El culebrero
Jorge Villegas
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VENDEDOR DE PERIODICOS

 

No la iba bien con mi padrastro porque todo lo que yo ganaba me lo quitaba el viejo, total que un día, pelié con él y me vine para Medellín. Un Viernes Santo me emborraché con aguardiente y sal. Cuando llegué a la casa me encendió a garrote el padrastro, gritándome: Sinvergüenza, emborracharse en un día tan santo. Eso no se hace. Tenga por ateo. No sé si fue que perdí el conocimiento o me dormí. Lo cierto es que cuando me desperté estaba todo adolorido. Decidí largarme de la casa. Le saqué de la cartera 20 ctvs. a mi mamá y me vine en el tren pa Medellín, que costaba 10 ctvs.

Los primeros días fueron muy duros. Gamineaba en las calles y vivía de lo que podía, limosnita que me daban, comida que me robaba, pequeños mandados que me pagaban. Dormía en los portales y me tapaba con periódicos viejos. A ratos dormía en el Café Vesubio donde trabajaba un muchacho amigo mío. Este amigo, viéndome tan vaciáo, me prestó un peso con cincuenta y me aconsejo que me pusiera a vender periódicos. En ese tiempo se compraba la prensa a 3 ctvs. y se vendía a 5. Era un buen negocio. Sólo había El Colombiano, El Heraldo de Antioquia de Tobón Quintero, La Defensa y El Correo de Colombia, que era un periódico liberal. Me iba bien con los periódicos. Ya no tenía que gaminiar, ni dormir en las aceras. Siempre he sido muy religioso. Hacía los primeros viernes y me confesaba cada mes. Un día entré a la Veracruz a confesarme con un curita que me preguntó qué hacía yo. Le dije que vendía periódico. ;e preguntó de qué clase y le dije que todos. Me regañó: No venda El Correo y toda esa otra prensa liberal porque se condena y queda excomulgado. En fin, el curita me puso a aguantar hambre porque yo, por hacerle caso, no volví a venderlos. Un mes más tarde me fui a confesar nuevamente, pero cambié de Iglesia, y me fui para la de Villanueva. Le conté al curita que yo no había vuelto a vender la prensa liberal porque el curita de la Veracruz me lo había prohibido. Este me dijo: No hombre, vender prensa no es pecao ¡No sea bobo! Usted puede seguir vendiéndola. Y así fue.

Vivíamos en Girardota y vine hasta Copacabana a vender maíz. Estaba muchachito, tenia quizás 15 años. Un extranjero, italiano, se quedó viéndome y me preguntó a dónde vivía, y si quería irme a trabajar con él. Contesté: Señor, tiene que pedirle permiso a mi mamá. Le dije dónde vivía ella y cuando regresé a Girardota encontré que el italiano ya había llegado y se había ido a pie por la loma hasta la casa. Y le echó el cuento a mi mamá y al padrastro diciéndole que me traía a trabajar en Medellín en un almacén que tenía. Ellos me dijeron: Bueno, váyase mijo. Y me fui con el italiano. Me trajo a Medellín, descalzo, con un pantaloncito pica pollos a media pantorrilla, yo estaba muy pelaito y era muy bobo.

Me monté en ese tren por primera vez, lo más contento sintiéndome dentro de ese aparato. Al principio, me parecía que el tren no andaba, que lo que se movía eran los árboles, la carrilera, las casas, y yo todo asustado, no preguntaba nada pero pensaba cómo harían para moverse tan rápido las cosas y los árboles. Sentía alegría y miedo al mismo tiempo y, mientras tanto, venía comiendo hojaldres y golosinas porque el italiano no sabía qué hacer conmigo para complacerme.

Cuando llegamos a Guayaquil en Medellín ¡qué cantidad de coches de caballos! Yo me asusté, estaba todo aterrado viendo una ciudad tan grande y con tanta gente.

