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CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
©
Derechos Reservados de Autor
LA BIZARRIA DEL
MUNDO
Había una mujer, que le
tenía mucho miedo a la muerte, que no quería ni siquiera escuchar aquella palabra. Esta
mujer decidió vender todos sus bienes para irse a vivir en lo más intrincado de una
montaña, donde la muerte no pudiera subir a buscarla, ni nadie le hablara de ella. Así
que le ordenó a su única hija que empacará sus cosas porque viajarían a lo más alto
de la montaña y que comprarían toda clase de animales y semillas para llevar, porque
allí harían un mundo nuevo donde la muerte nada tendría que hacer. Una vez con todo
listo para partir, la muchacha díjole a la madre: -Mamá, ¿vas a dejar el pilón y la
piedra de moler? La madre respondió: -Si hija, el pilón pesa mucho, en cuanto a la
piedra, para dónde vamos hay de sobra. Muchas penalidades tuvieron que pasar las dos
mujeres, trepe y trepe montaña, con la caravana de animales y los cargamentos de
semillas, hasta que al fin la madre eligió un lugar.
Los años pasaron rodando
montaña abajo, las cosas parecían salir de maravilla, las dos mujeres se encontraban
felices rodeadas de animales y frondosas plantas, cuando cierta noche tocaron a la puerta,
la mujer preguntó: -¿Quién es? Alguien contestó con voz cavernosa, -Yo, que vine a
traerle el pilón y la piedra de moler. La mujer volvió a preguntar: ¿Quien es yo? La
cavernosa voz respondió, -Yo soy la muerte que viene a buscarla, porque no hay rincón en
el mundo donde un mortal pueda escondérseme. . ! Y la mujer cayó muerta al lanzar un
grito de espanto.
La joven lloró a su madre,
quedó solitaria de toda compañía humana, pasó un tiempo, otro y otro más,
así, hasta que un día se presentó un
cazador. El hombre era joven y le pidió albergue a la muchacha ella
con mucho gusto le ofreció techo y comida.
Días después el cazador y la solitaria muchacha se enamoraron. Todo parecía
marchar bien, pero un día el cazador le dijo que tenía que marcharse, que asuntos
muy importantes requerían su presencia en una ciudad lejana. Ella le dijo que estaba
esperando un hijo suyo. El cazador escribió una carta y se la entrego sellada.
-Guárdala, le dijo, cuando mi hijo sea grande, entrégasela para que sepa quien es su
padre. El hombre le dio un beso de despedida y se marchó.
La pobre muchacha quedó más triste que cuando
murió su madre, pues ahora debía tener un hijo en medio de esas soledades. Más no
podía darse el lujo
de entregarse a
llorar sus tristezas, había que trabajar para preservar aquel mundo nuevo que su madre
empezara a construir en lo más alto de la montaña.
Pasaron los meses
inflándosele el estómago y por fin una noche de tormenta, el que debía venir anunció
su llegada. La pobre joven no sabía que hacer lloraba llena de susto y de dolor. En esto
alguien tocó a la puerta, la joven creyó que la muerte venía por ella y aterrorizada
preguntó: -¿Quién toca la puerta? Una voz varonil le respondió:-Un cazador extraviado
en esta noche de tormenta. La muchacha le franqueo la puerta diciéndole: -Debe ser usted
un enviado del cielo,
porque estoy
sola y a punto de dar a luz. El extraño la sostuvo en sus brazos, la asistió en aquel
momento y le prometió acompañarla un tiempo. La criatura era un hermoso varoncito a
quien le pusieron por nombre Federico. La esperanza de un nuevo compañero volvió a
revivir en ella, con aquel cazador aparecido la noche de tormenta en que creía morir
solitaria con su hijo en el vientre, pero igual que el cazador anterior, le anuncié su
partida. Ella le habló de aquella carta que le dejara el padre del niño. El cazador le
dijo que aquel hombre había muerto devorado por las fieras del bosque y como el niño no
tenía padre ya, él haría las veces de padre, que le dejaría una carta sellada para
cuando fuera grande la leyera y supiera donde encontrarlo. -Además, le dijo: -Quiero que
le digas el día que decida lanzarse al mundo, que si encuentra en su camino a un ciego,
no lo admita, a un tuerto tampoco y si un cojo le pide albergue, no se lo dé. Dile que no
olvide este consejo. Que mejor cuando ande solo, que no forme mancuerna con nadie y vera
que le va bien en la vida.
Los años se metieron entre
la espuma de la leche de la vaca que la madre de Federico ordeñaba cada mañana para
alimentarlo y como la espuma, creció Federico encumbrado y fuerte como un roble. El
muchacho ayudaba a la madre en las labores diarias y ella no cabía de felicidad y orgullo
por aquel mozalbete, tan apuesto como el primer cazador que había sido devorado por las
fieras en la montaña. Una vez cuando arreglaba las cosas viejas en el baúl, encontró la
carta que le dejara el cazador. Entonces le
contó la historia y le leyó la carta, en la que le daba indicaciones para que lo buscara
y le decía que era su padrino.
