El culebrero
Jorge Villegas
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TRABAJA EN EL ASTOR

 

Me coloqué con don Enrique Weiss, el fundador de la confitería y salón de té Astor. El había llegado a Medellín a trabajar con galletas Noel pero pronto se aburrió y montó su saloncito con unas laticas que tenía. Me tocaba hacer los helados en una máquina que se voltiaba. Además salía a llevar bizcochos a El Poblado, Envigado y al Club Campestre. Me acuerdo que cuando vino a Medellín el Dr. Olaya Herrera, por los años 30, don Enrique hizo un bizcocho muy grande y muy bonito para él. Yo llevé el bizcocho, a mí me tocó partirlo. Tenía el escudo de Colombia y una tarjeta en pasta que decía: Bienvenido Señor Presidente e la República. A Olaya le gustó mucho y me dio veinte pesos y le mandó 50 más al Míster, quien dijo: no estar pidiendo limosna y devolvió la plata conmigo. Yo me quedé con todo el dinero.

Me ganaba 10 pesos mensuales libres porque la comida la traían del Club Unión, y nos la daban ahí.

Tenía 15 años y ya me gustaba mucho el trago. Las propinas y el dinero que recibía me lo tomaba por las noches en Guayaquil. Empecé a tener problemas con don Enrique por la bebedera. Yo entraba borracho a trabajar y por eso me hacían la guerra. Duré como dos años y, finalmente, don Enrique me botó por borrachito. Me hizo firmar un papel que decía que salía por voluntad propia pero, la verdad, es que él me echó. Mientras estuve en el Astor aprendía a hacer unas repollitas fritas. Cuando me echaron, me fui para la Calle del Codo, donde un viejito que vendía café con leche en unas ollas. Le cuidaba la tienda por la noche y, mientras tanto, hacía en una hornilla las repollitas que salía a vender al otro día en el Parque de Berrío con el nombre de Salvavidas. Creían que estaba loco porque salía con un paraguas al que le ponía una bandera y todo el mundo se quedaba viéndome y, entonces, empezaba a anunciar las repollas: SALVAVIDAS, el bocado rico y sabroso de la vida; el morrocotudo recamanudo archicolosal y pistoletudo; miles y millones de paladares exquisitos lo piden, lo anhelan y lo vacilan: ¿Por qué será? Por su alta calidad que está que dicen: vení comeme ligerito antes de que me coma otra, el bocado predilecto del embajador que también apetece el embolador; SALVAVIDAS SABROSITO.

La gente se peliaba por comprármelas. Yo acababa rápido el surtido, eran una bolas grandes que vendía a centavo. Pero ganaba muy poco. Un día pasó don Enrique, el dueño del Astor, y me vio vendiéndolas. Me asusté y traté de esconderme pero me llamó y me llevó a la bizcochería. Esos Suizos son buenas personas. Me preguntó cómo hacía los salvavidas y le conté. Me dijo: Creo que usted no gana nada porque yo las vendo a 10 y usted a centavo. Me aconsejó: no le eche mantequilla ni le eche huevo, mejor échele amarillo para darle color y suprímale la nuez moscada que es muy cara.

Acepté su consejo y regué a hacerlas como me dijo.

 

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