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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
©
Derechos Reservados de Autor
JUAN BUENO Y JUAN MALO
Me dice mi amiga Paulina,
que de no haber sido por un poquito del agua de la vida que le robó a Juan Bueno y unas
hojitas del árbol que revivía la luz de los ojos que ella le sustrajo al buen muchacho
de un costal en que las cargaba, no habría podido relatarme estas aventuras, porque de
eso a aquí hace tantísimo tiempo, que el olvido se olvidó de si mismo.
Resulta que en cualquier
lugar del mundo, muy lejos de la montaña azul, vivía un matrimonio con sus dos hijos
varones, que por nombre les pusieron Juan. El uno era bueno y tierno, el otro era rebelde,
ambicioso y de corazón duro, por esto dieron en llamarlos Juan Bueno y Juan Malo. Un día
el padre les dijo: - Hijos, ya ustedes comienzan a ser hombres, yo estoy viejo, les he
dado una mediana educación, los he criado con mi trabajo, pero ya no puedo más, creo es
hora que busquen sus destinos. Espero que igual que las aves, ya puedan emprender sus
vuelos hacía otros mundos.
- Está bien padre, dijo
Juan Bueno. Juan Malo respondió sarcástico: - El viejo ya le cansó la carga, como si
nosotros le hubiéramos dicho que nos trajera a este mundo. Quien sabe que otras cosas
habría dicho, pero el otro lo atajó. -Calla hermano, nuestro buen padre tiene razón, es
hora que busquemos nuestros destinos. El padre vendió los pocos bienes que consideró les
pertenecían y equitativamente se los entregó, más un abundante fiambre para los
primeros días de camino. El muchacho bueno pidió a los padres que lo bendijeran y
emprendieron la marcha por aquellos largos y solitarios caminos.
Ande que ande, días y más días, nada novedoso acontecía, hasta que se encontraron
tendido en el camino a un moribundo zorrochucho, Juan Malo que lo mira y pela por su
machete para cortarle la cabeza, Juan Bueno que se interpone rogándole: -Hermano, ¡por
Dios!, ¿no ves que se está muriendo el pobre? - Pues matémoslo para que descanse, dijo
el otro riendo. - No, por favor, yo lo curaré. - Entonces quédate con ese bicho, Juan
pendejo, yo seguiré. Juan Bueno se dio prisa buscando en su morral creolina y vendas, le
curó, le dio agua y comida, lo echó dentro de su morral y corra que corra para darle
alcance al hermano. -Hermano espérame. -Apúrate bobo, respondió el otro. Cuando Juan
Malo se dio cuenta que Juan Bueno cargaba el zorrochucho en su mochila, montó en coraje.
-Que hombre tan puerco, ¿cómo se te ocurre cargar ese animal tan asqueroso?. El bueno
puso oídos sordos a los insultos del hermano. Tres días después Juan vio con
satisfacción como el animalito se había restablecido. -Bueno amiguito, aquí voy a
dejarte con un poco de agua y comida, díjole Juan, creo que ya puedes sobrevivir.
Suponemos que sobrevivió aquel familiar de los marsupiales conocido con diferentes
nombres, ya como zorrochucho, ya como fara, ya como rabipelado, muy perseguido por los
granjeros, porque su alimento favorito es la gallina de corral.
Quién sabe cuántos días
de camino llevaban los Juanes, cuando encontraron un esquelético y desvalido león, el
pobre no podía ni ponerse en pie, Juan Malo se aprestó con su machete a pasarlo a mejor
vida, Juan Bueno otra vez se opuso a las malas intenciones del hermano. Déjalo Juan,
déjalo que se está muriendo de hambre, démosle agua y comida. -Le darás de la tuya
Juan pendejo, porque yo no le daré ni una miga de la mía y quédate ahí con ese animal
porque yo sigo mi camino. El bueno le puso agua y el resto del fiambre que le quedaba
luego corrió para alcanzar al hermano.
