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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
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Derechos Reservados de Autor
EL TACON Y EL BORDON
Resulta que Ámbar, como se
llamaba la princesa de este cuento quedó huérfana de padres siendo aún muy niña, su
hada madrina que la vio en peligro por los enemigos de aquel reino, convirtió en una
bella miniatura a la princesa y su palacio con sus servidores fieles y para ocultar el
palacio a los ojos de los demás, lo metió bajo la caparazón de un viejo morrocoy que
había muerto hacia muchos años. Allí creció Ámbar al cuidado de su nana llamada
Sabatina. Sabatina se encargaba de proveer las necesidades que tuvieran, pues esta buena
nana era conocedora de un secreto, ya que el hada madrina le había dicho: -En cuanto
salgas de palacio y de la. caparazón del morrocoy, volverás a ser normal, pero al llegar
a este lugar, serás otra vez una miniatura, es por eso que debes cuidar que Ámbar no
descubra este secreto hasta que tu se lo digas, porque si revelan el lugar donde está el
palacio, el encanto desaparecerá o se mostrara en todo su tamaño. Al menos que esto no
suceda hasta que Ámbar sea mayor y se enamore del hombre que la protegerá de los
enemigos del reino. Así que Sabatina iba al mercado de la ciudad como una mujer normal y
jamás despertó sospecha alguna.
La desaparición de aquel
palacio con la princesa fue todo un acontecimiento y como sucede con estas noticias
asombrosas, las lenguas se amellan de tanto dele que dele, hasta que se cansan y se ocupan
de los sucesos más recientes y como la tierra continua girando y sacándole quites a los
cometas, un día se aterra del gentío que se le multiplica sobre su cuerpo redondo y se
lamenta: -¡Dios mío, qué carga tan pesada! ¿Será que puedo con ella? Claro que ha
podido porque de aquella época a ésta al tiempo le ha tocado moler cantidades de años y
cada día hay más gente y la ciudad de nuestro cuento se volvió enorme, tanto que en los
mercados el gentío tenía que abrirse paso a codazos sin que el uno se conociera con el
otro.
Pues bien, para estos
tiempos la princesa Ámbar estaba en el esplendor de su juventud y belleza. Nada sabía de
que ella y sus servidores fueran miniaturas, ni que habían otras gentes que fuesen
gigantes a su lado. Por eso su Nana consideró que era necesario revelarle el gran
secreto. Una vez que Ámbar estuvo enterada, le entró gran curiosidad por conocer aquel
mundo desconocido. La Nana estuvo dispuesta a complecerla, así que un buen día le puso
un traje de campesina, la tomó de la mano y la sacó por una puerta secreta. -iDios del
cielo! Gritó Ámbar al ver toda la grandiosidad del paisaje. -¿Y el palacio?, preguntó.
La Nana le mostró la caparazón del morrocoy. -Aquí, bajo esta caparazón se encuentra.
-¡Dios mío! Nana, viendo todo esto tan grande, los árboles, los animales, las casas...
¿Entonces de qué tamaño somos nosotras allí dentro del palacio? La Nana le mostró un
mínimo tamaño entre su dedo pulgar y anular. - Así Somos de pequeñitas. La princesa
Ámbar no cabía de la dicha. Conocer la ciudad fue todo un deslumbramiento. ¡Que mundo
tan grande! - Y aquello, Nana, aquello que está tan alto, con un fondo azul y unos copos
de algodón; ¿qué cosa es?, dijo señalando sobre su cabeza. - Eso se llama cielo, le
dijo la Nana. En esta forma Ámbar fue conociendo el mundo exterior a su palacio. Y se
volvió experta en salir e ir al mercado, su mayor diversión era comprar toda clase de
golosinas. Y fue así como un día cuando más entretenida estaba llenando su cesto con
toda clase de chucherías, se percató que un joven muy apuesto la observaba con gran
interés. Era un hermoso joven vestido impecablemente, sombrero de capa, botas de tacón,
y completaba su elegancia un brillante y bello bordón empuñado en su mano derecha.
