Pintó Hans Holbein", dice la envejecida tela / que a cierta ciudad muerta me fuí a buscar un día / por ver, oh padre Erasmo!, la búdica ironía / que de tu boca fluye, que tu desdén revela. Ritos, ed. 1914, A Erasmo de Rotterdam.
¿Cómo en la mustia boca de la melancolía / tus labios aprendieron ese reír que hiela?
Ibid.

¡Oh, cuerdo que tu elogio le diste a la Locura!
Ibid.

Todo en ti me conturba y en ti todo me engaña, / desde tu boca, donde la pasión se adivina / que empurpura los pétalos de esa rosa felina / hasta la rubia movilidad de tu pestaña.
Ibid., Esfinge Todo en ti me es adverso: tu sonrisa me daña.
Ibid.

¡Eres una mentira con los ojos azules!
Ibid.

Oculta las heridas bajo el primor del pliegue.
Cit. por Fernando Charry Lara.
Y el tedio, como un ácido, corazones deslíe.
Un país no progresa sin la condición esencial de la paz pública, que es a los pueblos lo que la salud para los seres vivos. 1917.
Se trata de un armisticio que permita sepultar los cadáveres de nuestros errores.
Ibid.

Nadie está contento con la paz que hacen los otros.
Ibid.

Seis congresos, mil reuniones / la iglesia, el circo, el estrado, / todo club bien reputado, / sepelios y diversiones, / agitadas elecciones, torneos de amor y ciencia / la lid por la Presidencia. 1919, al regalar su bastón.
Amando los detalles, odiar el Universo; sacrificar un mundo para pulir un verso.
Catay, 1928.
Para ir a encontrar a su novio / bajo el sauce que da sobre el río, / se cubrió con dos túnicas bellas, / - sus más bellas túnicas - / por solo atavío.
Ibid., La joven desnuda, de Li - Chuang - Kla.
Y encendida en rubor de repente, / ocultando en las manos la frente, / levantose a la orilla del cauce: / de las tres, le faltaba una túnica: / la sombra del sauce...
Ibid.

Roma locuta est.
A Vásquez Cobo, entrevista, 1929.
Por él supe los chismes de la parroquia artera, / los líos del barbero, del cura y la sobrina, / la fofa brillantez de la clase altanera, / y la malignidad de la chusma ladina. Los estudios clásicos me sirvieron para amar la mesura, la claridad, la síntesis y hasta para esforzarme en ser diáfano. Sanín Cano es un fecundador de cerebros.
Entrevista, 1930.
Mis amigos, no hay amigos. ¡Un dolor cristalizado! Sobre el libro Margarita de Diego Uribe (véase Gilberto Garrido).
Bella cosa es la paz, pero nada vale sin el honor.
(Crítica al viaje de López Pumarejo al Perú para poner fin a la guerra), 1932.
Uribe Uribe es el primer varón que ha producido Colombia depués de Santander.
Tener la frente en llamas y los pies entre el lodo. La rubia de cutis perla y grana / semítica nariz y azul ojera, / que parece a través de su ventana / casta virgen de gótica vidriera. Si escribes todos los días te conviertes en gallina.
Estamos en épocas de grandes avenidas y todas las corrientes, arroyos y ríos, se han salido de madre.
Sólo el mar en su grandeza tremebunda respeta el cerco de arenas que él quiso poner a sus ansias.
A Cornelio Hispano.
No está lejano el día en que el consenso universal exija que Alemania se arme nuevamente, pues ella es en Europa la más poderosa fortaleza contra el peligro asiático, cuya vanguardia es Rusia, y el peligro musulmán que preside Turquía.
El momento político internacional del mundo, 1932.
Bolívar vivirá para siempre cuando el bronce de Tenerani, limado por los siglos, yazga mútilo e informe, cabe el pedestal derruído que hubo de sustentarlo un día. Panegírico a Caro Amigo, en las más altas cumbres hace frío.
A Eduardo Carranza, que le había reprochado la frialdad de su poesía, 1935.
En todo bloque de mármol existe una estatua. El trabajo es sacarla. ¡Alumbrar es arder / y quemarse alumbrando es vivir! ¡Es vivir! Es vivir. El hombre... en nido de paz será paloma y en nido de dolor será serpiente. Céfiro de las tumbas un bardo israelita / le canto cantos tristes de la raza maldita.
(Sobre Jorge Isaacs).
Hay un instante del crepúsculo / en que las cosas brillan más, / fugaz momento palpitante / de una amorosa intensidad.
Hay un instante...
Muda la tarde, se concentra / para el olvido de la luz, / y la penetra un don suave / de melancólica quietud.
Ibid.

Mi ser florece en esa hora / de misterioso florecer; / llevo un crepúsculo en el alma, / de ensoñadora placidez.
Ibid.

Antonio el Cenobiarca del silencioso Egipto. San Antonio y el centauro.
Y soy la Fuerza alegre; mi brazo poderoso / sabe peinar la ninfa y estrangular el oso.
Ibid.

Soy malo como el hombre y ágil como el caballo.
Ibid., (El centauro).
Con un aire maligno de mujer y serpiente, / cruza en rápidos giros Salomé la gitana / al compás de los crótalos.
Salomé y Jaokanann (Antítesis).
Inyectados los ojos, con la faz amarilla, / el caduco Tetrarca se lanzó de la silla.
Ibid.

"Nunca pruebes, me dijo, del licor femenino, / que es licor de mandrágoras y destila demencia; / si lo bebes, al punto morirá tu conciencia, / volarán tus canciones, errarás el camino".
La palabra de Dios (Síntesis).
"Lo que ahora vas a oir no te asombre: / la mujer es el viejo enemigo del hombre".
Ibid.

