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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
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Derechos Reservados de Autor
A LA MUJER
PORFIADA, DELE PALO
Cierto día salió un hombre
de cacería y por más que caminó, no encontró un solo animal para cazarlo, cansado bajo
el rayo del sol del medio día, se puso a buscar agua para aplacar su sed y la de su
perro. De pronto descubrió un jagüey, pero estaba seco y era muy profundo, -Aquí no hay
ni gota de agua, dijo dispuesto a marcharse de allí, cuando escuchó una voz pidiendo
auxilio que salía desde el fondo del jagüey. El hombre miró bien hacia el fondo y vio
una culebra que luchaba tratando de subir pero las paredes del jagüey eran muy profundas
y lisas. -¡Señor! Díjole la culebra, ayúdeme a salir de aquí, ayúdeme porque voy a
morir de hambre y de sed. El hombre echó a correr espantado, más al momento se detuvo y
volvió preguntándose: -¿Será en verdad la culebra, la que me habló? ¿O habrá una
persona allí? Se asomó nuevamente en el borde del profundo hueco y otra vez la culebra
le imploró lastimeramente: -¡Ayúdeme por favor a salir de aquí! El cazador se negó,
-No, no, si la saco me muerde. -¡No señor, le prometo que no lo muerdo! Y se entabló un
diálogo entre hombre y culebra. Que me muerde, que no lo muerdo... Entonces el hombre le
preguntó: -¿Y cómo hago para sacarla de ahí? Eso es muy profundo. -Mire amigo, vaya y
corte una vara bien larga, tráigala y póngala de punta, que yo subo por ella. -Bueno,
concedió e! hombre. Fue hasta el monte más cercano, cortó la vara más larga que
encontró, le quitó las ramas y la aliso, la trajo y la tiró de punta dejándola
recostada contra una pared del hoyo. La culebra comenzó a subir por la vara y nuestro
amigo puso pie en polvorosa, por
aquí
que es más derecho, como es el decir llanero. Corra que corra, y el perro atrás y la
culebra grítele que grítele: -¡Espere, amigo, no corra! -No corra repetía el hombre
¿Ya que la voy a esperar para que me muerda? Después de mucho correr, de no tener ya
fuerzas para continuar, de que el perro tenía media vara de lengua afuera, el hombre se
detuvo bajo la sombra de un árbol, se tiró a tomar un respiro porque el pecho y el
corazón querían reventársele.
Entre resuellos y resuellos
estaba empezando a calmar la agitación, cuando oye a su lado la voz de la culebra.
-¿Cómo se le ocurre correr de esa manera?. El hombre intentó levantarse para echar a
correr de nuevo. -¡Alto! Yo no lo voy a morder. Solo quiero agradecerle el favor que me
hizo, quiero darle una recompensa. -¿Una recompensa? Respondió el hombre y se preguntó
interiormente, ¿Qué puede dar una culebra, que no sean mordidas venenosas? -Mire buen
hombre, yo se lo que está pensando, pero no es así. Coja la punta de mi cola, pásela
alrededor de su dedo anular, mídala bien como si fuera una anillo. El hombre volvió a
atercar lleno de recelo. -¡Sí, para que me muerda! -Que no lo muerdo. -Que ,me muerde.
Así hasta que el hombre hizo lo que la culebra le indicaba y su asombro no tuvo límite,
en su dedo anular resplandecía un anillo de oro puro con un brillante que lanzaba
destellos. -Ahora, dijo la culebra, voy a abrir mi boca y sacaré mi lengua bípeda,
cuando lo haga, corta la puntita de mis dos pajillas y te las comes, eso te dará la
virtud de entender el lenguaje de
las
aves, de saber tantos secretos que nadie ha podido conocer jamás en la vida, además el
anillo te concederá deseos. -Si ¿Pero y si me muerde cuando le corte las puntitas de la
lengua? Dijo el hombre desconfiado. -Que no lo muerdo. -Está bien. El hombre estuvo
atento y cuando la culebra abrió tamaña bocota, le cortó las puntitas de su lengua
bípeda, vaciló un poco con asco, pero se las comió. -Bueno díjole la culebra: -Con eso
te pago el favor que me hiciste, pero no reveles a nadie este acontecimiento, porque el
día que lo hagas, morirás. Dicho esto, la culebra desapareció.
Ya casi llegaba el cazador a
su rancho, cuando se detuvo bajo unos árboles que le ofrecían la frescura de sus
sombras. -Que cansado me siento, descansaré un rato aquí, se dijo. En esto llegaron dos
pájaros y se posaron en una rama cantando y el cazador entendió que decían. -¡Abajo de
usted hay tres, abajo de usted hay tres...! -Caramba, entiendo que dicen, que abajo de mi
hay tres. El hombre se fijó en el suelo abajo sus pies y miró el borde de tres tinajas a
flor de tierra. Ni corto ni perezoso se puso a escarbar con su machete hasta sacarlas, una
estaba llena de monedas de oro, la otra de monedas de plata y la tercera
estaba llena de joyas. El cazador echó todo el
tesoro entre un costal y corrió a su rancho.
