CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
© Derechos Reservados de Autor

ANTOÑITO Y GABRIELITO

Las comunidades campesinas acostumbraban a darle a los recién nacidos un animalito como presente. Fue este el caso de antoñito, le regalaron una perrita y ambos fueron creciendo al mismo tiempo. Antoñito era el único hijo de su madre, ella era soltera y vivía de unas cuantas vacas y ovejas. Así que el niño creció entre el mugir de vacas y el balido de las ovejas.

Cariñosa, como se llamaba la perra, cuando fue adulta quedo embarazada y tuvo varios cachorritos, entre estos nació uno pequeñito y flaquito, era el más feito de todos y fue precisamente este el que Antoñito escogió para él. Por más que la madre le dijo que cogiera un cachorro gordo y bonito, el niño atercó que se quedaba con el perrito feo y lo llamó Gabrielito.

-Pero hijo, le dijo la mamá: ¿Cómo es que le pones a ese animal un nombre de persona? Antoñito le respondió: -Así lo llamaré. Cuando regalaron los otros cachorros, Gabrielito se amamantó a sus anchas y en poco tiempo había que ver lo gordo y bonito que se puso.

El tiempo se encargo de estirar a Antoñito y de ponerle el lomo lustroso a Gabrielito y los ojos brillantes de amor por su amo. Juntos pastoreaban las vacas, tomaban sendas totumadas de leche y retozaban hasta el cansancio. ¡Qué felices vivían en su mundo campesino! Pero un día cuando Antoñito pisaba los quince años, amaneció muerta su madre. Aquello fue un duro golpe para el jovencito y por más que Gabrielito hacia juegos para distraerlo, todo era inútil. Un día Antoñito tomó la resolución de marcharse de allí. Vendió el rancho y las vacas por unos cuantos centavos que le ofrecieron, preparó un buen bastimento y le dijo a su perro: -Gabrielito, aquí ya no me ata nada, mi madre era el único eslabón que me amarraba, así es amigo mío, prepara muy bien los pomitos de tus patas, porque nos vamos a caminar tierras y a buscar mundos lejanos. El perro aprobó la decisión del amo, meneando el péndulo de su rabo

Mi amiga Paulina me dice, que en aquellos tiempos se hablaba de caminar a pata pelada, pues los pobres no tenían ni caballo ni carruajes. Así que Antoñito y Gabrielito comenzaron a dejar sus huellas a lo ancho de todo aquel inmenso territorio. Dormían donde los agarraba la noche, no tenían una meta fija y todavía les quedaba suficiente fiambre, algo muy importante para los viajeros era tener en la bolsa aquellos alimentos que se conservaban varios días. Pues bien, hasta el momento nada novedoso había ocurrido y los viajeros caminaban bajo el sol de un medio día, cuando Antoñito vio sobre la arenosa franja del camino, la sombra de una gigantesca avecilla saltando y chillando en el camino sin poder volar, era un pequeño azulejo con las alitas rotas y atemorizado por el ave que era un águila y venía en picada a cazarlo, Antoñito se dio cuenta y fue más rápido que el rapaz cogiendo al indefenso azulejito, pero el joven que lo agarra y el águila que lo coge con sus garras por la abundante melena. Gabrielito que mira a su amo en peligro y se lanza al águila desplumándole un costado. El rapaz soltó al muchacho y alzó el vuelo. Antoñito metió el azulejito en el bolsillo de su camisa para protegerlo al tiempo que Gabrielito le gritaba: -¡Cuidado amo, ahí viene nuevamente el águila y viene con la intención de sacarle los ojos! -¡Gabrielito! ¿Cómo es que puedes hablar? Dijo el muchacho asombrado. -Eso no importa es este momento. Lo importante es que debes saber que posees un don con tus manos y tus brazos. Forma con tus brazos un arco y una flecha, apunta al águila y dispárale la fecha con la mente. Antoñito hizo lo que le decía su perro y el rapaz cayó muerto con la cabeza atravesada por una flecha.