Como un viviente escombro de dolor, / en la noche medrosa / se tuerce la cancrosa figura / de Job el idumeo.
Job Su lacerada carne despréndese a pedazos / bajo los picotazos de un buitre, / par de aquel que sobre un monte / - ya hendido el pecho - / le sorbió la sangre rebelde a Prometeo.
Ibid.

Job, el príncipe atento y noble, / más que todos los reyes orientales, fue opulento: / bueyes tuvo sin cuento, y de ovejas lustrales / un mar en que la espuma fuesen los recentales.
Ibid.

Y enjaezadas filas de dóciles camellos / de sabio andar y de cimbrantes cuellos.
Ibid.

¡Oh! príncipe, tu trono es la raída estera, / y tu reino, aquel lívido país que no se nombra...
Ibid.

Satán, el envidioso, te hirió / y caíste de la próspera cumbre al abismo, / y midió tu heroísmo, en tu ser, / todo el pávido horror de tu sima interior.
Ibid. Tu oído - memorioso caracol / de la playa eternal en los mares divinos - / captó para tu mal las bárbaras saetas / que lanzó contra ti el arco siempre tenso / de los labios mezquinos.
Ibid.

Nadie cuenta las gotas de sangre / que al rodar hinchan ríos, / que de los corazones / discurren hacia el mar.
Ibid.

Y entonces vivió Job / la sublime soberbia de su aflicción sin par, / y escupió a la protervia de los hombres efímeros.
Ibid.

Y en veloz bandada, / sus trágicas querellas, como águilas indómitas, / volaron de su boca ensangrentada.
Ibid.

Y tuvo la intuición del Bien, / pesó la Creación / con la vieja balanza de Jehová, / y como insomne lámpara, sobre la inmensidad / puso a oscilar su propio corazón.
Ibid.

Vencedor / de su horrenda pesadumbre, / su grandeza inmortal unificó en la cumbre / el nácar de la perla / y el de la podredumbre.
Ibid.

Y un áspid insidioso que pasaba / miróle sonreír con la dulzura de la Primavera.
Ibid.

Su compañera huyó, / se consoló mirando los vaivenes / de la voluble datilera.
Ibid.

Ostentaba su frente, / en vez de guirnalda riente y joyeles galanos, / un hirviente cintillo de túmidos gusanos.
Ibid.

El titilar de la pupila inquieta / y temerosa que ansía ver la meta / más allá del abismo sellado de la fosa.
Ibid.

Y la pena fluía cruel, / como un hilo implacable de hiel / sobre el labio tostado y sangriento, / sediento de caricias y miel.
Ibid.

¡Oh gigante sufrir! ¡Oh velado gemir sin testigos! / ¡Oh mentir de esperanza! ¡Oh mentir de sonrisas y amigos!
Ibid.

Todo creador en su seno / recata un dolor como el tuyo, inmortal.
Ibid.

Quede franca la tribuna política a amigos y enemigos para exaltarle o condenarle, pues vasto campo aún resta en que espigar para su gloria.
A la muerte de Olaya Herrera, 1937.
El silencio verde de las llanuras, que vio Carducci reflejarse en los ojos del buey, nada podrá decir jamás a tanto ciego y sordomudo.
Discursos La ignorancia es atrevida.
Cit. por P.I. Vargas Rojas, Diccionario de máximas, Vol. II, 1993.
Somos la minúscula rueda de un inmenso engranaje.
Ráfaga de hastío que despertaba a los hombres en sus lechos. Cit. por Sanín Cano.
Horas
en que al futuro mostraron tus espadas / por donde van. Oh Patria, tus sacrosantas lindes.
Ese amarillo de las tumbas / nos ha entristecido el Azul. Buscando consonancias para mi ser enfermo / sobre la tierra estéril de aquel infausto yermo / lleno de musgos y de horror.
Motivos.
¡Ah! si supiesen que el soñado verso, / el verso de oro que les dé la palma / y conquiste, vibrando, el universo, / ¡oculto muere sin salir del alma! Cigueñas blancas.

Bendita seas, democracia, aunque así nos mates.


VALENCIA, Guillermo León (Popayán, 1909 - Nueva York, 1971)

Pueblo de mercaderes.
Los Estados Unidos, 1940.
Ahora me doy cuenta de que la sabiduría es la carrera más larga para llevar al error.
En el Senado, al profesor López de Mesa, al jactarse aquél de sus cuarenta y cinco años de estudio, reflexión y presencia en la vida nacional.
Debemos volver por nuestros fueros, si no queremos que en el frontis del Capitolio se escriba la frase de Cromwell, "se arrienda esta casa".
Ante el Congreso, 5, XII, 1941.
Me despojaré de la túnica de senador y tomaré la chaqueta del soldado.
Cit. por Arturo Abella, 1949.
Algún día, gallardo amigo, usted estará en el Senado de la República... Porque en un país donde la mitad es analfabeta es justo que tenga su representante.
A un concejal impertinente, cit. por Luis Carlos Iragorri y Juan José Saavedra.
Yo no sé nada de barcos, pero supongo que deben ser buenos, porque Colón descubrió a América en tres carabelas de fabricación española.
Cuando se le preguntó su opinión sobre unos barcos españoles que había comprado la Flota Mercante Grancolombiana,  Ibid.

¿Usted me quiere sacar una declaración, o las amígdalas?
A un periodista que le puso el micrófono en la boca,
Ibid.

No se preocupe monseñor, que bajar con usted es subir.
A monseñor Juan Manuel González, acompañándolo a bajar las escaleras de su casa, Ibid.

Yo sé eso desde hace tiempo pero me había dado pena decírselo.
A un representante que le indicó que entre los dos había una abismo moral.
Ibid.

Lo malo es que usted descendió demasiado. A un contradictor que le dijo que él también descendía de próceres,
Ibid.

Lo que pasa es que sus penachos degeneran en colas. A un congresista que le dijo en un debate que en su familia también había penachos,
Ibid.

