El culebrero
Jorge Villegas
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VENDEDOR AMBULANTE EN MEDELLIN

 

Vendí de todo. Repartía frescos por la calle en un carrito que me alquilaban a diez centavos diarios. Vendía raspaos de hielo.

Después vendí lotería de Medellín a 30 centavos el pedacito, cinco pedazos que ganaban cinco mil. Un señor Roberto González me daba los billetes, porque no tenía con qué comprarlos, y la tercera parte de la ganancia era para él. Tenía que devolverle los billetes no vendidos una hora antes del sorteo. Un día le devolví un billete que resultó ser el gordo premiado. Don Roberto se puso muy contento y ofreció darme para unos tragos al día siguiente. Fui muy contento y el sacó el monedero y me dio 50 centavos. Quedé muy picao pues esperaba que me diera 100 o 200 pesos. Entonces le pedí bastante lotería al fiado, 200 pesos en billetes de todas las rifas. Los vendía y con la plata me fui pa los lados de Guayaquil, jugué a la lotería con unas viejas, me emborraché y gasté el dinero con las putas. Me había llevado un muchacho para que me sirviera de testigo. Alquilamos una pieza pa dormir en Guayaquil; por la noche me levanté y boté mi carrielito. A la mañana grité: me robaron. Llegó la policía, agarró a unos sospechosos y me fui a poner el denuncio. En ese tiempo doscientos pesos era mucha plata. Llamaron a don Roberto y me preguntaron cómo iba a arreglar con él. Contesté: Yo soy muy pobre pero muy honrao y le quiero pagar, yo le voy pagando de contaitos. Aceptaron y como a los quince días un contao de un peso y él me dio un recibo. Entonces ya el asunto quedó como una deuda consentida. Otras veces de tarde en tarde fui a llevarle uno o dos pesos, hasta que el asunto se fue olvidando.

Después me conseguí un cajoncito y los surtí de cigarrillos, fósforos y confites. Tenía por ahí unos 15 años. Mi capital eran 5 pesos con los que compraba tres cajetillas de cigarrillos Dandy que valían 25 ctvs., 3 cajetillas de cigarrillos de tabacos y una caja de chicles que valían 80 centavos, unas Colombianas averiaditas que me las daban baratas y recortes de galletas Noel. Vendía mis cigarrillos por los dalos del teatro Granada y por las noches vendía en el Parque de Berrío hasta cuando guardaban el último tranvía. La dormida me la daba un viejito que vivía en la Calle del Codo, arriba de la Gobernación, ahí tenía un cuchito donde vendía café con leche, chocolate y empanadas. Yo amanecía ahí con el viejito. Así me la pasaba todos los días, caminando con mi cajoncito terciado de una correa y gritando: Cigarrillos, fósforos, cigarrillos.

Esa fue la época en que me gané las seis loterías, es el recuerdo más feliz de mi juventud. Seis rifas y cada una valía 5 pesos.

Resulta que vendían unos fósforos de palo en la cacharrería Mundial y por cada cuarto de resma de fósforos que uno compraba daban una boleta para rifar 5 pesos. Cada vez que vendía mis cigarrillos y mis fósforos iba a reponer mi surtido y me daban la boleta de la rifa. Yo he sido muy comeladrillo, muy religiosos, y un día que salía de la Veracruz de rezarle a la Virgen del Perpetuo Socorro, me dijo un amigo: ¿Qué la boleta de la Cacharrería? Me acuerdo mucho que le dije: 1111. Me contó que me había ganado la rifa. Creí que eran mentiras, que estaba charlando. Me ofreció 4 pesos por la boleta. No acepté y me fui para la Cacharrería y veo en la vitrina: Número 1111. Qué alegría tan mierda, hombre ¡CINCO PESOS! Compré un cirio de cuarenta centavos para sobornar a la Virgen, pa lamberle, me arrodillé y le dije: Virgen Santísima, Virgen Bendita que me socorristes! Con el resto del dinero puse ese cajón lo más bonito. Compré otro cuarto de fósforos y me dieron otra boleta. A los 18 días me gané otros cinco pesos. ¡Ay qué alegría! Esa fue la alegría más enorme de mi vida y otra vez cirio de 40 a la virgen. Y ese cajoncito mío lo surtí tan bien que parecía un rosario, muy bonito: cigarrillos bien ordenaditos y hasta americanos Chester y Filis Morrie que en ese tiempo valían 25 centavos. En fin, así seguí ganando hasta que completé cinco seguiditas de a 5 pesos que eran 25 pesos, y no seguí ganando más porque no me volvieron a vender boletas. Increíble mi suerte. Me dijeron: La mentamos mucho pero no le podemos dar boleta, sí vendemos los fósforos pero sin boleta, entonces, yo mandaba a otro muchacho para que le dieran a él la boleta.

