El culebrero
Jorge Villegas
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EL CORAZON DE PIEDRA,

LOS MONSTRUOS NIÑOS Y LA MOMIA ENANA

 

Al edificio donde vivía llegó un cliente con unos fenómenos: Un ternero de dos cabezas disecado, una piedra en forma de corazón y unos como fetos de miquitos dentro de un frasco y unos cuadros con dibujos de los monstruos. Me propuso negocio alquilándome todo a peso el día. Acepté y conseguí un localito donde exhibía el corazón de piedra, los monstruos niños y la momia enana. ¡Sigan señores y señoras! Con permiso de las altas autoridades y a petición de varias familias distinguidas, continuamos exhibiendo el fenómeno raro y bello que visita hoy la ciudad de Medellín. Conozca usted los monstruos niños y convénzase que los pecados de los padres los pagan los hijos. La señora Ana Felipa Aspiasco, de la vecina república del Ecuador, que se burlaba mucho de los niños fue castigada por Dios, quien no castiga ni con palo ni con rejo, enviándole este par de monstruos niños cuando quedó embarazada. Vean señores la maravilla del siglo: el corazón de piedra, aprendan que no hay pena más dura que las de amor. Un amante despechado, de tanto sufrir, se le fue convirtiendo su corazón de pura piedra. También la momia enana y el ternero de dos cabezas, que nació el mismo día que una hija desalmada mató a su madre de 27 puñaladas.

Los signos terribles que sólo parecen cuando el mundo se va a acabar. Pasen, pasen, señores.

La gente se emocionaba creyendo que eran monstruos muy grandes y entraban en cantidades. Yo tenía contratado un muchacho para que los mostrara dentro del local y, mientras se iban, para evitar los reclamos, me escondía en la tienda del frente y despachado ese turno comenzaba otra vez mi perorata con una cornetica.

La gente entraba a 5 y a 10 ctvs. y eso era un platal enorme el que levantaba.

Un día llegó un cliente, Alfonso Villegas Giraldo, que después fue jefe del Das, era medio chiflado, se decía periodista y vivía metido en todo. M e dijo, para no pagar: Con su permiso, voy a ver esto porque soy periodista. Lo dejé entrar. El hombre se quedó dando vueltas por toda la calle, viéndome vender tantas boletas y la gente entrando y saliendo. A los dos días regresó acompañado y diciendo lo mismo volvió a entrar. Al hombre como que le daba envidia que yo consiguiera algún centavo y me miraba los bolsillos abultados de tanta menuda que sonaba.

Un día el hombre redactó un memorial y lo hizo firmar de todos los dueños de los almacenes vecinos que no me miraban bien porque les quitaba la clientela. Todos firmaron, excepto unos judíos Rabinovich quienes dijeron: Nosotros no firmamos eso. Ese pobrecito muchacho tiene derecho a conseguirse la vida, él se gana su pan ahí. No firmamos. Llevó el memorial a la Alcaldía y ahí mismo me llegó un empleado pidiéndome que le mostrara el permiso. Como no lo tenía me envió a reclamarlo a la Alcaldía donde me lo negaron dizque porque yo estaba hablando muchas vulgaridades, que era prohibido, en fin, me negaron el permiso. Salí furioso, conseguí un cuchillo y fui a buscar el cliente ese para meterle una puñalada pero no lo pude encontrar.

Años después estaba en Bogotá trabajando encaramado en una mesa, ante un público vendiéndole el vino Tropical, cuando se paró el hombre a verme. Había ido a una concentración Gaitanista. Me saludó. ¿Qué ha habido hombre? ¿Cómo estas Correita? Y le dije: ¿Aquí venís a sapiar también, como me sapiaste en Medellín, cuando me hiciste la guerra y me quitastes el pan por unos días? Salió un cliente amigo mío. ¿Con que ese es sapo? Espérese a ver que yo le meto una puñalada a ese gediondo. Y el hombre salió a perderse, corriendo. Después lo volvía a ver de jefe del Das en Antioquia. El hombre ya no me recuerda pero yo sí.

 

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