Yo soy muy mal cuarto. A quienes le propusieron que se casara con una mujer que había enviudado tres veces,
Ibid. Déjenlo, que él es turco y rebaja. A los conservadores que estaban indignados por la cantidad de muertos que Gabriel Turbay les endilgaba,
Ibid.

Esa es una sospecha de la que sólo se libran los hijos de los imbéciles.
A quien insinuó que se hacía el indispuesto para esperar órdenes de su padre, antes de un discurso.
Yo creo que la única solución es esta.
A John F. Kennedy, vertiendo un poco de leche en el café negro, luego de ser consultado sobre el problema racial.
Yo creo más bien que deberían abolirla.
A quien le preguntó si se debería restablecer la pena de muerte en Colombia.
Ibid.

No es usted el primer acólito que se descalabra con el incensario.
A un defensor de la dictadura de Rojas que se jactaba de haber sido herido en defensa de la causa.
El presidente de los pobres.
Frase con la que quería ser llamado.
Usted tiene un dominio muy completo del asunto, el país confía en usted. Frase que solía usar para delegar funciones, cit. por María Teresa Herrán.
¡Viva España!
Brindis con el que saludó al general De Gaulle, IX, 1964.
En cambio a usted le queda divinamente el Everfit. Al general Ruiz Novoa, quien le dijo al encontrárselo que su vestido le quedaba algo flojo.
Dígales que me dejen solo. Yo no me quiero morir delante de la gente.
Ultimas palabras, a su hijo Ignacio, 1971.


VALENZUELA, Mario, S.J. (1836- 1922)

Despierto el ojo, la nariz hinchada, / la frente erguida, trémula la crin, / tascando el freno, el suelo golpeando, / la oreja atenta al eco del clarín...
El llanero y el llanero / mal vestido, tostado por el sol, / sacudiendo la lanza y con la vista / clavada en el ejército español.
Ibid.

Al frente un cuadro ve, la señal oye, / hace sentir las espuela a su corcel, / encórvase en la silla, centellean / sus dos ojos de rabia y de placer.
Ibid.


VALLEJO, Fernando (Medellín, 1942)

Bogotá en 1927 tenía doscientos veinte mil habitantes y era una ciudad de ladrones.
Hoy tiene cinco millones, camino de seis, y es una ciudad de ladrones: la capital de un país de ladrones.
Barba Jacob, el mensajero, 1984.
Su vida fue un inútil irse de todas partes para regresar luego...
Ibid.

León de Greiff. Pasó sus últimos años encerrado en un cuarto, poniendo en un tocadiscos música clásica a un volumen atronador para que no llegaran hasta él los ecos de la estupidez humana.
Ibid.

Dicen que fue una revolución, pero no hay tal: era una fiesta. (La revolución mexicana),
Ibid. "Salir de Guatemala para caer en Guatepeor".
Guatepeor es Nicaragua... por algo Darío vivió su vida afuera.
Ibid.

El marinero se esfumó como se esfuman todos los marineros.
Ibid.

Era Managua (ya no lo es porque la destruyó un terremoto) una ciudad infame de calles no pavimentadas, caliente, polvosa, chismosa y mezquina.
Ibid.

Barba Jacob es impensable fuera del suelo americano.
Ibid.

Vivía el más triste destino que cabía en los pueblos antioqueños: era una mujer soltera.
Ibid.

El antioqueño ha tenido que marcharse siempre en busca de otras tierras donde tumbar los árboles; es la "colonización" antioqueña...
Ibid.

había intuido la falacia del lenguaje que es designar en igual forma al niño, al joven, al hombre y al anciano, y que en el correr de la vida el nombre sólo da una ilusoria continuidad.
Ibid.

Fallecer dicen en México, como si el término adminisrativo pudiera suavizar un poco la muerte.
Ibid. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! La cabeza del niño, mi cabeza, rebotaba contra el embaldosado duro y frío del patio.
El río del tiempo, Los días azules, 1985.
Ya no existe la calle de Ricaurte, ya no existe la casa, ya no existe la reja, ya no existe la ventana.
Como a todo en Medellín, se lo llevó el ensanche.
Que se lleve el ensanche mi recuerdo.
Ibid.

En Antioquia se habla de vos, y sólo se le da el tú a Dios, o a la novia. Muy sofisticado.
Ibid.

Se nace conservador o liberal como se nace hombre o mujer, y así se muere.
Es cuestión de cromosomas.
Ibid.

De los pueblos y zonas conservadoras se destierra a los liberales, y viceversa: por estética; porque sus casas con su color chillón rompen la discreción del paisaje.
Ibid.

La alta fiebre, que mata la espiroqueta pálida, mata también los gusanos de la duda.
Ibid.

Sé que hay hambre en el mundo y que existe Biafra, pero me importa un bledo la humana especie.
Ibid.

Y ahí vamos, con el acelerador pegado, a cien kilómetros por pleno centro de Medellín.
Ibid.

Junín es la principal vía, la arteria aorta, la vena cava, la que lleva el smog al corazón. Un coágulo en Junín es infarto.
Ibid.

Tiempos antediluvianos de mi niñez en que ocho kilómetros era el fin del mundo, y en que la bragueta de los pantalones tenía botones.
Ibid.

El peor insulto que se le podía decir a un niño entonces era el de niña. Era echarle encima un alud de herencia española, una tonaleda de honor español.
Ibid.

De confesión sacrílega en comunión sacrílega el pecado se va acumulando, como deuda de país subdesarrollado, hasta el Juicio Final.
Ibid.

Laureano era el sol. Con su palabra de fuego, desde su curul del Senado, fustigó por años a los corruptos gobiernos liberales y a los tartufos de su partido... Era la intransigencia del bien.
Ibid.

No puede haber democracia donde unos llegan antes y otros después.
Ibid.

Las familias numerosas son tan felices, gozan de tal dicha y ventura, que pueden prescindir de comer.
Ibid.

