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PRIMEROS CONTACTOS CON LOS CULEBREROS
Sin
darme cuenta siempre me atrajeron los culebreros, desde cuando, ya hacía muchos años,
llegué por primera vez a la Plaza de Cisneros en Medellín y los vi vestidos con trajes
extraños, rodeados de culebras en el cuello y hablando un leguaje raro mientras un
corrillo de personas curiosas los miraba con respeto y asombro.
Ahora,
al regreso de mis viajes por el sur, vaciado y casi alcoholizado no tenía trabajo y me
pasaba las horas mirándolos. Claro que este oficio lo coge a uno, en primera medida, por
la ignorancia, porque uno no ha estudiado nada. También por la pobreza porque un hambre
es espantosa. Pero a veces me pregunto. ¿Esto lo explica todo? Porque de la misma manera
y por las mismas razones hubiera podido escoger mil oficios diferentes y ¿por qué
precisamente este de culebrero? Sólo sé responder que desde pequeño me atrajo.
Comencé
cargándoles las maletas a los propagandistas (que en esa época no se les decía
culebreros), les cuidaba y cargaba el cajón con las culebras y los menjurjes. Me daban
centavos.
Alguno,
después, me propuso que le cuadrara el público, pues generalmente les gustaba entrar a
trabajar cuando ya el público había cerrado el corrillo. Uno tenía que ingenriárselas
para reunir a la gente. Al principio parece difícil, pero ¡No! La gente es demasiado
curiosa. Vea, amigo, haga usted la prueba, párese en Junín con la Playa, cuando haya
bastante gente, y póngase a mirar un rato para el cielo sin decir nada, al momentico
tendrá usted a su lado cien personas mirando y ya empezarán a ver platillo voladores y
quién sabe qué cosas más. Porque así es la humanidad. A ratos me paraba con una
pañueleta y decía que iba a hacer una muñequita: Del piste al piste corone este
alpiste. Pase y contrapase. Le echamos los polvos de la madre Celestina, los unos pasan
por debajo, los otros pasan por encima. No hacía la muñeca pero la gente se iba
reuniendo esperando que la hiciera. Cogía a un muchacho de los que estaban curioseando y
explicaba que le iba a cortar la cabeza sin derramar una gota de sangre para ponérsela
después en su lugar pero al revés. Le vendaba los ojos y le pedía que repitiera conmigo
la oración sagrada:
Persínate
ancú
Ave
María la chumbimba
Cómo
será la petá
Lo
sacan de cucho a cucho
y
alabado sea Marucho
Así se
iba reuniendo el pueblo y entonces presentaba al protagonista. Después conseguí un
muñequito: Vean ustedes a don Cirilo, el suma baila, canta y trasmite la voz del
pensamiento. Canta cuando está contento y reniega cuando está aburrido. Habla siete
idiomas. Este es don Cirilo, el que le dio la vuelta al mundo pero que un día le pegó a
su madre porque le pidió chocolate y carne asada y ella no se los dio porque no los
tenía. La madre, en castigo, le echó la maldición de andar conmigo para arriba y para
abajo todo el resto de su vida, que es mucho porque don Cirilo, como yo, es inmortal. Y
simulaba ventriloquia con don Cirilo.
Generalmente
me daban el 20% de lo que hacían en la venta de sus pomadas. Un día me tocó reunirle
público al doctor Carrasquilla, un hombre que trabaja muy bien presentado, buena percha y
buena corbata, y era hasta preparado porque mostraba cuadros de anatomía y hablaba un
lenguaje muy bonito. Pero no convencía, no vendía.
Después
de la primera presentación vendió 15 ctvs., a mí me tocaron 3 de participación. Hasta
este momento había estado esperando la oportunidad de ser yo el propagandista. En mi
pieza había escrito los discursos para vender la pomada y el jabón contra la caspa. Me
los sabía de memoria y vivía esperando una oportunidad.
A la
segunda vez fue peor, el hombre se blanquió y no vendió nada. Yo había comprado en la
ferretería la Campana unos jabones y unas pomaditas que guardaba en un maletincito.
Cuadré al público por tercera vez y cuando se acercó el corrillo se me acercó el
doctor Carrasquilla para que lo presentara pero yo no le hice caso y me lancé a vender
mis pomadas.
Al
final abrí la venta a 5 cvts., la caja y reuní 1.80. Las vendí todas. Me los eché en
el bolsillo y orgulloso los hacía sonar. Me fui pal café y pedí un aguardiente, doble
(piernipeludo). Cuando regresé me preguntó Carrasquilla si le iba a seguir cuadrando al
público. Respete, mijo, ahora el que me tiene que cuadrar el público es usted porque yo
vendo más.
Después
sí me regué a trabajar en el oficio. A los poquitos días llegó a Medellín un
propagandista con el pelo largo que se llamaba el Indio Pielroja. Hablaba a lo enredado y
se ponía unas medallas. Era un marinillo y reunía cantidad de público vendiéndole
cargas de remedios: Mires bien, hombra y muler. ¿Qué les duele acá? Están enfermos de
la esturmaga, de la esturmaga.
No me
puedo quedar atrás de este marinillo, pensé, y decidí dejarme crecer el cabello. Así
que yo fui el primer hippie de Colombia, cuando tener cabello largo sí era una rareza, no
como ahora, cuando los hombres lo llevan largo y las mujeres corto y se mete uno unas
confundidas. Al principio sufrí mucho porque la gente me gritaba: poeta fracasado. Cuando
ya empezó a ponerse bien largo me lo agarraba en moño dentro de una cachucha y ni se
notaba. Pero yo no me atrevía a trabajar de cabello largo en Medellín porque la gente me
conocía y ¿quién iba a creer que yo era indio?
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