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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
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Derechos Reservados de Autor
LA RANA ENCANTADA
Había una vez un viejo rey
que tenía tres hijos varones. El buen rey se esmeró en la educación de aquellos tres
hijos y para probarlos si estaban de verdad preparados para la vida, decidió lanzarlos al
mundo sin títulos y sin dinero. Así que los llamó y les expresó su voluntad. -Hijos
míos, díjoles -quiero que vayan y que cada uno construya su propio porvenir, por sus
propios medios, que se casen con la mujer que ustedes elijan y, aquel que triunfe dentro
de la rectitud que les he enseñado, será el heredero de la corona.
Los jóvenes acogieron la
voluntad del padre, se despidieron de la reina madre, quien los colmó de bendiciones y de
buen fiambre para los primeros días de camino. El rey se ofreció para acompañarlos
durante tres días de camino. Al finalizar estos tres días, el anciano monarca se detuvo
en un lugar donde otro camino se cruzaba, allí parado sobre la cruz de caminos, les
ordenó que un año después, el mismo día y la misma fecha, deberían regresar a ese
mismo lugar, esperaba que para aquella reunión, tendrían un fundamento sobre sus
porvenires, que para entonces el tendría construido un palacio en aquel lugar. El monarca
abrió los brazos y dijo: -Pedro, tu eres el mayor, coge el camino que va hacia el
oriente; luego dirigiéndose al segundo hijo, le indicó: -Tu, Samuel, coge el camino que
va hacia el occidente, y tu, dijo girando para referirse a Tobías, el menor, quien apenas
era un mozuelito, tu, Tobías, coge el camino que va hacia el norte. Yo regresaré hacia
el sur, por donde hemos venido.
Pedro, quien era amante de
la vida bohemia, se alegró de liberarse de las disciplinas cortesanas. Así que en la
primera ciudad que encontró, se quedó. Se rodeó de amigos, pregonó a los cuatro
vientos que era un rey y casóse con una cortesana de vida alegre. Otro tanto hizo Samuel.
Por su parte Tobías, quien apenas emplumaba un tierno bozo, le aterraba la idea de
casarse, por eso prefirió seguir caminos y más caminos, trabajaba como peón en las
haciendas que encontraba a su paso y emprendía nueva marcha sin saber lo que en verdad
buscaba.
Un día durante su
peregrinación, se detuvo en la mitad de un puente a contemplar las aguas del riachuelo
que pasaban bajo el puente, eran tan cristalinas que se miraban rosadas, tan rosadas como
la piel de las piedras que formaban su lecho. Estando en esto, desde las aguas del
riachuelo saltó una rana y le cayó en el pecho. El joven se asustó y se la quitó de un
manotazo. Pero más demoró en quitársela, que ésta en volver a saltarle. Y se formó
tremenda batalla la rana caía y volvía a saltarle hasta que el joven desesperado gritó:
¡Dios Santo! ¿Qué querrá este animal conmigo? Ya cansado concedió: -Está bien,
cargaré contigo hasta que te canses. Tobías resolvío continuar su marcha mientras la
rana agradecía con su lenguaje croático: ¡Croa croaaa...! El joven renegó; -Si, muy
bonito. Seré el hazmerreír de la gente.
Muchas leguas habían
quedado atrás desde aquel puente, Tobías continuaba en compañía de su nueva amiga.
-Caramba, esto era lo que faltaba- decíase el joven príncipe. -¿Qué voy a hacer con
esta rana pegada a la solapa de mi saco? Fue así como decidió comprarse una ruana en el
primer poblado donde pasó la noche. Al día siguiente era un príncipe enruanado, al
menos así nadie vería el prendedor que llevaba consigo y que no era muy agradable a la
vista de las personas. En esta forma príncipe y rana se volvieron inseparables, solamente
en las noches cuando el joven se acostaba a dormir, su compañera saltaba a cualquier
viga. Muchas veces, Tobías se levantaba con el mayor sigilo para ver si podía dejarla,
pero allí caía ella precisa, sobre la solapa de su saco saludándolo alegremente. -Croa,
croaaa...