Esta familia de mandamases insumisos que no obedecía más ley que la del desacato.
Ibid.

Con ilusos no se puede contar. Están siempre haciendo las cuentas de la lechera: hoy cambio este litro de leche por un billete de lotería, y mañana me saco el premio mayor y compro esto y lo otro.
Ibid.

Pero nos hemos saltado más de cien páginas en el libro del destino.
Volvamos atrás, a cuando yo era pirata...
Ibid.

En Colombia a los cines los llaman teatros, y a los teatros nada porque no hay teatro.
Ibid.

¿Para qué se hicieron las leyes si no para violarlas?
Ibid.

El futuro todo está en el pasado, y la absoluta tristeza en la absoluta felicidad.
Ibid.

Amigo mío, por favor, no le haga una revolución al campesino colombiano.
Déjelo como está, que está más que bien. Siempre encontrará un patrón pendejo que ponga la tierra y trabaje por él.
Ibid.

Mi raza antioqueña, mezcla de blanco con negro, con indio, con tarado, con loco, es como el sancocho que lleva: papa, yuca, plátano, maíz, arracacha, hueso, carne, infame mezcolanza de sangres mal batidas en agua caliente con sal.
Ibid.

Carecemos de todo talento pictórico, auditivo, culinario, verbal. Paso a paso hemos ido avanzando hacia la absoluta mudez. Ibid. Nuestro talento culinario se agota en el susodicho sancocho, que le recomiendo en caso de hambre crónica y crónica necesidad.
Ibid.

Lo que hacemos bien es robar, pero hemos robado tanto que ya no nos queda a quién.
Ibid.

En el alma de cada niño hay un suicida, y no puede ser de otro modo dada la desconsideración de los padres.
Ibid.

¿Quién pudiera escapar de la cárcel salesiana rumbo al mar inmenso, que suena en el caracol?
Ibid.

La novela le fue un género negado a Antioquia. Eramos demasiado nosotros mismos para mentirnos en ficciones.
Ibid.

Al fin de cuentas robar libros no es robar. ¿No ven que son cultura? Es como robarse un cuadro, o un piano, o un camión para cargarlos.
Ibid.

No se improvisa un castillo, como no se improvisa un fantasma ni una tradición medieval.
Ibid.

La Universidad de Antioquia que para el pueblo es gratis, que es del pueblo y para el pueblo, por el pueblo vive en huelga desde hace veinte años.
Ibid.

No se echa el anzuelo en el charco apacible donde el río de Heráclito está quieto y donde, desmintiendo al filósofo, cuantas veces quieran se pueden bañar las señoras, en camisón.
Ibid.

Carlos Arturo Rueda no era un simple locutor: era un poeta, que iba ensartando metáforas con la furia de una máquina Singer, a la velocidad del rayo.
Ibid.

Y de rencor en rencor me fui adentrando en la noche oscura del odio, donde dispersas brillaban una que otra chispita de amor.
Ibid.

A la memoria de Jean Baptiste Poquelin, Moliere, digo y sostengo aquí que los médicos de hoy son como los suyos, como los de siempre: una pública calamidad.
Ibid.

En Antioquia hay más cegatones que mal nacidos.
Ibid.

En Colombia, por si usted va, sobran ladrones. ¡Con tánta ley y tánto desocupado!
Ibid.

Declarársele a la novia es asunto tan arduo para un chiquillo como confesarle a un cura un pecado contra el sexto mandamiento un inexperto pecador.
Ibid.

En una encrucijada polvosa, en un cruce absurdo de caminos, descubro una mañana de diciembre a la fortuna, jugándose a los dados con el viento mi destino.
Ibid.

Por la puerta mal cerrada de mi sensibilidad, una noche se me coló la música del mundo hasta el mero corazón.
Ibid.

Ausente de pecado mortal, la niñez es la época más tediosa de la vida.
Ibid.

Somos un país de puesteros legalistas y de lambecuras irredentos.
Ibid.

El Libertador de nada nos libertó. Al hombre lo liberan héroes anónimos.
Ibid.

Ver para creer, dicen ellos, pero es al revés: hay que creer para poder ver.
Ibid.

Un músico a quien le entra la música por los ojos, y no por los oídos, se jodió.
Mejor que cuelgue el clarinete.
Ibid.

"Vendo casa barata, motivo saxofón"
Ibid.

Después de estudiarla mil veces, la polonesa en la bemol de Chopin no sabe a nada. El sentimiento muere con la repetición.
Ibid.

En amor y en música lo que no se da de una vez que no se dé.
Ibid.

No se mueve la hoja de un árbol ni sopla el viento en Colombia sin pagar un impuesto que regula la ley.
Ibid.

La ley es para tranquilizarles la conciencia a los del Congreso, que creen que están trabajando.
Ibid.

Tengo para Colombia y su infinidad de males una expedita solución: que dejen atracar.
Ibid.

¿Por qué en Colombia el cielo sólo castiga a los que rezan?
Ibid.

"¡Mierda!", dijo la Marquesa, poniendo las tetas sobre la mesa.
¿Con quién peleo, si sólo maricas veo...!
El río del tiempo, El fuego secreto, 1987.
La vida cuando se empieza a poner sobre el papel se hace novela.
Ibid.

Un inmenso viento verde de piratas y palmeras sopló sobre el café Miami viniendo de muy lejos, de un remoto mar Caribe de tormenta, donde cargada de oro se iba a pique una goleta y naufragaban penas de amor.
Ibid.

Sepa usted que la sardina (entre la humana esencia y el ángel) es el ser más preciado de la abigarrada fauna, fauna ambigua, fauna acuática, que puebla el denso río de Junín.
Ibid.

La sardina, ay, por desventura, y ésta es una suprema verdad teológica, sólo vive diecisiete años, tras de lo cual muda: cambia su armadura de magia, su ropaje de ensueño, y se transforma en un ser cotidiano.
Ibid.

