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ANDES ORIENTALES


 

Bogotá.- Recuerdos lejanos.-Escuela y colegios.- Launiversidad; Grandes hombres de entonces.-EI Institu­to deAgricultura.- Los condiscípulos.-La Escuela de Ingeniería. -Lainsurrección de los estudiantes.- Tipos.- Amistad y amor.-Pasiónpor los libros.-[La Bruyére, La Rochefoucauld, Lord Chesterfild,Machiavelo].-La educación de la voluntad.-Para qué sirve todoesto?

 
 

 

Con la imaginación como telescopio apunto a la nebulosa delpasado y miro, y miro. Densa niebla....todo esfumado y triste cualel paisaje mañanero en Agualarga.

Qué es lo que puedo distinguir más lejos, con alguna claridad?Què es lo último que, en el foco visual del teles­copio, sepresenta a mi vista! Ah! los recuerdos........! Fotografíasdesteñidas por el tiempo, apenas reconocibles las unas, tal cuálmejor estampados los otros, y, de re­pente, entre éllas, un detallenítido, perfecto, saliente y preservado aún.

Las acequias de Bogotá corriendo por el centro de las calles,medio por el cual la ciudad se libertaba de sus inmundicias; losaguaceros torrenciales de Noviembre cuando las acequias, quellamàbamos caños, crecìan como ríos y nosotros-los niños y lasniñas-saliendo de la es­cuela de las González atravesábamos esosríos, felices y contentos. Acostumbrábamos quitarnos los botines,col­garlos a la cintura y entrar en las profundidades cenagosas einmundas, ágiles y alegres.

Cómo recuerdo ahora a mis condiscípulas con las que siempre meligara la más pura y santa amistad; de éllas quién queda?; quizásalguna, vieja horrible, desmedrada y vencida por el tiempo y porlas penas. Y de los otros ?

En el mar de la vida, náufragos los más, nunca vol­vemos a saberunos de otros: " rari nantes in turgite vastum ".

Eran las señoras González Lineros el timebum de los niños. Porqué, lo ignoro. Mujeres más buenas y más santas jamás conociera;pero la fama es así; era el terror para un niño amenazarlo con lasGonzález; allí fui yo por alguna insurrección infantil. Temeroso,hosco, agitado el primer día, poco después prefería la escuela a micasa y el cariño de las buenas viejas a todos los cariños.

Escuela de tipo antiguo, mixta o como se decìa, de hombrees ymujeres. En el salón, de un lado las niñas, del otro los niños perola clase para todos la misma.

Feas eran las señoras González; con la fealdad santa de aquellasbuenas viejas que Fernán Caballero inmortalizó en Un SERVILÓN Y UNLIBERALITO; tal cual manía también las distinguiera Doña Blandinanos enseñaba a todos labores de aguja de mujer, encareciendo laimportancia de que los hombres supieran fabricarse, sobre angeo, un par de chinelas; Doña Olaya nos enseñara la escritura y lasartes superiores; Doña Concha el Catecismo; qué buena era DoñaConcha! Era la más fea de todas, pues extra­ordinariamenteextrávica, miraba a ciento veinte grados, pero hacia olvidar sufealdad con lo que le salía del cora­zón ; Doña Mariquita, unenigma, no se metía en nada, vivía retirada en su cuarto rezandonovenas y todos sa­bíamos que tenía el don de profesía.

Por encima de todo, y muy rara vez vista , salvo en las grandesemergencias, aparecía Doña Domitila, la ma­dre de todas lasGonzález Lineros; alta, seca, escuálida, apergaminada, símbolo deuna justicia inflexible y severa que en vez de espada y balanzallevaba al cinto un enor­me manojo de llaves y un temeroso látigode cinco rama­les; el amigo de los niños, como ella solía decir.Por fortuna raras veces la veìamos.