Convencido Tobías de que
jamás se libraría de aquella compañera de zancas largas y barriga fría, juntó los
escasos ahorros que había podido atesorar de su trabajo y se compró un viejo rancho en
un lugar solitario. Además, se compró una guitarra para ahuyentar la soledad y el
silencio, pues Tobías tenía una voz melodiosa y cantaba románticas canciones. Fue
pasando el tiempo, Tobías trabajaba en las fincas como un joven asalariado, jamás dijo
que era hijo de un rey, ni tampoco se preocupó por conquistar una joven para casarse. -En
esto no voy a cumplir el deseo de mi padre- se dijo. Por las tardes colgaba una hamaca en
el alar de su rancho, pulsaba las notas de la guitarra y soltaba su voz como mariposas
viajeras. La rana se acomodaba sobre un tirante del rancho y aplaudía con su croa,
croaaa. También el sol se metía entre lascabezas de las palmeras y mostraba sus dientes
de oro por entre los flequillos de las hojas de éstas.
En verdad que Tobías era
feliz con aquella vida, pero el tiempo, con su andar lento y con sus pasos pesados, trajo
la fecha que su padre les había puesto para regresar al cruce de caminos. El joven se
lamentó ante la rana: -¿Ahora qué voy a decirle a mi padre? Mis dos hermanos deben
estar casados. Yo qué voy a casarme si me la paso en compañía de una rana. -Croa,
croaaa, respondió la rana. -Tendrás que quedarte aquí el rancho hasta mi regreso
díjole el joven emprendiendo camino. Pero de pronto se preguntó al pensar en algo que
hasta el momento no había caído en cuenta. -Jamás le he dado a esa rana de comer ni de
beber -¿Qué comerá este animal? Se regresó y llenó una artesa de agua, la colocó en
medio de la sala y llamó a su amiga: -Ranita, aquí te dejo agua. La rana saltó dentro
del agua y se bañó llena de alegría, mientras agradecía con su croar característico.
Cuando Tobías llegó al
cruce de caminos, ya el palacio estaba construido y sus hermanos, quienes se habían
apresurado a llegar, hablaban bellezas de sus esposas, de los palacios que estaban
haciendo y de tantas cosas que el pobre Tobías no se había atrevido ni a soñar. Al
verlo entrar, el padre que estaba fastidiado de la perorata de sus hijos mayores, le
preguntó: ¿Y cómo es tu esposa Tobías? El joven respondió ruborizándose hasta la
raíz de los cabellos: -Ella es muy blanca, de piernas largas y voz gruesa. Sus hermanos
soltaron la risa para comentar con burla: -Seguro que te casaste con una vieja baronesa.
Pero el rey no estaba satisfecho con lo que sus hijos le contaron y les entregó un huevo
de gallina a cada uno. -Este huevo que les entrego, es para que sus esposas lo hagan
empollar y el año entrante me traigan un hermoso gallo de oro, aquel que cumpla mi deseo
tendrá todos mis favores en el reino.
Tobías regresó a su rancho
diciéndose: -Yo no tengo esposa. Tampoco tengo la menor esperanza de criar un gallo de
las características que dice mi padre. Como se había acostumbrado a conversar con la
rana, la llamó: -Ranita, ranita, ya estoy de regreso. -Croa, croaaa. Tobías sintió
alegría de saber que aquel animal lo estaba esperando. -Ranita, tu sí que eres fiel si
fueras una mujer, me casaría contigo, así fueras la mujer más fea del mundo. De pronto
el joven príncipe reparó en algo extraño, el rancho estaba tan aseado como si una mujer
se hubiera esmerado en su arreglo, en la cocina encontró deliciosos y apetitosos platos.
-¿Quién habría hecho aquello? Nadie lo visitaba. Varios días duró espiando para
sorprender a su benefactor, pero nadie venía por allí. Entonces pensó que sería la
Virgen de quien era muy devoto y seguramente le hacía aquellos milagros.
Muchos días después
Tobías se había olvidado del huevo que había dejado en un rincón, fue a buscarlo y no
lo encontró, pensó que las ratas se lo hablan comido, así que lo mejor era echarle
tierra al asunto.
Los días fueron
transcurriendo, entre los trabajos duros y las noches de canciones románticas que hacían
emperifollar a la luna para coquetearle al lucero vespertino y llegó el segundo plazo
puesto por el rey. Tobías se dijo -No, definitivamente no iré. ¿Cómo voy a presentarme
sin ese gallo ante mi padre? Estoy seguro que mis hermanos llevarán gallos bien cuidados.
