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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
© Derechos Reservados de Autor

EL PRINCIPE FLORESCLAMARES

El Príncipe Floresclamares, después de emprender largas jornadas de caminos, se detuvo en una ciudad desconocida, donde al pasar por una plaza lo primero que miró fue un guardia custodiando un féretro. El joven se acercó preguntándole al guardia: -¿Puedes decirme quién ha muerto? El guardia respondió: -Es un hombre que hace mucho tiempo murió adeudándole unas monedas a un acaudalado de la ciudad, por lo que lo condenaron a estar insepulto, hasta que alguien pague su deuda. -Que cosa tan terrible, dijo Floresclamares. -¿Por qué hacen esto? -Toma buen hombre, pague lo adeudado del difunto y proporciónele cristiana sepultura para que esa alma pueda descansar en paz.

Después de aquella obra de caridad el príncipe se marchó de allí, con el deseo de recorrer tierras y mas tierras, así que llegó a otra ciudad y como iba hambreado, buscó una posada. Se sentó y pidió una suculenta comida. Pero a Floresclamares se le atragantó la comida, porque descubrió dos jóvenes desnudas y encadenadas a una columna del comedor en la posada y, lo más terrible era que las personas que comían les tiraban los huesos como si se tratará de perros comunes adictos a estos sitios. Se levantó y fue directo hacia el dueño de la posada. - Señor, quiero que me explique: ¿Qué significa ese cuadro que tengo ante mis ojos? Díjole señalando las dos jóvenes desnudas y mugrientas. -¿Por qué las tienen encadenadas como si fueran fieras y los clientes les tiran las sobras? -El viejo repuso: -Esas niñas son prisionerasde una monarquía enemiga. Su padre, el rey enemigo, perdió la guerra aquí y quedó adeudándome una suma de dinero por alimentos, así que nuestro rey me entregó a esas dos muchachas como pago y como a mi lo que me importa es recuperar lo mío, las tengo ahí esperando que alguien pague su rescate. -¡lnfeliz! ¡Miserable...! ¿Por eso nada más tienes a estas criaturas encadenadas como fieras? Toma, dijo entregándole un puñado de monedas de oro, que el avaro desalmado recogió con ojos brillantes. Luego que el posadero dejó en libertad a las dos muchachas el príncipe contrató a una señora para que las vistiera con lujosos atuendos. En cuanto estuvieron aseadas y vestidas, al verlas el príncipe se dijo: -¡Qué hermosas y distinguidas son! Y se juró que las llevaría de regreso a su patria así tuviera que correr muchas aventuras. Las jovenes le contaron que el reino de su padre quedaba muy distante, que como había perdido la guerra con los de este reino, no había podido rescatarlas. Floresclamares, pensó que lo mejor sería regresar a su palacio y traerse al hermano mayor para que lo ayudara, así que se devolvió por tierras y más tierras en compañía de las princesas.

Un tiempo después el príncipe Floresclamares recogía sus huellas nuevamente en compañía de las princesas y del hermano mayor, quien era un hombre déspota y de malos sentimientos y que si decidió acompañarlo, fue porque se enamoró de una de las princesas. Floresclamares compró un barco dotado de tripulación y se hizo a la mar, con único rumbo hacia ese lejano país en que vivía el padre de sus dos protegidas. Pero el hermano comenzó a sentir terribles celos por la preferencia de las dos muchachas hacia Floresclamares. Ellas siempre corrían buscando la compañía de su joven protector y a él, apenas si le respondían por cortesía. Así que emponzoñado por la amargura, decidió deshacerse del hermano en la primera oportunidad que tuviera.

