|
CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
©
Derechos Reservados de Autor
EL CARRO FANTASMA
Encontrábase
una señora agonizando en la ciudad de San Martín, departamento del Meta, mientras su
marido hallábase trabajando en un lugar muy apartado de allí, llamado Matupa. Sucedió
que a eso de las once de la noche, paso por Matupa un viajero que iba rumbo a
Villavicencio y le dio la mala noticia al trabajador, que si deseaba ver a su esposa con
vida, tendría que llegar antes del amanecer, pues según el diagnóstico del médico,
ella no miraría la luz del próximo día.
El pobre hombre no sabía
qué hacer, ya que el transporte en ese lugar es muy escaso y solamente carreteable. El
buen hombre salió a la carretera y le pidió a Dios, que pasara por allí un carro que lo
transportara hasta su hogar para besar a su esposa antes que se cerraran sus ojos para
siempre.
De pronto allá en la
distancia, en el cuerpo largo de la carretera, se proyectaron los faroles de un vehículo
viniendo hacia él y en menos de lo que calculó estuvo llegando, el automotor frenó
deteniéndose a la señal que le hizo. El afligido esposo cayó de rodillas suplicándole
al conductor que lo llevase a San Martín, que su esposa estaba muriendo, -¡Súbase!,
dijo secamente el conductor, quien vestía rigurosamente de negro y el carro era de color
negro metálico.
Pero esto no impresionó al
desesperado esposo, más si quedó pasmado, que con todo el deseo que tenía de llegar a
la ciudad volando, en un abrir y cerrar de ojos estuvo viendo las primeras luces de San
Martín, el carro había roto la barrera de la luz, no era posible,
¿Como llegó en un segundo?, -¿Como sobrepasó
el vértigo de las distancias? Más no tuvo tiempo de hacerse una tercera pregunta, porque
el conductor ordenó terminante. -¡Bájese! Y no pregunte nada, corra lo más veloz que
pueda antes de que el carro estalle en mil pedazos y agradezca que no me lo llevé, porque
su amor es capaz de vencer la muerte y cuando dijo esto, el aterrado pasajero, vio con
espanto que el chofer era un esqueleto forrado en ropas negras de satín. El hombre salió
disparado del vehículo negro metálico y corrió cuanto se lo permitieron sus piernas,
entonces escuchó un estallido tan fuerte que sacudió la pampa y todos sus habitantes
sabaneros, cantaron los gallos, aullaron los perros, rebuznaron los burros y relincharon
los caballos. Aquel hombre no paró en su veloz carrera hasta llegar a su casa, donde
cayó desmayado tanto por el susto como por el agotamiento de la carrera desde la entrada
de la ciudad hasta el barrio donde tenía su residencia.
Cuando recuperó el
conocimiento, lo primero que vio, fue a su mujer atendiéndolo. Fue un milagro increíble,
tan pronto el cayó desmayado, en la entrada de su casa, ella se levantó del lecho de
muerte como si no hubiese estado agonizando y vea querida amiga, como saber que me llamó
Reinaldo Fierro, esto me lo relató la misma persona que protagonizó esta historia.
Jamás pudieron explicarse
los esposos aquel misterio, que la arrancó a ella de los brazos de la muerte y a él lo
trajo un carro más veloz que la luz y el sonido, conducido por un esqueleto.
Reinaldo Fierro Camacho
CONTINUAR
REGRESAR AL
INDICE
|