Me gustaba demasiado el trago y las putas y como ya tenía mis pesitos me iba por las noches pa Guayaquil donde creían que yo era riquito porque todas las noches iba y me emborrachaba en los cafeses donde ponía discos (Pajarito Cantor, Luna de Arrabal). Cuando las coperas me veían llegar se ponían contentas porque como me creían rico, les gustaba y yo, pa sostener la caña, era generoso con ellas y todos los centavos que ganaba en el día se quedaban por la noche en los cafés de Guayaquil. Claro está que ya me había comprado mi primer par de zapatos porque antes yo andaba descalzo, a pie limpio y de pantaloncito corto. En realidad los primeros zapatos me los había dado mi tío, el cura, pero me maltrataban mucho porque tenía los dedos llenos de niguas. Entonces, compré de contados unos zapatos en el almacén Argelino de Guayaquil. Costaban 1.50 y yo pisé el negocio con 10 centavos y continué dando de a 5. Yo estaba muy contento porque ya tenía un par de zapatos y cuando ya completé un peso llevaba a mis amigos y con orgullo les mostraba los zapatos que estaban exhibidos en la vitrina y les decía: Vea hombre los zapatos que estoy pisando. El día que acabé de pagarlos y me los puse me fui orgulloso pa Guayaquil y me emborraché.

Por ahí por Guayaquil me levanté una vieja que tenía como ochenta años. Ella doblaba tabaco y yo vendía periódicos. Me daba la dormida y cuando yo llegaba por la noche ella no sabía dónde ponerme de la felicidad. Me preparaba comida y descolgaba dos sillas mecedoras que mantenía con unas cuerdas en el techo de la pieza pa sentarnos y mecernos. La viejita sacaba un cofre que tenía con alhajas y comenzaba a ponérmelas todas a mí diciendo: A ver cómo quedas. En ese entonces yo era medio bobo y sólo me limitaba a verlas y a pensar y decir que eran muy bonitas. Un día le conté a un tío quien me aconsejó que no fuera bobo y le echara mano a uno de los anillos que en ese entonces valían no menos de 15 o 20 pesos. Así fue, me le llevé dos. Ella debió darse cuenta pero, por temor de perderme, nada dijo.

Un día me propuso que nos casáramos y yo acepté. Entonces me llevó donde el sastre para que me hiciera dos vestidos de paño, de esos con pantalones embombados hasta más abajito de la rodilla y se colocaban con media negras largas. Me sentía tan elegante con mis vestidos nuevos. Nos fuimos a la Iglesia de la Veracruz, donde un padre Henao, y la viejita conversó primero con él y al terminar preguntó el cura: ¿Y dónde está el novio? Me adelanté y respondí: el novio está aquí. El cura me miró de arriba abajo y volviéndose a la viejita la regañó: Vieja sinvergüenza, andá y cogé oficio. ¿No ves que ese muchacho lo tenés que criar vos? ¡Eh! Tenés ganas de matrimonio.

Salimos todos asustados y la viejita, viendo que todo le fracasó, fue donde el sastre y le ordenó que ya no me hiciera los vestidos. Pero después seguimos nuestro noviazgo. Yo en verdad no la quería, cómo iba a quererla si ella tenía 80 años y yo era un pollito de 16. Pero yo me aprovechaba de ella porque aunque no tenía un solo colmillito en la boca, me arreglaba la ropa, me daba comidita y se acostaba conmigo, ¿me entiende? Yo la conocí en la Iglesia de la Veracruz, donde siempre he entrado desde pequeño a visitar a la Virgen del Pertetuo Socorro, devoción que heredé de la madre mía. Ahí nos encontrábamos rezando la viejita y yo y ahí fue donde empecé a caerle en gracia.

 

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