Aquella travesía por mar era llena de contratiempos, luchando con las tormentas, con los piratas o con los días sin vientos cuando el barco se quedaba en medio de las aguas como un paquidermo dormido. Mientras Floresclamares luchaba a brazo partido, el hermano cultivaba cada día una ponzoña más venenosa de solo pensar, que si Floresclamares entregaba las princesas al rey, una de ellas sería dada en matrimonio y tendría los favores del monarca. Entonces apresuró su plan, invitó a Floresclamares a la proa del barco a charlar una noche de manto negro en que se anunciaba tempestad. En un descuido el malvado empujó al hermano a las aguas del mar. Nadie se dio cuenta hasta el siguiente día, cuando el príncipe no se presentó a la hora del desayuno. Fueron a buscarlo en el camarote y se dieron cuenta que no había rastro de que hubiera dormido en su cama. Las princesas se volvieron locas buscándolo por todo el barco en compañía de la tripulación, pero todo fue en vano. Ellas pidieron al capitán que regresaran por el mismo rumbo de aquella noche, pero todo fue inútil, el príncipe había desaparecido.

Sucedió que al desaparecer el príncipe Floresclamares, por ley le correspondía al otro príncipe tomar el mando; así lo hizo y continuaron el viaje. Las jóvenes iban muy afligidas, no querían hablar con nadie y si lo hacían era únicamente para lamentar la pérdida de su buen protector. Aún después de muerto, el recuerdo de Floresclamares continuaba siendo un obstáculo para el hermano mayor, pues no había podido hacer que la joven de quien estaba enamorado se interesara por él. Ellas decían que tenían la suficiente fe de que algún día Floresclamares aparecería.

El malvado hermano trataba de consolar a las afligidas jóvenes. Les decía que nada podía hacerse, que seguramente su querido hermano había caído desde el barco en las turbulentas olas del mar en aquella noche de mal tiempo y que lo más probable, era que los tiburones lo hubiesen devorado, que solamente les quedaba rezar por su alma para que Dios lo acogiera en la gloria del cielo. Pero las princesas atercaban que tenían la firme fe, de que algún día el príncipe Floresclamares aparecería con vida para dicha de ellas.

Una esplendorosa tarde, el barco se perfiló en la superficie del mar ante el ojo tragaleguas del vigía, en el puerto de la ciudad del reino donde vivía el padre de las princesas. El vigía gritó desde la torre de vigilancia: ¡Barco a la vista! Se preparó la artillería por si era una nave enemiga, pero el barco ondeaba una bandera de paz. La ciudad se volcó al puerto para darle la bienvenida a aquellos que venían en son de paz. Jamás el buen rey imaginó que allí vendrían sus dos queridas hijas por las que tantas lágrimas había derramado, por las que había ofrecido la mitad de sus riquezas y la mano de una de ellas, al hombre que las trajera sanas y salvas.

Cuando se supo la gran noticia de que las princesas habían regresado, se echaron a volar las campanas, se declaró día de fiesta en todo el reino y se le hicieron los honores al héroe que las rescató. Las princesas relataron al padre la triste historia de cómo habían vivido prisioneras en aquel reino enemigo y de cómo el príncipe Floresclamares las había rescatado, de cómo invirtió grandes fortunas para traerlas, de cómo una noche de mal tiempo había desaparecido sin dejar rastro, también de como aquel príncipe hermano de él, había tomado el mando del barco, pero que les desagradaba su presencia, que era de mal corazón y que tenían la firme fe, de que su buen protector algún día se presentaría con vida. Más el rey dijo que no podía incumplir su palabra, que como aquél hombre las había traído, era pues él, quien merecía el premio.

Pero dejemos a las princesas estirando tres meses de plazo que les diera el rey para cumplir lo prometido, tres meses que ellas alargaban día a día en espera de una buena noticia sobre la suerte del príncipe Floresclamares, quien aquella noche de mal tiempo, creyó perecer cuando su malvado hermano lo arrojara al mar embravecido. Floresclamares nadó y nadó porque era un buen nadador, se mantuvo a flote todo el resto de la noche, en la madrugada divisó un montículo oscuro en el mar, era un islote formado por deshechos de madera podrida, de hojas, de cosas sucias que el mar aparta de sus aguas azules. Allí se metió, allí vivió durante días, noches y más días, comiendo peces crudos, las veces que tenía suerte y podía pescarlos con la mano; se bebía los moluscos para calmar la sed y soportaba las inclemencias del tiempo a la intemperie.