Formaron éllas-y la justicia se haga sobre su re­cuerdo querido-casi toda la niñez de la mìa y de dos generaciones anteriores.Descansen sus cuerpos en la tierra propicia y canten sus almashosanas en el coro de las vírgenes!

Una tarde, cerca de las cuatro, llegaron las sirvien­tas, abuscarme, de mi casa; estábamos en clase. Llamóme Doña Olaya ydíjome: "Váyase ligero a ver a su papá, a abrazarlo y a felicitarlo"-Pero qué pasa?, pre­gunté a la sirvienta.

-Camine, camine ligero, allá verá.

La calle de San Juan de Dios donde, dijéramos, fue nuestramansión señorial estaba colmada de una multitud compacta,frenética, aclamando a mi padre. La casa lle­na; la primera personaque pude distinguir y me abrazó fue el Ilmo. Señor VICENTEARBELÁEZ, Arzobispo de la Metrópoli.

 

Aquel día había tenido lugar la más borrascosa se­sión que hapresenciado nuestro Parlamento : Al tratarse de la Ley de Tuisión,mi padre defendió la libertad de todos, la libertad de loscatólicos a los cuales se pretendía oprimir, surgiendo la escenaque está descrita por Cor­dovez Moure: la invasión del sagradorecinto del Senado por mi hermano Ricardo, y el frenesí del pueblopor mi padre. De esta tarde inolvidable he conservado tal recuerdoque me parece, ahora, estuviera presencián­dolo todo.

Vino luego el entusiasmo instruccionista del que fueron factoresesenciales los Zapatas-don Felipe y don Dámaso-grandes hombres enla genuina acepción de la palabra y dignos de que la balanza seincline a su lado dejando un poco la sistemática silenciación desus memo­rias. El Gobierno introdujo entonces los primerosProfe­sores alemanes que implantaron una verdadera instruc­ciónprimaria. Vino el buen Weiss.... quién de esos tiempos no lorecuerda .

Para estimular al pueblo, los de clases elevadas man­daron a sushijos a las Escuelas primarias; las primeras que bajo métodosracionales existieron en el país; allì fuimos los Camacho Tamayo,los Camacho Carrizosa, los Pieschacón, los Arangos y cuántosmás?

Lleno de patriotismo colombiano el buen Weiss hacía poesía:

 

 

 

Colombia amada

Bañada del mar,

Con sangre libertada

Del gran Bolivár.

 

que cantábamos con el más grande entusiasmo.

Arrima al foco del telescopio ahora la gran fiesta de lasEscuelas del 72. Murillo, Presidente-Robespiere en su figura, en sulógica, en su sinceridad-de pie en las gra­das del augustoCapitolio entonces apenas en comienzos de construcción, viódesfilar las Escuelas; el tricolor sobre el pecho, lleno de unción;como sacerdote de un rito, tuvo palabras para todos y sonrisas deamor. Luego en la Huerta de Jaime (hoy plaza de los Mártires) laegregia figura del divino Rojas se alzó en la tribuna :

 

"Todo aquí lo renueva el sentimiento

despertando tristísimas memorias

en esta plaza, huerto memorable,

de suspiros y lágrimas y sombras.

 

Hoy es veinte de Julio, en él confluyen

de limpia luz sesenta y cuatro auroras;

es la fecha inmortal qué el pueblo escribe

en el gran Calendario de sus glorias!"

 

Era la casa de mi tía Mercedes Pereira el punto de reunión de lanumerosísima chiquillería de la familia. En ocasiones juntábamossesenta. Qué alboroto infernal! Cuánto considero ahora a la pobreseñora que supo exten­der su amor maternal a los suyos y a loshijos de todos sus próximos!

