El culebrero
Jorge Villegas
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PRIMEROS CONTACTOS CON LOS CULEBREROS

 

Sin darme cuenta siempre me atrajeron los culebreros, desde cuando, ya hacía muchos años, llegué por primera vez a la Plaza de Cisneros en Medellín y los vi vestidos con trajes extraños, rodeados de culebras en el cuello y hablando un leguaje raro mientras un corrillo de personas curiosas los miraba con respeto y asombro.

Ahora, al regreso de mis viajes por el sur, vaciado y casi alcoholizado no tenía trabajo y me pasaba las horas mirándolos. Claro que este oficio lo coge a uno, en primera medida, por la ignorancia, porque uno no ha estudiado nada. También por la pobreza porque un hambre es espantosa. Pero a veces me pregunto. ¿Esto lo explica todo? Porque de la misma manera y por las mismas razones hubiera podido escoger mil oficios diferentes y ¿por qué precisamente este de culebrero? Sólo sé responder que desde pequeño me atrajo.

Comencé cargándoles las maletas a los propagandistas (que en esa época no se les decía culebreros), les cuidaba y cargaba el cajón con las culebras y los menjurjes. Me daban centavos.

Alguno, después, me propuso que le cuadrara el público, pues generalmente les gustaba entrar a trabajar cuando ya el público había cerrado el corrillo. Uno tenía que ingenriárselas para reunir a la gente. Al principio parece difícil, pero ¡No! La gente es demasiado curiosa. Vea, amigo, haga usted la prueba, párese en Junín con la Playa, cuando haya bastante gente, y póngase a mirar un rato para el cielo sin decir nada, al momentico tendrá usted a su lado cien personas mirando y ya empezarán a ver platillo voladores y quién sabe qué cosas más. Porque así es la humanidad. A ratos me paraba con una pañueleta y decía que iba a hacer una muñequita: Del piste al piste corone este alpiste. Pase y contrapase. Le echamos los polvos de la madre Celestina, los unos pasan por debajo, los otros pasan por encima. No hacía la muñeca pero la gente se iba reuniendo esperando que la hiciera. Cogía a un muchacho de los que estaban curioseando y explicaba que le iba a cortar la cabeza sin derramar una gota de sangre para ponérsela después en su lugar pero al revés. Le vendaba los ojos y le pedía que repitiera conmigo la oración sagrada:

 

Persínate ancú

Ave María la chumbimba

Cómo será la petá

Lo sacan de cucho a cucho

y alabado sea Marucho

 

Así se iba reuniendo el pueblo y entonces presentaba al protagonista. Después conseguí un muñequito: Vean ustedes a don Cirilo, el suma baila, canta y trasmite la voz del pensamiento. Canta cuando está contento y reniega cuando está aburrido. Habla siete idiomas. Este es don Cirilo, el que le dio la vuelta al mundo pero que un día le pegó a su madre porque le pidió chocolate y carne asada y ella no se los dio porque no los tenía. La madre, en castigo, le echó la maldición de andar conmigo para arriba y para abajo todo el resto de su vida, que es mucho porque don Cirilo, como yo, es inmortal. Y simulaba ventriloquia con don Cirilo.

Generalmente me daban el 20% de lo que hacían en la venta de sus pomadas. Un día me tocó reunirle público al doctor Carrasquilla, un hombre que trabaja muy bien presentado, buena percha y buena corbata, y era hasta preparado porque mostraba cuadros de anatomía y hablaba un lenguaje muy bonito. Pero no convencía, no vendía.

Después de la primera presentación vendió 15 ctvs., a mí me tocaron 3 de participación. Hasta este momento había estado esperando la oportunidad de ser yo el propagandista. En mi pieza había escrito los discursos para vender la pomada y el jabón contra la caspa. Me los sabía de memoria y vivía esperando una oportunidad.

A la segunda vez fue peor, el hombre se blanquió y no vendió nada. Yo había comprado en la ferretería la Campana unos jabones y unas pomaditas que guardaba en un maletincito. Cuadré al público por tercera vez y cuando se acercó el corrillo se me acercó el doctor Carrasquilla para que lo presentara pero yo no le hice caso y me lancé a vender mis pomadas.

Al final abrí la venta a 5 cvts., la caja y reuní 1.80. Las vendí todas. Me los eché en el bolsillo y orgulloso los hacía sonar. Me fui pal café y pedí un aguardiente, doble (piernipeludo). Cuando regresé me preguntó Carrasquilla si le iba a seguir cuadrando al público. Respete, mijo, ahora el que me tiene que cuadrar el público es usted porque yo vendo más.

Después sí me regué a trabajar en el oficio. A los poquitos días llegó a Medellín un propagandista con el pelo largo que se llamaba el Indio Pielroja. Hablaba a lo enredado y se ponía unas medallas. Era un marinillo y reunía cantidad de público vendiéndole cargas de remedios: Mires bien, hombra y muler. ¿Qué les duele acá? Están enfermos de la esturmaga, de la esturmaga.

No me puedo quedar atrás de este marinillo, pensé, y decidí dejarme crecer el cabello. Así que yo fui el primer hippie de Colombia, cuando tener cabello largo sí era una rareza, no como ahora, cuando los hombres lo llevan largo y las mujeres corto y se mete uno unas confundidas. Al principio sufrí mucho porque la gente me gritaba: poeta fracasado. Cuando ya empezó a ponerse bien largo me lo agarraba en moño dentro de una cachucha y ni se notaba. Pero yo no me atrevía a trabajar de cabello largo en Medellín porque la gente me conocía y ¿quién iba a creer que yo era indio?

 

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