También la madre ¡e
transmitió su consejo de no acercarse a ningún ciego, cojo, tuerto o cualquier persona
impedida. El muchacho manifestó el deseo de marcharse en busca del padrino, le prometió
que seguiría los consejos e indicaciones de aquella carta.
Ella, su pobre y solitaria
madre, le arregló la maleta, le preparó un rico fiambre y con lágrimas en los ojos, lo
despidió.
Llevaba Federico tres días
de camino orientándose por el sol para llegar a aquella lejana ciudad, donde decía la
carta que se encontraba su padrino, cuando se topó con un ciego. El mendigo lo llamó por
su nombre suplicándole caridad y que lo llevara con él. Federico ya iba a decirle que
si, pero se acordó del consejo de su padrino y puso oídos sordos a los ruegos del ciego.
El muchacho continúo caminando y tres días después, le salió un manco gritándole:
-¡Espéreme Federico! Espéreme y nos vamos juntos para acompañarnos en estos solitarios
caminos, pero Federico echó a correr, seguido por el manco que también corría como loco
para alcanzarlo. Al fin lo perdió y el muchacho se preguntaba: -¿Cómo era que su
padrino sabía desde tantos años atrás que se iba a encontrar con aquellos personajes?
Así que continuo caminando y volvió a salirle otro personaje al paso, esta vez era un
tuerto. -Federico quiero acompañarte, le gritaba el tuerto. El muchacho echó a correr y
el tuerto atrás, corra que corra y esta vez
el tuerto lo alcanzó. -No quiero compañías de nadie, le decía Federico, pero el tuerto
no atendía a sus negativas y en contra de su voluntad, tuvo que caminar a la par de aquel
hombre. Federico pensaba en silencio en la advertencia de su padrino, y se preguntaba.
-¿Será que este tuerto me perderá?, ¿pero qué hago, si no me deja?.
Federico tuvo que resignarse
a la compañía del tuerto. Cierto día que enfilaban un camino cercano al monte, se
encontraron con una reunión de animales carniceros, todos rodeaban una vaca muerta,
mientras el rey zamuro se mantenía con las alas abiertas parado sobre la panza de la
vaca, como si estuviera pidiendo un alto a todos antes de comenzar la comilona. Apenas los
animales miraron a Federico, lo llamaron. -Ven, buen hombre, te pedimos el favor de
que nos repartas esta vaca y que todos quedemos satisfechos. Federico se negó y el tuerto
se ofreció. Una vez que el hombre hubo repartido las presas, emprendieron nuevamente el
camino. No iban muy lejos cuando escucharon la disputa entre los animales. Ese hombre me
dio menos a mi, decía el tigre. A ti no, alegaba el león, fue a mi al que menos me dio.
Pues completemos nuestro almuerzo con ellos, dijeron lanzándose a perseguirlos. -Se fija,
le gritó Federico a su compañero; por eso no quería que usted viniera conmigo, porque
ya sabía que me iba a causar problemas. Al sentir que las fieras venían pisándoles los
talones, tuvieron que ponerle velocidad a los pies, pasar ríos y caños hasta escapar del
tigre, del león, del perro de monte, de la onza y de todos los carniceros que quedaron
con hambre.
Mucho tuvieron que correr.
Ya se creían a salvo cuando la escena se repitió ante sus ojos. -¡Oh no!, dijo Federico
al ver como el rey zamuro los llamaba.
-Queremos que nos reparta este toro, porque ahora era un toro negro en el cual el
rey zamuro estaba parado en su panza con las alas abiertas. -Tendrán que saber repartir
muy bien para que nadie quede inconforme, porque si no ustedes completaran el banquete. El
tuerto se negó y empujó a Federico, -Esta vez te toca a ti. El muchacho se encomendó a
Dios y a su padrino; mentalmente pidió que lo perdonara por no cumplir las reglas
estipuladas por él, prometiendo hacer las cosas lo mejor que pudiera. Así que se puso a
repartir las presas de acuerdo con el tamaño de cada animal, hasta que todos parecieron
satisfechos, pero le faltaban las hormigas. Federico les preguntó: -¿Será que ustedes
quedarán conformes con la cabeza del toro? -Como no, respondió el presidente de las
hormigas, hasta para casa puede servirnos, después del banquete. ¡Qué bueno dijo
Federico!, pero aun estaba temeroso y le dijo al tuerto, -¡Corramos!, no sea que alguno
tenga un vacío en el estómago y quiera llenarlo con nosotros, más ningún animal los
persiguió.
