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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
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Derechos Reservados de Autor
LA SAYONA
Había una vez un par de
ancianos que tenían solamente una hija, a la cual adoraban y se plegaban a sus más
exigentes caprichos. Era una joven muy hermosa y se llamaba Sarona. A Sarona le gustaba
ayudarle al cura en los quehaceres de la casa cural. Fue así como en cierta ocasión, la
joven limpió la sacristía, la iglesia y terminó demasiado rápido, se puso a ver que
podía hacer para matar el tiempo, pero no había nada más que hacer. De pronto Sarona se
quedó viendo los hábitos ornamentales del cura que estaban colgados en un perchero, algo
cruzó por su mente, una idea maléfica. -Voy a hacerle una travesura a este cura, se
dijo. Buscó presurosa una tijera hasta que la encontró, cogió las prendas, se aplastó
en el piso de la sacristía y comenzó a cortar en pedacitos todas aquellas prendas
sagradas. La tarea la divertía a medida que miraba crecer el montón de retazos y más
retacitos que al fin terminó soltando una risotada. Más tarde llegó el cura corriendo a
celebrar la misa y cuando buscó sus prendas ornamentales, no podía dar crédito a lo que
estaba viendo. Allí en el suelo y hechas pedacitos yacían sus ropas del santo oficio. El
sacerdote montó en cólera y gritó preguntando:¿Quién ha hecho esto? -Yo, respondió
la joven con una sonrisa retozándole en los labios. El sacerdote la interrogó de nuevo:
-¿Y por qué ha hecho usted eso?
-Simplemente
porque me dio la gana, respondió ella, con una frescura intolerable que irritó demasiado
al cura. El religioso hincó rodilla en tierra y la maldijo una y otra vez: -¡Eres un
engendro demoníaco, eres
un horror
de mujer que asustas!, dijo el cura en sus últimas palabras contra la autora de aquella
ofensa que consideraba imperdonable.
La linda joven salió de
allí sintiendo que algo pesado se apoderaba de su cuerpo y de su alma y en efecto, estaba
sufriendo una transformación. Empezaron a crecerle los dientes, las uñas de las manos y
su lindo rostro se tornó apergaminado Los padres al verla quedaron espantados. Ella se
escondió en su alcoba y no dejaba entrar a nadie, pero había algo impresionante que no
podía calmar, un hambre desesperada por comer carne cruda, se comía las gallinas, los
marranos, los perros, después las reses, los burros, los caballos, era insaciable noche y
día. Así que por las noches salía de cacería y comenzó a devorar a las personas. Las
gentes del pequeño caserío aterrorizadas se preguntaban, qué fiera sería aquella,
porque Sarona se convertía en fiera, atacaba como un tigre, como un león, como un oso y
en poco tiempo su pequeño vecindario desapareció, almorzándose al señor cura de
último, después de haberse comido a sus padres y a sus hermanos, solamente faltaba uno
que se encontraba ausente. Pero un día llegó el hermano y cuando miró a lo que
supuestamente era su hermana Sarona, lanzó un grito con la palabra atragantada en la
garganta que sonó algo así como: -¡Sayona...!.
-Si hermanito, respondió,
te esperaba porque me estoy muriendo de hambre. El joven preguntó por sus padres, ella le
respondió: -De ellos nada queda, solamente la calavera de mi papá que hace días me
estoy royendo para no morirme de hambre, pero llegaste tu
hermanito y tendré comida, primero me comeré tu
caballo, luego tu serás mi sobremesa. El joven quedó paralizado de terror viendo como
aquella mujer horrorosa se convertía en fiera. Lo agarró y lo metió en la alcoba que
fuera de sus padres, donde habían huesos humanos por todas partes y le ordenó: -Coge la
guitarra que está colgada en la pared, toca todo el tiempo mientras me como tu caballo,
no pares de tocar para oírte y saber que estás ahí. Le puso un candado a la puerta y se
dispuso a devorarse el noble bruto.
-¡Dios mío!, clamaba el
joven, ¡ayúdame! Ella le gritaba, -¡Sigue tocando la guitarra hermanito, no pares de
tocar! En esto salió un ratoncito por un hueco de la pared de la alcoba y le dijo al
joven: -¡Corre buen hombre!, escapa rápido porque te comerá apenas acabe con el
caballo. -¿Pero cómo puedo escapar, ratoncito querido? Dijo el joven, si dejo de la
guitarra, ella entrará enseguida y acabará conmigo. -Yo tocaré la guitarra por ti, se
ofreció el ratoncito. Por donde me viste salir, empuja con fuerza la pared y se abrirá
un hueco por el cual puedes salir, eso sí, corre con todas tus fuerzas, escapa y corre
sin parar.
Un momento después, el
joven hermano de la Sayona iba corriendo por el campo, ella gritaba que tocara más fuerte
que casi no lo oía, y era que el ratoncito se paseaba de punta a punta por el encordado
de la guitarra arrancando con sus patitas una extraña melodía con un solo sonsonete,
churrinnn, churrínnn... La Sayona se apresuraba y el ratoncito tocaba sin parar.
Churrínnn, churrinnn, churrínn. Hasta que la Sayona
no se aguantó y vino a la alcoba. Cuando abrió
la puerta y miró al ratoncito corriendo sobre las cuerdas de la guitarra, ahí finalizó
el primer concertista ratoniano que haya tenido historia en los llanos. Pero a la Sayona
no se le iba ninguna presa, así corriera y se escondiera. Ella era un felino de larga
carrera, de movimientos elásticos y persistentes. Entonces corrió siguiendo el rastro
del fugitivo, hasta que lo encontró trepado en un árbol delgado pero muy encumbrado. Una
vez localizada su presa, se tendió a descansar la llenura del banquete del caballo,
aunque su apetito jamás se saciaba. -¡Baja de ahí hermanito!, le ordenó. ¡No, se
negó el joven! -Baja, baja, porque si no bajas, yo te bajaré. -No bajaré fiera maldita,
le dijo.
-Bueno, llegó tu hora. Y la
Sayona usó sus largas uñas y sus largos y agudos dientes sobre el tronco del árbol
hasta derribarlo y acabar con el único ser viviente de aquel pequeño vecindario. Cuentan
que Sarona, después de haber devorado al último miembro de su familia, se echó a morir
y murió lanzando alaridos de hambre. Tiempos después de su muerte, su esqueleto se
irguió y salió a espantar a todos los borrachos que se quedan tomando hasta después de
la media noche. Y dicen que al mirarla por la espalda, su belleza es cautivadora, es una
beldad que hechiza a los hombres, es la belleza de la joven Sarona, a quien su hermano
atragantado de horror la nombré Sayona.
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