Una noche oscura escuchó un gran zumbido que se acercaba por los aires, era como el vuelo de un gigantesco pájaro que hacía fummm, fumm..., con su remar de alas en el espacio y pesadamente se posó sobre el pequeño islote. Floresclamares se metió entre aquellos deshechos y se escondió lleno de pánico, aquello era un ave descomunal que podía levantarlo con sus garras. Entonces oyó que le decía: -No te escondas Floresclamares. ¡Ah...! Habla, ¿Qué clase de ave será? Otra vez le dijo: -Floresclamares, salí de esa podredumbre que quiero ayudarte. Floresclamares salió de su escondite lleno de hojas podridas, espuma de mar y cuanta suciedad había allí. -¿Puedes decirme quién eres?, preguntó el príncipe con un hilo de voz. La enorme ave le respondió:

-Yo soy el águila voladora del mundo, voy a llevarte a tierra firme, yo se que estás sufriendo, que te morirás si nadie te rescata. Súbete sobre mí y no abras los ojos hasta que yo te diga, porque si los llegas a abrir, caeremos ambos al mar. - Bueno dijo el príncipe haciendo lo que le ordenaba el águila.

Fue así que el príncipe Floresclamares realizó la primera travesía área sobre el mar. El águila se remontó más arriba de las nubes, y vuele y vuele hasta llegar a una ciudad a orillas del mar donde descendió en un basurero. Una vez en tierra firme, le ordenó que abriera los ojos, cuando el príncipe examinaba a su alrededor, la gran águila le dijo: -Bueno te dejo donde puedes valerte por tus propios medios y lo que hice por ti, fue para devolverte el favor que me hiciste, porque yo no soy el águila voladora del mundo. ¿Enton... ces quién eres?, dijo el príncipe. El águila respondió: -¿Te acuerdas de aquel muerto insepulto al que le hiciste dar cristiana sepultura? -Sí, repuso el príncipe. -Bueno querido y caritativo amigo, yo soy el alma de ese muerto, yo te debía esa gran caridad, ahora estamos a mano, aquí podrás sobrevivir, mira este es el gran basurero del reino, encontrarás comidas que tiran de los grandes banquetes y ropas y todo lo que precises para sostenerte, además, amigo mío, ahí en ese palacio se encuentran las princesas que rescataste y tu malvado hermano. Entonces, adiós buen amigo, díjole el águila, levantando vuelo.

- Bueno, dijo Floresclamares, veamos cómo me acomodo en este basurero mientras puedo rehacer mi vida. El joven armó una pequeña covacha con pedazos de tablas y otras cosas para cobijarse en las noches frías. Se colocó ropas que aún eran presentables, se contempló en un pedazo de espejo, ¡uy!, tenía una terrible barba y los cabellos largos y enredados. -Si las princesas me miran así, jamás podrán reconocerme. Fueron sucediéndose los días, oculto esperaba que tiraran los restos de comidas, se alimentaba y pensaba: -¿Cómo regresaré a casa? Cierto día, las princesas a quienes el plazo de tres meses se les estaba cumpliendo y después de tantas averiguaciones sin obtener alguna noticia, les dio por pasar frente al basurero. Allí vieron a un hombre barbado, a un mendigo según pensaron, pero aquel mendigo debió ser un hombre distinguido por el talante de su parte. El vagabundo leía un libro y de vez en cuando miraba el mar. La menor se le quedó examinando minuciosamente, luego le dijo a la otra: -Fíjate hermana, ese vagabundo aunque parezca un viejo por su barba, por el pelo largo y desaseado, tiene un gran parecido con el príncipe Floresclamares; estoy segura que si a ese hombre se le vistiera pulcramente y se le quitara la barba y se le arreglara el cabello, sería el mismo Floresclamares. La hermana mayor negó tristemente con la cabeza para decir: -Sueñas hermanita. ¿Acaso no te acuerdas dónde lo perdimos? La otra atercó llena de entusiasmo. -A mí se me parece y se me parece, para que no me quede duda, te propongo una cosa. -¿Que cosa?