Después de tantos días de
viaje, a Federico se le terminaron las provisiones y fue aquí cuando el tuerto comenzó a
mostrar su mal corazón, pues en los días pasados había estado comiendo del fiambre del
jovencito y guardando el suyo. Cuando el muchacho iba hambriento y sediento, el tuerto
comía y bebía a escondidas. Federico se quejó, de que si no encontraba un arroyo donde
calmar su sed, no podría continuar caminando. El tuerto le dijo que sabía donde había
un arroyo por allí. - Pues dime donde está ese arroyo, porque me estoy muriendo de sed
le suplicó Federico. El tuerto lo condujo al bordo de un precipicio y le mostró. - Mira,
allá abajo está el agua. -¿Pero cómo podré bajar hasta allá?. El malvado ofreció
ayudarlo a bajar con una cuerda hecha con bejucos empatados. Apenas la cuerda estuvo
lista, el tuerto dijo que primero bajaría él, que apenas aplacara su sed, le movía el
bejuco para que lo subiera.
Así se hizo. El tuerto
bebió cuanta agua pudo, se bañó y le dio el aviso a Federico para que lo subiera.
-Bueno, baja y toma cuanta agua quieras, le
dijo y lo ayudó a bajar. El muchacho sació su sed, se metió entre aquella frescura y
gozo el momento, pero cuando le anuncié al tuerto que estaba listo para que lo ayudara a
subir, éste no lo hizo. -¿Qué pasa compañero?, gritó Federico. El tuerto le
respondió riendo, -No te sacaré de ahí, si no me entregas la carta que llevas de tu
padrino. Federico se resistía a entregar aquella carta, pues era su propia
identificación ante el padrino. -O me entregas la carta, o te quedas ahí bebiendo agua
hasta morirte, le gritaba el malvado. Federico no tuvo otra opción que aceptar. -Está
bien, ayúdame a subir y te la entrego. El tuerto lo ayudo y antes que pudiera ponerse en
pie, le exigió: -La carta o te empujo al precipicio. El muchacho se la entrego.
-Bueno, díjole el hombre, desde este momento yo
seré Federico, y tu le llamarás Antonio, ese es mi nombre y todo se hará como yo diga.
-Está bien, respondió el jovencito viéndose perdido.
Desde aquel momento el
tuerto Federico dirigió el rumbo y ordenaba cuanto se le antojaba, alimentaba al muchacho
con sus sobras y lo hacía trabajar para él.
En las ciudades por donde pasaban pedía cuanto quería y gozaba de las mejores
comodidades, amparado en la carta que era como una chequera abierta, ya que quien la
firmaba era un rey muy poderoso. Mientras tanto Antonio -como tenía que llamarse desde
que su verdadero nombre le fuera suplantado- sufría acongojado por la pena, sin saber
como librarse de aquel mal hombre.
Por fin un buen día
llegaron al lugar donde el jovencito debería encontrarse con su padrino, quien nada más
y nada menos era el monarca más famoso de aquella comarca. Este rey tenía tres hijas,
quienes poseían conocimientos extraordinarios. Una de ellas hacía siete años que se
había volado del reino para comandar siete columnas guerrilleras, haciéndose llamar la
Bizarría del Mundo. Cuando al rey le fue anunciada la visita de su ahijado, del que ya
había estado esperando y había dado a conocer su nombre, mandó hacer una gran fiesta
para recibirlo. A esta fiesta asistieron los monarcas vecinos y lo más granado de la
corte. Fue así como el tuerto le entregó la carta al rey presentándose como Federico,
su ahijado. El rey le preguntó porque era tuerto, el malvado le dijo que como había
tenido que trabajar tanto ayudándole a su madre, un día una espina le dañó el ojo. El
rey tuvo por buena razón la explicación de su defecto físico, pero no dejó de
preguntarle por el joven que lo acompañaba. Es mi sirviente, díjole el tuerto. Mas todo
no salió como lo planeaba el malvado, pues las dos hijas del rey, que eran adivinas,
inmediatamente supieron que el tuerto era un impostor.
Las jovencitas se dieron sus
mañas para hablar a solas con el muchacho. -¿Qué pasó Federico?, le dijeron, -¿Cómo
es que ese tuerto se identificó ante mi padre con la carta? Federico les relató su
aventura con aquel hombre. -Bueno, por el momento no podemos hacer nada, pues mi padre no
va a creer esta historia, ya que ese mal hombre ha sido quien le entregó la carta, y es a
él a quien considera su ahijado, tendremos que desenmascararlo de otra manera.
