El culebrero
Jorge Villegas
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INTRODUCCIÓN

 

Los textos que se presentan a continuación hacen parte de una investigación realizada por Jorge Villegas Arango, durante el lapso comprendido entre 1976 y finales de 1977, cuando falleció en Bogotá.

Fue investigado Francisco Correa Múnera, colombiano de 66 años, quien desde muy niño tuvo que trabajar para sobrevivir.

Al lograr cierta noción de las cosas decidió hacerse "Culebrero", es decir, fundamentalmente, mediante el sistema de ofrecer curación a las enfermedades del pueblo, especialmente a los niveles de población analfabeta y campesina, o recién llegada a la ciudad, como el propio Correa, atrayendo a las gentes, además por excitación de la curiosidad de que alguien conociera secretos no divulgados para sanar a los enfermos o evocando una sabiduría pretérita, lo que en el caso de nuestro país, tiene que ver con la condición étnica de nuestras mayorías populares que son mestizas de blanco europeo e indígena en un proceso, cuyos interesantes perfiles se alcanzan a ver en el testimonio de este hombre.

Los 60 años de vida consciente de este hombre desfilaron por las páginas de la investigación. Este trabajo se hizo mediante el uso de la grabación magnetofónica, invitando al sujeto a narrar su vida. El propósito se veía frecuentemente demorado y obstaculizado por algunas resistencias del "Culebrero" a entrar en plena confianza y por la mezcla de dos niveles que es difícil separar y donde justamente interviene un cierto sabor de ficción que hace la totalidad de la investigación y los textos seleccionados especialmente sugerentes del pasado del pueblo, incluyendo su imaginación y su sensibilidad. Estos dos niveles son la sincera exposición de su vida, respetando y enriqueciendo anécdotas en la medida que avanzaba el trabajo y crecía la confianza del "Culebrero2 y el otro nivel lo constituyen los momentos donde se lograba crear el clima necesario para que el "Culebrero" narrara algunas de las composiciones que construía, improvisaba o variaba para vender sus medicamentos.

Se destaca el hecho que la vida de este hombre constituye una especia de "registro sísmico" de las diferentes épocas y traumatismos de la historia de los últimos cincuenta años de Colombia.

El "Culebrero" aparece en la plaza como una mezcla de divulgador y comunicador. En 1930 Colombia se demoraba para definir el tiempo de vías que irían a romper el ancestral distanciamiento entre zonas climáticas, regiones de colonización común, provincias divididas políticamente y pueblos entre sí. Se construyeron tramos de ferrocarril que durante años no se interconectaban. Se abrían carreteras que el descuido y la naturaleza tropical volvían a cerrar. En ese momento el "Culebrero" se apropia de los primeros medios de comunicación: el tren, el bus, el megáfono o ampliador de la voz y busca comunicación que compensa la modernidad, y que se logre poner en contacto con el inconsciente colectivo, y para eso, busca la culebra. Enemiga del colonizador, abundante en especies y variedades en las zonas selváticas a donde se había ido retirando (hoy todavía lo hace), el indígena más o menos puro y del que se suponía, como ya se dijo, que conservaría alguna sabiduría pagana o "diabólica", como lo expresaba la Iglesia Católica en documentos muy recientes, para conjurar la enfermedad y conservar la independencia y la vida misma. Igualmente en la teología cristiana es la culebra una de las formas que toma el mal para que las primeras criaturas caigan en el pecado original.

Para el ejercicio de su "profesión" Correa desarrolló una aguda visión de las contradicciones que existían en su derredor y las transformaba en un don de persuasión.

Su testimonio es una mezcla de picardía y vida ejemplar. Nunca arrojó sobre la sociedad nada distinto a imaginación, inventiva y un perenne candor que hace de estos textos una especie de recolección de literatura popular proveniente de un solo receptor o intermediario, que hacía las veces de juglar de la edad media mezclado con el curandero de la tribu y el sacerdote de una religión que cada vez se imponía más en su época dorada: la modernidad.

"El propagandista" se le decía, propagaba, incluso, la medicina de laboratorio; que era su competidor y su auxiliar. "La excelencia del producto" que hoy afana a los agentes de publicidad, su apariencia evocadora de lo que la gente quiere ver y oír, y en general el ofrecimiento de un bienestar a cambio de dinero por el producto alabado, tienen su antecesor en el culebrero.

Producto de su medio y persona capaz de lograr la aceptación del mismo sin más palanca que su propia capacidad de creador oral, teatral y mágico el culebrero está en el fondo de nuestros recuerdos populares y aún en nuestra literatura.

García Márquez, en todos sus escritos, coloca como en un segundo plano a este hombre que acompaña como una sombra la credulidad y el escepticismo de nosotros los colombianos.

Esta investigación saca de este segundo plano al culebrero y lo vuelve protagonista de sí mismo y de todos, como un ente novelado.