Ámbar sintióse atraída por aquel joven, pero tuvo miedo al recordar que la Nana le
había prohibido hablar con las gentes de la ciudad y echo a correr.
-¡Que joven tan linda!,
dijo el príncipe Adarlín, corriendo tras ella, pues era él quien la observaba
maravillado por su belleza. Adarlín iba de paso por aquella ciudad y se detuvo en el
mercado a comprar algunas curiosidades y estando en ésto, descubrió a la bella joven
vestida de campesina. Cuando ella echó a correr, él se lanzó a detenerla para
preguntarle por qué huía en aquella forma, pero la joven era mejor que una gacela para
correr y aunque el príncipe era atleta no logró darle alcance. Corra que corra y
salieron de la ciudad y como por arte de magia, la linda campesina se desapareció ante
sus propios ojos. Esto si que intrigó al príncipe Adarlín. -¿Cómo pudo esfumarse ante
su nariz? El paisaje era despejado, no había donde esconderse. Así que Adarlín cansado
de tanto
buscarla, se detuvo frente a
la caparazón del morrocoy, descansó su pie derecho sobre aquella cosa y mientras
contemplaba el paisaje y pensaba en la linda jovencita, comenzó a darle golpecitos a la
caparazón, ora con el tacón de la bota, ora con la punta del bordón. - No puede ser una
visión, dijo. Dejo de llamarme Adarlín, si no descubro el misterio que rodea a esta
joven.
El príncipe regresó a su
hospedaje en la ciudad, arregló todo para permanecer varios días y se dio a la búsqueda
de la joven que ya lo tenía cautivado tanto por su belleza como por aquel misterio que
parecía rodearla, puesto que nadie la conocía. -No importa, -se dijo el príncipe, yo la
encontraré. Fue constante recorriendo calles y más calles, vigilando los mercados,
corriendo por el lugar donde se le desapareció, hasta que volvió a encontrarla en el
mercado. Adarlín no sabía como hacer para que no se le escapara de nuevo, se aproximó
con mucho sigilo y le apresó una mano. -¿Por qué huyes de mi?, le preguntó. Ella
temblando de miedo y emoción, nada respondió. El príncipe la retenía con fuerza. -Al
menos dime donde vives? Ella respondió: -Allá en la casita donde tocaste con el tacón y
el bordón y se zafó de la prisión de sus dedos echando a correr como una veloz gacela.
Adarlín la siguió ahora más cautivado e intrigado y para su mayor asombro, la joven
volvió a esfumársele ante sus ojos y en el mismo lugar. El caso fue que Ocurrió lo
mismo, cansado de buscarla se topé otra vez con el caparazón del morrocoy, descansé su
pie derecho sobre éste, y mientras pensaba para entretenerse, le daba golpecitos con el
tacón y el bordón.
Cada día el príncipe
Adarlín se prendaba más de la linda campesina y su misterio, ya no dormía ni comía,
solo vivía para encontrarla y hacerla su esposa. Por eso la tercera vez que la encontró,
le suplicó que no huyera de él, que solo deseaba hablar con ella, que la amaba con todo
su corazón y que le dijera donde vivía. Ámbar, únicamente respondió que ella vivía
en la casita donde el tocaba con el tacón y el bordón. -Yo nunca he tocado en ninguna
puerta con mi tacón y mi bordón, dijo él. Pero amada mía, voy a dar una fiesta,
concédeme el honor de verte en ella. Ámbar asintió con la cabeza y se alejó
rápidamente. Sin embargo y a pesar de que la joven prometió ir a la fiesta, Adarlín la
siguió. Y como otras veces ella desapareció. El príncipe se devanaba los sesos
preguntándose, -adónde y cuándo había tocado alguna puerta, con su tacón y el
bordón? La gran fiesta se anunció, era una fiesta donde todas las jovencitas de la
ciudad se presentarían, puesto que aunque Adarlín no se había dado cuenta, su
gallardía y fama de joven adinerado y extranjero, atraía a las jóvenes casaderas como
el panal a las abejas.
