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VENDEDOR AMBULANTE EN MEDELLIN
Vendí
de todo. Repartía frescos por la calle en un carrito que me alquilaban a diez centavos
diarios. Vendía raspaos de hielo.
Después
vendí lotería de Medellín a 30 centavos el pedacito, cinco pedazos que ganaban cinco
mil. Un señor Roberto González me daba los billetes, porque no tenía con qué
comprarlos, y la tercera parte de la ganancia era para él. Tenía que devolverle los
billetes no vendidos una hora antes del sorteo. Un día le devolví un billete que
resultó ser el gordo premiado. Don Roberto se puso muy contento y ofreció darme para
unos tragos al día siguiente. Fui muy contento y el sacó el monedero y me dio 50
centavos. Quedé muy picao pues esperaba que me diera 100 o 200 pesos. Entonces le pedí
bastante lotería al fiado, 200 pesos en billetes de todas las rifas. Los vendía y con la
plata me fui pa los lados de Guayaquil, jugué a la lotería con unas viejas, me
emborraché y gasté el dinero con las putas. Me había llevado un muchacho para que me
sirviera de testigo. Alquilamos una pieza pa dormir en Guayaquil; por la noche me levanté
y boté mi carrielito. A la mañana grité: me robaron. Llegó la policía, agarró a unos
sospechosos y me fui a poner el denuncio. En ese tiempo doscientos pesos era mucha plata.
Llamaron a don Roberto y me preguntaron cómo iba a arreglar con él. Contesté: Yo soy
muy pobre pero muy honrao y le quiero pagar, yo le voy pagando de contaitos. Aceptaron y
como a los quince días un contao de un peso y él me dio un recibo. Entonces ya el asunto
quedó como una deuda consentida. Otras veces de tarde en tarde fui a llevarle uno o dos
pesos, hasta que el asunto se fue olvidando.
Después
me conseguí un cajoncito y los surtí de cigarrillos, fósforos y confites. Tenía por
ahí unos 15 años. Mi capital eran 5 pesos con los que compraba tres cajetillas de
cigarrillos Dandy que valían 25 ctvs., 3 cajetillas de cigarrillos de tabacos y una caja
de chicles que valían 80 centavos, unas Colombianas averiaditas que me las daban baratas
y recortes de galletas Noel. Vendía mis cigarrillos por los dalos del teatro Granada y
por las noches vendía en el Parque de Berrío hasta cuando guardaban el último tranvía.
La dormida me la daba un viejito que vivía en la Calle del Codo, arriba de la
Gobernación, ahí tenía un cuchito donde vendía café con leche, chocolate y empanadas.
Yo amanecía ahí con el viejito. Así me la pasaba todos los días, caminando con mi
cajoncito terciado de una correa y gritando: Cigarrillos, fósforos, cigarrillos.
Esa fue
la época en que me gané las seis loterías, es el recuerdo más feliz de mi juventud.
Seis rifas y cada una valía 5 pesos.
Resulta
que vendían unos fósforos de palo en la cacharrería Mundial y por cada cuarto de resma
de fósforos que uno compraba daban una boleta para rifar 5 pesos. Cada vez que vendía
mis cigarrillos y mis fósforos iba a reponer mi surtido y me daban la boleta de la rifa.
Yo he sido muy comeladrillo, muy religiosos, y un día que salía de la Veracruz de
rezarle a la Virgen del Perpetuo Socorro, me dijo un amigo: ¿Qué la boleta de la
Cacharrería? Me acuerdo mucho que le dije: 1111. Me contó que me había ganado la rifa.
Creí que eran mentiras, que estaba charlando. Me ofreció 4 pesos por la boleta. No
acepté y me fui para la Cacharrería y veo en la vitrina: Número 1111. Qué alegría tan
mierda, hombre ¡CINCO PESOS! Compré un cirio de cuarenta centavos para sobornar a la
Virgen, pa lamberle, me arrodillé y le dije: Virgen Santísima, Virgen Bendita que me
socorristes! Con el resto del dinero puse ese cajón lo más bonito. Compré otro cuarto
de fósforos y me dieron otra boleta. A los 18 días me gané otros cinco pesos. ¡Ay qué
alegría! Esa fue la alegría más enorme de mi vida y otra vez cirio de 40 a la virgen. Y
ese cajoncito mío lo surtí tan bien que parecía un rosario, muy bonito: cigarrillos
bien ordenaditos y hasta americanos Chester y Filis Morrie que en ese tiempo valían 25
centavos. En fin, así seguí ganando hasta que completé cinco seguiditas de a 5 pesos
que eran 25 pesos, y no seguí ganando más porque no me volvieron a vender boletas.