Los días fueron
sucediéndose unos adelante de otros, el pobre joven continuó siendo el sirviente del
tuerto, tenía que comer en la cocina y a las hijas del rey les provocaba sacarle el otro
ojo al tuerto, quien se paseaba por el palacio pavoneándose como todo un caballero. No
soportando más el descaro de éste,
ellas
le dijeron al padre, que ese tuerto no era su ahijado, que su verdadero ahijado era el
jovencito que tenía el presumido tuerto de sirviente. El rey no quiso escucharlas, pues
solo tenía como verdadera la prueba de la carta. Las princesas además de detestar a
aquel impostor, renunciaron a comer en compañía de él, preferían comer en la cocina
con el verdadero Federico. Pero lo peor fue que el pretencioso tuerto se le dio por
cortejar a la menor de las princesas; esta fue la gota que lleno el vaso. Las chicas se
propusieron hacerlo caer en desgracia. Por su parte el tuerto también preparaba un plan
para quitar de en medio al muchacho que se había ganado el cariño de las princesas. Así
que le dijo al rey que Antonio, había dicho que él era capaz de traer a la Bizarría del
mundo, sin temor a fallar. El rey escucha esto y de una vez lo mando a llamar pues todas
las comisiones que había enviado a buscar a la hija, habían fracasado, nadie había
regresado con vida. El jovencito se presentó sin saber lo que le esperaba. El rey le
dijo: -Antonio, he sabido que has dicho, que eres capaz de ir a buscar a mi hija mayor, La
Bizarría del Mundo, la cual se encuentra en las montañas de El Humeo, comandando siete
frentes guerrilleros. Al muchacho le temblaron las piernas y respondió con la voz
entrecortada. -No, su majestad, yo no he dicho eso. Ni lo he pensado. El rey dijo
terminante -Si niegas haberlo dicho y haberlo pensado, con la vida pagarás. El malvado
impostor sonreía sin disimularlo. El rey le ordenó: -Espero que partas inmediatamente
con lo que necesites para esta aventura. Federico regresó a la cocina
bañado en llanto. Las princesas acudieron a
consolarlo. La menor quien se llamaba Flor del Cielo, le besó en la frente para calmarlo
y Mar de Perla, que así se llamaba la otra, acarició sus cabellos y le dijo: -No te
aflijas Federico, tendrás que armarte de mucho valor. Anda dile a mi padre, que iras a
traerle la Bizarría del Mundo, pero para emprender esta aventura, necesitas cuatro
barcos, uno cargado con huevos, el otro con harina de trigo, el tercero con granos y el
último con 120 tripulantes incluyendo sus dos hijas que deberán acompañarte. Federico
movía la cabeza incrédulo de que el rey accediera a aquella petición. -No temas buen
amigo, díjole Flor del Cielo. Mi padre no se negará, es tanta la obsesión que lo
embarga por encontrar a mi hermana, que te dará eso y mucho más si le aseguras
traérsela.
Federico tuvo un momento de
flaqueza cuando le pidió al rey todo cuanto las princesas le habían dicho, porque al
escuchar el monarca, que debería incluir también a sus dos hijas, exclamó: ¡Cómo se
te ocurre!, a mis hijas no; ya perdí al primera, no quiero perder a las otras dos.
Federico pareció escuchar una voz interna que le animaba: ¡Valor Federico!, valor, no
eche pie atrás. Entonces dijo con voz fuerte, -No hay trato su majestad, prefiero
que me mande a matar inmediatamente, así no correré esta gran aventura y su majestad se
quedará sin recuperar a su hija mayor. Después de que el rey se paseó indeciso un
buen rato, dijo: -Ordenaré que te den cuanto pides y que mis hijas te acompañen, pero si
fracasas con la vida pagarás.
Palabra
de rey. -Palabra de rey, respondió Federico echando a correr para contarle a las
princesas las noticias. Ellas lo recibieron jubilosas y prepararon las cosas para el
viaje. Cuando todo estuvo listo, se hicieron a la mar una espléndida madrugada, en la
cual el tuerto se tiraba de los cabellos lleno de furia. El plan le había salido mal, si
Federico triunfaba, sería su perdición, más sin embargo se consolaba pensando. No tengo
porque preocuparme, ese tonto morirá y seré yo el heredero de la corona, ya que las
princesas también morirán en la aventura.
Los barcos se adentraron en
el mar, parecían paquidermos extraviados de sus rebaños. Las princesas quienes eran
adivinas, sabían de los peligros que tenían que enfrentar. Por eso cada tarde cuando el
sol se escondía en la lejanía metiéndose en las aguas del mar, ellas conversaban con
Federico, le indicaban los rumbos para esquivar a los barcos piratas, a los dragones de
las islas perdidas, a los moros asesinos. Pero había veces que no era posible esquivarlos
y Federico tenía que enfrentarlos.