Amplia, soleada, la casa en San Victorino, llevaba impreso elsello del confort que tan bien entendiera don José Francisco miabuelo, en sus edificaciones. Allí nos reuníamos, principalmentelos domingos, y jugábamos como locos todo el día. Cuántas vecesescapándome de mi casa, allí iba a refugiarme, cuando por algúnmotivo tenía que temer la mano no muy suave de mi mamá; mi tíaarreglaba todo, parlamentaba y, pasada la borrasca, me llevaba ellamisma para asegurarse, de visu, que sus gestiones habían dadobuenos resultados.

Con mis primos-hermanos para mí-asistìamos jun­tos a la escuelay juntos repasábamos las canciones pa­trióticas que el patrióticomaestro alemán nos enseñara.

Fue costumbre en mi casa la tertulia familiar todas las nocheshasta las diez; concurrían mis tíos que, con su chispeante ingenio,lo amenizaban todo; se hacía buena música-------

Hoy día, ya olvidado de todos, surge ante mí la figu­ra de unode los hombres más extraordinarios que ha da­do Colombia: el doctorIgnacio Pereira-el cojo-médico que sin recurso del microscopiopenetró en el origen microbiano de las enfermedades y sostuvo suhipótesis, pasando por maniático, muchos años antes de que Pasteurhubiera llevado a cabo sus famosas investigaciones. Estableció, élprimero, la doctrina de la asçepcia y la antis­çepcia con claridadinnegable.              

Tocaba la guitarra, el grato doctor, y le gustaba cantarcanciones sentimentales del estilo de entonces.

                Los Gambas se distinguieron por su exaltadomisticismo; de mis tías varias fueron monjas; pero la más santaentre todas viviera, en su antigua casa en Santa Clara, Vidaaustera y casi monástica. En esta casa silenciosa, con su inmensopatio sembrado de flores, las más bellas y mejor cuidadas, pasé yolos años de la pu­bertad y la primera juventud al lado de la buenaseñora que hizo por mí algo más de lo que el común de las ma­dreshacen por sus hijos.

La caridad ardiente de mi tía trinidad obligábala a vivir conestrechez, pues todo lo daba ningún pobre, ningún necesitado acudióa ella en valde y, cuando prestaba dinero, daba a los pobres suropa de vestir y la de cama. Según decían fué la más hermosa de lasGambas, que lo fueron extraordinariamente, pero cuando yo laconocí, la edad sólo dejara de élla una expresión nobilísima yaustera sobre un fondo inmenso de tristeza y desencanto en susfacciones.

Nunca la oí hablar del pasado; en tantos años como viví conella, jamás logré adivinar ni sus penas, ni sus desengaños.

En religión representaba el tipo un poco jansenista de la época;en secreto llevaba a cabo sus prácticas religiosas caseras, y sólola vi enojada un día en que mi cu­riosidad infantil me condujo aacecharla . Las sirvientas-antiguas mandaderas del Convento delCarmen-hacíanme estremecer de horror contándome las tremendaspenitencias, las disciplinas, los cilicios......

 

 

Antes de la guerra del 76, nuestra casa en San Juan de Dios eraconcurridísima; los grandes negocios de mi padre, sus monumentalesempresas, su actividad comer­cial, su influencia política y en fintodo lo que hace a un hombre hombre del momento, llevaba a nuestracasa to­da clase de personas ; ingenieros norteamericanos oingleses traídos por él, ya para la empresa de alumbrado en Bogotá,ya para los ferrocarriles, para la barca o el puen­te de honda;gentes de negocios, políticos prominentes e infinidad de personajespululaban allí. Los suecos eran la gran especialidad de mi padre;el doctor Nisser y el doctor Rodolfo Andersen considerábanse casicomo miembros de la familia ; asimismo Francisco Groot-entoncesPa­cho-Secretario de mi padre.

En esta atmósfera de actividad y de poliglotismo se despertó enmí, desde niño, el amor por la ingeniería como profesión y laafición al estudio debe idiomas extran­jeros comodivertimiento.

