47.jpg (14926 bytes)

CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
© Derechos Reservados de Autor

LA RANA ENCANTADA

Había una vez un viejo rey que tenía tres hijos varones. El buen rey se esmeró en la educación de aquellos tres hijos y para probarlos si estaban de verdad preparados para la vida, decidió lanzarlos al mundo sin títulos y sin dinero. Así que los llamó y les expresó su voluntad. -Hijos míos, díjoles -quiero que vayan y que cada uno construya su propio porvenir, por sus propios medios, que se casen con la mujer que ustedes elijan y, aquel que triunfe dentro de la rectitud que les he enseñado, será el heredero de la corona.

Los jóvenes acogieron la voluntad del padre, se despidieron de la reina madre, quien los colmó de bendiciones y de buen fiambre para los primeros días de camino. El rey se ofreció para acompañarlos durante tres días de camino. Al finalizar estos tres días, el anciano monarca se detuvo en un lugar donde otro camino se cruzaba, allí parado sobre la cruz de caminos, les ordenó que un año después, el mismo día y la misma fecha, deberían regresar a ese mismo lugar, esperaba que para aquella reunión, tendrían un fundamento sobre sus porvenires, que para entonces el tendría construido un palacio en aquel lugar. El monarca abrió los brazos y dijo: -Pedro, tu eres el mayor, coge el camino que va hacia el oriente; luego dirigiéndose al segundo hijo, le indicó: -Tu, Samuel, coge el camino que va hacia el occidente, y tu, dijo girando para referirse a Tobías, el menor, quien apenas era un mozuelito, tu, Tobías, coge el camino que va hacia el norte. Yo regresaré hacia el sur, por donde hemos venido.

Pedro, quien era amante de la vida bohemia, se alegró de liberarse de las disciplinas cortesanas. Así que en la primera ciudad que encontró, se quedó. Se rodeó de amigos, pregonó a los cuatro vientos que era un rey y casóse con una cortesana de vida alegre. Otro tanto hizo Samuel. Por su parte Tobías, quien apenas emplumaba un tierno bozo, le aterraba la idea de casarse, por eso prefirió seguir caminos y más caminos, trabajaba como peón en las haciendas que encontraba a su paso y emprendía nueva marcha sin saber lo que en verdad buscaba.

Un día durante su peregrinación, se detuvo en la mitad de un puente a contemplar las aguas del riachuelo que pasaban bajo el puente, eran tan cristalinas que se miraban rosadas, tan rosadas como la piel de las piedras que formaban su lecho. Estando en esto, desde las aguas del riachuelo saltó una rana y le cayó en el pecho. El joven se asustó y se la quitó de un manotazo. Pero más demoró en quitársela, que ésta en volver a saltarle. Y se formó tremenda batalla la rana caía y volvía a saltarle hasta que el joven desesperado gritó: ¡Dios Santo! ¿Qué querrá este animal conmigo? Ya cansado concedió: -Está bien, cargaré contigo hasta que te canses. Tobías resolvío continuar su marcha mientras la rana agradecía con su lenguaje croático: ¡Croa croaaa...! El joven renegó; -Si, muy bonito. Seré el hazmerreír de la gente.

Muchas leguas habían quedado atrás desde aquel puente, Tobías continuaba en compañía de su nueva amiga. -Caramba, esto era lo que faltaba- decíase el joven príncipe. -¿Qué voy a hacer con esta rana pegada a la solapa de mi saco? Fue así como decidió comprarse una ruana en el primer poblado donde pasó la noche. Al día siguiente era un príncipe enruanado, al menos así nadie vería el prendedor que llevaba consigo y que no era muy agradable a la vista de las personas. En esta forma príncipe y rana se volvieron inseparables, solamente en las noches cuando el joven se acostaba a dormir, su compañera saltaba a cualquier viga. Muchas veces, Tobías se levantaba con el mayor sigilo para ver si podía dejarla, pero allí caía ella precisa, sobre la solapa de su saco saludándolo alegremente. -Croa, croaaa...