Muchas penalidades pasó el
jovencito, pero las princesas siempre lo animaban, lo ayudaban a salir de las penurias de
la travesía, travesías tan largas como si el mar no tuviera otra orilla. Un día Flor
del Cielo y Mar de Perla, le dijeron: -Federico, hace casi tres meses que vivimos sobre la
corpulencia del mar, hemos vencido toda clase de peligros y nos faltan los peores que
están por llegar. Desde hoy tenemos que
contar tres meses más, mes por cada ciudad que vamos a encontrar apenas
divisemos tierra firme. La primera a la que arribaremos, será a la ciudad de los
Caripiares, luego encontraremos la ciudad de las Hormigas y más allá nos toparemos con
la ciudad de las Ratas. Los barcos enrumbaron en la dirección que las princesas
indicaron. A eso del segundo día divisaron tierra. Flor del Cielo díjole a Federico:
-Bueno, amigo mío estamos llegando a la ciudad de los Caripiares. Las princesas ordenaron
anclar los barcos a una buena distancia del puerto. Mar de Perla le indicó: Federico,
aborda un bote y grita con toda tu fuerza, sin llegar a la orilla, llama al jefe de los
caripiares, dile que traes un barco lleno de huevos de gallina, que es una ofrenda que
tienes para su pueblo. En cuanto el jefe se haga presente, dile que traiga todos sus
servidores para que se lleven lo ofrecido y no pongas a nuestros marineros a ayudarles,
ellos tendrán que cargar con su regalo. Si el jefe de los caripiares te ofrece alguna
recompensa, recházala. Dile que es un regalo, pues si recibimos algo de parte de ellos
estaremos perdidos.
Tal y conforme le indicó la
princesa, Federico lo hizo. El jefe de los caripiares se mostró muy contento, puso a sus
servidores a descargar el barco, que por cierto la tarea duró hasta el anochecer. Al
terminar, el jefe de los caripiares le preguntó: ¿Cuánto le debo Federico? -No me debe
nada. El jefe insistió. -¿Cómo que no le debo nada? -No, esto es un regalo de mi parte.
-Caramba, díjole el jefe, sabré
agradecerle toda mi
vida, mi pueblo
estaba hambreado. Cuando necesite un favor, llámeme, diga ¡el jefe de los caripiares
aquí! Y allí estaré para ayudarlo.
Una vez los barcos
enrumbaron, Federico estaba intrigado por todas las prevenciones de las princesas, ¿Qué
temor les infundía aquellos lagartos? ¿Porqué hicieron anclar los barcos tan distantes
de la orilla? Las princesas que leían el pensamiento le dijeron. -Federico, los
caripiares son enemigos de la Bizarría del Mundo, ellos eran personas como nosotros, mi
hermana los hechizó, porque ella además de guerrera, es hechicera y todo aquel que
arribe a ese puerto, se convierte en Caripiare. Federico comentó: -Entonces su hermana es
terrible. -Lo es Federico, no te la imaginas querido amigo por eso todos los que han
venido a buscarla han fracasado.
Al segundo mes, se presentó
ante sus ojos, la segunda ciudad: - ¡Hemos llegado a la ciudad de las Hormigas!,
anunciaron las princesas. -Ordena que anclen los barcos, aborda un bote y ve un poco más
allá sin acercarte tanto a la orilla. Llama al jefe de las hormigas y cuanto te responda,
dile que le traes de obsequio un barco cargado de harina, que traiga sus botes y sus
ejércitos de hormigas para que descarguen el barco. No te olvides que nada debes recibir
de ellos.
Igual que el barco anterior,
fue descargado, esta vez por millares de hormigas y hasta por la pura tarde terminaron.
-¿Cuánto le debo Federico?, díjole el jefe de las hormigas. -Nada me debe jefe, este es
un regalo mío. -Pues he de quedar muy agradecido por este regalo tan oportuno ya que mi
pueblo se estaba muriendo de hambre; cuando se encuentre en algún aprieto, llámeme,
¡aquí el jefe de las hormigas! Y allí estaré con todos mis ejércitos para ayudarte.
-Así lo haré, dijo Federico.
Los días se estiraban como
si fueran de gelatina, las noches pesaban como rocas sobre ellos, como si quisieran hundir
los barcos, pero el lucero del oriente los arrastraba con fuerza por la ruta de la gran
aventura. Un mes más y los barcos como gigantes agotados navegaban hacia una ciudad
portuaria muy semejante a las dos anteriores. Las princesas anunciaron, -¡Hemos llegado a
la ciudad de las Ratas! Federico, ya tu sabes que tienes que hacer, ofrécele la carga de
granos al jefe de las ratas, que todo suceda igual, porque de lo contrario estaremos
perdidos.