Para mí todos los ríos llevan al mar.
Ibid.

¿De veras creían que por virtud de la hecatombe este yermo de mezquindad podía ser una patria?
Ibid.

Pienso que con todo y todo, truene lo que truene, pase lo que pase, venga lo que venga, siempre es mucho mejor estar bien que mal.
Ibid.

Murió en Risaralda: de muerte natural, como se muere en Colombia: asesinado.
Ibid.

Yo estoy vivo, ahora sí que por una convención literaria que quiere que el autor viva por lo menos hasta que acabe su relato.
Ibid.

Ciencia difícil y de equilibrista la de botar los estorbos sin ir a tirar las bellezas.
Ibid.

Y en el acto se me detuvo el tiempo: hasta entonces había vivido para vivir; en adelante creo que he vivido para recordar.
Ibid.

Todos a la larga somos todos, y en cierto infinito mar de las transfiguraciones nos repetimos, con una terca obstinación.
De suerte que el "yo" tarde que temprano se hace "usted".
Ibid.

Como novelista omnisciente, metido en todos los cuartos y corazones ajenos, veía sin pagar.
Ibid.

Tras la breve detención del bache el camión vuelve a andar y en pos de él, con su callado caminar, el Tiempo.
Ibid.

Escándalo y oprobio de Medellín, rueda el Studebecker cargado de bellezas y cervezas, con alegre complicidad.
Ibid.

Perfume barato, licor de bajo precio, yo tengo el alma de pachulí.
Ibid.

¡Pobre país de insania que camina a pie limpio, amargado, desarrapado, con un puñal escondido, hacia la vejez!
Ibid.

¿Cómo se puede poner uno un pueblo de ruana, dígame usted? ¿Por dónde se lo mete? Es la expresión absurda que ha acuñado un país absurdo para decir en cuatro palabras todo lo que le cabe en las tripas de envidia y ruindad.
Ibid.

Por eso Colombia no tiene músicos, la policía los acabó.
Ibid.

Ay, si los países fueran sus cárceles, Colombia sería un albañal.
Ibid.

Métetelo bien en la cabeza, ahora que estás aquí, gran ingenuo: en esos vallecitos y montañas quiméricos, en esas encrucijadas de bruma, en esos barrios de tango, en esas cantinitas alucinadas, llueva o truene o resplandezca el sol, con el machete del campesino o con el puñal del atracador o con el rifle del bandolero o con el fusil del guerrillero o con la metralleta del asaltabancos o con la pistola del detective o con el revólver del policía, Colombia te matará.
Ibid.

No es la lluvia verleniana que temborilea dulcemente sobre el corazón y los tejados, ojalá: es el grosero chaparrón de los trópicos que desconoce el matiz.
Ibid.

Somos repetitivos, redundantes, periféricos: giramos y giramos dándole la vuelta del bobo a un huevo.
Ibid.

Desde que el Cid tomó a Valencia, hace mil años, le acometió al loro una diarrea por la lengua, y habla y platica y charla y parlotea, y aún ni le diagnostican qué comió.
Ibid.

Filósofos de España: ¡al terregal hortero a cultivar patatas!
Ibid.

Quince o diecisiete hijos dan al traste con toda intención filosófica.
Ibid.

Las constelaciones son ilusorias y efímeras, espejismos pasajeros.
Cree el observador ingenuo ver en ellas un toro, una balanza, un pez y acomoda los trazos.
Como en el amor, ¿no? Uno ve lo que quiere.
Ibid.

A los arrieros los reemplazó el hampa, y al hampa nada y su vacío lo tengo que llenar con recuerdos.
Ibid.

No hay, amigo, mejor alcahueta que una carretera que baja de curva en curva por una montaña.
Ibid.

El libre albedrío es ilusión, mera falacia.
Por más que arrojen a Edipo a los lobos el niño crecerá, y matará a su padre; desposará a su madre, se vaciará los ojos.
El destino está escrito en el cielo y escrito con sangre.
Ibid.

No hay infinitos caminos, eminentes doctores, sólo hay un camino único para cada quién, y aunque soñemos que da curvas, que vuelve atrás, que lo podemos desviar, avanza recto, sin una sola encrucijada de elección.
Ibid.

¿Qué es la vida (no la falsa novela) sino retazos, pedacería, pedazos unidos por el débil hilo del "yo"?
Ibid.

Para los escasos decenios que nos restan, propongo dos postreras obras de caridad del cristiano: darle amor a quien lo pida y muerte a quien la quiera.
Ibid.

¡Yo soy yo y al diablo mis circunstancias!
Ibid.

Lo miré incrédulo como mira un gran danés a un chihuahueño que le ladra.
Ibid.

La pobreza cohabita con la ignorancia; duermen amancebadas en profusión de olores bajo el mismo techo, sobre el mismo lecho; y se multiplican por diez.
Ibid.

No sé por qué las sociedades ricas que se respeten dejan persistir la pobreza, si es tan fácil de eliminar: con quien la padezca.
Ibid.

No capta el pobre el tintineo del buen vino ni el timbre del Stradivarius. Sordo a sonidos y sabores, embotada en los registros medios la sensibilidad, ¡cómo va a entender las sutilezas o esfumaturas del amor!
Ibid.

Un solo salesiano justifica el Infierno.
Ibid.
En la capital de la granujería no sobrevive caballero
Ibid.

"No existe el amor: existen momentos de amor".
Ibid.

El ser humano se devalúa mucho en pelota y en tanta cantidad.
Ibid.

Creo que eso de reservista de tercera significa que cuando hayan muerto en el frente los jóvenes, los hombres, los niños, los viejos, las mujeres entro yo.
Ibid.

Yo soy un memorialista desmemoriado.
Ibid.

Sólo Alá es grande y Mahoma es su profeta, y en mi casa y en mi fiesta y en mi libro mando yo.
Ibid.