Al cabo de un mes, Juan
Bueno se moría de hambre y sed, -Hermanito, rogábale al Malo, dame un poco de tu fiambre
que yo no tengo fuerzas. El Malo reía mientras comía delante del otro. -Eso te pasa por
bondadoso, le repartiste tu fiambre a esos animales, ahora friégate. Camine y camine y
Juan Bueno cayó desmayado, sin una gota de fuerza. -Hermanito no me dejes morir, dame
algo de comer y de beber. -El malvado comía y reía. De pronto díjole: -Oye Juan, ¡te
doy comida si te dejas sacar un ojo! -Pero hermano, ¿cómo puedes ser tan cruel? ¿No ves
que me dejarás tuerto para el resto de mi vida? -Y si no comes, no tendrás ningún resto
de vida, dijo el Malo riendo.
Juan Bueno sabía que
moriría sin remedio y cambió uno de sus ojos por un poco de comida y agua. El malvado le
sacó un ojo, le dio lo convenido y siguieron caminando. El pobre Juan soportaba el
terrible dolor y caminaba lleno de congoja por haber quedado tuerto.
Cuatro días más tarde Juan
era un esqueleto andante que no podía dar paso. Lo que su hermano le dio a cambio del
ojo, fue apenas unas migas, otra vez se tendió a suplicarle caridad. Juan Malo dispuesto
a deshacerse del hermano que ya era un estorbo, prometió darle comida y agua si se dejaba
sacar el otro ojo. Juan Bueno vertió lágrimas, suplicó de como iba a dejarlo ciego,
pero este no cedió y el buen Juan entregó el otro ojo, pero le pidió que lo dejara en
un lugar donde protegerse del sol. Juan malo lo arrastró hacia la sombra de un gran
samán que descolgaba su ramazón hasta el suelo. Era un árbol hermoso, tan frondoso que
bajo su sombra parecía un aposento bien barrido. Juan Malo lo recostó al tronco, le puso
un poquito de agua y comida, y se largó frescamente silbando una tonada para no escuchar
los ruegos del infortunado muchacho que ahora ciego estaba condenado a una muerte segura
en aquellos parajes solitarios.
Juan Bueno, mitigó un poco
el hambre y la sed, mientras el dolor del ojo que le acababa de sacar el malvado hermano,
lo lastimaba físicamente y el dolor del alma le rompía el corazón.
No supo cuando se quedó
dormido, rendido por el cansancio, el dolor y la tristeza. De pronto despertó ante el
zumbido de un remar de alas, fumm..., fumm..., y ¡pum!, lo que era se posó en la copa
del árbol. ¡Virgen del cielo!, ¿qué será eso?, se dijo acurrucándose y
apretujándose contra el tronco del
samán.
Unos cuantos minutos de suspenso y, otra vez el batir de alas grandes y pesadas haciendo
fum, fum y ¡pum!, se posaba en la copa del árbol. Entonces nacieron unas carcajadas y
saludos, -¡Ja, ja, ja, ja!, ¡Hola comadre!, ¿cómo está comadre?, luego otras y otra
más. Juan se santiguó y se quedó tan quieto que apenas si respiraba. -¡Dios mío!,
¡son brujas!, ojalá que no me descubran porque estoy perdido. Las brujas hablaron de lo
habido y por haber, hicieron sus necesidades desde allá arriba empañetando al pobre
Juan, que no se movía aunque lo dejaran en el estado más lamentable que cualquier ser
humano se hubiese visto en la vida. Entre sus risas y conversaciones, una bruja preguntó
a otra,- Bueno comadre, ¿qué ha visto de novedoso en estos días? La aludida respondió,
-Mire comadre, hoy vi un caso que vale la pena comentar, figúrese que un hermano le sacó
los ojos al otro y lo dejo ciego y no estoy segura, pero creo que fue por aquí cerca.
-Caramba comentó, - ¿sabe comadre? Voy a contarle un secreto: las hojas de este samán,
el cual hemos abonado durante muchos años con nuestros miaos y nuestros excrementos,
tiene un gran poder. Si ese muchacho a quien el hermano le sacó los ojos, supiera que
cogiendo un puñadito de estas hojas y estregándolas en la palma de la mano, después de
que las tuviera bien macerada, hiciera dos bolitas con ellas y cuando el sol comience a
ascender en la mañana, las calentara durante un rato y se las metiera en los huecos donde
tenía los ojos, yo le cuento comadre que ese joven volvería a tener sus ojos y con vista
mucho más larga que antes, pues miraría
cosas que jamás nadie ha podido ver. -Que buen secreto comadre, aprobó la otra.