Todo fue exactamente igual,
el jefe de las ratas le ofreció su ayuda, Los barcos esponjaron sus velas dándole
abrazos al viento, implorando al cielo para que no fueran destrozados, porque estaban a
punto de llegar al lugar donde la Bizarría del Mundo tenía el fuerte de sus siete
columnas guerrilleras. Aquella tarde contemplaron sobre las aguas del mar la despedida del
sol que era como si el fuego de los cañones guerrilleros de la Bizarría del Mundo se
derritieran pacíficos y provocativos como una mermelada en las aguas azules. Las
princesas se quedaron embelesadas, admirando aquel final del día y seguramente
descifrando los designios del destino del joven Federico
- Bueno querido amigo,
dijéronle las princesas a Federico. Esta ciudad que comienzas a distinguir en la
lejanía, es el fuerte de la Bizarría del Mundo. Federico guardó silencio, ellas
también, los tres estaban de pie sobre la proa del barco. Federico pensaba, ¿cómo
tendría que enfrentar a aquella temible mujer? Las princesas rieron al saber sus
pensamientos. -No te vayas a acobardar Federico. -Pero bellas princesas, ¿es que ni
siquiera sabré cuándo este frente a ella, puesto que no la conozco? - Eso es un buen
razonamiento, querido Federico. Ahora pon tus sentidos atentos a cuanto vamos a decirte.
Nosotras no podremos acompañarte, porque si la Bizarría se entera que estamos contigo,
la guerra será a muerte. Para cogerla desprevenida, deberás abordar un bote antes del
amanecer, desembarca en un lugar donde nadie te mire; te vas andando por los sitios más
solitarios, ocúltate si ves soldados y corre por escondrijos hasta que te topes con un
caserón de grandes solares; allí en la pura mañana vas a descubrir a una mujer
barriendo con esmero los patios, a ella le gusta este ejercicio y por nada del mundo se
pierde de este placer y para proteger su hermoso cabello, se amarra la cabeza con un
trapo. Apenas la encuentres no te le presentes de frente, atrápala por la espalda y usa
toda tu fuerza, porque ella es muy fuerte, no la sueltes porque tu vida y la nuestra
estaría en peligro. Federico interrumpe a Flor del Cielo, quien era la que estaba
hablando. -¿Y que hago después? -Mar de Perla tomó la palabra. -Cuando La Bizarría
compruebe que no puede zafarse de tus brazos, te va a preguntar qué quiere. Dile que
vienes
por ella, de parte de su
padre, que no te irás sin llevarla de regreso. Al comienzo se negara, tu aterca y aterca,
hasta que ella te prometa que se vendrá, pero te exigirá algo bastante difícil,
entonces regresas con todos los cuidados del caso para que no nos descubra, nosotras te
ayudaremos y como ella te ha dado su palabra, no te atacará, no lo hará porque piensa
derrotarte en otra forma.
Federico siguió las
indicaciones al pie de la letra. Se cuidó muy bien de cualquier ojo delator y sorprendió
a la mujer barriendo los patios. Sin dudarlo un momento, Federico la atrapó igual que a
una gata salvaje que muerde y patea con la fuerza de varios hombres. Pero el muchacho no
la soltó. -Esta bien Federico, ¿qué quieres de mi? -Vine a buscarla para llevársela a
su padre. -No, no iré yo. Yo tengo mi mundo y mi soberanía aquí, se negó La Bizarría,
entre jadeos de cansancio. Federico no la soltaba apretándola más y más entre sus
brazos -No la soltaré hasta que me prometa irse conmigo. -Esta bien, joven traicionero,
porque de no pescarme a la mansalva, jamás hubieras podido acercarte a mi. Pero para irme
contigo, tendrás que conseguirme el anillo real que me dio mi padre; sin ese anillo no me
presentaré ante él. Ese anillo se me perdió hace varios años, un día que me bañaba
en el mar. -No se como lo conseguiré, pero se lo traeré, díjole Federico, librándola
de su abrazo. El joven le dio la espalda, emprendiendo el
regreso. Ella sonrió al decir. - No creo que lo
encuentres.
Federico le contó a las
princesas lo exigido por La Bizarría. Alístese Federico, le dijeron las princesas,
abordaremos un bote los tres, navegaremos mar adentro y cuando consideremos que es el
momento, tu pegarás tres gritos llamando a Solfedo, ella es una ballena gigantesca y
tiene en su poder el anillo de mi hermana. Abordaron el bote y navegaron un trecho de mar
adentro para detenerse donde lo indicaron Flor de Cielo y Mar de Perla. -¡Grita Federico,
llámala! El joven lanzó su grito fuerte y prolongado. ¡Solfedooo, Solfedooo, Solfedo!,
casi al instante abolló una ballena sobre un gran burro de agua. -¿Qué se te ofrece?
Pregunto la ballena. Federico respondió. -Apreciada dama, te pido el favor que me
entregues el anillo perteneciente a La Bizarría del Mundo. -Con mucho gusto guapo, dijo
entornando los ojos, pero debo ir a buscarlo a mi tocador, espérame aquí, que ya vuelvo.
Un rato después regresaba
la ballena haciendo tal burro de agua que casi les voltea el bote. Toma bello Federico el
anillo, tómalo de mi boca antes que los demás peces traten de quitármelo, pues ese
anillo tiene poderes. Federico tuvo que meter su cabeza en la boca de Solfedo, ella
entornó los ojos como si estuviera saboreando un delicioso beso. Luego gritó, ¡vete
Federico, rema rápido! Las princesas le pusieron velocidad al bote y apenas si pudieron
treparse al barco, cuando los peces despedazaban el bote.