Rato después, cuando Antoñito había curado la avecilla entablillándole las alitas, lo metió nuevamente al bolsillo de la camisa y le dijo a su pero: -Gabrielito, eso de que puedes hablar es todo un acontecimiento. Ahora podemos conversar de tantas cosas y eso de que yo puedo hacer arco y flechas con mis brazos es fantástico, Gabrielito: ¿Cómo es que hablas y puedes saber de mi algo que yo ignoraba? -Amo no puedo decírtelo, recuerda que hay secretos que no pueden rebelarse. -Está bien Gabrielito, continuemos caminando, ¿pero hacia donde crees Gabrielito que pueda haber un buen lugar y sobre todo habitado por seres humanos? -Yo creo amo, dijo el perro levantando el hocico y olfateando hacia un determinado punto en la distancia, que podemos ir hacia el oriente. -Si tu lo dices Gabrielito, enrumbemos hacia esa dirección.

Y un día, después de muchos de tanto medir tierras con los pies, llegaron a la ciudad de un rey. Antoñito pidió posada en la casa de una mujer de edad indefinida. Gabrielito en un descuido le dijo al amo. -No me agrada esa mujer, tiene una energía que me sacude por dentro. Antoñito lo calmó diciéndole: -A mí me parece buena, nos ha recibido muy amablemente. -Aparentemente, gruñó el perro y buscó un rincón para echarse a descansar. Aquella misma noche la mujer comenzó a demostrarle al muchacho lo mucho que le gustaba. Antoñito que nada sabía de pasiones mundanas, lo tomó como demostración de cariño. Pero visto que la mujer se volvió tan atrevida, el joven se disgustó y en unos pocos días estuvo buscando posada en otro lugar. -Amo, le dijo Gabrielito, esa mujer es una bruja, es una bruja peligrosa que se pondrá en tu contra por haberla rechazado.

No se había equivocado el noble perro. La bruja llena de despecho se las cobró a Antoñito. Ella por bruja y por vivir en aquella ciudad Conocía muchas historias sobre el monarca de allí, además porque algunas desgracias que afligían al rey, sin que él lo supiera, eran directamente ocasionadas por propias artimañas de la hechicera.

Así que se presentó en palacio, pidió que la dejaran ver al rey, que traía grandes noticias de sumo interés para el monarca, dice mi amiga Paulina, que aquellos reyes ponían oído a cuantos chismes les llevaban y tratándose de eso, no hacían esperar a los «correveidiles». Fue este el caso de nuestra historia. De inmediato el rey recibió a la bruja -Qué noticias traes buena mujer? -Su majestad, ha de saber que un joven recién llegado a esta ciudad, anda diciendo, que es capaz de traerle el loro de cabeza verde y cuerpo amarillo que se le perdió hace años y que su majestad no ha podido recuperar. -¿Eso a dicho?, dijo el rey, con el rostro iluminado por aquella buena noticia, porque ya había perdido la esperanza de recuperar a aquel loro que hacia varios años desapareció de su jaula de oro y nunca más había podido reemplazarlo por otro que fuera tan ladino. Dio las gracias a la mujer, le regaló unas monedas y ordenó que le trajeran a ese joven inmediatamente.

Antoñito fue tomado por sorpresa en una calle por la guardia real. El muchacho no tuvo ninguna explicación hasta que estuvo frente al monarca. -He sabido, dijo el rey, que usted anda diciendo que es capaz de encontrar a mi loro cabeza verde, cuerpo amarillo que se perdió hace muchos años y por mas que he ofrecido recompensas, no ha sido posible recuperarlo. -Su majestad, dijo humildemente Antoñito en medio de su desconcierto, pues nada sabía ni entendía de cuanto el rey le estaba preguntando. -Yo no he dicho eso, yo no se nada de ningún loro. -Pues si no lo ha dicho, y si no me trae ese loro... ¡Con la vida paga! Grito el rey enojado.