-Esa es la ventaja de ser bruja, que sabemos cosas que los demás no saben. Dicho esto
alzaron vuelo y se fueron riéndose a carcajadas.
Juan Bueno se arrodilló al
pie del árbol, dio gracias al cielo y a las brujas por aquel secreto, pues el caso
comentado por ellas, era su propio caso. La cuestión era ¿cómo saber cuando llegaba el
día? -¡Los pájaros!, ellos trinan alabando la luz, estaré pendiente. Así lo hizo,
apenas comenzó la serenata de los pájaros con sus revoloteos, Juan caminó a tientas,
buscó con las manos las hojas del árbol y dio con una rama, tomó una puñada de éstas
y se puso a estrujarlas entre sus manos, cuando sintió que estaban bien maceradas, formó
las dos bolitas, las colocó en las plantas de las manos y avanzó un buen trecho
calculando que estaba fuera de la sombra del árbol. Allí permaneció largo rato
sintiendo el calor agradable del sol mañanero, así se estuvo hasta sentir que las dos
bolitas de hojas estaban calientes, luego se introdujo cada una en sus cuencas vacías,
cerró los párpados rogando se hiciera el milagro, y el milagro se hizo, al abrir los
párpados, Juan miró todo a su alrededor y mucho más lejos, porque miró un reflejo
plateado a muchas leguas de distancia.
¡Qué alegría volver a
ver!, ¡qué bello era tener ojos nuevamente!, pero lo que Juan no sabía, era que sus
ojos ahora eran más grandes y verdes, muy verdes y muy hermosos. Juan desgajó un montón
de hojas de
aquel árbol y las metió
en un costal pensando hacer muchas obras de caridad y para que su estómago se
entretuviera, se comió un poco de aquellas hojas milagrosas, de inmediato sintióse
fuerte, lleno de alegría y dispuesto a continuar su camino.
A Juan Bueno lo
intrigó aquel reflejo plateado que descubrió cuando volvió a tener ojos, por eso tomó
ese rumbo. Ande que ande, camine que camine y por fin llegó a un ranchito, donde salió a
recibirlo una ancianita tan arrugadita que no le cabía una arruga más en la cara.
-¿Para dónde vas, buen hijo?, le preguntó. -Abuelita, yo soy un caminante que anda
buscando lo que el destino y la vida me depare, respondió Juan Bueno. La anciana le dijo,
-Anda buen hijo, a ti la vida te tiene preparados grandes sufrimientos, pero al final
triunfarás si sigues siendo bueno y buscas con cuidado tu fortuna. -Pero abuelita,
¿cómo hago para buscar mi fortuna? -Mira hijo, ¿has visto un reflejo plateado? -Si
abuela, lo he visto y he venido guiándome por él. -Bueno hijo mío, ese reflejo sale de
esa bahía, algo como una botella muy pequeña, pero a medida que te vayas acercando, la
mirarás mejor y podrás darte cuenta que es un palacio. Ve en busca de ese palacio, pero
no llegues directamente a él, pide posada en una casa cercana y después preséntate en
busca de trabajo. Hay algo importante que debo decirte, buen hijo, apenas cojas camino, no
desvíes la vista de esa especie de botella que representa el palacio, porque si lo haces,
te ahogaras en las profundidades del mar. Juan Bueno agradeció a la
anciana sus informaciones y cuando ya iba andando,
levantó la mano para un último adiós, pero ni la anciana, ni el ranchito existían,
¿sería una alucinación?
-Sea lo
que sea, lo haré como ella me lo dijo, comentó el joven echando a andar con la mirada
puesta en aquella que parecía una botella en el centro de la bahía.
Caminó a toda prisa,
llevando a la espalda el costal lleno de hojas del árbol prodigioso. Lo dicho por la
anciana se fue haciendo realidad a medida que se aproximaba, la botella que viera como una
miniatura, ahora se mostraba grande y azul en el fondo profundo de la bahía. Sin apartar
la mirada, sin distraerse un segundo, sin temer al mar, comenzó a meterse y a meterse y
para su asombro no se mojaba, y todo a su alrededor era como un mundo creado dentro del
mar. Muy pronto entró a la ciudad por unos callejones empedrados, siempre con los ojos
puestos en lo que pareciera una botella, que ahora era un deslumbrante palacio. Lo
observó lleno de admiración, después buscó alojamiento en una casa sobria que estaba
cerca del palacio.