Federico se presentó ante
la Bizarría con el triunfo reflejado en el rostro. -¡Aja...!, ¿Con que esas tenemos?,
se gruñó ella. Recibió la joya, se la colocó en el dedo anular, diciendo, -Federico,
has cumplido con tu promesa, también yo debo cumplir con la mía, pero antes voy a
pedirte otra cosa. -¿Cuál será?, respondió el joven pensando, ¿cuál sería su
próxima trampa?. -Para irme tranquila, tengo que poner en orden la bodega que sostiene
mis ejércitos y resulta que todos los granos, los huevos y las harinas estén revueltos.
Si puedes seleccionarlos antes del amanecer me iré sin poner más condiciones, si
fracasas, te mandaré a fusilar. La bizarría dio órden a sus. soldados que lo encerraran
en la bodega, lo trancaran allí y lo vigilaran muy bien.
-¡Hasta aquí llegaste!, se
dijo Federico. Aquella bodega era inmensa, cerros y más cerros de granos, de harina y de
huevos revueltos en el desorden más terrible. Ni cinco mil hombres podían seleccionarlos
en una semana con sus noches. ¡Soy hombre muerto!, ni siquiera las princesas podrán
ayudarme. Federico se cogió la cabeza con ambas manos y se tendió sobre aquel universo
de granos, de harinas, de huevos. ¿Qué podía hacer? Lo mejor era ordenar sus
pensamientos, ya que ordenar y seleccionar aquello, era imposible. El muchacho comenzó a
recoger la madeja de los recuerdos y fue así como a la media noche, cuando se encontraba
en aquel caminar y caminar de recuerdos, después de haber dejado al tuerto malvado que
había sido su perdición y empezara a navegar
en compañía de las princesas. Fue hasta este momento cuando recordó: ¡Virgen
Santísima!, gritó saltando de alegría, ¿cómo pude olvidarlo? Hinchó cuanto pudo los
pulmones de aire y gritó con todas sus fuerzas: ¡El jefe de los caripiares, aquí! ¡El
jefe de las hormigas, aquí! ¡El jefe de las ratas, aquí! Al llamado de Federico,
acudieron inmediatamente los jefes mencionados. ¿Qué se te ofrece, buen amigo? Federico
les explicó su gran problema, que sería sacrificado al amanecer si no podía seleccionar
todo aquel revuelto de huevos, granos y harinas. Los jefes rieron divertidos para decirle:
-No se preocupe Federico, acuéstese a dormir tranquilo, que nuestros batallones harán
ese trabajo rápidamente.
Federico se quedó dormido
viendo como llegaban millares de caripiares, de hormigas y ratas y con que habilidad iban
seleccionando correctamente las cosas y empacándolas en los costales. Unos golpecitos en
el hombro lo despertaron. -Bueno, Federico, díjole el jefe de los caripiares, el de las
hormigas y el de las ratas: -Ahí, tiene todo en orden, quedamos a mano, querido amigo,
nada nos debe, ni nosotros tampoco le debemos. Federico les dio las gracias, sintió que
volvía a nacer y que se llenaba de esperanzas. ¡Qué sabias eran Flor del Cielo y Mar de
Perla! Ellas sabían que todo aquello iba a suceder, por eso lo de los barcos cargados con
huevos, con harina y con granos. -Si él fuera un príncipe se casaría con las dos,
pensaba mientras volaba en sueños inalcanzables. Pero... ¡Plus!, el sueño se esfumó.
La Bizarría abrió la puerta de la bodega
seguida de un piquete de soldados. Federico que regresa a la realidad y La
Bizarría que grita al ver que todo estaba perfectamente seleccionado. -¡Me has vencido,
muchacho; pero presiento que esto no es trabajo tuyo nada más, aquí veo las influencias
de Flor de Cielo y de Mar de Perla. Pero como trato es trato, cumpliré. Sin embargo,
tendrás que darme un día de plazo para pagarle a mis hombres y dejarlos en entera
libertad. -Tendrá ese plazo, repuso Federico.
La Bizarría comenzó a
llamar a sus columnas guerreras, las colmó de bienes hasta terminar en la séptima
columna. Luego les habló, de que allí terminaba su misión, de que su padre había
mandado por ella y que tenía que marcharse. Fue así que al despedir a sus hombres, La
Bizarría le dijo al joven: -Estoy lista Federico, hay que emprender el viaje de regreso
inmediatamente antes que me arrepienta. -Pues no tendrá tiempo de arrepentirse, dijo el
joven echándosela al hombro y metiéndola en el bote. -No seas bruto hombre, primero
debes mandar a la tripulación que carguen los barcos con los cereales y huevos que
seleccionaste anoche o nos moriremos de hambre en la travesía.