Cuando Antoñito salió de palacio, iba triste y cabizbajo pensando: -¿Quién podría haber dicho esa mentira? ¿Y dónde encontrar aquel loro del rey? Si ni siquiera tenía la mas remota pista para hallarlo. Gabrielito que había estado oculto esperándolo, le salió al encuentro actuando como un perro común y corriente, meneando la cola y dando saltitos de alegría:

-¿Qué te pasa amigo? Díjole Antoñito. -Guau, guau, respondió el perro. Y era que Gabrielito había descubierto a la mujer, escondida expiándolos. Antoñito en medio de su conflicto, entendió que su amigo le quería decir algo sin palabras. -Está bien Gabrielito, estoy metido en un gran problema sin habérmelo buscado. La bruja que escucho lo dicho por el muchacho, se dijo: -Claro que de esta no sales vivo, te arrepentirás de no haberme amado grandísimo tonto.

Amo, le dijo Gabrielito cuando estuvieron lejos del palacio. -Vamos fuera de la ciudad y me cuentas cual es tu gran problema. Antoñito asintió en silencio y cuando estuvieron lejos de la ciudad se sentaron bajo la fronda de un árbol, el muchacho le contó lo sucedido. -¿Puede imaginar Gabrielito, cómo vamos a encontrar a ese dichoso loro? -El perro se quedó pensando y estaba a punto de decir algo, cuando un azulejo llegó volando y se le posó en el hombro a Antoñito y se puso a trinar con unos trinos nítidos y alegres. Antoñito pareció olvidar sus penas y se echo a reír encantado con el canto de la avecilla. Pero de pronto el pajarillo dejo de cantar y acercando el pico al oído del joven le dijo: -¡Antoñito! ¿.Te acuerdas de aquel azulejito que le arrancaste de las garras a un águila? ¿Te acuerdas que curaste sus alas rotas, lo alimentaste hasta que sanó? -Si, como voy a olvidarme de aquella avecilla tan indefensa en ese momento? -¡Pues esa avecilla soy yo! Y vengo a ayudarte. -Pero azulejito ¿Cómo podrás tu ayudarme si ni siquiera sabes lo que me aflige? -Si que lo se, Antoñito. Se que el rey te amenaza con matarte si no le traes el loro cabeza verde y cuerpo amarillo que se perdió hace varios años. Yo se donde está ese loro, porque ese loro es el rey de nosotras las aves. -¡Amo! Grito Gabrielito, estáis salvado. -Todavía no, dijo el azulejo. Tendrás que regresar a palacio y decirle al rey que si quiere recuperar su loro, debe darte la jaula de oro donde habitaba el animal antes de perderse, una vez que la tengas, vuelve a este mismo lugar, que aquí estaré esperándote.

Con la jaula de oro en la mano, Antoñito escuchó cuanto le decía el azulejo. -Bueno amigo mío, de aquí a donde está el loro, hay mucha tierra y mucha agua de por medio. Ahora sigue la dirección de mi vuelo, dijo el azulejo marcando con sus alitas una ruta invisible en el aire. -Yo voy adelante, amo, yo puedo seguirlo por el olfato. -Como quieras Gabrielito ¿pero dime que va a suceder? Esto no me corresponde antoñito, el azulejo es el único que sabe qué va a pasar de ahora en adelante. Caminaron seis días, haciendo altos para dormir bajo un árbol o una pura pradera pelada. El avecilla los esperaba animándolos. -Ya estamos cerca. -¡Adelante guerreros! Decía el azulejo riendo con sus trinos y emprendía la ruta marcando la huella de sus alas por los caminos del viento. Pero un día les cerró el paso, un lago tan infinitamente grande como el cielo. Era un mar, un mar que jamás Antoñito y Gabrielito habían imaginado ni siquiera en sueños, mucho menos que el agua de aquel lago fuera tan salada para hacer toser tan terriblemente a Gabrielito con los primeros tragos que se tomó. -Pueden descansar el resto del día, correr por la playa, comer cocoteros verdes y bañarse en la orilla del mar- les aconsejó el azulejito; pero mañana con las primeras luces del amanecer, tendrán que nadar hasta aquel campo azul que se mira allá en la distancia. Es una isla donde habita el loro que andan buscando.