Los recuerdos de los hombres en Colombia están siempre ligadoscon las revoluciones; para saber la edad de alguien bastapreguntarle cuál es la última guerra civil de que acuerda.Periódicamente el país fue devastado por la revuelta.

                Qué bonitos uniformes usaran mis hermanos,Francisco y Ricardo, en la Guardia Cívica de Bogotá cuando lasguerrillas amenazaban la Capital y los jóvenes funda­ron batallonespara defenderla! Del convento de la en­señanza donde se educarasalió, en ese tiempo, mí her­mana Margarita, hosca, huraña cómo meacuerdo! Quería sólo hacer pesebres y cantar villancicos. Un díacomo alcanzara a divizar a don Santiago Pérez, fuésele encimadiciéndole llena de furia: "Quítate de aquì rojo malvado."Afortunadamente para élla la atmósfera social cambióle pronto elenfurruñamiento monjil por el más suave y dulce de losescepticismos.

Después de la guerra del 76, tomó más impulso el entusiasmoinstruccionista; los hombres de entonces ca­yeron en el infantilerror de creer que un pueblo se trans­forma instruyéndolo, y lo quees peor, que puede trans­formárselo en el corto lapso de unageneración.

Al entusiasmo de los únos se enfrentó el entusiasmo de losótros; ante las escuelas que se decían ateas se expulsaron lasescuelas ultracatólicas; ante la Universidad, los Colegios deCuervo, Concha y otros. Pero resultado benéfico: la instrucción sedifundía.

                En las familias, las madres timoratas preferíanque sus hijos se quedaran ignorantes más bien que enviarlos a losestablecimientos malditos, donde éllas, así se lo ima­ginaban, losprofesores fueran el mismo diablo en persona; los padres liberalessostenían la enseñanza oficial, mirando con malos ojos que sushijos fueran educados por beatos ignorantes. Pero es de justiciareconocer-y esto vengo a reconocerlo ahora-que los liberales dieronsiem­pre toda garantía a los establecimientos privados que losconservadores levantaron delante de los suyos como un desafío; loque vemos ahora es muy diferente de lo que sucedió entonces.

Varias generaciones se educaron en los colegios pri­vados enpugna con la educación oficial, y de tánto hom­bre ilustre como deéllos saliera-los hay muchos vivos todavía-estoy seguro seacordarán que el Gobierno libe­ral dió muestra de la mayortolerancia.

                Sea lo que fuere, el movimiento en favor de laIns­trucción Pública entre el 76 y el 83 es algo que marca ra­ya enla historia de estos países. Los liberales creían qué instruyendose hacían invencibles, los conservadores, por su parte, queinstruyéndose vencerían; y, de esta pugna sa­ludable, surge elmovimiento intelectual, la floración más grande de lasinteligencias que dió con justo motivo a Bogotá el puesto supremoen la América, la Atenas como todos la aclamaban.

Tras corta divagación por el Colegio de don Ricardo Carrasquillay por el Seminario Conciliar, insté a mi pa­dre me matriculara enla  Universidad Nacional ; me as­fixiaba la atmósfera de loscolegios beatos! ......

Cuál sufriría mi madre? ahora lo pienso; pero, en­tonces elbrillo magnifico, de esplendorosos soles, que irra­diaban VargasVega, Salvador, Camacho, Liévano, Ancí­zar, el inmenso Rojas y -tantos y tantos mas, obsecaba mi espíritu y no lo siento. A loshombres de entonces debo el amor a las ciencias, el criterioriguroso, la sinceridad en mi alma y cuanto bueno hay en mi.

Y así fue cómo, una mañana en el 79, llevóme mi padre a mí-niñode trece años-al local de la Candelaria, a la presencia del generalRudecindo López, Rector de la que entonces se llamara Escuela deIngeniería Civil y Militar, reorganizada en esos momentos bajo unnuevo plan.

