CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
İ Derechos Reservados de Autor

EL BOMBERO

En límites del Vichada y el Meta, cerca de las regiones del Saire, existe un punto geográfico llamado El Indio, algunos lugareños de por allí, cuentan que en las noches, en lo más profundo de esas selvas, han escuchado un sonido bronco y acompasado, es como si lo produjera un hombre descomunal de la prehistoria con un gigantesco garrote contra el más simétrico y cilíndrico árbol que existía en las profundidades de ese mundo húmedo y verde.

-ĦEs el bombero...!, exclama el aterrorizado montero, al oír aquel sonido en su campamento mal improvisado, donde la noche lo ha obligado a refugiarse.

Cierta vez en los tiempos de la Coca dos Raspachines, como les dicen a los recolectores de hoja de coca, descansaban en su rancho sembrado en lo más oculto de esas regiones selváticas, cuando oyeron el ĦBum, buuummm! que se fue engrandeciendo cada vez más dentro de esa acústica fantástica. ĦEs el bombero!, ĦAve María Purísima!, ĦQue Dios nos guarde!, dijo uno de los dos mientras se hacía un nudo dentro del chinchorro, forrándose con la mugrienta cobija. El otro que era citadino de alma y corazón de piedra conforme lo exigía su profesión, se puso en pie con el arma, fiel compañera con la cual dormía abrazado y confiado de que era su seguro de vida. -ĦA mi no me asusta ninguna carajada, lo que se aparezca lo vuelvo coladera!, exclamó riendo. -ĦCállate!, gimió el otro. Si nos descubre la vamos a pasar muy mal. -ĦQué cuentos, ni que carajo! Con una tartamuda en la mano no le tengo miedo ni al mismo diablo!, rezongo el citadino.

Luego de un momento y de continuar oyendo el buuummm, buuummm, el guapetón tomó un trozo de palo y comenzó a azotarlo contra una palmera hueca, remedando en esta forma el sonido que venía lejano pero continuo. -El raspachín criollo, volvió a gemir, ĦAmpáranos señor!. Días después, el raspachín, contó que de su amigo citadino no quedó sino la tartamuda, él no supo cómo se dieron las cosas, solamente escuchó un gran estruendo, algo así, como si hubiese llegado un enorme gigante con unas botas de caucho y se llevó a su compañero a patadas selva adentro, los gritos de éste pidiendo socorro se quedaron enredados en los entretejidos bejuqueros de la manigua. Dicen que no hay cosa que enfurezca más al Bombero, que alguien lo remede. Y termina mi narrador, diciendo: -Yo lo vi y escuché el sonido de su tambor como un manguaré y se lo aseguro como saber que me llamo Lindor Lerxcer Lesmes.

CONTINUAR

REGRESAR AL

INDICE