Antoñito midió con los ojos la distancia para decir con desconsuelo. -No creo poder nadar hasta allá. -No te acobardes amo querido, díjole Gabrielito, entre los dos venceremos la distancia. Fíjate, un rato nado yo y tu descansas agarrado a mi cuerpo, otro rato nadas tu y yo me trepo en tu espalda, así lo lograremos. -¡Gabrielito! Que gran idea, grito Antoñito acariciando su perro. Aquella tarde retozaron en la playa como dos verdaderos cachorros, comieron frutos de cocoteros tiernos, llenaron sus estómagos de agua dulce y pulpa de éstos, se bañaron en el mar y entrenaron un poco de natación, pues de mucho les sirvió aprender en sus campos a nadar en los ríos y caños.

 -Muy buenos días-, saludo el azulejo a las cinco de la mañana sacando a los caminantes de su delicioso sueño ente las arenas de la playa. -Coman más cocoteros tiernos para que tengan buenas energías y a nadar se ha dicho, los espero allá en la isla.

Los amigos vieron como se perdía el azulejito en la distancia. Antoñito volvió a tener miedo y miró a Gabrielito, el perro parecía tranquilo. -Claro, dijo el muchacho, tu eres mejor nadador que yo. -Llegaremos amo querido, ten fe, que la fe nos mantendrá a flote. Y mucha agua salada tuvieron que dejar atrás los dos aventureros y había que ver a Gabrielito cortar agua con su nadadito de perro, un rato uno sobre el otro luchando por conservar la jaula que en el agua se les hacía más pesada. Apenas tocaron tierra en la isla, apareció el azulejo. -Lo lograron valientes guerreros, dijo con verdadera alegría. Ahora vamos a buscar un árbol que hay por aquí cerca, es el árbol preferido del loro cabeza verde, cuerpo amarillo, porque está lleno de rojos y dulces frutos que hacen las delicias de las aves. En una rama de ese árbol tendrás que colocar la jaula de oro. No tuvieron que andar mucho para encontrarlo. Colocaron la jaula y Antoñito preguntó al azulejo: -¿Y ahora qué hay que hacer? -Ustedes escóndanse bien, que no los vaya a descubrir el loro. Yo me meto entre la jaula y me pongo a trinar con mis mejores trinos, esto llamará la atención de las aves y por supuesto la del loro que como el rey, vendrá a ver que pasa, al reconocer su jaula de oro donde era admirado en palacio, no soportará el orgullo ofendido, de que otro pájaro esté metido en ella y vendrá a sacarme a mordiscos, entonces yo me escabullo y lo dejó trancado en la jaula. Antoñito que hacía rato tenía una pregunta, se la solté al azulejo. -Dime amigo azulejo ¿cómo hacemos para que el loro no se nos ahogue en la jaula cuando vayamos de regreso? -Tendrán que hacer una pequeña balsa para depositar sobre ella la jaula, mientras ustedes nadan y la arrastran y deben hacerla ahora mismo, porque cuando yo salga de la jaula, voy en una huida loca perseguido por todas la aves por traidor y debo decirte que no nos volveremos a ver, en cuanto tengan el loro, dense prisa, pues yo volaré hacia el otro extremo de la isla para hacerme seguir de toda la multitud de aves para dejarles el camino libre a ustedes. Antoñito conmovido por la lealtad de aquel bueno y agradecido azulejito vertió lágrimas de gratitud. -Amigo azulejo, nunca tendré como pagar tu sacrificio en favor mío. -Ya me lo pagaste una vez, dijo el azulejo.