Juan Bueno que toca la
puerta de aquella casa y una mujer de mediana edad que le abre diciéndole, - Buen mozo,
¿qué vientos te traen por aquí? -Vengo en busca de trabajo, soy un aventurero que anda
rodando por el mundo y le ruego que me de hospedaje mientras me empleo en algo. - Con
mucho gusto, buen mozo, díjole la mujer; aquí puedes quedarte y yo sé lo que la vida y
el destino te tiene reservado. -Señora, ¿cómo puede
saber usted eso?, preguntó el joven sorprendido
ante lo dicho por aquella extraña. -Porque yo lo sé, afirmó la mujer. En cuanto al
trabajo que necesita, en el palacio del rey están buscando un muchacho, no se para qué
clase de trabajo, pero lo requieren con urgencia. Iré de inmediato, y agradezco su
información, apreciada señora. -¡Espera!, dijo la mujer, antes que veas al rey tienes
que hacer una obra de caridad. Hay, no muy lejos de aquí, una anciana ciega, yo se que
tienes el remedio para darle la luz nuevamente, anda y hazlo. -Con mucho gusto lo haré,
afirmó Juan Bueno.
El joven tomó una
puñada de las hojas milagrosas, averiguó por la señora ciega, alguien le dijo donde
vivía y se presentó ante la anciana invidente, Juan la llevo fuera de la ciudad, esperó
el amanecer, repitió el proceso con la hojas y se las aplicó. La anciana recupero la luz
de sus ojos y abrazaba al joven dando gracias a la providencia por habérselo enviado.
-Hijo querido, no tengo con que pagarte, si quieres te doy a mi nieta en pago. -No se
preocupe señora, nada me debe y no es que no me guste su nieta que es muy linda, es que
soy muy joven y aún no encuentro mi destino. -Pues el cielo ha de colmarte de
bendiciones, decíale la pobre mujer llorando de alegría.
Juan Bueno regresó a la
casa donde se hospedaba, le informó a la Señora que ya había curado a la ciega, ésta
le dijo que ya había cumplido con una misión, que lo estaba esperando, que ahora si
estaba listo para que se le presentara al rey, que en palacio le
esperaba una sorpresa. El joven de los ojos
grandes y verdes, cautivaba a las mujeres apenas le miraban los ojos. Fue así como al
llegar a palacio, las puertas se le abrieron, pues las sirvientas y nanas del palacio, lo
ayudaron para que el rey lo contratara colocándolo en el puesto vacante del cuidador de
las dos hijas del monarca.
Así que Juan Bueno quedó
contratado y maravillado de su oficio. Lleno de alegría le contó a la mujer donde se
hospedaba. Ella le dijo, -Buen joven, no esté tan contento, no crea que le va a ir tan
bien en ese palacio. Juan le rogó que le dijera, qué fracaso lo esperaba. Ella se negó
a decirle. -Bueno, dijo Juan, sea lo que sea me voy a trabajar con el rey.
Dos días después y
vistiendo lujoso atuendo, Juan Bueno comenzaba a desempeñar su trabajo al lado de las
princesas, ellas que también estaban encantadas de que aquel joven de ojos grandes y
verdes como la albahaca fuese su cuidador, no desperdiciaban la oportunidad de exhibirlo
por las calles de la ciudad en su carruaje. En una de estas salidas de palacio, tuvieron
que detener el coche para darle paso al cargador de agua del rey. Cuando nuestro buen
amigo fijo su atención en aquel hombre que iba doblado por el peso de dos cubos de agua,
gritó -¡Juan! El aludido que lo mira y voltea el rostro apresurando el paso. El coche
arrancó ante el chasquido del látigo del cochero afanando los caballos.
Juan Bueno sintió un
profundo pesar por el hermano. Era una verdadera sorpresa, debía ser la sorpresa de que
le hablara la mujer del hospedaje. Mientras que
el Bueno se apenaba de la suerte del Malo, éste
maldecía reventando de rabia, de envidia y se preguntaba, ¿cómo pudo este desgraciado
recuperar los ojos? ¿Y lo más increíble, era que ahora tenía unos ojos verdes muy
hermosos?
Juan Malo no podía concebir
que su hermano fuera el cuidador de las princesas, mientras él, era el aguador del reino.