Aquella noche en el
esplendor de la fiesta, el joven Adarlín lucía inquieto, como si esperase algo que
estaba por llegar, tenía los ojos puestos en la puerta. Las jovencitas por más que se
insinuaban no habían logrado llamar su atención. A eso de las doce en punto como en los
tiempos de la Cenicienta, una jóven y linda princesa luciendo un traje de fantasía hizo
su aparición. Adarlín lanzó un grito de alegría. -¡Dios mio! ¡Es ella! !ha llegado!
Nadie había visto antes a aquella belleza que deslumbraba con su traje bordado en plata y
lentejuelas de oro. Y las lenguas estuvieron ocupadas el resto de la noche, mientras
Adarlín bailaba sin parar con la beldad desconocida, a quién preguntaba sin descanso
donde vivía. Y ella riendo divertida ante el desconcierto de él, le repetía. -Cómo
serás de tonto, querido príncipe, ya te lo he dicho muy claro, en la casita donde tocas
con tu tacón y tu bordón.
Adarlín insistía: -Dime
bella princesa, ¿esa casita está lejos? Ella respondía: -No. -¿Cerca? -Tampoco. -¿No
me lo dirás? -No puedo, dijo ella y tengo que marcharme porque ya está amaneciendo.
-¡Espera!, no te vayas sin antes prometerme una cosa. -Dímela a ver si puedo, concedió
ella. -Ofreceré otro baile y quiero que me vuelvas a complacer asistiendo. -Lo prometo,
dijo ella, echando a correr.
Adarlín tenía un plan
fraguado. Habló con el sacerdote para que fuera a la fiesta y cuando él y la linda
princesa estuvieran bailando, les diera la bendición y los declarara marido y mujer. En
esta forma el príncipe preparó la fiesta, los testigos y todo cuanto se requería para
la boda. La Nana le entregó un vestido de cristal, regalo de la Hada Madrina. Ambar no
tenía la menor idea que aquel día sería la mujer más feliz, porque ella también
estaba muy enamorada del joven Adarlín. Fue así como al entrar al salón del baile, el
príncipe la llevó al centro de ¡a concurrencia, la lució con orgullo, bailó sin parar
y de pronto en vez de preguntarle donde vivía, le dijo: -Bella y misteriosa princesa, te
amo más que a mi vida, ¿podrías amarme un poquito. Ámbar respondió: Yo te amo, te amo
más que a mi diminuto mundo. Y no pudo seguir, porque un hombre con un atuendo extraño,
la rocío con agua y le dijo que estaban casados, que los declaraba marido y mujer. Al
oír aquello, ella corrió hacia su palacio, el príncipe la siguió, pero esta vez no
desapareció ante sus ojos. Ambar se preguntaba cuando estuvo frente a la caparazón y no
se convertía en miniatura, - ¿por qué no puedo entrar como otras veces?.
-Adarlín le preguntó,
-¿Es aquí donde vives? - Si aquí. - Pero dónde, aquí no hay casa ni cosa por el
estilo? Ámbar le mostró la caparazón, -debajo de eso. - No pude ser posible. Se
resistía a creer el príncipe. Ella le conté la historia del encantamiento, de cómo
había vivido durante años y años convertida en miniatura junto con sus fieles
servidores pero que estaba por creer que el encanto se había roto. El príncipe hasta
este momento se dio cuenta, que cuando ya agotado por la búsqueda, siempre colocaba su
pie sobre aquella caparazón y le daba con el tacón y el bordón. -Por eso te decía yo,
que en la casita donde tocabas con el tacón y el bordón. Ambos se echaron a reír y
cuando se calmaron, el joven Adarlin cogió el caparazón y lo levantó, ante sus
asombrados ojos apareció un diminuto palacio que al instante salto como un mundo y ellos
quedaron dentro de éste. Los servidores los recibieron con vivas y aplausos.
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