Era medio día en punto, hora de reposo de las aves, cuando el azulejito empezó a trinar con sus más bellos trinos. De inmediato se formó un alboroto y las aves comenzaron a posarse en el árbol, un momento después a aquel vegetal no le cabía un pájaro más, cuando llegó el loro todo esponjado, con el copete rizado y dando gritos. -¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué no me han informado? Una cotorra vieja le comunicó: Es que hay un azulejo trinando bellamente en una jaula brillante tan hermosa, que da envidia ver a ese pequeñín dentro de ella. El loro descubrió la jaula y la reconoció inmediatamente. -¿Qué hace mi jaula de oro aquí? Gritó lleno de rabia -¿Y qué hace este pobre azulejo metido en ella? Esa jaula fue hecha por el rey especialmente para mí que soy un rey. Ahora verá este plebeyo infeliz, lo mataré a mordiscos. Y se lanzó el loro rey al ataque con el coraje que era capaz. El azulejito se escapó en un abrir y cerrar de ojos, tiró con fuerza la puerta de la jaula y quedó trancada, solamente el rey tenía la llave. -¡Atrapen a ese maldito traidor! Grito el loro, el azulejito ya iba en vuelo loco por entre la espesura de la isla, seguido por millones de aves.

Aquella noche, Gabrielito dormía sobre las arenas de la playa, con un ojo abierto y el otro cerrado, custodiando al histérico loro cabeza verde, cuerpo amarillo. -No te preocupes Antoñito, había dicho a su amo. Descansa y duerme que yo me ocupo de oírle la lengua a este infeliz emplumado. -tu abuela...! Gritaba el loro. Gabrielito respondía: -Si te callas te doy un pedazo de coco, pero el loro fue bla, bla, bla, hasta que el sol sacó sus ojos por entre la línea del mar.

Felizmente llegaron los amigos de regreso a la ciudad. Apenas entraron en la calle que conducía al palacio real, el muy taimado loro cambio su actitud repelente y se puso a cantar himnos marciales. El rey que lo oye desde una ventana y empieza a gritar loco de alegría. -¡Viene mi loro! Que lo reciban con todos los honores, lo mismo al muchacho valiente que lo rescató.

La bruja apenas se entero del triunfo de Antoñito, se mordía la lengua de rabia. -Condenado muchacho, no creas que te vas a salir con la tuya,  espera nada más que se calme el alboroto y yo pueda ver al rey. Y así fue, pasada la celebración del regreso del loro cabeza verde y cuerpo amarillo, el rey se pasaba los días sentado en el jardín contemplando su loro. Oportunidad que aprovechó la bruja para llevarle la noticia de que el jovencito que le había traído el loro, ahora andaba diciendo, que así como había rescatado el ave, así mismo se atrevía a encontrar la princesa Maribel, la hija mayor del rey, quien había sido robada por unos bárbaros que habitaban en la montaña azul, donde nadie entraba y salía con vida. Cuando el rey escuchó esto envío por el muchacho, que se lo trajeran en el acto.

-Me han dicho, jovencito, que anda diciendo que usted puede traerme a mi querida hija Maribel, la cual fue secuestrada por una banda de bárbaros hace veinte años, cuando ella apenas tenía siete años de edad. Debes saber, que si tu me la traes sana y salva, te daré lo que me pidas, pero si no me cumples, con la vida pagarás. Antoñito nada dijo, sabía que de nada le servía negar aquello que no había dicho. Fue en busca de su perro para contarle lo que lo afligía ahora.

No te entristezcas amo, díjole el perro. Total que salimos a recorrer tierras seguiremos recorriéndolas, pero dile al rey que te de una carta de su puño y letra dirigida a su hija, donde diga que tu eres el joven que va a traerla de regreso a su reino. Con la carta en la mano salió Antoñito para emprender una aventura sin rumbo que tal vez le costaría la vida. -Ahora sí, este pobre cristiano jamás regresará con vida, dijo la bruja riendo al verlo pasar seguido de su perro. Gabrielito le lanzó un ladrido de rabia- -¿Por qué haces eso querido amigo? -Porque esa mujer es la culpable de tus desgracias, yo te dije desde el primer día que la vi que no me agradaba y que algo me decía en mi interior, que es mala, que es ¡bruja! -No se si tengas razón Gabrielito. Yo también veo en sus ojos que me odia. -Claro que tengo razón Antoñito, ella es quien lleva todas esas mentiras al rey para que te mate y fue ella también quien se robó a la princesa y se la vendió a los bárbaros de la montaña azul, pero tienes que acusarla con el monarca, si es que salimos con vida de ésta.