En las vitrinas de los almacenes vía figurines y creía que eran personas de verdad sin entender cómo demoraban tanto sin moverse. Me quedaba con la boca abierta viendo a los muchachos montar en bicicleta y observando tantos coches de caballos, edificios, vitrinas, luces y tranvías, que no me explicaba cómo podían moverse sin tener caballos que los arrastraran. Yo que venía del campo y era un montañero descalzo, me asombraba de ver tanto cachaco de sombrero y bastón, elegantísimos, llamados filipichines y tantas mujeres tan bien arregladas. Los avisos luminosos me impresionaron mucho, sobre todo los de los cigarrillos Dandy, Victoria y Pielroja. En la plaza Guayaquil vi un culebrero, vestido con pieles raras, que tenía enrollada una culebra y hablaba en voz alta, mientras toda la gente lo miraba asombrada haciéndole un corrillo que lo tapaba. Me gustó tanto que juré que algún día sería culebrero. Yo caminaba atrasito del italiano, cerquita de él para no perderme. Y era echando ojo pa todos lados, asustao, cabriao. Viendo yo ese gentío y toda la gente bien vestida me sentía como acomplejado por las mechitas (ropas) con que yo venía del campo. Pero, de todas maneras, pensaba en lo bueno que era conocer todo eso y me sentía muy contento al lado del italiano.

El italiano me llevó cerca de la plazuela de San Ignacio a un hotel. Ahí mismo fuimos a una barbería y me hizo arreglar, peluquiar y dar en la cara un masaje y me echaron loción. En seguida, me llevó a un almacén y me compró un vestido y ropa interior y me hizo un baño. Yo salí lo más titinito que usted pueda imaginarse.

Tenía ganas de hacer del cuerpo, mejor dicho, cagar, pero no me atrevía cuando entraba a esos baños tan limpios y tan bonitos. Varias veces entré y volví a salir sin hacer nada, hasta cuando las ganas fueron tan grandes que no resistí.

Después me llevó pal circo España. Era una casa grande que servía para corridas de toros, teatro y cine. En la mitad del redondel de la arena habían colocado un trapito blanco colado con cuerdas. Dieron una película que se llamaba Benhur y otra de vaqueros. Apagaron la luz y empecé a ver que del trapito blanco salían trenes echando humo, vaqueros e indios peleando. Yo estaba aterrado y me preguntaba ¿señor, qué cosa rara es eso. Cómo hace ese ferrocarril para pasar por ahí? Yo seguía pensando y pensando cómo pasaba ese ferrocarril echando humo, y esas quebradas botando agua, y esos hombres peleando, y todo eso dentro del trapito blanco. Yo pensaba: es magia. Pero la magia me la fue a dar el italiano por la noche en la pieza del hotel. Después de la función nos fuimos pal hotel, ahí me pasó un cepillo para que le limpiara unos paños que tenía. Me preguntó: ¿Vamos mañana para Rionegro en el tranvía? Era que subía por Guarne y se llamaba Tranvía de Oriente. Me puse muy contento.

Entonces nos sirvieron la comida y yo no sabía comer con cubiertos porque estaba enseñado a comer con la cuchara de palo. Pero, yo voltiaba a ver cómo comía el italiano y entonces cogía el cuchillo y cortaba como él. Me dijo: el cuchillo es con la derecha. Porque como yo zurdo yo no lo cogía con la derecha. Después de la comida fuimos a dormir. Me acosté en la misma cama con él pues sólo había una y me quedé dormido. A media noche desperté porque sentí que él... trataba de comerme. Yo era tan sano que no entendía y me quedé pensativo. Y volvía el hombre a intentar darme por detrás; amenazándome, me decía ¡Quitecito ahí!

Yo, todo aterrado, pensaba qué hacer. Le dije: Yo sí me dejo pero permítame ir al baño que me dieron ganas de hacer del cuerpo. El me dejó salir, porque el sanitario estaba fuera de la habitación, y me escapé para la calle, aburrido, desesperado, sin conocer nada y muerto de frío. Pasé la noche encurruñao en un zaguán, esperando que amanecería pa arrancar pa mi casa como fuera. Amaneció.

