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LA INFANCIA
Nací
en Don Matías, Antioquia, en 1911. Hoy, cuando empiezo a recordar mi vida tengo 66 años.
Mi
papá tenía una tienda. Era un hombre muy juicioso. Yo ni me acuerdo de él porque murió
cuando estaba muy chiquito. Vestía con camisas de pechera, como se usaba en ese tiempo,
ponchito y sombrero blanco aguadeño y un bigote grande que se retorcía. Un tío mío, el
cura, conserva un retrato de él, pero como es tan orgulloso lo mandó retocar. Cuando lo
vi le dije: Este no es el papá mío, usted lo mandó retocar y quedó de cachaco. Al
papá mío lo quiero ver como era: de alpargates, de ruana, poncho y sombrero blanco.
Nunca
se tomaba un trago. Recuerdo que yo me chupaba el dedo y él me echaba ají en los dedos
para que dejara el vicio. De nada le valía, seguí chupándome el dedo hasta un día
hasta un día cuando pasó un boquinche con el labio demasiado partido y hablando muy
gangoso y yo le pregunté, aterrao, a mi papá qué tenía ese hombre y me respondió:
Quedó así por chuparse el dedo. Ahí dejé el resabio.
Cuando
se murió mi papá me tocaron quince pesos de herencia y para reclamarlos tuve que darle 5
a un abogado. Total, me quedaron 10 pesos. A mi mamá le fue muy mal ˇpobrecita! El que
se casó después con ella fue pa quitarle lo poquito que tenía. A ese padrastro mío lo
llamaban La Vaca Brava. Era abuelo de dos curas que publicaron libros sobre la violencia.
El padre Blandón Berrío que escribió Lo que el cielo no perdona y el padre
Gonzalo Jiménez, autor de Caín nació en Colombia. Cuando murió mi papá quedó
mi mamá con 7 hijos, sólo sobrevivimos dos: mi hermanita que es monja y yo. Del otro
matrimonio tuvo dos hijos más, hermanos medios míos, uno que es ahora policía jubilado
y su hermana casada. No la vamos bien. El policía en una oportunidad me hizo encarcelar y
otra vez me iba a echar bala.
Mi
infancia fue muy triste. Mi padrastro no me quería y a todas horas me daba rejo. La
pobrecita de mi mamá no se atrevía a decirle nada porque era de muy mal genio. Esa
infancia fue de lo más duro que se pueda uno imaginar en la vida. Ya cuando empecé a
trabajar, desde muy chiquito, pues desde los ocho años ya sabía yo lo que era trabajar y
pagarse uno un almuerzo con su propio trabajo, todo el dinero que recogía él me lo
quitaba. Me tenía como a un esclavo.
Yo a
ratos me pongo a pensar y digo: Hombre, antes es una gracia ser uno medio algo en la vida.
Pues hasta un pájaro necesita alas para volar en la vida y yo no tuve nada. Nunca sentí
cariño de hogar, a pesar de ser yo tan generoso con mis familiares. Ni mi abuelita me
quería. A esa viejita yo le lambía y no sabía dónde ponerla porque la quería mucho
pero, yo le caía gordo. Para el resto de sus nietos eran todas sus preferencias y a mí
en cambio me ponía a hacer los trabajos más cochinos de la casa, a lavar los chiqueros
de los marranos, a llevarles el aguamasa. Mientras los otros nietos los mantenía bien
arregladitos a mí me daba la ropa que les sobraba.
Y todo
porque ella odiaba al padrastro mío. ˇComo si yo tuviera la culpa! Como si yo fuera el
responsable de que mi mamá se hubiera casado con la Vaca Brava.
Yo
tengo un tío cura. Antiguamente la familia donde había un cura era muy respetada. Casi
en toda Antioquia cuando veían a un cura todos llegaban y se arrodillaban y ˇAy del que
fuera a faltarle en cualquier forma al respeto a un cura! ˇQué crimen tan espantoso! Yo
conocí viejitas en el pueblo de San Pedro, donde vivimos, que agarraban los pantalones
que dejaban por viejos los curas y los guardaban como reliquia para venderlos retaciados
como escapularios. Mi tío el cura era rico, mejor dicho, en esas épocas se le decía
rico en un pueblo al que tenía un par de zapatos o al que tenía un vestido nuevo que
sólo se lo ponía los Viernes Santos en la procesión del entierro del Santo Sepulcro, el
que tenía cuatro pesos era rico, riquísimo y por consiguiente buena persona. En cambio,
el pobre, ese lo voltiaban a ver como una basura y no valía nada y sólo le decía ña
Juana, ño Pedro. El rico era Don y podía hacer lo que le venía en gana. Y como mi tío
era cura y rico, imagínese lo que podría hacer. Mi madre tenía una casa grandísima que
le quedó de mi papá y mi tío se la fue quitando por pedacitos hasta que la dejó sin
nada. Le fue pagando con pastillas de chocolate y libras de panela. ˇY ver eso en la
propia familia de uno! De ver esas cosas he vivido como estragao mucho tiempo, porque de
la familia nunca recibí poyo. El tío cura sólo me daba la bendición cada vez que me
encontraba.
Yo
vivía tan desesperao con mi padrastro que un día me fui a buscar al tío Cura que hacía
tiempos no venía. Me dijo que lo iban a nombrar cura de Toledo y que si quería me fuera
con él. Salimos de Santa Rosa para Toledo, él iba a caballo y yo a pie, decía que era
para enseñarme a ser macho desde chiquito. Eso es muy lejos, son como 16 leguas. Creí
que no llegaría pues a cada rato sentía desmayarme en el camino, mientras el tío en el
caballo no se inmutaba y me apuraba cuando yo disminuía el paso. Por fin llegamos a
Toledo. Nunca lo olvidaré.
Me
consiguió unos marranos pa que yo se los engordara. Yo junté unos pesitos y los domingos
salía al mercado con una cajita con unos cacharros pa vender. Mi tío se admiraba de lo
bueno que era yo pa los negocios y cuando se enteró de que ya había levantao 500 pesos
con el cajón de cacharros me propuso poner una tienda suya para que se la administrara, y
me prometió darme plata para comprar café. Yo estaba muy contento y me hacía ilusiones
enormes con lo que me daría de los marranos y lo que ganaría administrándole la tienda
y la compra del café. Pero, una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando.
Vendió los marranos y no me dio nada. Puso la tienda bien surtida pero se la entregó a
la maestra de la escuela que era joven y vivaracha.
Ahí
empezaron a dañarse las cosas. Yo le hacía, de pique, pilatunas tontas como las de
tomarme el vino de consagrar y cambiárselo por café negro. Él comenzó también a
tomarme bronca.
Un día
estaba comiéndome una mazamorra y unos frisoles en la mesa cuando llegó él de una
confesión echándome vainas, diciendo que él matándose para criar tanto vergajo, tanto
sobrino. Cogí el palto, se lo tiré diciéndole que no me humillara y me largué. Me vine
para Medellín y me puse a vender.
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