Roñosa vejez, ya sé lo que eres: un acumularse de detritus en el cuerpo y en el alma de recuerdos.
Ibid.

Laureano Gómez existió para removerle la mala conciencia a su país.
Por ello nadie tan odiado en su historia.
Ibid.

Yo no creo en ideologías.
Creo en los hombres.
En el hombre concreto que actúa así o asá.
Ibid.

Mienta que sólo la mentira es firme, sólo la mentira es sabia.
La verdad, necia y cambiante, da visos como el terciopelo según le pegue la luz del sol. Tan relativa y efímera la pobre.
Ibid.

Viva y deje vivir, robe y deje robar, y no se amargue, no sea reaccionario.
Ibid.

¡Ríos los de Colombia! ¡Revuelcacaimanes! Le echo el solo Cauca, y que no es de los más bravos, a todos los ríos juntos de la Hélade. Grecia no sabe lo que es un río.
Ibid.

He ahí el gran problema del amor, que no sabe adónde va.
Va en su gratuidad a la deriva.
Y el hombre a la postre siempre, pero siempre, quiere llegar.
Ibid. La vida no avanza en condicional, va derecho, sin desviaciones, sin titubeos, dejando atrás en cada punto de su línea recta las infinitas encrucijadas de lo posible de las que parte, entre muchos, justo el camino que no tomamos, el que llevaba a la dicha.
Ibid.

La revolución es fina operación que mata al paciente pero salva al médico.
Ibid.

La condición primera de la felicidad: ser sin saberlo.
Ibid.

El idioma es una red de trama tan burda, tan ancha que deja colar la realidad.
Ibid.

El hombre, animal viejo de viejas mañas, se repite creyendo que se renueva. No hay tal: es siempre el mismo viejo y mañoso animal.
Ibid.

Sueño de ingenuo, ilusión de pobre, Colombia nada tiene: sólo el partido conservador y el liberal, o sea: tampoco tiene futuro.
Ibid.

¿De qué nos libertó? Jamás cruzó su espada con nadie y murió en la cama, pero cabalgando sobre la hecatombe y ríos de sangre, de tanto cabalgar le salieron ampollas en las nalgas.
Ibid.

La literatura es así, e igual la vida: uno no es, ni vive, ni escribe lo que quiere, sino lo que puede.
Ibid.

Amigo, todos los caminos llevan a Roma. Así ha sido siempre y así siempre será.
El río del tiempo, Los caminos a Roma, 1988.


VARELA, Héctor Fabio

Yo estoy aquí. Estás tú distante. / No has partido. No. Mas ya tienes / la lejanía en tu mirada / y una vaga sonrisa ausente.
Sensación de ausencia.
Tus manos náufragas se alejan / y yo no pude retenerte.
Ibid.

Me quedo diciendo a las rosas / palabras que nadie comprende.
Ibid.

Vas a un país de maravillas / de donde nunca más se vuelve.
Ibid.

Bajo las dalias pensativas / o en la ribera de la fuente, / me quedo cerrando los ojos, / absorto y mudo, para verte.
Ibid.


VARGAS VILA, José María (Bogotá, 1860 - Barcelona, 1933)

El alma es una lira, y en horas de pesares, sus cuerdas vibran solas.
¿La Duda va a tocarlas?
Estalla la Blasfemia...
Las almas que son puras acendran la plegaria, que tiembla entre sus labios.
Rosas de la tarde.
Reía y su carcajada tenía notas del agua fugitiva.
Ibid.

Una noche la luna y él entraron por la misma ventana.
María Magdalena.
Gime el corazón de la soledad en los grandes jardines del silencio.
Ibid.

Yo no soy un hombre.
Soy un pueblo (v.Gaitán).
No bastaba esclavizar al pueblo, era preciso robarlo... era necesario añadir la afrenta a la miseria.
Tras la creación del Banco Nacional, Pretéritas, 1886.
Verá el señor Martínez Silva que hay hombres a quienes no se calumnia impunemente. En el duelo a muerte que hay pendiente entre los dos, esos son tiros débiles mientras pueda atravesarle el corazón con una bala.
Tarjeta al Correo Nacional, II, 1891.
Derribaré el establecimiento con una plumada. 1891.
El sol se sepultaba en una como apoteosis de colores, en una fulgurante de llamas: se diría los funerales de un tracio.
Flor de fango, 1895.
Hacía, por decirlo así, su viaje de nupcias con el destino.
Ibid.

En lo moral, podía decirse que tenía el alma en el rostro; lascivo, taimado, disoluto.
Ibid.

Fingió la fe de un cartujo, el entusiasmo de un cruzado, la pureza de un asceta: hizo de la hipocresía un escudo, de la religión su corcel de guerra y con ellos libró sus grandes batallas en la Banca y el Comercio.
Ibid.

No hubo en Bogotá virtud más insospechable que la suya; ni reputación más limpia, la tuvo nunca cerdo enriquecido en más dorado círculo de cándidos idiotas.
Ibid.

Las más repugnante de las formas del histerismo: el histerismo religioso.
Ibid.

Blanca, de una blancura láctea, que hacía pensar en aquellos novicios de tiempos medioevales, cuya belleza claustral tenía la poesía de un ensueño místico.
Ibid.

Aquel seno en donde, como palomas salvajes bajo una red, los dos pechos duros y erectos, se agitaban en una prisión de encajes.
Ibid.

Gañán que nada vale, mozo que de nada sirve, busca en la cura de almas remedio a su insuficiencia.
Ibid.

Nidada de labriegos rústicos, que ignoran del mundo y de la ciencia todo; empollados en sacristías de remotos pueblos, y encerrados luego en un seminario, donde aprenden a mascujear latín y maldecir a los herejes: tal es la casta sagrada.
Ibid.

Era el tipo perfecto del enfadoso pisaverde bogotano, del gomoso completo, del pollo más insubstancial del mundo.
Ibid.