Muy contento llegó Federico
a bordo con la Bizarría dando la orden de regresar inmediatamente. Cuando se encontraron
las hermanas se abrazaron y conversaron de tantas cosas sucedidas durante aquellos años
de ausencia de La Bizarría, le contaron de como Federico era suplantado por un tuerto de
mala fe, que
se había aprovechado de
la bondad de su padre. Ya lo castigaremos, dijo la guerrera. Durante el viaje y a medida
que pasaban por los pueblos, La Bizarría desencantó a los caripiares, a ¡as hormigas y
a las ratas, pues ya no los consideraba enemigos. Y otra cosa que no habían dicho ni Flor
de Cielo, ni Mar de Perla, era que antes de partir, habían dejado una carta a su padre
diciéndole que él día que llegaran de regreso sería terrible, sería un día
huracanado, oscuro y tormentoso, pues toda aquella tormenta, eran furias, pecados y
ambiciones que se despedían de la Bizarría del Mundo, para que ella volviera a llamarse
simplemente, la princesa Malba Rosa. La carta fue leída por el monarca y rió ante la
despedida de sus dos hijas menores. Te quieren, las de los nombres tan distantes: Flor de
Cielo y Mar de Perla.
Un día se levantó el rey y
creyó que todavía no amanecía, volvió a la cama para dormirse de nuevo, pero su ayuda
de cámara le dijo: -Majestad, hoy parece que fuese el fin del mundo, una gran tormenta se
avecina. El rey saltó de la cama diciendo, -¡Vienen mis hijas, ese es el anuncio! ¡Y
qué anuncio! El mar, el cielo y la tierra parecían que iban a envolverse en una sola
bola. Sin embargo, el rey ordenó que prepararan un gran recibimiento. A estas llegó el
tuerto preguntando que pasaba. El rey rebosante de alegría le respondió: -Querido
ahijado, están por llegar mis hijas. El impostor se llevó las manos a la boca para
ahogar una exclamación de susto, el rey creyó que era de alegría y le ordenó que fuese
él quien se encargara de hacerle los honores de héroe, al joven que le traía la hija
perdida. El tuerto por más que maquinaba, no encontraba salida, estaba atrapado en la
telaraña de sus propias mentiras. Más se dio ánimos diciéndose: -Ese bobo de Federico
no es capaz de contradecirme ante el rey.
El huracán pasó, el mar
quedo despejado, los cuatro barcos se perfilaron buscando el puerto y la ciudad
enloquecía de fiesta celebrando la llegada de las hijas del rey. Cuando los barcos se
anclaron en el puerto, el rey en persona daba la mano a Federico para felicitarlo, besaba
a Flor de Cielo y a Mar de Perla, cuando saltó a sus brazos Malba Rosa, en ese momento se
presentó el tuerto diciendo: -¡Bien venida La Gran Bizarría del Mundo! e hizo una
exagerada genuflexión para presentarse, -me complace conocer a tan temeraria joven y no
pudo terminar, porque Malba Rosa le dio un empellón lanzándolo al mar y riendo a
carcajadas le gritaba: -A mí no me complace conocer a tan tonto impostor y por añadidura
tuerto y feo. -¡Hija!, gritó el rey, ¿no ves que es mi ahijado, a quien considero un
hijo? -No padre, tu verdadero ahijado es este valiente muchacho, dijo ella colocándole a
Federico al frente. Ese otro es un hombre de mal corazón que se adueñó de tu carta y
tomó el nombre de Federico. El rey lleno de coraje por el engaño dijo que lo condenaría
a la horca. Pero Federico pidió misericordia para el condenado. Sugirió que era mejor
que lo enviaran en un barco a la ciudad de las ratas, quienes ya no eran ratas, para que
lo pusieran
a seleccionar granos de
cereales por el resto de su vida. Así se hizo y a nuestro buen amigo Federico, el rey lo
colmó de glorias, le ofreció la mano de una de las tres princesas, la que él escogiera.
El joven guardó silencio por un momento pensando con cuál se casaría. Entonces las tres
se secretearon, rompiendo a reír, dijeron al mismo tiempo: ¡Las tres nos casaremos con
Federico! Pues las tres estamos enamoradas de él. -El rey interrogó al joven: ¿Qué
dice usted Federico? Federico respondió: -Si ellas lo quieren así, yo estoy para
serviros, a ellas y a vuestra majestad. Así que nuestro buen Federico se casó con las
tres. Todos quedaron muy felices disfrutando de los grandes banquetes de boda, pero mi
amiga Paulina y yo, no pudimos asistir a aquellos festejos porque quedamos extenuadas de
tan largo recorrido y de tantas aventuras vividas al lado de Federico.
CONTINUAR
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