Increíble mi suerte. Me dijeron: La mentamos mucho pero no le podemos dar boleta, sí
vendemos los fósforos pero sin boleta, entonces, yo mandaba a otro muchacho para que le
dieran a él la boleta.
Me
gustaba demasiado el trago y las putas y como ya tenía mis pesitos me iba por las noches
pa Guayaquil donde creían que yo era riquito porque todas las noches iba y me
emborrachaba en los cafeses donde ponía discos (Pajarito Cantor, Luna de Arrabal).
Cuando las coperas me veían llegar se ponían contentas porque como me creían rico, les
gustaba y yo, pa sostener la caña, era generoso con ellas y todos los centavos que ganaba
en el día se quedaban por la noche en los cafés de Guayaquil. Claro está que ya me
había comprado mi primer par de zapatos porque antes yo andaba descalzo, a pie limpio y
de pantaloncito corto. En realidad los primeros zapatos me los había dado mi tío, el
cura, pero me maltrataban mucho porque tenía los dedos llenos de niguas. Entonces,
compré de contados unos zapatos en el almacén Argelino de Guayaquil. Costaban 1.50 y yo
pisé el negocio con 10 centavos y continué dando de a 5. Yo estaba muy contento porque
ya tenía un par de zapatos y cuando ya completé un peso llevaba a mis amigos y con
orgullo les mostraba los zapatos que estaban exhibidos en la vitrina y les decía: Vea
hombre los zapatos que estoy pisando. El día que acabé de pagarlos y me los puse me fui
orgulloso pa Guayaquil y me emborraché.
Por
ahí por Guayaquil me levanté una vieja que tenía como ochenta años. Ella doblaba
tabaco y yo vendía periódicos. Me daba la dormida y cuando yo llegaba por la noche ella
no sabía dónde ponerme de la felicidad. Me preparaba comida y descolgaba dos sillas
mecedoras que mantenía con unas cuerdas en el techo de la pieza pa sentarnos y mecernos.
La viejita sacaba un cofre que tenía con alhajas y comenzaba a ponérmelas todas a mí
diciendo: A ver cómo quedas. En ese entonces yo era medio bobo y sólo me limitaba a
verlas y a pensar y decir que eran muy bonitas. Un día le conté a un tío quien me
aconsejó que no fuera bobo y le echara mano a uno de los anillos que en ese entonces
valían no menos de 15 o 20 pesos. Así fue, me le llevé dos. Ella debió darse cuenta
pero, por temor de perderme, nada dijo.
Un día
me propuso que nos casáramos y yo acepté. Entonces me llevó donde el sastre para que me
hiciera dos vestidos de paño, de esos con pantalones embombados hasta más abajito de la
rodilla y se colocaban con media negras largas. Me sentía tan elegante con mis vestidos
nuevos. Nos fuimos a la Iglesia de la Veracruz, donde un padre Henao, y la viejita
conversó primero con él y al terminar preguntó el cura: ¿Y dónde está el novio? Me
adelanté y respondí: el novio está aquí. El cura me miró de arriba abajo y
volviéndose a la viejita la regañó: Vieja sinvergüenza, andá y cogé oficio. ¿No ves
que ese muchacho lo tenés que criar vos? ¡Eh! Tenés ganas de matrimonio.
Salimos
todos asustados y la viejita, viendo que todo le fracasó, fue donde el sastre y le
ordenó que ya no me hiciera los vestidos. Pero después seguimos nuestro noviazgo. Yo en
verdad no la quería, cómo iba a quererla si ella tenía 80 años y yo era un pollito de
16. Pero yo me aprovechaba de ella porque aunque no tenía un solo colmillito en la boca,
me arreglaba la ropa, me daba comidita y se acostaba conmigo, ¿me entiende? Yo la conocí
en la Iglesia de la Veracruz, donde siempre he entrado desde pequeño a visitar a la
Virgen del Pertetuo Socorro, devoción que heredé de la madre mía. Ahí nos
encontrábamos rezando la viejita y yo y ahí fue donde empecé a caerle en gracia.
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