Fueron muchos y muchos días los que caminaron en busca de la montaña azul. Gabrielito todas la mañanas levantaba el hocico, olfateando el viento y decíale al amo: -Caminemos en esta dirección. Una mañana le dijo a Antoñito: -Amo querido, hoy me llega un fuerte olor a multitudes de hombres, creo que estamos cerca de nuestro destino. En cuanto salió el sol, pareció retoñar por detrás de una enorme muralla azul. -¡Es la montaña, amo! Gritó Gabrielito. Ante nosotros tenemos la gran montaña azul. -¿Qué haremos ahora, Gabrielito? -Te lo diré apenas entremos en la montaña. Andando amo querido. Cuando entraron en aquella espesa y sombría montaña, Gabrielito se detuvo. -Amo, dame la carta del rey, busca un buen refugio y escóndete, que yo iré a llevarle la carta a la princesa. -Eso si no Gabrielito, no quiero que te maten mientras yo me quedo escondido como un miserable cobarde. -No seas tonto Antoñito, lo que yo voy hacer ahorita, para mi es un juego de cachorros, es jugar a las escondidas, en cambio lo que a ti te espera, es cosa para valientes. El perro se llevó la carta en la boca. Antoñito se ocultó sin dejar de pensar que su valiente y noble perro podía perder la vida en aquella misión. Los minutos eran eternidades para el muchacho y las horas eran siglos que pasaban con lentitud.

Por su parte Gabrielito corría veloz pero con cautela, tratando de no hacer ruido, usando el mayor sigilo y, echando mano de todas las estrategias perrunas llegó a un castillo hecho en pura piedra. Examinó el terreno enemigo, habían muchos guerreros gigantes y mastines fieros. -Gabrielito, aquí vas a tener que jugártelas muy duramente para salir con vida, se dijo buscando algo que en realidad no sabía a ciencia cierta que era lo que deseaba. De pronto meneó la cola con alegría al descubrir las flores perfumadas de un bejuco rastrero. Se revolcó sobre aquellas flores tallando su cuerpo centímetro a centímetro, hasta que estornudó mareado por el perfume. Ahora sí, dijo satisfecho. Esos malditos mastines no me olfatearan. Así que se metió con mucha cautela, buscó los lugares más solitarios del castillo, ocultándose aquí y allí, afinó el oído para escuchar las conversaciones que venían de varios lugares y estando en esto oyó a dos mujeres que iban comentando de la impotencia de los guerreros para matar el monstruo que estaba acabando con los habitantes de la montaña azul. Una de ellas dijo que el jefe de los guerreros estaba dispuesto a pagar hasta lo imposible a quien eliminara a esta bestia invencible. Gabrielito siguió a las mujeres, ellas entraron en una recámara, dejaron las charolas y salieron. El perro esperó que se alejaran y usando su instinto y su premonición de adivino, se metió en la recámara. Allí había una joven sentada en un comedorcito, empezando a probar los alimentos que le habían traído. El perro se acercó y le dejó la carta a los pies. A la joven le extraño que aquel perro pequeño y de raza común, estuviera allí y más portando una carta en la boca. La tomó rápidamente y la leyó -¡Dios mío! Es de mi padre, sabe que estoy prisionera aquí. ¡Ay perrito! Si puedes entenderme, espera que escriba una nota para enviársela a mi padre. La princesa escribió rápidamente la nota, se la puso en la boca al perro diciéndole -Si fuiste tan inteligente para entrar aquí sin que te despedazaran los mastines, lo serás para salir con bien, corre amigo, llévale esa nota a mi padre. Gabrielito la miró tan dulcemente que la princesa Maribel dijo: -Este animal parece entenderme, Dios lo cuide y lo proteja para que salga con vida del castillo de estos bárbaros.