No terminaba Tobías de reflexionar en aquello, cuando se escuchó el clarín bien
timbrado de un gallo en el patio del rancho. El joven corrió a ver si era verdad o si
sería su imaginación únicamente, pero era verdad, allí en medio del patio habla un
gallo deslumbrante, de un plumaje que encandilaba por el brillo de oro. -Esto es otro
milagro, seguramente de mi amada Virgen Santísima, dijo Tobías tomando al gallo por la
cola y alzándolo como hacen los galleros. Ahora si iré a la cita con mi padre.
La entrada de Tobías a
palacio fue todo un acontecimiento, no habían ojos que no quedaran deslumbrados ante
aquel gallo nunca visto. El rey no sabía qué decir, aquello del huevo y el gallo de oro
fue una broma que había querido jugarle a sus hijos. Por eso cuando sus dos hijos mayores
llegaron con dos gallos comunes y corrientes empolvados de oro, se echó a reír viendo
como los animales se sacudían las plumas. Pero éste si que era una sorpresa, sus plumas
eran verdaderas y no cabía de orgullo al pensar que jamás un rey había tenido un gallo
semejante. Así se lo dijo a Tobías. No sé que virtud tendrá tu esposa, pero este
animal es una maravilla nunca vista. Ahora el rey estaba picado de curiosidad, le pondría
otra prueba más a sus hijos para elegir a la nuera preferida dando por seguro que sería
la esposa del hijo menor. Bueno, les dijo, entregándoles una pieza de paño fino a cada
uno, hilos de oro y plata, pizcas de diamantes, esmeraldas y rubíes. La nuera que me
confeccione un abrigo de corte perfecto sin puntadas que se vean y adornados con esta
pedrería, será indudablemente mi nuera preferida y la sucesora de la reina madre. Dentro
de un año los espero con el abrigo.
Los hermanos de Tobías
regresaron rabiando. ¿Cómo era posible que aquel a quien ellos consideraban el Juan
Pendejo, hubiera podido cumplir con el encargo de su padre? El joven volvió al rancho muy
acongojado, esta vez no habría otro milagro, era mucho pedir, y sin esposa ni siquiera
tenía la esperanza de quien le confeccionara ese abrigo. Así que entró al rancho,
guardó los materiales en una cómoda y llamó a su compañera de soledad. -¡Ranita, ya
estoy aquí! ¡Croa, croaa.. .! Croa, croaaa, respondió ella. -Tobías dejó escapar una
maldición. Perdóname ranita, pero es que estoy muy triste. Mi padre me ha entregado una
pieza de paño, hilos de plata y oro, pedrerías preciosas para que mi esposa le
confeccione un abrigo. -te lo puedes imaginar? -Croa, croa. -Pues yo tampoco te puedo
imaginar cosiendo y bordando, lo mejor es olvidarnos de este asunto y seguir viviendo en
el rancho hasta que un día te vayas con el primer rano que pase. -Croa, croa, respondió
ella. -¡Ah....! ¿Con que te agrada la idea? Bueno veremos si yo también consigo una
mujer. La rana no respondió.
Otro año más, el sol
olvidaba sus sandalias de vivos arreboles cuando las sombras lo sorprendían deleitándose
con las canciones de Tobías. La luna llegaba más temprano buscando al lucero vespertino
que en ocasiones no aparecía, entonces le enviaba mensajes con las exhalaciones
estelares. Díganle al lucero bello, que venga a escuchar las canciones del príncipe
guapo. En una hamaca Tobías pulsaba su guitarra como solía hacerlo todas las tardes. La
rana lo aplaudía con aquel característico croar. El joven de pronto descubrió sobre una
mesa, una nota pisada con un cofrecillo. La nota decía: En este cofrecillo está el
abrigo de su majestad, no lo abras porque jamás podrás meterlo dentro y como firma se
veían dos letras B. F. Tobías se quedó pasmado. ¿Cómo podía haber dentro de aquella
miniatura, un abrigo? ¿Quién podía ser aquella persona que se firmaba con esas dos
letras? ¿O sería que alguien le estaba jugando una broma?. Sin embargo, el joven
decidió correr el riesgo y se preparó para ir a cumplir la cita con el rey.
