SEMANA
Santa
Después de los trescientos sesenta días corridos desde Abril de1883, vuelve ahora la semana suculenta de los sacerdotes. No essuficiente que cada iglesia tenga veinte santos, que cada santotenga mil devotos, y que cada devoto dé a los curas la contribuciónde su ignorancia en forma de pesos y de víveres; es preciso todavíaque haya una semana más productiva, mejor dotada, en la cual nadiepueda, de esta ó de la otra manera, evitar que el bolsillo repletopase a la faltriquera de los ministros del altar. Estamos en plenasemana santa: ¡hurra por el adelanto!
¿Qué se celebra en estos días? La pasión y la muerte de Jesucristo,se os dirá; y observad que se sienten tanto las penas de Jesús, quees, ahora mismo, cuando ellas se conmemoran, cuando loscomerciantes venden sus telas más preciosas y más caras, y losdueños de cantinas sus más exquisitos licores, las jugosas carnes ypescados, y las más sabrosas conservas de las fábricas de Europa.Es ahora cuando los vasos de cristal, de porcelana y de alabastrose llenan en las salas con las flores de matices más vivos. Sediría que nuestra sociedad, alegre, se prepara a bailar decontento, y que agradece mucho a los judíos que crucificaron aCristo, el hermoso pretexto que le dieron al tiempo para estar debuen humor.
De ningún modo suscribirnos las teorías que conducen alaburrimiento; son muy prosaicas y hacen que los hombres pongan lacara detestable. Pero nos agradaría que hubiera un poco defranqueza, y que cuando estemos de fiesta, no hagamos el papel delos pícaros de novela, que ríen con un ojo y lloran con el otro. Silas iglesias son lugares misteriosos de citas galantes, si allíconcurren las parejas divertidas que se quieren; entonces que elgordo sacerdote no nos importune con sus sermones aprendidos enmanuales indigestos de oratoria sagrada, y con la misa, que hacetomar una dolorosa e incómoda posición; que en vez de saborear élsolo su vino prepare un banquete para todos, se ponga un mandil,como quería José Nakens, y escancie el rojo licor en copas de oropara que pueda aplaudírsele como a simpático Ganimedes. Que elórgano no dé al recinto sonoro sus notas tristes, que hacenentumecer los nervios y pensar en los difuntos, sino la plácidabarcarola y el torbellino de notas que convida al baileprecipitado; que las jóvenes gargantas de niños y de niñas, quegritan tan lúgubremente los salmos de la Iglesia, hagan correr porel viento el trino alegre de los pájaros en primavera, o la dulcecantinela con que despierta la serenata a la mujer que se ama.Amamos la belleza artística y querríamos que el jueves santo sequemaran en holocausto al arte esos varones y esas hembras de paloque guardan los nichos; figuras tan feas, con la cara llena dealbayalde y de carmín, con los ojos de vidrio comprados dondeSaunier, y con vestidos hechos por el sastre según los últimosfigurines de
|La Moda Elegante. Nos gustaría que lasprocesiones no se limitaran a las calles de Bogotá, donde no secircula libremente, y que en cordial expansión, hombres y mujeres,tomaran el camino de los alrededores, para danzar sobre la yerbamenuda o entregarse a pláticas amorosas a la sombra de la enrramadadel campo. Así se realizaría una anacreóntica de Meléndez. Bien seentiende que no sería preciso llevar los ciriales y las pesadasandas, ni las velas de cera de castilla que manchan los guantes ylos vestidos ni quitarse el sombrero, que preserva del sol, niarrodillarse sobre el barro cuando el señor cura se para; pero losmonaguillos podrían tener su lugar en los grupos amenos, ellos sonmuy entretenidos con sus camisas blancas, bordadas en el cuello yen los puños, sobre el fondo purpúreo de su pequeño hábito; losclérigos, si desarrugan el ceño, podrían ir también con susmujeres, aun vestidos con traje de iglesia, como que recuerdan unpoco las mascaradas de carnaval.
¡Ah! pero se gasta mucha plata para hacer el coco en las iglesias,y fatigarse en las calles detrás de un borriquito el Domingo deRamos, y detrás de los judíos, la Dolorosa, San Juan, San Pedro, laVerónica etc., etc., en otros días de la semana. Sólo los clérigos,después de representar en las iglesias o en las calles el acto dela comedia que les corresponde, pueden reírse a sus anchas, endulce compañía, al contar los montones de pesetas que arrojan a susplatillos de mendicantes, ya la ingenua credulidad, ya la opulenciavanidosa. Sería de verlos el Viernes Santo a la hora de lamerienda, entre manjares ricos y vinos espirituosos, recordar,ahítos ya, y satisfechos, las prebendas de la semana, y exclamarcruzando las manos como para orar:
-i Bendito sea el Señor que hizo morir a Cristo!
Y será muy triste, el Domingo de la Pascua, ver la cara que haga elclérigo en el refectorio. Sus ojos turbios parecerán que no miranlas viandas abundantes ni el licor que tornasola loscristales.
- Y está indispuesto su paternidad? preguntará el sacristán.
-No he de estarlo, bellaco, dirá el cura, ¡Si Cristo haresucitado!
(
|La Actualidad, 1884).