-Esto no puede ser, repetía sin descanso, nada más me revienta verle los ojos tan
hermosos a ese desgraciado, sabiendo que lo dejé bajo un árbol con las cuencas vacías.
El coraje se le montó encima como un jinete invencible y en la oscuridad de su cuarto
aquella noche, maquinó lo suficiente como para hacer matar al hermano bueno. Apenas el
rey daba su paseo matutino por el jardín, el malvado cayó de rodillas ante el monarca
pidiéndole que lo dejara hablar, que tenía una noticia de mucho interés para él. Juan
Malo había escuchado la historia de un caballo irreemplazable que se le había perdido al
rey y lo tanto que el monarca apreciaba a este animal; sabía de cuantos hombres había
perdido por tratar de recuperarlo, porque ese caballo estaba en un lugar encantado que se
llamaba la montaña donde irás y no volverás.
- Su majestad, díjole
Juan Malo, ese joven que contrató para cuidar de las princesas, ha dicho que se atreve a
rescatarle el caballo crin de plata, casco de oro que se le perdió a su majestad y que se
encuentra en la montaña donde irás y no volverás. -¿Como?, dijo el rey. -Sí, su
majestad, eso anda pregonando el
muy
presumido. El rey salió corriendo a dar orden que le trajeren el joven cuidador de sus
hijas. Juan Bueno se presentó ente el monarca, ¡nocente de lo que ¡e esperaba. -Eres
tú, ¿quién ha dicho que puedes rescatar ml caballo más querido, que hace varios años
se me perdió? -No se de qué caballo me habla su majestad, yo no he dicho tal cosa,
respondió el joven aterrado ante tan malintencionada mentira, mentira que lo lanzaba a
una aventura donde lo más posible era que perdiera la vida. El rey ordenó furioso, -No
lo niegues y si no me traes mi caballo, ¡con la vida pagarás! Juan Bueno se retiró
pensando, que ni siquiera tenía la menor noción, en que lugar del mundo se encontraba
aquel caballo del rey.
Juan Bueno fue a contarle
sus penas a la mujer del hospedaje. -Ella al verlo llegar, le preguntó: -¿Que te pasa,
buen mozo? - Figúrese buena señora, que el rey me encomienda la misión de traerle un
caballo crin de plata, casco de oro que se le perdió hace años.
-No te dije que te esperaba una sorpresa en
palacio; díjole la señora. -Pues la sorpresa ya la tuve, porque encontré allá a mi
hermano de aguador -Precisamente, díjole, la mujer. Fue tu hermano quien le dijo esa
mentira al rey para que te mate si no le traes ese caballo. Ese hermano tuyo es
verdaderamente malo. El joven se resistió a creer. -A ¿Lo dudas?. ¿acaso no fue capaz
de sacarte lo. ojos y dejarte abandonado pera que murieras de hambre y sed? -.-Juan Bueno
retrocedió asombrado. -¿Cómo es que lo sabe? -Porque yo soy una de las brujas que
estuvo aquella noche
en la copa del
samán donde te encontrabas ciego esperando la muerte como único alivio para tu
infortunio. Pero no temas, yo se que triunfarás, voy a indicarte como debes empezar esta
aventura.
La bruja díjole que le
pidiera al rey un caballo veloz, una yegua y una soga, que cogiera el camino que iba por
el norte hasta encontrar una cruz de caminos, pero que no se desviara por ningún otro,
que siguiera ese mismo camino y que más adelante iba a encontrar ayuda. El joven exigió
al rey un caballo, la soga y una yegua, si deseaba recuperar su caballo crin de plata,
casco de oro. El monarca accedió y nuestro amigo emprendió el viaje hacia la montaña
donde «irás y no volverás». Después de andar leguas y más leguas, de gastar días y
más días, de pasar la cruz de caminos sin desviarse, se le interpuso en el camino, un
imponente león. Juan Bueno estuvo a punto de ser tirado por el caballo y pensó que allí
terminarían sus penas. Pero el león le habló: -No temas amigo mío. Juan quedó tan
sorprendido de que aquella fiera le hablara, que no pudo articular palabra. El león
continuo, -te acuerdas Juan Bueno- allá en tierras lejanas cuando te interpusiste entre
tu hermano y yo para que no me matara? -Si que me acuerdo, respondió el joven. -Bueno, yo
soy aquel esquelético animal que no podía ponerse en pie. Tu me diste tu comida y tu
agua, y gracias a tu bondad, estoy vivo. Te debo la vida, Juan Bueno, por eso vengo a
ayudarte ahora que te encuentras en peligro.