Aquel día Tobías le ganó
al sol. Cuando éste abrió los ojos, lo primero que vió fue al joven príncipe que iba a
campo traviesa. Esta tarde no me deleitaré con sus canciones -dijo en tono malhumorado y
válgame Dios, cuando el sol se pone de mal humor, la tierra parece prenderse.
Tobías encontró en palacio
a sus hermanos, que como siempre, le ganaban la delantera. El rey examinaba los abrigos
que por cierto eran de pésima costura y lucía fastidiado con la perorata de sus dos
hijos mayores, quienes ponderaban a sus esposas como las más nobles e inteligentes
mujeres que existieran sobre la tierra. Apenas se presentó Tobías, los hermanos no
pudieron disimular una sonrisa burlona, al verlo que no llevaba nada en las manos. El rey
reventó furioso: -Tobías, nada traes. ¿Es que tu esposa no fue capaz de hacer ni
siquiera una mamarrachada, como la que trajeron estos dos? Gritó, señalando a los dos
hijos mayores. El joven se inclinó, sacó del bolsillo de la chaqueta aquella miniatura
de cofre y se lo entregó. -¡Aqui tienes el abrigo que mi esposa confeccionó para ti,
padre mío! -iCómo! Gritó el rey, más furioso todavía. -¿Quieres hacerme creer que en
esta pequeña cosa, hay un abrigo de mi talla? El monarca hizo intento de tirarlo por la
ventana, Tobías lo detuvo: -¡Alto, padre! Tu siempre nos enseñaste que para juzgar hay
que comprobar los hechos, ¿porqué no abres el pequeño cofre y miras lo que hay dentro?
El joven se encomendó a todos los santos para que aquella fantasía se convirtiera en
realidad. De pronto saltó desde el fondo una pequeña cosa que fue transformándose en un
precioso abrigo, con el cual jamás rey alguno había podido soñar. Cortes perfectos,
puntadas invisibles, decorado con oro, plata, diamantes y rubíes. El asombro fue total
para el rey, los presentes y para el mismo Tobías, que no podía dar crédito a lo que
estaba viendo.
Mientras se desarrollaba el
tremendo alboroto, el joven pensaba: ¿Tendría que ver la rana, con todas aquellas cosas
inverosímiles? ¿El gallo de oro, ahora el abrigo, la limpieza del rancho y los
exquisitos platos que hallaba cuando regresaba? En silencio observaba a su padre
contemplándose en un espejo de cuerpo entero con aquel abrigo puesto, ufanándose de que
jamás rey alguno había lucido una prenda tan bella. Sus hermanos lo miraban con cara de
envidia y de odio, pensó que lo mejor era irse y nunca más regresar. Pero la voz del
soberano lo sacó de sus reflexiones. -¡Tobías! Gritó el rey. ¡Será tu esposa la
sucesora de la corona de la reina madre! -¡Trágame tierra! Se dijo. Esto no puede ser.
¿Cómo voy a decirle que mi supuesta esposa es una rana? El rey continuó lleno de
entusiasmo. -Inmediatamente saldré contigo y mi comitiva especial y la de la reina madre.
Tobías perdió el color y estuvo a punto de desmayarse. -Padre... Trató de negarse. El
rey no atendía a razones, estaba loco por conocer aquel prodigio de mujer.
Ya en marcha el rey y su
comitiva, Tobías le pidió que lo dejara adelantarse para avisarle a su esposa, pues a
ella no le agradan las visitas imprevistas, como era tan hacendosa, le gustaba preparar
los recibimientos. El joven hizo correr al caballo como una exhalación para sacar
ventaja. Y cuando llegó al viejo rancho, se tiró de la montura llamando a la rana.
-¡Ranita querida! -¿Si ves en el aprieto que me encuentro? Mi padre viene a conocer la
maravillosa nuera que cree tener.¿Cómo voy a presentarte -Dime ranita -¿qué puedo
hacer? Esta vez la rana no respondió con su feo croar. Esta vez le respondió con una voz
muy dulce: -No te afanes Tobías. -¿Cómo? ¿Puedes hablar? ¡Ajá, pícara rana...! -No
te enojes y oye bien lo que voy a decirte: -Corre a la orilla del mar, llama a gritos a la
sirenita Blanco Lirio, dile que le manda a decir la rana encantada, que me mande las tres
naranjas que me pertenecen. Tobías corrió veloz y como en esa época el mar bordeaba los
llanos y su rancho quedaba próximo a éste, llegó de inmediato. Gritó con todas sus
fuerzas: -¡Sirenita Blanco Lirio!- La sirena ..salió a la orilla, era muy bella, tenía
la cara de cristal y la cabellera como espuma de mar. -¿Qué deseas, joven hermoso?
