El culebrero
Jorge Villegas
© Derechos Reservados de Autor

LA INFANCIA

 

Nací en Don Matías, Antioquia, en 1911. Hoy, cuando empiezo a recordar mi vida tengo 66 años.

Mi papá tenía una tienda. Era un hombre muy juicioso. Yo ni me acuerdo de él porque murió cuando estaba muy chiquito. Vestía con camisas de pechera, como se usaba en ese tiempo, ponchito y sombrero blanco aguadeño y un bigote grande que se retorcía. Un tío mío, el cura, conserva un retrato de él, pero como es tan orgulloso lo mandó retocar. Cuando lo vi le dije: Este no es el papá mío, usted lo mandó retocar y quedó de cachaco. Al papá mío lo quiero ver como era: de alpargates, de ruana, poncho y sombrero blanco.

Nunca se tomaba un trago. Recuerdo que yo me chupaba el dedo y él me echaba ají en los dedos para que dejara el vicio. De nada le valía, seguí chupándome el dedo hasta un día hasta un día cuando pasó un boquinche con el labio demasiado partido y hablando muy gangoso y yo le pregunté, aterrao, a mi papá qué tenía ese hombre y me respondió: Quedó así por chuparse el dedo. Ahí dejé el resabio.

Cuando se murió mi papá me tocaron quince pesos de herencia y para reclamarlos tuve que darle 5 a un abogado. Total, me quedaron 10 pesos. A mi mamá le fue muy mal ˇpobrecita! El que se casó después con ella fue pa quitarle lo poquito que tenía. A ese padrastro mío lo llamaban La Vaca Brava. Era abuelo de dos curas que publicaron libros sobre la violencia. El padre Blandón Berrío que escribió Lo que el cielo no perdona y el padre Gonzalo Jiménez, autor de Caín nació en Colombia. Cuando murió mi papá quedó mi mamá con 7 hijos, sólo sobrevivimos dos: mi hermanita que es monja y yo. Del otro matrimonio tuvo dos hijos más, hermanos medios míos, uno que es ahora policía jubilado y su hermana casada. No la vamos bien. El policía en una oportunidad me hizo encarcelar y otra vez me iba a echar bala.

Mi infancia fue muy triste. Mi padrastro no me quería y a todas horas me daba rejo. La pobrecita de mi mamá no se atrevía a decirle nada porque era de muy mal genio. Esa infancia fue de lo más duro que se pueda uno imaginar en la vida. Ya cuando empecé a trabajar, desde muy chiquito, pues desde los ocho años ya sabía yo lo que era trabajar y pagarse uno un almuerzo con su propio trabajo, todo el dinero que recogía él me lo quitaba. Me tenía como a un esclavo.

Yo a ratos me pongo a pensar y digo: Hombre, antes es una gracia ser uno medio algo en la vida. Pues hasta un pájaro necesita alas para volar en la vida y yo no tuve nada. Nunca sentí cariño de hogar, a pesar de ser yo tan generoso con mis familiares. Ni mi abuelita me quería. A esa viejita yo le lambía y no sabía dónde ponerla porque la quería mucho pero, yo le caía gordo. Para el resto de sus nietos eran todas sus preferencias y a mí en cambio me ponía a hacer los trabajos más cochinos de la casa, a lavar los chiqueros de los marranos, a llevarles el aguamasa. Mientras los otros nietos los mantenía bien arregladitos a mí me daba la ropa que les sobraba.

Y todo porque ella odiaba al padrastro mío. ˇComo si yo tuviera la culpa! Como si yo fuera el responsable de que mi mamá se hubiera casado con la Vaca Brava.

Yo tengo un tío cura. Antiguamente la familia donde había un cura era muy respetada. Casi en toda Antioquia cuando veían a un cura todos llegaban y se arrodillaban y ˇAy del que fuera a faltarle en cualquier forma al respeto a un cura! ˇQué crimen tan espantoso! Yo conocí viejitas en el pueblo de San Pedro, donde vivimos, que agarraban los pantalones que dejaban por viejos los curas y los guardaban como reliquia para venderlos retaciados como escapularios. Mi tío el cura era rico, mejor dicho, en esas épocas se le decía rico en un pueblo al que tenía un par de zapatos o al que tenía un vestido nuevo que sólo se lo ponía los Viernes Santos en la procesión del entierro del Santo Sepulcro, el que tenía cuatro pesos era rico, riquísimo y por consiguiente buena persona. En cambio, el pobre, ese lo voltiaban a ver como una basura y no valía nada y sólo le decía ña Juana, ño Pedro. El rico era Don y podía hacer lo que le venía en gana. Y como mi tío era cura y rico, imagínese lo que podría hacer. Mi madre tenía una casa grandísima que le quedó de mi papá y mi tío se la fue quitando por pedacitos hasta que la dejó sin nada. Le fue pagando con pastillas de chocolate y libras de panela. ˇY ver eso en la propia familia de uno! De ver esas cosas he vivido como estragao mucho tiempo, porque de la familia nunca recibí poyo. El tío cura sólo me daba la bendición cada vez que me encontraba.

Yo vivía tan desesperao con mi padrastro que un día me fui a buscar al tío Cura que hacía tiempos no venía. Me dijo que lo iban a nombrar cura de Toledo y que si quería me fuera con él. Salimos de Santa Rosa para Toledo, él iba a caballo y yo a pie, decía que era para enseñarme a ser macho desde chiquito. Eso es muy lejos, son como 16 leguas. Creí que no llegaría pues a cada rato sentía desmayarme en el camino, mientras el tío en el caballo no se inmutaba y me apuraba cuando yo disminuía el paso. Por fin llegamos a Toledo. Nunca lo olvidaré.

Me consiguió unos marranos pa que yo se los engordara. Yo junté unos pesitos y los domingos salía al mercado con una cajita con unos cacharros pa vender. Mi tío se admiraba de lo bueno que era yo pa los negocios y cuando se enteró de que ya había levantao 500 pesos con el cajón de cacharros me propuso poner una tienda suya para que se la administrara, y me prometió darme plata para comprar café. Yo estaba muy contento y me hacía ilusiones enormes con lo que me daría de los marranos y lo que ganaría administrándole la tienda y la compra del café. Pero, una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando. Vendió los marranos y no me dio nada. Puso la tienda bien surtida pero se la entregó a la maestra de la escuela que era joven y vivaracha.

Ahí empezaron a dañarse las cosas. Yo le hacía, de pique, pilatunas tontas como las de tomarme el vino de consagrar y cambiárselo por café negro. Él comenzó también a tomarme bronca.

Un día estaba comiéndome una mazamorra y unos frisoles en la mesa cuando llegó él de una confesión echándome vainas, diciendo que él matándose para criar tanto vergajo, tanto sobrino. Cogí el palto, se lo tiré diciéndole que no me humillara y me largué. Me vine para Medellín y me puse a vender.

 

ÍNDICE CONTINUAR