Convencido Tobías de que jamás se libraría de aquella compañera de zancas largas y barriga fría, juntó los escasos ahorros que había podido atesorar de su trabajo y se compró un viejo rancho en un lugar solitario. Además, se compró una guitarra para ahuyentar la soledad y el silencio, pues Tobías tenía una voz melodiosa y cantaba románticas canciones. Fue pasando el tiempo, Tobías trabajaba en las fincas como un joven asalariado, jamás dijo que era hijo de un rey, ni tampoco se preocupó por conquistar una joven para casarse. -En esto no voy a cumplir el deseo de mi padre- se dijo. Por las tardes colgaba una hamaca en el alar de su rancho, pulsaba las notas de la guitarra y soltaba su voz como mariposas viajeras. La rana se acomodaba sobre un tirante del rancho y aplaudía con su croa, croaaa. También el sol se metía entre lascabezas de las palmeras y mostraba sus dientes de oro por entre los flequillos de las hojas de éstas.

En verdad que Tobías era feliz con aquella vida, pero el tiempo, con su andar lento y con sus pasos pesados, trajo la fecha que su padre les había puesto para regresar al cruce de caminos. El joven se lamentó ante la rana: -¿Ahora qué voy a decirle a mi padre? Mis dos hermanos deben estar casados. Yo qué voy a casarme si me la paso en compañía de una rana. -Croa, croaaa, respondió la rana. -Tendrás que quedarte aquí el rancho hasta mi regreso díjole el joven emprendiendo camino. Pero de pronto se preguntó al pensar en algo que hasta el momento no había caído en cuenta. -Jamás le he dado a esa rana de comer ni de beber -¿Qué comerá este animal? Se regresó y llenó una artesa de agua, la colocó en medio de la sala y llamó a su amiga: -Ranita, aquí te dejo agua. La rana saltó dentro del agua y se bañó llena de alegría, mientras agradecía con su croar característico.

Cuando Tobías llegó al cruce de caminos, ya el palacio estaba construido y sus hermanos, quienes se habían apresurado a llegar, hablaban bellezas de sus esposas, de los palacios que estaban haciendo y de tantas cosas que el pobre Tobías no se había atrevido ni a soñar. Al verlo entrar, el padre que estaba fastidiado de la perorata de sus hijos mayores, le preguntó: ¿Y cómo es tu esposa Tobías? El joven respondió ruborizándose hasta la raíz de los cabellos: -Ella es muy blanca, de piernas largas y voz gruesa. Sus hermanos soltaron la risa para comentar con burla: -Seguro que te casaste con una vieja baronesa. Pero el rey no estaba satisfecho con lo que sus hijos le contaron y les entregó un huevo de gallina a cada uno. -Este huevo que les entrego, es para que sus esposas lo hagan empollar y el año entrante me traigan un hermoso gallo de oro, aquel que cumpla mi deseo tendrá todos mis favores en el reino.

Tobías regresó a su rancho diciéndose: -Yo no tengo esposa. Tampoco tengo la menor esperanza de criar un gallo de las características que dice mi padre. Como se había acostumbrado a conversar con la rana, la llamó: -Ranita, ranita, ya estoy de regreso. -Croa, croaaa. Tobías sintió alegría de saber que aquel animal lo estaba esperando. -Ranita, tu sí que eres fiel si fueras una mujer, me casaría contigo, así fueras la mujer más fea del mundo. De pronto el joven príncipe reparó en algo extraño, el rancho estaba tan aseado como si una mujer se hubiera esmerado en su arreglo, en la cocina encontró deliciosos y apetitosos platos. -¿Quién habría hecho aquello? Nadie lo visitaba. Varios días duró espiando para sorprender a su benefactor, pero nadie venía por allí. Entonces pensó que sería la Virgen de quien era muy devoto y seguramente le hacía aquellos milagros.

Muchos días después Tobías se había olvidado del huevo que había dejado en un rincón, fue a buscarlo y no lo encontró, pensó que las ratas se lo hablan comido, así que lo mejor era echarle tierra al asunto.