Díjole mostrando unos dientes de perlas. -Manda a decir la rana encantada, que le mande
tres naranjas que le pertenecen. La sirena le entregó el encargo y le deseo muy buena
suerte.
-Aquí traigo las naranjas,
ranita. ¿Qué hago con ellas? -Pon una aquí a mi lado, toma las dos restantes, párate
en la mitad del patio, tira hacia arriba una naranja, pero tírala con toda la fuerza que
seas capaz luego espera lo que tiene que suceder y, cuando haya ocurrido lo inesperado,
sin perdida de tiempo, abre en dos la tercera naranja para que se complete el milagro.
Tal y como se lo indicara la
rana, Tobías lo hizo. Tiró con todas sus fuerzas la naranja, no supo en ese momento que
estaba pasando. pues algo muy grande cayó sobre él y quedó en medio de un lujoso
salón, pero como no había tiempo que perder, abrió la tercera naranja, de la cual
salió un ejército de sirvientes lujosamente uniformados. El joven no pudo reponerse de
su asombro, porque ya se escuchaba la llegada de su padre con la comitiva especial.
Corrió como loco buscando la salida sin reparar en lo que veía a su paso. Cuando salió,
allí de pie estaba el rey con los ojos desorbitados contemplando la maravilla que no
podía creer. Tampoco Tobías podía creerlo, apenas hacía un instante todo cuanto había
allí era un rancho viejo. El rey le dijo: -Hijo mío, no me habías dicho que tuvieras un
palacio como éste, no puedo creer lo que mis ojos están viendo.Tobias decía para sus
adentros, tampoco yo puedo creerlo. Aquel palacio que salió de una simple naranja,
brillaba con un esplendor que encandilaba hasta al sol.
Como el joven estaba tan
desconcertado, el rey le dijo: -Bueno hijo, ¿es que no piensas invitarnos a seguir? -Este
es su palacio, majestad, dijo Tobías, otro tanto díjole a su madre. -¿Y dónde está mi
nuera? Preguntó el rey. Tobias también se preguntó. Verdad, a todas estas ¿dónde
estará la rana? -No se padre, -respondió entremos y la buscamos entre los dos. A medida
que avanzaban y abrían puertas en aquel palacio, crecía más el asombro de los dos, la
decoración de los salones era en oro, plata y piedras preciosas, así hasta que llegaron
a una alcoba decorada en tonos rosados, allí dentro en una cama nupcial rica en encajes y
tules, estaba dormida una princesa de incomparable belleza. El rey díjole a Tobías.
-¿Esa es mi nuera? -Tobías sin saber que responder, afirmó con la cabeza. El preguntó:
-¿Como se llama? Tobías no respondió. Entonces la princesa se levantó del lecho e hizo
ella misma su presentación: - Soy la princesa Blanca Flor, para servirle su majestad. El
rey besó su mano, al tiempo que le preguntaba: ¿Y estás casada con mi hijo? -Aún no,
su majestad, pero todo está preparado para la boda, solamente faltaba su presencia y la
de la reina madre.
Aquel día el sol no quería
irse a dormir, estaba tan curioso como un niño, se metía por entre los cristales del
palacio, por cuanta rendijita podía, hasta que la luna le quitó el puesto sacando su
carota a ras del suelo. Y qué carota la de la luna iluminando la gran fiesta de boda y
con su voz plateada le decía al lucero vespertino: -Fíjate bobo, así deberías hacer tu
conmigo. ¿Cuándo te atreverás so papanatas? El lucero reía haciendo guiños; La luna
abrió más los ojos cuando Tobías bailaba con la princesa el vals nupcial, diciéndole
cosas al oído -¿Oh bella princesa, cómo es posible que me hayas tenido engañado todo
este tiempo? Ella rió para respondiéndole: croa, croaaa.
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