Después de un momento el
caballo y la yegua parecieron tranquilizarse ante la presencia del león. - Bueno
compañero, dijo éste, comencemos la marcha por que hay mucha tierra que andar. Y
caminaron 15 días apenas descansando ratos en ¡as noches. El león cazaba lo necesario
para satisfacer su apetito, Juan comía frutas silvestres y uno que otro pato salvaje que
podía atrapar en las noches, por el alimento del caballo y la yegua no tenía que
preocuparse porque iban trasegando puras praderas. Un día el león se detuvo frente a una
montaña que se mostraba en la lejanía. Se metió bajo la sombra de un gigantesco árbol
y díjole a Juan Bueno. -Has de saber que estamos en los dominios del caballo crin de
plata, casco de oro. Debes poner atención a lo que voy a decirte: - Estaré atento, amigo
león, respondió Juan. -Lo primero que tienes que hacer, es cavar dos fosas y no habiendo
herramienta, tendrás que hacerlas con ese puñal que llevas al cinto. Juan quiso saber
para qué eran las fosas. Son para enterrar la yegua y el caballo, solamente les vamos a
dejar por fuera las meras cabezas semicubiertas.
Juan comenzó la tarea, el
león le ayudó con sus garras hasta que no pudo más porque las fosas estaban profundas.
Toda aquella noche, Juan cavó y cavó hasta el amanecer cuando quedaron listas. El león
se levantó estirándose y alabando al sol naciente, examinó las fosas y le ordenó a
Juan. -Entierre los dos brutos cuidando le queden los hocicos por fuera. Juan los
enterró, luego le preguntó al león: -¿Y ahora qué?
-Aguántate, compañero, que
ya voy a darte las otras
instrucciones.
Toma la soga que trajiste, súbete al árbol y ponle una lazada corrediza, aseguras la
otra punta de la soga en una rama fuerte del árbol. Yo me encargo de hablarle al caballo
y a la yegua para que ellos peguen dos relinchos con la máxima potencia que lo hayan
hecho en su vida; esos relinchos los va a escuchar el caballo crin de plata, casco de oro
y de inmediato va a llegar aquí buscando a los intrusos para matarlos. Se detendrá bajo
este árbol mientras examina la pradera para ver dónde están los caballos que
relincharon. Entonces tu entrarás en acción amigo Juan, cázalo con la soga, ízalo
hacia arriba, no te vayas a dejar ganar, porque ese caballo es una fiera, tanto que ha
matado a todos los hombres que fueron enviados por el rey a buscarlo. Así que, ahórcalo
hasta que te pida clemencia, pues ese caballo habla aunque nadie lo sepa.
Nuestro amigo siguió paso a
paso las instrucciones del león. Aseguró la punta de la soga en una gruesa y fuerte rama
del árbol. Hizo él la lazada corrediza, se ocultó muy bien entre una horqueta de una
rama y estuvo listo para cuando su amigo el león hiciera relinchar las bestias
enterradas. Quién pudiera saber que le dijo el león al caballo y a la yegua para que
relincharán en aquella forma, pues la pradera se estremeció y al momento se escuchó el
galope y los relinchos del rey de aquellos lugares. ¡Ya viene!, alertó el león; yo
corro a esconderme lejos de aquí para que no me olfatee. El amigo león corrió
gritándole: -No olvides lo que te he dicho, porque si fallas, te mata ese caballo. La
pradera se estremecía bajo el galope de aquel animal, los pájaros alzaban vuelo
atolondrados por sus relinchos y por el tropel de tantas fieras a quienes el caballo
comandaba.