Los días fueron transcurriendo, entre los trabajos duros y las noches de canciones románticas que hacían emperifollar a la luna para coquetearle al lucero vespertino y llegó el segundo plazo puesto por el rey. Tobías se dijo -No, definitivamente no iré. ¿Cómo voy a presentarme sin ese gallo ante mi padre? Estoy seguro que mis hermanos llevarán gallos bien cuidados. No terminaba Tobías de reflexionar en aquello, cuando se escuchó el clarín bien timbrado de un gallo en el patio del rancho. El joven corrió a ver si era verdad o si sería su imaginación únicamente, pero era verdad, allí en medio del patio habla un gallo deslumbrante, de un plumaje que encandilaba por el brillo de oro. -Esto es otro milagro, seguramente de mi amada Virgen Santísima, dijo Tobías tomando al gallo por la cola y alzándolo como hacen los galleros. Ahora si iré a la cita con mi padre.

La entrada de Tobías a palacio fue todo un acontecimiento, no habían ojos que no quedaran deslumbrados ante aquel gallo nunca visto. El rey no sabía qué decir, aquello del huevo y el gallo de oro fue una broma que había querido jugarle a sus hijos. Por eso cuando sus dos hijos mayores llegaron con dos gallos comunes y corrientes empolvados de oro, se echó a reír viendo como los animales se sacudían las plumas. Pero éste si que era una sorpresa, sus plumas eran verdaderas y no cabía de orgullo al pensar que jamás un rey había tenido un gallo semejante. Así se lo dijo a Tobías. No sé que virtud tendrá tu esposa, pero este animal es una maravilla nunca vista. Ahora el rey estaba picado de curiosidad, le pondría otra prueba más a sus hijos para elegir a la nuera preferida dando por seguro que sería la esposa del hijo menor. Bueno, les dijo, entregándoles una pieza de paño fino a cada uno, hilos de oro y plata, pizcas de diamantes, esmeraldas y rubíes. La nuera que me confeccione un abrigo de corte perfecto sin puntadas que se vean y adornados con esta pedrería, será indudablemente mi nuera preferida y la sucesora de la reina madre. Dentro de un año los espero con el abrigo.

Los hermanos de Tobías regresaron rabiando. ¿Cómo era posible que aquel a quien ellos consideraban el Juan Pendejo, hubiera podido cumplir con el encargo de su padre? El joven volvió al rancho muy acongojado, esta vez no habría otro milagro, era mucho pedir, y sin esposa ni siquiera tenía la esperanza de quien le confeccionara ese abrigo. Así que entró al rancho, guardó los materiales en una cómoda y llamó a su compañera de soledad. -¡Ranita, ya estoy aquí! ¡Croa, croaa.. .! Croa, croaaa, respondió ella. -Tobías dejó escapar una maldición. Perdóname ranita, pero es que estoy muy triste. Mi padre me ha entregado una pieza de paño, hilos de plata y oro, pedrerías preciosas para que mi esposa le confeccione un abrigo. -te lo puedes imaginar? -Croa, croa. -Pues yo tampoco te puedo imaginar cosiendo y bordando, lo mejor es olvidarnos de este asunto y seguir viviendo en el rancho hasta que un día te vayas con el primer rano que pase. -Croa, croa, respondió ella. -¡Ah....! ¿Con que te agrada la idea? Bueno veremos si yo también consigo una mujer. La rana no respondió.

Otro año más, el sol olvidaba sus sandalias de vivos arreboles cuando las sombras lo sorprendían deleitándose con las canciones de Tobías. La luna llegaba más temprano buscando al lucero vespertino que en ocasiones no aparecía, entonces le enviaba mensajes con las exhalaciones estelares. Díganle al lucero bello, que venga a escuchar las canciones del príncipe guapo. En una hamaca Tobías pulsaba su guitarra como solía hacerlo todas las tardes. La rana lo aplaudía con aquel característico croar. El joven de pronto descubrió sobre una mesa, una nota pisada con un cofrecillo. La nota decía: En este cofrecillo está el abrigo de su majestad, no lo abras porque jamás podrás meterlo dentro y como firma se veían dos letras B. F. Tobías se quedó pasmado. ¿Cómo podía haber dentro de aquella miniatura, un abrigo? ¿Quién podía ser aquella persona que se firmaba con esas dos letras? ¿O sería que alguien le estaba jugando una broma?. Sin embargo, el joven decidió correr el riesgo y se preparó para ir a cumplir la cita con el rey.

