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TRABAJA EN EL ASTOR
Me
coloqué con don Enrique Weiss, el fundador de la confitería y salón de té Astor. El
había llegado a Medellín a trabajar con galletas Noel pero pronto se aburrió y montó
su saloncito con unas laticas que tenía. Me tocaba hacer los helados en una máquina que
se voltiaba. Además salía a llevar bizcochos a El Poblado, Envigado y al Club Campestre.
Me acuerdo que cuando vino a Medellín el Dr. Olaya Herrera, por los años 30, don Enrique
hizo un bizcocho muy grande y muy bonito para él. Yo llevé el bizcocho, a mí me tocó
partirlo. Tenía el escudo de Colombia y una tarjeta en pasta que decía: Bienvenido
Señor Presidente e la República. A Olaya le gustó mucho y me dio veinte pesos y le
mandó 50 más al Míster, quien dijo: no estar pidiendo limosna y devolvió la plata
conmigo. Yo me quedé con todo el dinero.
Me
ganaba 10 pesos mensuales libres porque la comida la traían del Club Unión, y nos la
daban ahí.
Tenía
15 años y ya me gustaba mucho el trago. Las propinas y el dinero que recibía me lo
tomaba por las noches en Guayaquil. Empecé a tener problemas con don Enrique por la
bebedera. Yo entraba borracho a trabajar y por eso me hacían la guerra. Duré como dos
años y, finalmente, don Enrique me botó por borrachito. Me hizo firmar un papel que
decía que salía por voluntad propia pero, la verdad, es que él me echó. Mientras
estuve en el Astor aprendía a hacer unas repollitas fritas. Cuando me echaron, me fui
para la Calle del Codo, donde un viejito que vendía café con leche en unas ollas. Le
cuidaba la tienda por la noche y, mientras tanto, hacía en una hornilla las repollitas
que salía a vender al otro día en el Parque de Berrío con el nombre de Salvavidas.
Creían que estaba loco porque salía con un paraguas al que le ponía una bandera y todo
el mundo se quedaba viéndome y, entonces, empezaba a anunciar las repollas: SALVAVIDAS,
el bocado rico y sabroso de la vida; el morrocotudo recamanudo archicolosal y pistoletudo;
miles y millones de paladares exquisitos lo piden, lo anhelan y lo vacilan: ¿Por qué
será? Por su alta calidad que está que dicen: vení comeme ligerito antes de que me coma
otra, el bocado predilecto del embajador que también apetece el embolador; SALVAVIDAS
SABROSITO.
La
gente se peliaba por comprármelas. Yo acababa rápido el surtido, eran una bolas grandes
que vendía a centavo. Pero ganaba muy poco. Un día pasó don Enrique, el dueño del
Astor, y me vio vendiéndolas. Me asusté y traté de esconderme pero me llamó y me
llevó a la bizcochería. Esos Suizos son buenas personas. Me preguntó cómo hacía los
salvavidas y le conté. Me dijo: Creo que usted no gana nada porque yo las vendo a 10 y
usted a centavo. Me aconsejó: no le eche mantequilla ni le eche huevo, mejor échele
amarillo para darle color y suprímale la nuez moscada que es muy cara.
Acepté su consejo y
regué a hacerlas como me dijo.
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