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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
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Derechos Reservados de Autor
PESCADITO DE COLORES
Vivía con su padre en un
lugar solitario, una hermosa niña que a muy tierna edad quedó huérfana de madre. El
buen señor se enamoré perdidamente de una mujer viuda y con una hija casi de la misma
edad de Ternuras, que así se llamaba nuestra amiga de la historia a que nos referimos en
estas páginas.
Pasado un tiempo la niña
Ternuras se miraba relegada por su madrastra y su hermanastra. La nueva esposa del padre
escogía todo lo bueno para su hija, y a la huérfana le daba las sobras. Así en ese
orden, a Ternuras le dieron una oveja, mientras a la hermanastra le dieron una grande y
hermosa ternera, pero para la huérfana aquella oveja, la feita del rebaño de su padre,
fue un regalo muy preciado y con esmero cuidó del animalito. Viendo la hermanastra, que
la oveja de Ternuras crecía gorda, con una lana tan blanca que parecía no tocar la
tierra, se llenó de envidia y le dijo a su madre -Matémosle la oveja a la huérfana.
Así que sacrificaron al pobre animalito y cuando Ternuras se dio cuenta, se puso a llorar
tristemente. -¿Por qué le habían matado su ovejita? -,¿Por qué eran así de malas con
ella? La respuesta fue que la mandaron al río a lavar las vísceras de la oveja.
Entre llantos y suspiros,
Ternuras lavó las tripitas de la ovejita, recogió con sumo cuidado los deshechos, y se
puso a darle a las sardinas que arrimaban a la orilla engolosinadas, con lo que ella les
tiraba. De pronto se iluminaron las aguas con la presencia de un pescadito de brillantes
colores. Y éste pescadito le habló: -Niña querida, regálame a mí también. La niña
se asustó tanto que casi echa a correr dejando todo en la orilla del río, pero se quedó
asombrada y fascinada por los colores de aquel pececito tan bello y comenzó a tirarle las
sobritas de las vísceras. Cuando el pescadito estuvo satisfecho le dijo: -Niña, desde
hoy en adelante seré tuyo, yo me llamo Alcolmito de Agua. Cuando me necesites, llámame.
Aquel acontecimiento
revivió la alegría en la huérfana y su madrastra y su hermanastra se preguntaban: ¿A
qué se debería la alegría de aquella pobre infeliz? Y como Ternuras, siempre que estaba
comiendo, apartaba un poquito de su escasa vianda empuñándola en una mano y en cuanto
podía echaba a correr hacia él río, despertó la curiosidad de las dos mujeres, quienes
se dieron a la tarea de espiarla todo el tiempo. La inocente criatura que no sospechaba,
llegó como de costumbre a la orilla del río llamando: -Alcolmito de Agua, Alcolmito de
Agua, ven a comer, ven a comer. Enseguida el lindo pez salió a flor de agua haciendo
visos con sus hermosos colores. Ella riendo le echaba las migas que él devoraba
alegremente. Cuando las mujeres perversas vieron aquello, la madrastra dijo llena de
rabia: -Vean esto, ¿Esta maldita tiene un pez de colores como mascota? Y la hija chilló
roja de envidia: ¿Cómo es que esa desgraciada, tiene algo que yo no tengo? -No te
preocupes hijita, díjole la madre, mañana mandaremos a esta tonta por la remesa de
víveres y cuando se vaya, le mataremos el dichoso pez. Dicho y hecho, mandaron a la niña
al pueblo, mientras tanto se dieron a la tarea de llamar al pez de colores como lo hacia
la huérfana. Alcolmito de agua, ven a comer. Apenas el pez salió a la superficie, la
mala mujer mayor, lo partió de un machetazo. Era una hermosura de pez, pero esto para
ellas no contaba, solo reían de pensar en la cara que pondría la niña cuando no
encontrara su pez. Más aquello no les bastaba, sino que la madre arregló el pescadito y
lo puso a guisar para servírselo en bandeja especial cuando regresara Ternuras.
Pero no siempre las cosas
salen como lo planean los malos, y por más fuego que le ponía a la olla donde guisaban
el pescado, éste no se cocía y soltaba abundante sangre. La mujer intrigada por esto,
metió la mano para revolver las presas, y qué asombro, la mano se le quedó pegada a la
olla, llamó a gritos a la hija. -iAy! Hijita, ven, mira que se me quedó la mano pegada
con la cuchara de la olla. La muchacha llegó a ver, arrimó el rostro a la olla mirando
qué le retenía la mano a su madre y qué tragedia, la joven se quedó pegada de su labio
inferior al borde de la olla, allí las dos mujeres lloraban sin saber qué hacer. Así
las encontró Ternuras cuando regresó. Al verlas pegadas de aquella olla, les preguntó
qué estaba pasando. -Ellas respondieron, que habían estado pescando, que sacaron un
pescado de colores y lo pusieron a preparar y que al arrimarse a la olla, se habían
quedado pegadas.
-¡Dios del cielo!, exclamó
la niña llorando. -Me mataron mi pececito. -¿Por que son ustedes tan malas? No contentas
de matarme mi oveja, ahora me matan a mi pobre pescadito. Y como se que me odian, me voy
antes que venga mi padre, me voy y las dejo ahí pegadas de esa olla para que sufran.
Todo lo que Ternuras sacó
de la casa, fue una toalla y un cepillo, se dirigió al río llena de tristeza, allí
comenzó a llamar al pez como lo hacía: -Alcolmito de agua, ven a comer, ven a comer. La
niña se fue metiendo entre las aguas del río, a la vez que lo llamaba, hasta que se
hundió en profundidades que parecían no tener fin. Entonces encontró allí abajo una
ciudad fantástica, tan fantástica que se respiraba igual que en la tierra. Ternuras
estaba fascinada y se puso a recorrer unos grandiosos jardines que la condujeron a un
tanque inmenso y para su sorpresa allí entre las azules aguas de ese tanque, estaba el
pez de colores. -Alcolmito de agua! Gritó ella. -Si soy yo, le habló el pez. -Pero yo te
vi muerto, dijo ella, mi madrastra y mi hermanastra te mataron. -Eso es verdad, repuso
él, pero si a mi me matan, puedo volver a encarnar y no solo eso, yo soy un príncipe que
estoy bajo el maleficio de una bruja perversa y la única salvación para recuperar mi
estado normal, es que yo pueda conseguir una joven virgen que se case conmigo. Ternuras le
dijo llorando de alegría: -Si yo puedo ser esa joven, mil veces me casaré contigo, mi
lindo pez, mi adorado Alcolmito de agua.
Aquel mismo día se hicieron
los preparativos para la boda. El Santo sacerdote llegó hasta el borde del tanque y
realizó la ceremonia. Apenas el religioso les echó la bendición, el pez se transformó
en un apuesto príncipe. Mi amiga Paulina, me cuenta que ella no pudo gozar de aquel
banquete real, porque le dio miedo meterse a las profundidades del río, donde seguramente
nuestra amiga Ternuras fue muy feliz en ese palacio acuático, donde la madrastra y
hermanastra jamás podrían volver a hacerla sufrir.
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