Aquel día Tobías le ganó al sol. Cuando éste abrió los ojos, lo primero que vió fue al joven príncipe que iba a campo traviesa. Esta tarde no me deleitaré con sus canciones -dijo en tono malhumorado y válgame Dios, cuando el sol se pone de mal humor, la tierra parece prenderse.

Tobías encontró en palacio a sus hermanos, que como siempre, le ganaban la delantera. El rey examinaba los abrigos que por cierto eran de pésima costura y lucía fastidiado con la perorata de sus dos hijos mayores, quienes ponderaban a sus esposas como las más nobles e inteligentes mujeres que existieran sobre la tierra. Apenas se presentó Tobías, los hermanos no pudieron disimular una sonrisa burlona, al verlo que no llevaba nada en las manos. El rey reventó furioso: -Tobías, nada traes. ¿Es que tu esposa no fue capaz de hacer ni siquiera una mamarrachada, como la que trajeron estos dos? Gritó, señalando a los dos hijos mayores. El joven se inclinó, sacó del bolsillo de la chaqueta aquella miniatura de cofre y se lo entregó. -¡Aqui tienes el abrigo que mi esposa confeccionó para ti, padre mío! -iCómo! Gritó el rey, más furioso todavía. -¿Quieres hacerme creer que en esta pequeña cosa, hay un abrigo de mi talla? El monarca hizo intento de tirarlo por la ventana, Tobías lo detuvo: -¡Alto, padre! Tu siempre nos enseñaste que para juzgar hay que comprobar los hechos, ¿porqué no abres el pequeño cofre y miras lo que hay dentro? El joven se encomendó a todos los santos para que aquella fantasía se convirtiera en realidad. De pronto saltó desde el fondo una pequeña cosa que fue transformándose en un precioso abrigo, con el cual jamás rey alguno había podido soñar. Cortes perfectos, puntadas invisibles, decorado con oro, plata, diamantes y rubíes. El asombro fue total para el rey, los presentes y para el mismo Tobías, que no podía dar crédito a lo que estaba viendo.

Mientras se desarrollaba el tremendo alboroto, el joven pensaba: ¿Tendría que ver la rana, con todas aquellas cosas inverosímiles? ¿El gallo de oro, ahora el abrigo, la limpieza del rancho y los exquisitos platos que hallaba cuando regresaba? En silencio observaba a su padre contemplándose en un espejo de cuerpo entero con aquel abrigo puesto, ufanándose de que jamás rey alguno había lucido una prenda tan bella. Sus hermanos lo miraban con cara de envidia y de odio, pensó que lo mejor era irse y nunca más regresar. Pero la voz del soberano lo sacó de sus reflexiones. -¡Tobías! Gritó el rey. ¡Será tu esposa la sucesora de la corona de la reina madre! -¡Trágame tierra! Se dijo. Esto no puede ser. ¿Cómo voy a decirle que mi supuesta esposa es una rana? El rey continuó lleno de entusiasmo. -Inmediatamente saldré contigo y mi comitiva especial y la de la reina madre. Tobías perdió el color y estuvo a punto de desmayarse. -Padre... Trató de negarse. El rey no atendía a razones, estaba loco por conocer aquel prodigio de mujer.

Ya en marcha el rey y su comitiva, Tobías le pidió que lo dejara adelantarse para avisarle a su esposa, pues a ella no le agradan las visitas imprevistas, como era tan hacendosa, le gustaba preparar los recibimientos. El joven hizo correr al caballo como una exhalación para sacar ventaja. Y cuando llegó al viejo rancho, se tiró de la montura llamando a la rana. -¡Ranita querida! -¿Si ves en el aprieto que me encuentro? Mi padre viene a conocer la maravillosa nuera que cree tener.¿Cómo voy a presentarte -Dime ranita -¿qué puedo hacer? Esta vez la rana no respondió con su feo croar. Esta vez le respondió con una voz muy dulce: -No te afanes Tobías. -¿Cómo? ¿Puedes hablar? ¡Ajá, pícara rana...! -No te enojes y oye bien lo que voy a decirte: -Corre a la orilla del mar, llama a gritos a la sirenita Blanco Lirio, dile que le manda a decir la rana encantada, que me mande las tres naranjas que me pertenecen. Tobías corrió veloz y como en esa época el mar bordeaba los llanos y su rancho quedaba próximo a éste, llegó de inmediato. Gritó con todas sus fuerzas: -¡Sirenita Blanco Lirio!- La sirena ..salió a la orilla, era muy bella, tenía la cara de cristal y la cabellera como espuma de mar. -¿Qué deseas, joven hermoso? Díjole mostrando unos dientes de perlas. -Manda a decir la rana encantada, que le mande tres naranjas que le pertenecen. La sirena le entregó el encargo y le deseo muy buena suerte.