Apenas entró al
rancho, le salió la mujer que por cierto era muy curiosa, chismosa, envidiosa y
ambiciosa. -¿Que animal cazaste? -Ninguno mujer -¿Entonces qué traes en el costal? Por
toda respuesta el hombre vacío el contenido del costal a los pies de la mujer, ella
lanzó un grito de asombro y se abalanzó sobre el tesoro, se colocó las joyas y más
joyas, preguntándole de dónde había sacado aquello, el hombre le contó que lo había
encontrado y después que guardaron el tesoro, ella quiso ver con sus propios ojos el
lugar, pero el hombre se guardó muy bien el secreto de la culebra y como ella era tan
preguntona, le dijo que el anillo que tenía puesto en el dedo, era de aquellas joyas.
Así que se pusieron a disfrutar en grande y mandaron a construir una mansión, la mujer
no escatimaba en lujos, cada día quería más y más cosas y el hombre tuvo que pedirle
el anillo porque la mujer era insaciable, además mantenía espiando al marido, armándole
pleitos por cualquier cosa. El pobre hombre ya estaba harto de aquella mujer que no estaba
satisfecha con nada, pues le había comprado barcos, coches, casas en muchos lugares del
mundo. Así que un día mientras descansaba en una silla reclinable en el jardín,
llegaron dos cucaracheros peleando, se posaron en una rama y la cucaracherita le decía al
cucarachero: -Déjame quieta, déjame quieta o te voy a dar una patada que vas a caer
contra ese templo y lo vas a derribar. El hombre miró el templo de su gran mansión y se
echo a reír. -¡Qué imaginación la de aquella cucaracherita. La mujer que lo observaba,
se acercó y comenzó a insultarlo. -¿De qué te ríes desgraciado? El que se ríe solo,
de sus picardías se acuerda, seguro que estarás recordando a algunas de tus amantes.
-Pero mujer, yo no tengo
amantes.. La
mujer estaba enfurecida, nada la calmaba y exigió que le contara los secretos que se
venía guardando desde el día que se encontró el tesoro. -No puedo, no puedo mujer,
negábase él. La mujer cada día atercaba y atercaba y hasta le dio por obligarlo que le
consiguiera mando para gobernar el mundo. Sino haces esto, le dijo, tendrás que contarme
esos secretos que te han hecho rico.
Un día el hombre
decidió contarle todo a la mujer, pues ya no aguantaba aquella vida. -Esta bien, voy a
contarte todo, eres tan porfiada que si te digo que al contarte mi secreto moriré
seguirá atercando que lo cuente. Pero antes de contarte el secreto, quiero una comida
exquisita y un buen vino. La mujer voló a ordenarle a los sirvientes que prepararan la
mejor comida que supieran hacer. El hombre se acostó en un descanso en el jardín,
pensando que iba a morir y prefería la muerte a continuar viviendo en aquella guerra con
su mujer. Estando en esto, el gallo más hermoso que tenía, vino al jardín, batió sus
alas y cantó tres veces diciendo.... -¡Hoy se muere mi amo! ¡Hoy se muere mi amo! ¡Hoy
se muere mi amigo! Al hombre se le saltaron las lágrimas. La mujer apremió:
-¿Ya me lo vas a decir? De
pronto salió una gallina cacaraqueando de su nido. El hombre cambió el rostro de
tristeza y se puso a reír. La mujer más curiosa que nunca, lo apremiaba: -O me dices tus
secretos o me consigues el mando sobre el mundo, ¡Porque yo quiero ser más poderosa que
Dios! El hombre escuchó que la gallina decía: -¡A la mujer porfiada dele
palo! ¡A la mujer porfiada dele palo! -Dime de
que te ríes, ¡Maldito! Gritó la mujer enfurecida. -Ahorita mismo te digo, dijo el
hombre, se levantó y corrió a un lugar donde había guardado el zurriago con que le
pegaba a la mula cuando era pobre, regresó y prendió a su mujer por las greñas y dijo a
darle una tunda hasta que ella imploró que no le pegara más. Pero la blasfemia de la
mujer al querer ser mas poderosa que Dios fue castigada, todas las riquezas desaparecieron
y volvieron a vivir pobremente en un rancho, por su parte el hombre se sintió tranquilo,
se acostó en un chinchorro y viendo a su mujer triste y aburrida, le dijo: De eso era que
me reía.
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