Era el general López hombre bondadosísimo pero severo en losasuntos de disciplina militar; ocupaba bri­llante posición debidaenteramente a sus méritos personales. Como Rector de la Escueladaba el mayor interés a la parte de milicia y nos sometía a laordenanza con es­partana austeridad.

Yo no sé por qué una gran mayoría de los grandes- patanes comose los llama en los colegios-odiaba al Vi­cerréctor Londoño; elhecho es que entre éstos fraguaron y llevaron a cabo la mástremenda insurrección que re­gistran nuestros anales escolares.

No hacía mucho había llegado a Bogotá la primera misión militar,la americana, compuesta de los coroneles Nichols y Lemly de loscuales el último organizó, más tarde, la primera Escuela Militar,separándola de la Escue­la de Ingeniería Civil; al decir primeraescuela militar no echo en olvido la otra que el general Mosquerafunda­ra; empero, me imagino que no fue de mayorconsecuencia.   

La insurrección de los estudiantes pudo haber tenido los peoresresultados a no ser por la serenidad de temple y la presteza delgeneral López para acudir al teatro de los acontecimientos; Luis M.Peña, joven chiquinquireño, que había sido el alma del motín, sesaltó la tapa de los sesos delante de todos nosotros; espectáculohorrendo que jamás olvidaré.

Grande fue la sensación en Bogotá con los aconteci­mientos de laCandelaria; se extremó la disciplina; qui­táronsenos armas ymuniciones ; a consecuencia del atolon­drado movimiento de losestudiantes vino la separación de las dos Escuelas. La deIngeniería Civil se organizó en

local separado de la Militar.

Entusiasta el doctor Salvador Camacho Roldán por la enseñanzaagrícola científica, consiguió del Gobierno se fundara elEstablecimiento más notable que ha existido en Colombia: elInstituto Nacional de Agricultura Su­perior.

Nunca se vió en América un instituto de enseñanza superior endonde se diera instrucción tan sistemática­mente rigurosa y tancompleta. Pero también es bueno saber que nunca vió Colombia tanbuenos estudiantes como los que se pasearon por los claustros de laamplia y bella quinta de Segovia.

Despertó en mí el doctor Camacho Roldán el amor por el estudiode las Ciencias Naturales; con su voz sua­ve y persuasiva me hacíaver las inmensas lontananzas que al hombre abre la investigaciónexperimental; la Química, en sus conversaciones, aparecía hadafascinante capaz de realizarlo todo, de transformarlo todo.

Por él, haciendo un esfuerzo supremo, entré al Insti­tuto ypretendí seguir a un tiempo mismo dos carreras.

 

 

La Universidad Nacional, la gran Universidad como ahora mismo sela llama, era una entidad poderosa, res­petable, respetada ytemida. Disfrutaba, si no de la auto­nomía rentística, si de laautonomía instruccionista, la au­tonomía de su régimen interno y lacompleta libertad de enseñanza. Su cuerpo de Profesores, elegidoúnicamente en vista de la capacidad, estaba formado sin distinciónde partidos políticos; en su recluta se buscaba la calidad, nadamás que la calidad.

Un Rector, asesorado por Consejo Universitario nu­meroso,gobernaba la institución; no existía en ese tiempo el Ministerio deInstrucción Pública, árbitro último, como ahora, y juez supremo enasuntos escolares.

Fue el doctor Antonio Vargas Vega por años y años Rector generalde la Universidad Nacional y, si temido por su extraordinario rigoren cuanto se refería a los es­tudios, fue siempre respetado; pormuchos entrañable­mente querido; unánimemente admirado. En laUniver­sidad, donde no había condescendencias donde eradesco­nocida la preferencia, teníase que estudiar o dejar elcampo.

La Escuela de Derecho llevaba la batuta; en la Facultad,inteligencias como las de Antonio José Restre­po, Arrieta, Uribe,Obeso y tántos más, dominaban ente­ramente, de allí irradiaba atodos los demás centros uni­versitarios.