En cuanto el caballo llegó
a aquel sitio, no viendo a ninguno de su especie y al olfatear el olor a humano,
arremetió contra el tronco del árbol queriéndolo derribar. Fue allí cuando entró en
acción Juan Bueno, le tiró la chipa encima, lo enlazó por el pescuezo y sacando fuerzas
de donde no tenía, comenzó a izarlo y tiemple que tiemple la soga. El caballo era un
torbellino de furia y así luche que luche, el crin de plata, casco de oro, ya casi no
tocaba el suelo con sus cascos traseros, mientras sacaba la lengua asfixiado por el nudo
corredizo ante la presión de Juan halándolo sin aflojar un instante. -¡Basta Juan!,
gritó el caballo, me has dominado, ya no lucharé contra ti, suéltame que tienes mi
palabra, Juan lo aflojó, el caballo respiraba ahogándose, se quedo quieto, el muchacho
se bajó del árbol desconfiando que el caballo lo atacara, pero éste se mostró dócil,
se dejó poner la silla y relinchó para ordenarle a sus seguidores que se fueran. Juan
desenterró la yegua y el caballo, buscó con la mirada al amigo león, pero no lo vio por
ninguna parte.
Juan emprendió el regreso
en lomos del caballo crin de plata, casco de oro. Dejó en libertad a las dos bestias,
pues este caballo era muy veloz y aquellos no podían seguirle el paso. Cuando se
acercaban al palacio, el caballo relinchó otra vez con toda su potencia, el rey que
escucha el relincho y grita lleno de alegría, -¡Viene mi caballo!, hoy soy un hombre
feliz, ábranle calle de honor a él y al joven valiente que lo rescató. Y mi amiga
Paulina me cuenta que ese rey estaba tan contento, que formó un parrando la machera, para
celebrar el acontecimiento.
De todo esto el resultado
fue que Juan Malo se puso que reventaba de coraje, -¿cómo es posible, que este
desgraciado haya podido complacer al rey?, se decía pujando bajo el peso de los cubos de
agua que acarreaba para el palacio, y rezongaba entre pujido y pujido. -Ahora el rey no
sabe donde poner a ese maldito, pero yo tengo que hacerlo caer en desgracia. Desde aquel
momento Juan Malo se puso a ver que historia irrealizable podría inventarse de la cual su
hermano no saliera con vida y... ¡Eureka!, la fantástica mentira llegó a su maloso
cerebro. Nuevamente cayó de rodillas ante el rey, cuando éste se encontraba en la cuadra
acariciando a su amado caballo crin de plata, casco de oro. -Su majestad, dijo Juan Malo,
ese muchacho que le trajo al caballo, ahora que su real majestad le otorga sus favores, se
ha vuelto prepotente y atrevido. Ha dicho que es capaz de acostarse con su hija menor, de
embarazarla en la misma noche y que antes del amanecer ella tendrá un hijo y quedará
virgen. -¡Eso no se lo perdono!, gritó el rey enfurecido y para castigar su osadía, va
a tener que probarlo públicamente, de lo contrario, mañana mismo con la vida pagará su
atrevimiento.
El rey ordenó que
encerraran a su hija menor en una pieza, en compañía con el joven Juan Bueno, que
custodiaran la puerta un par de guardias armados para que nadie entrara ni saliera. Cuando
el rey los dejó allí y le dijo a Juan Bueno lo que suponía que había dicho; el
muchacho supo que estaba perdido y que aquello era obra de su hermano. Se acurrucó en un
rincón a llorar su desgracia y a ocultar la cara entre las manos, lleno de vergüenza con
la princesa, que seguramente lo estaría odiando, creyéndolo un repugnante charlatán.
Pero no era así, ella se compadeció, se sentó junto a él dejando escapar un profundo
suspiro. -Juan, si en mis manos estuviera tu salvación, te salvaría mil veces, pero
quien inventó esa mentira, lo hizo para eliminarte. -Lo se bella princesa y se que quien
fue, es mi propio hermano. -Que malo es tu hermano, Juan. -Así se llama, bella princesa,
Juan Malo.
La noche avanzaba, el joven
sentía que la vida se le acortaba. La princesa se paseaba apesadumbrada por la suerte de
aquel joven de ojos grandes y verdes, como nunca había visto otros iguales. ¿Pero qué
podía hacer?, aquello de embarazarse, tener un hijo en una misma noche y quedar virgen,
era el imposible más grande que la mente de un mortal hubiera creado. Estando Juan Bueno
y la princesa sumidos en sus profundos pensamientos, cuando oyeron que algo arañaba una
de las paredes de la pieza donde se encontraban encerrados. Pusieron atención y vieron
que un zorrochucho se metía por el hueco a ras del suelo.