Los textos seleccionados quieren ofrecer una visión de la riqueza de este material y a la vez de la importancia del tema. Hoy se presentan acompañados de un conjunto de recreaciones del material o en otras palabras traducciones de la atmósfera del texto al lenguaje plástico.

Desde la mitología azteca, pasando por la zoología fantástica y la teología cristina, hasta los encantadores de serpientes que constituyen una casta aparte de la India, la culebra ha significado muchas cosas, incluyendo el símbolo del caduceo donde el animal entrega su veneno, su capacidad de muerte y el hombre la transmuta en antídoto, en remedio, en conquista de la vida.

El testimonio de Correa y la intención de provocar, mediante la investigación, este testimonio, es una bella metáfora de cómo un hombre, individuo y símbolo de su pueblo, vence al abandono y la precariedad de sus medios de vida para construir esta carta de viaje, sincera y popular.

Se aprecia que los textos sobre "viajes, salud y demás", están en estado "bruto" o sea, pueden ser leídos tal y como sucedió la grabación. La forma de trabajo del investigador y mucho de la "literatura oral" o forma de narrar del investigador quedan así, patentes. Entre estos textos y los iniciales colocados al comienzo de este libro, hay una diferencia: los segundos han sido modificados por la labor paciente de Villegas de suprimir repeticiones y modismos para darles una estructura narrativa. Entre unos y otros se puede apreciar la diferencia de un material antes y después de pasar por un tamiz, sin duda valioso. La expresión del "Culebrero", pues, permite diferentes aproximaciones y en este modo nos sentimos en condiciones de entregar las dos más extremas. Hay otras posibilidades que son susceptibles de un trabajo posterior. No debe olvidarse que la investigación en su totalidad abarca de setecientas páginas de transcripción y material fotográfico.

Las atmósferas del espectáculo que el culebrero monta son imposibles de transcribir en palabras. Algo de magia, teatro y poseía tiene que haber en la decisión del culebrero de iniciar su oficio un día, en una plaza de una ciudad o de un poblado.

Esta anotación se hace con el criterio de invitar al lector del material a reflexionar sobre la abundantísima serie de factores que hay que explicar para llegar a un estado de comprensión satisfactorio de lo que significa este material no sólo para estudiosos de la vida social e individual de los colombianos sino sobre las maravillosas relaciones entre estos dos niveles en la escala de lo popular, por oposición el documento y la vivencia, a lo elitista. Describir este material del culebrero y llevarlo a una forma que pueda ser publicado y apreciado en su totalidad es tarea que implica en buena medida sacarlo de dentro de nosotros mismos, así de indisolublemente pegado se halla a nuestro ancestro social y particular.

Una pregunta sobre Jorge Villegas, investigador: ¿Por qué realizó esta investigación?

Porque entendió que la vida del hombre colombiano era o estaba o está atravesada por una dicotomía: que el mayor esfuerzo de nuestras instituciones sociales se centraba en no permitir una comunicación entre los colombianos de "cierto nivel" y el pueblo del cual habían surgido. La Iglesia, el Estado, la cultura de lo artístico, se fijaron metas alejadas de la expresión popular.

El hombre del pueblo se veía pues obligado a hacer un esfuerzo descomunal para contrarrestar la fuerza contraria. No hubo durante muchos años ni una sola oportunidad de hacer público, mediante los estímulos e instrumentos de la comunicación moderna, el mundo de lo popular. Aún en 1950, un 70% de la población vivía en el campo y no existían los receptores de radio equipados con transistores, ni la televisión. Así las cosas, surge como tema o centro de interés, el "Culebrero" y surge así mismo el investigador que quiere dejar plasmado "ese mundo". Se ha intentado dar una respuesta a la pregunta formulada, describiendo el surgir simultáneo del objeto a investigar y el investigador. Esta disciplina ajustada pero que difícilmente puede recibir el nombre de científica, es el resultado de una experimentación en y sobre el ser social. El material que se produce después de estas experiencias con el pueblo y su memoria consciente, historia sencilla o con sus archivos inconsciente especie de yo colectivo, se acerca a una especial emoción que es a la vez la expresión síntesis fruto de la madurez, el arte. Estos textos son a la manera de cuentos de Rulfo, texturas de Guimaraes Rosa, atravesados por la fábula o habla escuchada en centurias de tradición oral de una García Márquez. Sólo para abundar en persistencia y realismo el escucha intermedio se retira sin añadir nada distinto a su magia de amanuense y surge entonces ese material de crónica apto para convertirse en un conjunto de símbolos que nos ayude a identificar; porque, como tal vez sea oportuno repetirlo, somos nosotros mismos los protagonistas de este oficio de culebreros; es de nosotros mismos de quien se habla aquí. No es el antropólogo describiendo fríamente la conducta del indígena, es la suma de esfuerzos del indígena que llevamos dentro por expresarse y la primera ocasión feliz en que un oído nuestro se ha disputado llanamente a escuchar, procesar y transmitir este mensaje.

 

MANUEL HERNÁNDEZ BENAVIDEZ

 

Bogotá, junio de 1979

 

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