 

La Libertad soplaba como viento huracanado. Leía mas, con furor,los GIRONDINOS  de Lamartine, los MONTA­ÑESES de Esquiroz y cuántose haya escrito, apasionado y ardiente, sobre la Gran Revolución.Quién de nosotros no se sintiera el alma de un Vergneau, de unDemoulins, Saint Juste o aún de Robespiere ?

En momentos de frenético entusiasmo-muchas ve­ces al salir declase- trepábase alguno de nosotros sobre una mesa y dirigía a losdemás discursos apasionados en los que restallara la frasevehemente, toda ella hija del amor a la Libertad.

Pero, para qué hablar más de éstas cosas? Pasó to­do, y ahora lageneración qué se levanta, se levanta sin ideales; el ansia dellucro es lo único que puede moverla.

En todas partes hubo tipos entre los estudiantes, pe­ro enninguna como en el Instituto de Agricultura Supe­rior. Allí,Efigenio Flores, de capa española color carme­lito, forro granada ybroche de metal. Sabia de mujeres y tocaba admirablemente labandola. Dado, como todos 108 Flores, a la poesía, era la figuraconspicua de estudiante de Salamanca; allá, Rosendo Mora, austero,frío, incan­sable en el estudio; algo como Robespiere en su figura,analista dogmático. Jesuíta que ahorcara los hábitos, sa­biacontarnos historias curiosisímas de la manera cómo se asciende enesta masonería del traje negro; su inteligen­cia era poderosa yaunque no lo hubiese sido, su perseve­rancia hubiera vencido losmás grandes obstáculos. Más allá, Namías, un momposino, grantocador de acordeón - cual casi todos los costeños-y hombre de loslupanares, llamaba sus venústicas cicatrices la marca de lavirilidad. Y cómo negar a Umaña que nunca pudo pasar del primeraño? Pequeño, pero de fuerza atlética descomunal, erró su vocaciónbuscando en la Universidad lo que más facilmente, y con mejorprovecho, con siguiera en un circo.

Santofimio, ampuloso y doctrinario, con figura medio dantonescaera nuestro orador     obligado en todaemergencia....................................................................................................                                   

Muertos todos, talvez, los que formamos esa pléyade de jóvenes,dos vivimos aún a quienes uniera estrecho lazo de la más fuerte yperfecta amistad: Laureano Gar­cía y  yo.

Cómo se formó nuestro cariño? Desde el primer día, Yo era unmuchachote tímido y de exagerada mo­destia; la sangre se me subía ala cara por el más insig­nificante motivo haciéndome perder el hilode las cosas. Pero cuando me familiarizaba con las circunstanciasnin­guno fuera tan audaz y atrevido. Cual gallina en corral ajenoel primer día que asistiera a las clases, tímido y en­cogido;miraban los compañeros con zorna al muchacho cohibido que de otroscentros universitarios trajera fama de inteligente.

Raquítico y extraordinariamente miope, entonces, García, fue elprimero que vino a mí a tenderme una mano de amigo e informarme decuanto valiera la pena de conocerse. Desde el mismo momentointimamos. Oh amistad, rosal florido de la juven­tud primera. Ohamistad ! No escribieron sobre tí libros enteros los antiguosfilósofos del puro latinismo? Sobre tí no han  escrito los másbrillantes, los mejo­res de todas las lenguas? y qué diría yoahora?  Repetir en mal estilo lo que se dijo en bueno, o pretendersobre­pasar lo que escribieron quienes sabían hacerlo? Oh, no; parasaber cómo son las cosas es preciso sentirlas y el destinoconcedióme la suerte de haber sentido-allá en esos tiemposlejanos-la perfecta amistad, la pura, la sin mancha, la sininterés; la que fluye de los corazones, como el chorro de agua,suavemente, murmurante y continua.

Suave sin agitación, continuo sin modificación.