Gabrielito salió exactamente como entró, usando todas sus estrategias perrunas. Una vez fuera de peligro, corrió poniéndole velocidad a sus patas. -¡Gabrielito! Gritó Antoñito llorando y besando a su perro, estás vivo, amigo mío. -Claro que lo estoy, si hubieras visto los mastines tan grandes que tuve que burlar. ¡Ah...! Pero no entregaste la carta, dijo el muchacho viendo la nota que el perro dejó en el suelo mientras hablaba. - Por supuesto que se la entregué personalmente a la princesa Maribel, esta es una nota que ella envía a su padre, debes leerla amo. -¡Cómo se te ocurre Gabrielito! Eso es un delito. -Aquí no hay otro delito amo, que el dejarnos matar, hay que conocer las cosas que están pasando, por lo que escuché, los bárbaros están siendo exterminados por un monstruo. Lea la nota amo, tenemos que enterarnos en qué condiciones vive el enemigo.

Antoñito tomó la nota y comenzó a leerla deletreando las palabras, pues bien poco fue lo que pudo enseñarle su madre de las cartillas antiguas en que aprendieron a leer sus abuelos. Decíale la princesa a su padre en la nota que un terrible y gigantesco monstruo, estaba exterminando a todos los bárbaros de la montaña azul y que ella al ser prisionera de aquellos guerreros, se encontraba en peligro de muerte, que el jefe de los bárbaros daría lo que pidiesen a quien acabara con aquella quimera y la princesa terminaba rogándole a su padre: Si en tu reino tienes un guerrero que además de valiente sea astuto con el mensaje, de que acabará con el monstruo a cambio de mi libertad.

¡Amigo querido! Grito Gabrielito. ¡Tu serás ese guerrero! -¿Yo Gabrielito? -Si amo, tu matarás al monstruo a cambio de la libertad de la princesa Maribel. -Gabrielito, creó que estás volviendo loco. -Ningún loco, ¡Antonio de Jesús Prenda Perdida! El muchacho quedó sorprendido de que el perro lo llamase por su nombre y apellidos, pero lo que más le sorprendió, fue escuchar el sonido de las palabras que formaban su nombre completo, jamás lo había oído, porque toda la vida Antoñito había oído solo el sonido al que obedecía cuando lo llamaban. -Si, respondió el perro, sin que le estuviera preguntando nada. Es que este momento te conviertes en el guerrero que va a derrotar al monstruo más temido por los bárbaros y a un gran guerrero, no se le puede llamar por diminutivos. -Pero Gabrielito, cómo piensas que voy a matar a ese monstruo, si no ha podido toda la legión de estos bárbaros, ¿Cómo podré yo solito? -Haciendo arco y flecha con tus brazos, harás con la mente la flecha más grande y poderosa que jamás haya existido. Antonio de Jesús Prenda Perdida, asintió con la cabeza y ambos echaron a andar rumbo al castillo de piedra de los bárbaros.

El pobre Antonio de Jesús, tuvo que soportar las burlas de aquellos hombres bestiales, bárbaros, gigantes y crueles. Cuando fue llevado a presencia del jefe, éste comenzó a reír al ver al chico sin un escudo, sin un arma y sobre todo, que era un renacuajo comparado con el  bárbaro más pequeño de aquella legión. Por su parte Gabrielito puso ojos de ternero sin madre, ante la presencia de los fieros mastines, que igual que sus amos sacudían las cabezas dando pequeños chillidos, que en su lenguaje, era una burla contra una pequeña ratita. Cuando el jefe pudo contener la risa, le preguntó: -¿Qué pide a cambio por matar al monstruo? La libertad de la princesa Maribel. -Concedido, dijo el jefe ahogándose en una estruendosa carcajada. -Mañana cuando el sol comience a nacer, el monstruo dejará de ser una amenaza para ustedes, dijo el muchacho, haciendo caso omiso de sus burlas. ¡Guau! Dijo Gabrielito y los mastines lloriquearon toteándose de risa, porque Gabrielito con su guau, habíale dicho: -¡Así será!