-Pidámosle a nuestro padre que nos complazca con una fiesta, él no se negaría, y una vez concedida la petición le decimos que para divertirnos queremos como invitado especial al vagabundo del basurero real, que envíe sirvientes, peluqueros y todo cuanto se necesite para que lo arreglen como un verdadero príncipe.

Al rey le pareció divertido la ocurrencia de sus hijas y todo se hizo como ellas lo deseaban, hasta un coche le envió al vagabundo. Las dos hermanas no cabían de alegría esperando el momento anunciado para comprobar sus sospechas. -¿Sería en verdad aquel mendigo, el príncipe Floresclamares? Las princesas corrían de un lado a otro cuidando que todo estuviera en orden, pero más que eso, era para matar tiempo, los nervios las hacían saltar como resortes. -Será Floresclamares, decía la una, mientras que la otra afirmaba. -Es él, a mi me lo dice un duendecillo bueno y si es el príncipe Floresclamares, no tendrá que casarse una de las dos, con el malo del hermano.

Aquella noche de fiesta palaciega, un lucero se metió por la ventana en la alcoba de las princesas, se contemplé en la luna de un espejo y dijo: -Si yo pudiera quitarme estas barbas de plata, como se las quitaron al vagabundo del basurero, estoy cierto de que sería más apuesto que él.

Mientras la fiesta tomaba fuerza, el hermano mayor de Floresclamares, se había colocado sus mejores galas, tomaba puesto al lado de las jóvenes princesas y se sentía con derecho a cortejar a la menor, a quien creía ya su futura esposa. -¡Un momento!, dijo la jovencita. Debe estar llegando nuestro invitado especial, pido a todos mis amigos y servidores que hagan una calle de honor en la entrada a este salón para recibirlo. La concurrencia corría con ansia para conocer a aquel misterioso invitado de las princesas, y como lo deseaban ellas, se hizo la calle de honor cuando el desconocido fue anunciado. El rey acarició las cabezas de sus hijas con ternura y riendo les dijo: -Están exagerando con esta broma, hijas mías. -Ya verás padre, ya verás la sorpresa tan grande que te vas a llevar. Y fue en verdad una gran sorpresa para el rey al ver descender del coche a aquel joven tan apuesto y distinguido que en nada parecía a un vagabundo como se lo había imaginado. Y más sorprendido quedó ante el grito de alegría de sus dos hijas.- ¡Floresclamares, Floresclamares...!. Ambas salieron corriendo al encuentro del príncipe. Al oír esto el malvado hermano se puso lívido preguntándose: -¿Cómo, si Floresclamares está muerto? ¡Está muerto, yo mismo lo lance a las aguas del mar embravecido!; y se fue ocultando en el tumulto de invitados sin poderlo creer. Las hermanas entraron cada una del brazo del joven y haciendo una reverencia formal, presentaron a su invitado especial. -¡Padre, te presentamos al príncipe Floresclamares! El generoso joven que nos rescató y quien desapareció una noche de mal tiempo del barco en que nos traía. Floresclamares aclaró: -No desaparecí por mi voluntad, majestad, fue que mi hermano me arrojó al mar para que pereciera, pero la divina providencia me salvó y aquí estoy para servir a vuestra majestad y a las princesas, sus adorables hijas.

Y me cuenta mi amiga Paulina, que fue una fiestota la de aquella noche, que el rey ofreció oficialmente al príncipe la mano de una de sus dos hijas, la que él eligiera. Floresclamares dijo amar a la menor. Y se casaron y fueron felices, y la noche de bodas pasó volando una águila enorme que al remar con sus alas en el espacio dejaba un zumbido de fummm, fumm...

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