Ser los mejores, los más fuertes, los más perfectos, tal eranuestro ideal. Los medios?... La lectura, el ejer­cicio, lagimnástica. Creíamos, en la gimnástica funcional como dogma de fe.Llegaran en ese tiempo, por primera vez a Bogotá, las obras deSmiles que leíamos ávidamen­te. Qué cándidos: nos fascinaba eloptimismo forcenée del buen inglés!

Por las tardes, saliendo de clase, marchábamos a paso gimnásticolos cinco kilómetros a Puente Aranda y sin detenernos volvíamos dela misma manera para acostum­brarnos a ser invencibles contra lafatiga.

Pero qué delicia esos paseos!......Laureano, con el dónmaravilloso que siempre lo ha distinguido de la narración fácil,contábame novelas que él leyera. Ay Dios mío! fue­ra de Julio Verneyo no había leído nada todavía. De su boca salían, mejor mil vecesque lo escrito en el libro, las relaciones horripilantes de losMSTERIOS DE LONDRES de Trollop, y por la noche en mi cama, yosoñaba con aquel personaje siniestro que se deleitara leyendo lasRECREACIONES ToxicoLóGIcAs; con Ana y con María, más sobre todo conJosé María Tellez Dalarcón, Márquez, de Riosanto, que llenaba miespíritu con la fascinación de lo potente, de lo perverso yfuerte.

Contárame también Los MOSQUETEROS y otras de Du­mas que leídaspor mí - después de algún tiempo-pálidas, sin brillo, y sin interésme parecieran comparadas con la narración vivífica que a mi amigole escuché, en­cantado, durante nuestros paseos a PuenteAranda.

Los domingos subíamos a Monserrate antes de al­muerzo; fatigantejornada para todos, que a nosotros se nos hacía un juego.

 

Rothlisberger, excelso Profesor de Historia, contra­tado enSuiza por el Gobierno para San Bartolomé, fundó por ese entonces,con los estudiantes, el Club Andino a semejanza de los Alpinos desu país. Ideal de educación física para los jóvenes; paradeterminar en ellos el amor a la naturaleza y a los estudios deobservación.  Ideal para preservarlos del licor y de las malascostumbres que se contraen en la ciudad : andar a pie, largas,larguísimas jornadas; contemplar los panoramas magníficos denues­tros Andes y aprender a conocer las plantas, las piedras, losinsectos..... tal era el objeto de nuestra asociaciónestudiantil.

Activos fuimos García y yo corno miembros del an­dinismo, sobretodo al principio; pero poco a poco fuímo­nos engolfando en elestudio, la lectura y la especulación.

Tremenda palabra: especular.  Para qué se investi­ga el por quéde las cosas? Para qué se pretende pene­trar en el reinoinaccesible de lo que no se puede conocer? Para qué bregarcabeceando contra el desconocido absolutamente inconocible ?  Ya elviejo poeta griego lo dijo:

" No se piensa impunemente."

Entonces se desarrolló en nosotros la pasión por los libros; lased inextinguible de leer y leer. Como el alco­holizado bebe, comoel morfinómano se inyecta, como todo vicioso frecuenta la acciónviciada sin encontrarse sa­tisfecho nunca, así el Ieyente,leé.....

Leíamos todo; ya no ibamos a Puente Aranda sino que saliendo declase nos ibamos a la casa de García. Oh aquella casa! Que pudierayo describir tu atmósfera!; que me fuera dable volver a ver a lavieja querida que a la par de sus hijos acostumbrababendecirme!

Severo, limpio, ordenado con minucia extremada- exteriorizacióndel orden, método y sobriedad de Laurea­no-su cuarto era el másexquisito retiro para la medita­ción y el estudio. Si las cosas deuso, si nuestros aposen­tos, si todo lo que se toca con nosotroslleva el sello de nuestra propia personalidad; si es posibleindagar el ca­rácter de un hombre por la forma que toma susombrero, el modo cómo gasta los botines o por su caligrafía o pormil otras cosas en las que él marca el sello personal, creo yo quenada es capaz de dar tánta idea, al respecto, como el arreglo delaposento en que habitualmente mora.