Aquella noche durmieron en el castillo, comieron en la cocina y se informaron con los sirvientes de cómo era el monstruo. Aquel engendro exterminador no moría, porque con su cola tapaba una pocetica de piedra donde guardaba celosamente el agua de la vida y para no alejarse de ese lugar se proporcionaba el alimento humano aspirándolo y así se absorbía batallones completos, porque cuando el monstruo se paraba en sus dos patas traseras, era mas alto que la montaña azul. Era un dragón que no lanzaba fuego, pero tenía la fuerza de mil vientos para atraer a las víctimas a su boca como si fueran pequeñas hormigas. -Amo, observó Gabrielito, consígueme un zurrón de cuero lleno de algodón para robarle al monstruo el agua de la vida. El muchacho iba a decir que no lo permitiría, pero el perro se adelantó. No temas, nada me pasará, yo tengo mis propias estrategias, ese dragón está acostumbrado a comerse a los grandulones, pero jamás se la visto con gente menuda e inteligente.

Aquella mañana antes que el dragón interrumpiera su serenata de ronquidos, ya Gabrielito le había robado el agua de la vida. Con mucho cuidado llegó hasta la cola de la bestia, le abrió la boca al zurrón, lo colocó en la pocetica y el algodón hizo el resto. Un momento después, iba Gabrielito pujando con el zurrón lleno de agua. Llegó donde lo esperaba Antoñito y le entregó la milagrosa agua.

-Bueno amo, dijo el perro, ahora te corresponde el turno, corre y pégale un grito a ese animalote dormilón y cuando se levante despabilándose, construye con tu brazo izquierdo el arco y con el derecho imagina la flecha más grande, más mortal que haya existido, apuntale al corazón y no alcanzará a dañarte.

Antoñito venciendo cualquier temor, cualquier duda, se encomendó a Dios y al alma de su madre. Se paró muy cerca al monstruo y pegó un grito conforme le había dicho el perro. Al momento se despertó el dragón, se paró con todo su peso haciendo temblar la montaña, Antoñito quedo frente al descomunal monstruo tan pequeñito como un mosquito. Pero el muchacho estaba listo haciendo arco y flecha con sus brazos, imaginó una flecha tan grande y gruesa que ni mil hombres hubiesen podido moverla, la lanzó hacia arriba calculando la dirección del corazón del dragón y la disparó con la fuerza de tres mil hombres. Un terrible rugido sacudió la montaña azul y cuando el monstruo cayó de espalda, grandes avalanchas de piedras fueron cayendo y sepultando al terrible dragón.

Un campeón de carrera no le hubiera dado ni par de cotizas a Antoñito, pues las avalanchas de piedras lo traían pisándole los talones. Los bárbaros corrían como locos, creían que era el fin del mundo y cuando Antoñito se presentó ante el jefe solicitando su premio, tuvieron que ir a ver con los ojos desorbitados al monstruo con la panza para arriba y medio sepultado por los aludes de piedra. Ahora ya no miraban al muchacho con sus estruendosas carcajadas y los mastines miraban a Gabrielito con respeto.

Fue así, que aquel mismo día, Antoñito, Gabrielito y la princesa Maribel, partían del castillo de los bárbaros, en medio de victoreos y fanfarrias de fiesta. Les fue entregado el mejor carruaje con los mejores caballos, para que regresaran.

Es de imaginar que el regreso de la princesa después de veinte años fue el acontecimiento del siglo. Se echaron a vuelo las campanas, se pregonó la noticia en toda la ciudad, se mandaron invitaciones a los lugares más apartados, para que asistieran a la gran celebración. El rey no sabía que hacer de lo contento que estaba y colmó de riquezas a Antoñito, ordenó que los mejores sastres le confeccionaran traje de príncipe y a Gabrielito le hicieran en el jardín real, la perrera más hermosa que perro alguno haya tenido en esos tiempos. Pero lo que no imagino Gabrielito, fue que la bruja no esperó a la gran celebración, tal vez se fue por la vía más rápida, volando sobre una escoba.

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