Fue glorificado, es decir, insultado.
Ibid.

-¡Perdida! ¡Perdida! repetía, salmodiando un versículo de su breviario. -¿Por qué? -murmuró don Crisóstomo asustado. -¿Cómo? ¿por qué? ¿no ve usted que ha estudiado en la Normal?
Ibid.

Abría sus pétalos ígneos el lirio rojo, la flor monstruosa y sangrienta; el estupro.
Ibid.

En la lucha, la fuerza es todo.
Ibid.

Brutal, como todos los inexpertos en achaques de seducción.
Ibid.

El Hombre es un ser fundado sobre la Esperanza, que no vive sino de la Esperanza, ni tiene otra ventura sobre la Tierra que la Esperanza.
La Esperanza.
La Verdad es el alma de la Historia, y se exhala de ella como un perfume; vivamos en la Verdad; y, digamos la Verdad; la Verdad salva.
Ibis.
Ibis, aquel libro de Fatalidad, por el cual, como es público, que se han suicidado diez y siete personas, siendo por eso apellidado la Biblia del Suicidio.
Salomé.
Náufrago de los mares de la libertad, se replegó en las regiones de la autocracia, y llegó a ellas hambriento y feroz, como unos de esos osos polares a quienes sorprende la descongelación de los mares, y llevados sobre un témpano de hielo, sombríos viajeros, viajan semanas y semanas, hasta que son arrojados por la fatalidad sobre un rebaño indefenso. Así cayó él sobre la República. Sobre Núñez Buitre lírico.
Ibid.

Tirano Poeta que había fatigado por igual el Crimen y el Poder, y había violado con igual insolencia las Musas y las Leyes.
Ibid.

Rafael Núñez pertenecía a la raza triste de los tiranos filósofos: era déspota por hastío.
Los césares de la decadencia.
Luchar siempre y no reinar jamás; ¿ese es, por ventura el destino de la Libertad?
La república romana, 1909.
El pueblo que ha renegado de la Justicia, es decir de la Virtud, como el pueblo romano, podrá llegar a ser, un pueblo grande, pero no será nunca, un pueblo libre.
Ibid.

Si yo quisiera ser un clásico, lo sería. Nada tan fácil como el período redondo.
Entrevista con Rafael Maya, 1924.
Creo ser, entre los escritores de habla española, el que más ha enriquecido el idioma.
Ibid.

Yo no escribo para el público.
Antes bien, lo desprecio.
Ibid.

Nunca estoy más solitario que en medio del tumulto.
Ibid.

De todas las pasiones que inspiré, sólo el Odio me es amado.
Ibid.

Los hombres del presente ¿qué podrán decirme que yo no les haya dicho o que yo no sepa ya?
Ibid.

Yo soy mi propio Dios y me adoro con delectación.
Tagebuch, 1899.
No tengo amigos, no tengo sino enemigos domesticados.
Ibid.

Es necesario preservar nuestra vida interior de todo contacto con la vulgaridad.
Ibid.

Sólo en la Soledad se logra ese milagro de pureza espiritual...
Yo no salgo nunca de mi Soledad.
Ibid., 1900.
La pálida traición, un carnaval de cadáveres que andan, de cadáveres que mienten... eso es la vida.
Ibid.

Una año es una montaña de dolores que nos aprestamos a escalar.
Ibid., enero 1902.
La alegría es la amnesia de la bestia.
Ibid.

Yo no encuentro ya calma sino en la creación de mis libros.
Ibid., 1909.
Quiero que se sepa que muero ateo como he vivido.
Ibid., 1914.
Un español defenderá hasta morir una trinchera, pero nunca defenderá un derecho.
Ibid., 16, XII, 1916.
¿Por qué el destino que me dio la más noble y la más santa de las madres, me dio la más pequeña y la más ruin de las patrias?
Ibid., VII, 1918.

Fuera de Colombia la mediocridad es un accidente.
Ibid., VIII, 1918.

Ser malo es ser absolutamente distinto de aquellos que son buenos; y cuando se conoce a la gente buena no le queda al hombre honrado otro camino que ser decididamente malo: para diferenciarse.
Ibid., IX, 1918.
Si ciertos escritores tuvieran personalidad, tal vez llegarían a ser buenas personas, aunque no serían nunca buenos escritores.
Ibid.

Ser Dios de Sí Mismo es la única manera de hacer tolerable a Dios, sin mengua ni esclavitud.
Ibid.

No tuve paz sino a los treinta y nueve en que al amor del Arte me ganó y empecé a escribir mi verdadera literatura.
Ibid.

Tengo el espíritu más anticolectivo que haya tenido hombre alguno sobre la faz del planeta.
No he querido ser soldado de nadie y he desdeñado ser jefe de muchos.
Ese es el sentido y esa es la fuerza de mi Libertad.
Ibid.

Somos hechos de un girón de la tela de la cual están hechos todos los sueños y nuestra pequeña vida se acaba en un sueño.
Ibid., X, 1918.
¿La vida es, pues, un viaje entre dos misterios?
Ibid.

El plebeyismo no se lleva en los riñones sino en el cerebro.
Ibid., II, 1919.

Nada más vil que los plebeyos del pensamiento.
Ellos no podrán refugiarse nunca en la Soledad.
Ibid.

La sinceridad es una de las formas del valor y acaso la más rara.
Ibid., 15, II, 1919.

La parte más triste y menguada de la biografía de un hombre es la parte anecdótica, que casi siempre es la parte netamente humana y miserable.
Ibid., 16, II, 1919.

En filosofía, todo sistema es una prisión.
Ibid., V, 1919.
Mi inteligencia repele todo lo que no tiene un bello estilo, lo que no es refinado y exquisito; me hago preciosista; ¿un refinado en Arte? ¿un decadente? Tal vez sí...
Ibid., II, 1920.

Lo hallé tan absurdo, que tuve necesidad de rebatirlo.