La princesa se llevó las
manos a la boca para gritar, Juan le indicó que hiciera silencio. El zorrochucho se
sacudió la tierra que tenía en el cuerpo, luego saludo a Juan, éste que ya no se
extrañaba ante aquellos fenómenos, respondió al saludo. -Juan, ¿me recuerdas? -Yo soy
aquel zorrochucho que estaba mal herido muriendo en un camino, que tu hermano quería
partirlo de un solo tajo con su machete y tu me defendiste, me curaste, me llevaste
contigo y cuando mejoré me dejaste agua y comida. Gracias a tu buen corazón, estoy vivo.
Y como sé en el aprieto que te encuentras, vengo a salvarte de morir en pocas horas.
-¡Dios te oiga, amiguito!, agradeció Juan, ¿pero acaso no sabes por qué me condenan?
-Lo se Juan, por el momento agrándame un poco más el hueco por donde acabo de entrar,
voy a salir de nuevo y estén atentos para cuando regrese. Estas palabras las dijo viendo
a la princesa. -Yo se donde está dando a luz una mujer que quiere matar a su hijo, porque
pretende continuar aparentando ser señorita.
El zorrochucho salió
corriendo, Juan y la princesa se miraron sin saber que decir, hasta que el muchacho se
echó a reír, -Menuda sorpresa se llevaría el rey, si lo que nos promete el amigo
zorrochucho se hace realidad. La princesa también rió divertida, pero su risa se cortó.
-Juan, has pensado que si el animalito ese trae al niño recién nacido y nos lo entrega y
si le aseguramos a mi padre que es hijo nuestro, ¿has pensado Juan, que tengo que
convertirme en madre sin haberlo sido de verdad? -Es verdad, asintió el joven,
compadeciendo a la princesa. -Ella le dijo con los ojos iluminados, - Juan, a mi me
gustaría casarme contigo. -¡Oh...!, bella princesa, nunca me he atrevido a pensar que un
joven tan humilde como yo, pueda soñar con agarrar una estrella del cielo. -No seas tonto
Juan, cualquier reina dejaría su trono por estar en tus brazos contemplando esos ojos
tuyos grandes y verdes. Casi habíanse olvidado del conflicto que estaban viviendo, cuando
recordaron que el zorrochucho les había dicho que agrandaran más el hueco en la pared.
Con las uñas, con los
dedos, cavaron la tierra haciendo un pequeño túnel en la base de la pared en el suelo,
justo cuando el zorrochucho entró con el niño recién nacido, desnudito, sin que lo
hubieran bañado ni le hubieran curado el ombligo. -Juan y la princesa no cabían de tanta
alegría, viendo a la criatura que el zorrochucho depositaba en sus manos. -Juan, dijo el
animal, estamos a mano, tu me salvaste, ahora yo te salvo, no olvides de tapar muy bien
ese hueco para que no sospechen. Adiós buen amigo. Como si la criatura estuviera
esperando la partida del zorrochucho, comenzó a ejercitar sus pulmones en la vida. De
inmediato los guardias dieron aviso al rey, éste casi le da un ataque, corrió en camisa
de dormir, seguido de sus súbditos y nanas. Interrogaron a los guardias, sobre qué cosas
extrañas habían oído. Ellos dijeron que únicamente habían escuchado a los dos
jóvenes riendo y conversando cosas amorosas, después que parecían ocupados en algo y
más luego escucharon el llanto del recién nacido. -No puede ser, no puede ser decía el
rey y estuvo a punto de desmayarse cuando abrieron la puerta y miró a aquel inocente
niño en los brazos de su hija menor y ella pidiendo que por amor a Dios, una nana tomara
a su hijo, lo vistiera, le curara el ombliguito y lo amamantara.
Aquel acontecimiento fue tan
comentado, que el rey le ordenó a Juan que se casara con su hija menor y fue tanto el
ajetreo de aquellos días, que Juan Malo no pudo acercarse al monarca para decirle otra
mentira que pusiera a su hermano al pie de la horca. En cambio Juan Bueno, se la pasaba
junto al rey, quien estaba feliz con su primer nieto y fue la princesa, la esposa de Juan,
la que pidió el destierro de Juan Malo, para que nunca más le hiciera daño a su amado.
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