No tenía 5 centavos. Salí y fui cogiendo toda esa carretera abajo, preguntando: ¿Por aquí voy a Bello? Y me decían que sí y seguí caminando pa la casa. Cada ratico voltiaba a mirar pa atrás y si veía que venía un carro o un cliente cachaco, me parecía que era él y corría asustado.

Llegué a Bello. Pensé: El Padre es el único que puede ayudarme, me fui pa donde el curita, le conté mi historia, que venía de Medellín a pata y estaba varao. El cura me dio diez centavos.

Me fui pa un hotel y le pedía a la señora una tacita de chocolate de 5 centavos. Un señor que estaba comiendo le dijo: vea, no me le dé al niño un chocolate, démele una comida que yo la pago. Me sirvieron un plato de frisoles y mazamorra y me quedé con los diez centavos. Ese mismo señor pagó la pieza para que yo durmiera (10 centavos). Al otro día tempranito, compré el tiquete para Girardota con los 10 ctvs. que tenía. Yo iba con la mecha nueva (ropa) porque los pantalones picapollos los había dejado botados en el almacén cuando el italiano me compró los nuevos. Iba descalzo pero con un vestido nuevo, muy bonito. Me subí al tren que estaba para arrancar y en ese momento, se le cayó el sombrero a un pasajero. Me pidió que se lo recogiera y me bajé. Vea hombre, lo que es la humanidad de corrompida, de mala: Cuando me bajé a recogerle el sombrero, otro lo había cogido y se lo llevó corriendo, yo corrí detrás, sin alcanzarlo. Cuando me devolví ya el tren había arrancado y me quedé en la mitad de la carrilera con la cara fría, pensando: Virgen Santísima, ¿qué voy a hacer ahora? Me fui a pie muy triste hasta Machado donde vi una señora que vendía fritos en un puestico. Me quedé mirándola, muerte do hambre, y le pregunté a qué horas pasaba el tren. Me contestó y le conté lo que me sucedió. Me dijo: No se preocupe que con ese tiquete puede subirse en el próximo tren. Viéndome la cara de hambre me dio desayuno de chocolate con arepa y quesito. Agradeciéndole, le dije que le ayudaba a abarrer, cogí la escoba y me puse a barrerle. La gente era mucho mejor antes que ahora. Llegó el otro tren y me subí. Más adelante pasó un señor pidiendo los tiquetes. Le mostré el mío y dijo: Este tiquete ya está perforado. No sirve. Le expliqué lo que había pasado pero no hizo caso. Pararon la máquina y me bajaron. Quedé yo más aburrido, en la mitad de la carrilera, en puro campo, lejos de todo. Cómo sería mi rabia que cuando oía venir un tren le ponía piedras sobre los rieles, de la furia, pa que se descarrilara y me escondía. Pasaba la máquina y lanzaba lejos las piedras sin que le pasara nada. Y yo furioso. Seguía caminando oía otra máquina, volvía a ponerle las piedras en los rieles. Y nada. En fin, por la noche llegué a la casa, a pura pata. Ahí mismo me abrieron la puerta saludándome. ¿Mijito, qué tal? ¿Cómo le fue por Medellín y por qué se vino? Yo me aburrí, mamá, ese italiano sí fue muy formal conmigo, al principio, y me dio ropa pero, por la noche cuando me fui a acostar con él me hacía como a una mujer. El creía que yo era una mujer. Mi mamá se quedó callada.

Después me puse a contarle todas las cosas extrañas que había visto y le dije: Cómo le parece mamá que me llevo a un teatro, que era una casa muy grande, donde había un trapito blanco de donde salían trenes echando humo, vaqueros e indios montados a caballo y peleando. Ella, asombrada, preguntaba: ¿Mijito y usted no se agachó para ver qué había por detrás? Yo si bregué, mamá, pero no pude ver nada. Ella me dijo: Eso es seña de que el mundo se va a acabar, mijito, porque están habiendo tantas cosas raras que, según dicen, es que va a nacer el Anticristo. Si mijito. Porque de un trapito blanco no pueden salir trenes echando humo, ni vaqueros e indios peleando a caballo. Eso es que viene el Anticristo.

 

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