La, entonces incipiente, biblioteca ya contenía bas­tante; losmejores autores franceses; Macáuley, la de Juderías Bender; Goethede Llorete; Bequer y, tántas cosas más fuera de libros de estudio.Y allí, con voz emo­cionada y dicción admirable, Laureano me leíaVigny, las campanas de Schiller, el Cuervo, Cuentos y Leyen­dasensayos de Montaigne....en esa. escuela aprendí a amar la bellaliteratura.

 

Viviera yo entonces en Santa Clara con mi tía Tri­nidad. Mipadre desilusionado de todo, horrorizado de la maldad de loshombres se había retirado de los negocios y de la vida pública y,con mi madre y mis hermanas- primero en la Villa de Leiva y luegoen su hacienda " El Tejar," en Cajicá -aislado, pasó un cuarto desu existen­cia, fuerte y activo sin embargo, en el retiro y lameditación.

Recelosa en extremo por mis amistades de colegio, mi tíasinembargo, tuvo por Laureano, desde el primer momento, la másgrande simpatìa y si Flórez u otros condiscípulos que iban aestudiar conmigo poco le agra­daban, al ver a García, ligera,bondadosa sonrisa alegraba su semblante.

En la morada de la buena señora yo ocupaba media casa. Allí miprimer Laboratorio, mi cuarto de estudio en donde lucía un inmensopizarrón y utensilios de escuela y luego el dormitorio cuyoprincipal adorno era un bellísi­mo esqueleto humano que paraestudio y meditaciones me sirviera.  Era el terror de todos en lacasa, el tal esquele­to, motivo de disgusto y repugnancia para mibuena tía que lo soportaba, no obstante, como soportó tántas mássolamente porque me gustaban.

Concurrían a mi estudio-si pudiera llamarse así mivivienda-condiscípulos de ingeniería y Ciencias Natura­les arepasar conmigo; de allí salió mi amor al profeso­rado y laclaridad de exposición.   Pero había días reser­vados paraGarcía.

De vuelta de nuestros paseos, en vez de la suya, buscábamos micasa; y encerrándonos en mi cuarto depar­tíamos hasta tarde. Miamigo gozaba de la preminencia-ávidamente envidiada por mí-de tenerllave de su ca­sa. Jamás consintiera mi tía que yo usara talinstrumen­to de libertad; duélome confesarlo ahora, la primera quetuve fue hechiza, adquirida por medios subrepticios de la másdesleal falsificación.

La ambición naciente, las preferencias que guiaran nuestrosfuturos destinos en la vida se esbozaban entonces él, conductor dehombres, almacenador de este gran po­tencial que se, llama dinero;yo, el estudioso, el que siguie­ra-cual soliéramos decirlo-lamodesta profesión de sa­bio.

En mi primer Laboratorio - que más parecía la ma­driguera de unalquimista que la morada de un químico- se hacia práctica laenseñanza teórica que se daba en la Universidad ; desde entoncesllamáronme mis amigos FAUSTO, nome de guerre que me sirviera luegoen nuestras andanzas amorosas.

 

Por esa época leyóme García un folletín llamado "Elsa,"historieta romántica de la más extrema castidad. Qué impresión mecausara?  Por que ha influido tanto en mis destidos? Por qué loconsidero como punto de parti­da de la evolución interior que mehizo ajeno a la ambición de ganancia y de lucro?  Yo no lo sé; peroahora, ya viejo, al releerlo, un río de lágrimas corre por misme­jillas. Será el recuerdo?  Será la sugestión de la cosamisma?

He aquí intercalada la historieta ; si la generalidad no lacomprende, siempre habrá algunos que la puedan sentir.

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