-Aquí traigo las naranjas, ranita. ¿Qué hago con ellas? -Pon una aquí a mi lado, toma las dos restantes, párate en la mitad del patio, tira hacia arriba una naranja, pero tírala con toda la fuerza que seas capaz luego espera lo que tiene que suceder y, cuando haya ocurrido lo inesperado, sin perdida de tiempo, abre en dos la tercera naranja para que se complete el milagro.

Tal y como se lo indicara la rana, Tobías lo hizo. Tiró con todas sus fuerzas la naranja, no supo en ese momento que estaba pasando. pues algo muy grande cayó sobre él y quedó en medio de un lujoso salón, pero como no había tiempo que perder, abrió la tercera naranja, de la cual salió un ejército de sirvientes lujosamente uniformados. El joven no pudo reponerse de su asombro, porque ya se escuchaba la llegada de su padre con la comitiva especial. Corrió como loco buscando la salida sin reparar en lo que veía a su paso. Cuando salió, allí de pie estaba el rey con los ojos desorbitados contemplando la maravilla que no podía creer. Tampoco Tobías podía creerlo, apenas hacía un instante todo cuanto había allí era un rancho viejo. El rey le dijo: -Hijo mío, no me habías dicho que tuvieras un palacio como éste, no puedo creer lo que mis ojos están viendo.Tobias decía para sus adentros, tampoco yo puedo creerlo. Aquel palacio que salió  de una simple naranja, brillaba con  un esplendor que encandilaba hasta al sol.

Como el joven estaba tan desconcertado, el rey le dijo: -Bueno hijo, ¿es que no piensas invitarnos a seguir? -Este es su palacio, majestad, dijo Tobías, otro tanto díjole a su madre. -¿Y dónde está mi nuera? Preguntó el rey. Tobias también se preguntó. Verdad, a todas estas ¿dónde estará la rana? -No se padre, -respondió entremos y la buscamos entre los dos. A medida que avanzaban y abrían puertas en aquel palacio, crecía más el asombro de los dos, la decoración de los salones era en oro, plata y piedras preciosas, así hasta que llegaron a una alcoba decorada en tonos rosados, allí dentro en una cama nupcial rica en encajes y tules, estaba dormida una princesa de incomparable belleza. El rey díjole a Tobías. -¿Esa es mi nuera? -Tobías sin saber que responder, afirmó con la cabeza. El preguntó: -¿Como se llama? Tobías no respondió. Entonces la princesa se levantó del lecho e hizo ella misma su presentación: - Soy la princesa Blanca Flor, para servirle su majestad. El rey besó su mano, al tiempo que le preguntaba: ¿Y estás casada con mi hijo? -Aún no, su majestad, pero todo está preparado para la boda, solamente faltaba su presencia y la de la reina madre.

Aquel día el sol no quería irse a dormir, estaba tan curioso como un niño, se metía por entre los cristales del palacio, por cuanta rendijita podía, hasta que la luna le quitó el puesto sacando su carota a ras del suelo. Y qué carota la de la luna iluminando la gran fiesta de boda y con su voz plateada le decía al lucero vespertino: -Fíjate bobo, así deberías hacer tu conmigo. ¿Cuándo te atreverás so papanatas? El lucero reía haciendo guiños; La luna abrió más los ojos cuando Tobías bailaba con la princesa el vals nupcial, diciéndole cosas al oído -¿Oh bella princesa, cómo es posible que me hayas tenido engañado todo este tiempo? Ella rió para respondiéndole: croa, croaaa.

CONTINUAR

REGRESAR AL

INDICE