VARGAS TEJADA, Luis (1802 - 1829)

¿Quién rige tanto vuelo? / ¿De dónde tanta gloria? / Responde la victoria, / ¡Bolívar, Boyacá! Si a Bolívar la letra con que empieza / y aquella con que acaba le quitamos, / oliva, de la paz, símbolo, hallamos. / Esto quiere decir que así al tirano / la cabeza y los pies cortar debemos, / si una paz duradera apetecemos. Juntos los corazones y las manos / al Dios eterno hacemos juramento, / por el mar, por la tierra y firmamento, / como aquellos héroes espartanos, / en Colombia jamás habrá tiranos.
El Registro.
Huyeron como el humo aquellos días / en que de mirto y flores coronado / brillaba entre festines y alegrías; // y hoy ausente, proscrito y desterrado, / lloro las penas y las ansias mías / en mi lóbrego asilo confinado.
Recuerdos.


VASCONCELOS, José (mexicano)

Los poetas han salvado a Colombia de la crueldad.


VEGA, Alejandro, "El Tuerto" (Bogotá, 1864 - 1903)

Del alma los arcanos más profundos; / El amor es la causa que dirige / El inmortal concierto de los mundos.
La estatua, en La lira nueva, 1886.
Yo quiero; pero no quiero / decir a quién quiero bien; / pero que sepan, sí quiero, / que quiero, pero no a quién.
¡Quién creyera / que la luna encantadora / era, sin ser pecadora, / vagabunda!... Noche era / de luna trasnochadora.


VÉLEZ LADRÓN DE GUEVARA, Francisco Antonio (Santafé, 1721 - 1781)

Dolor, siendo tan crecido, / ¿cómo hallaste brecha abierta / por una tan corta puerta / para haberte introducido?
A un agudo dolor de muelas de una dama muy sufrida y muy modesta.
En la boca, donde apenas / cuajó perlas el rocío...
Ibid.

¿Quién del orbe con vasto señorío / al sabio muda en necio, y en demente? / ¿Quién al cobarde infunde tanto brío? / ¿Quién saca de juicio al más prudente? / ¿Quién priva al racional de su albedrío? / ¿Quién hace todo mal?
¡El aguardiente!
Demuéstrase los innumerables daños que causa el maldito licor del aguardiente.
Colorada la nieve / Va de corrida / a tu boca, señora... A una dama se remiten unos vasos de helados del color que dicen estas seguidillas, Porque con amor me tra... tas / Me urde la envidia mil tre... tas / Y tú sin que en más te no... tas / Injustamente me ma... tas. Decidle que se me guarde / siempre pomposa y ufana / en una larga mañana / que nunca llegue a la tarde. Redondillas a la Virreina.
Decidle que se defienda / con gran cuidado del aire, / no sea que a su donaire / el aire en fuego se encienda.
Ibid.

Que consigo toda tenga / gran cuidado, pues recelo / que por ella todo el cielo / a la tierra se nos venga.
Ibid.


VINYES, Ramón

¿Ni Shakespeare ni don Pendejo, verdad?
Opinión sobre su propio libro, cit. por Alfonso Fuenmayor, Crónicas sobre el grupo de Barranquilla, 1979.
Hay en literatura quien es singular y quien quiere serlo.
Vengan todas las formas nuevas, no nos espantan.
Voces.
Por fortuna creemos que el destino no se burlará de nosotros llevándonos a la Academia.
Ibid.,
No. 46, Pretextos.


VIVES GUERRA, Julio (José Velásquez García) (Santa Fe de Antioquia, 1874 - Bogotá, 1950)

Ustedes ayunan con carne, y nosotros los vegetarianos ayunamos los vegetales.
Vegetarianos de camama, Volanderas y tal, 1911.
Sacarle jugo hasta a un papayo seco.
Dicho suyo.
No pretendo perder el derecho de incurrir en gazapos.
Cuando se le ofreció entrar a la Academia de la Lengua.


VOLKENING, Ernest Adam Carl (Amberes, 1908 - Bogotá, 1983)

Cabe preguntar si no es la mala conciencia o, hablando en términos psicológicos, el complejo de culpa en los pueblos el que conspira con los demonios.
Goethe demonólogo, Revista de la Indias, 1949.
Goethe diagnosticó el mal, pero sólo Dios está llamado a curarlo.
Ibid.

A veces me pregunto si a la angustia, el pretendido rasgo fundamental de la época, no se ha sustituido por el tedio, animal triste, de ojos que no ven e inasible como las medusas, si bien mucho menos bello.
Sobre Wiedemann, 1952.
Unos gritan, gesticulan y remueven el fango por milésima vez como si allí se escondiese el arcano infalible, y otros se crean paraísos artificiales en un último esfuerzo por devolver a las cosas su antiguo resplandor.
Ibid.

Lo que cuenta en la vida de un pintor no son los motivos, sino los resultados.
Ibid.

El temperamento no es otra cosa que el modo de ver individual, único y, por tanto, irreductible.
Ibid.

En contraste con su antípoda, el hombre conservador parte de lo dado.
Para él, lo dado -también se podría decir, el orden en que se encontraba el mundo a la hora de su nacimiento- no solo es pauta de sus actos, sino también constituye el molde de su manera de reflexionar.
Diario, 14, V, 1956.
Para el conservador lo único que cuenta es el remendar y tapar huecos, resanar y componer y sentirse cómodo entre sus mil cachivaches, como fin, sentido y máxima expresión de una forma de vida, un estilo, un modo de ser.
Ibid.

Ese aire de Tenorio pagado de sí mismo, que me recuerda un gallo pavoneándose entre una turba de extasiadas gallinas.
Cit. por Abel Naranjo Villegas, Digresiones sobre hechos y desechos, 1989.
El lector es un oyente venido a menos.
El mundo ancho y ajeno de Alvaro Mutis, 1981.