Pombo escribió esta terrible estrofa:
"¡Oh que batalla tan dura
Reñirás con tu conciencia
En la mísera existencia
Que arrastras con amargura!
Infame el crimen perdura;
Roe el mal eternamente;
Y así, joven, ese miente,
Que con raciocinio falso
Ha derrumbado el cadalso
Y conserva al delincuente."
Al pie escribió Rojas Garrido, maestramente, esta píainspiración:
"La sangre que reclamas es estigma
Y lleva la desgracia en su turbión;
Eres bardo, lo sé; pero yo juro,
Poeta, que no tienes corazón."
José Caicedo Rojas escribió:
"Los blancos armiños de una noble cuna,
La súplica piadosa de una madre pura,
¿Quién de luto cubrió?
El sol de la mañana, la veste de la aurora,
El verbo de lo alto, la más cristiana forma,
¿Quién en sangre veló?
Rigor sea la justicia,
Que la piedad es Dios."
Hay sobre todo un soneto admirable de Guillermo Pereira Gamba, unamuy original oda del señor. Santiago Pérez, así como robustasestrofas del señor Rafael Núñez.
Poco a poco fue olvidándose al famoso criminal y pasados algunosmeses ya no lo distinguía la curiosidad entre el tumulto de reos.Con todo, no se le dejaba de la más austera vigilancia, ni se lecambió de celda, que siempre fue la suya una de las que llamanfuertes, que está como incrustada en las poderosas columnas quesostienen el amplio edificio.
El carcelero, sin darse cuenta, le cobró confianza a Gutiérrez; nola confianza de la simpatía, pero sí la que constituye en lospresidios el disimulo de la fuerza. Pasó el trágico protagonista de
|Los Alisos a ser un delincuente anónimo, y esto hizocambiar el giro de sus pensamientos; pues se sabe que el crimenprodujo en Justiniano una atonía semejante al aturdimiento-quehacía prever que toleraría el castigo-pero con las circunstanciasposteriores cobró más iniciativa su ánimo y apareció en su cálculoel deseo de libertarse, que cada día iba robusteciéndose más.Principió por estudiar la posibilidad de su fuga, en lo que serefería a la organización interior del Panóptico y al edificio, yen seguida, pensó en su seguridad personal después de su escape.Resuelto a evadirse, tuvo presentes a dos cómplices de toda suconfianza, como que de su discreción dependía la libertad de ellos.Disimuladamente los enteró de su propósito y el domingo 25, en unaconferencia final, estuvo todo resuelto.
La evasión debía hacerse el 26, pero hubo un in convenienteimprevisto y se aplazó para el 29.
Una última entrevista tuvo lugar.
-En ustedes confío, dijo Justiniano a sus amigos, y en su voz habíala mayor ansiedad.
-Puedes estar tranquilo. Si no te matan adentro, lo demás corre denuestra cuenta
-No olviden nada.
-Nada. El caballo estará en el costado sur, entre el bosque decerezos. Tú sabes que es brioso en extremo. Plata habrá en losbolsillos de los zamarros y armas en los sacos de adelante.Nosotros velaremos cerca para ayudarte en caso de un contratiempoafuera.
- ¿Y la señal?
-Te la anunciaremos en una carta que llegará a u poder a la hora dela comida. Y sabes que Juan...
-Chit!...
En este momento un vigilante se acercaba, y los dos amigos,recibiendo una mirada de esperanza, se confundieron entre lasmuchas personas que visitan a los presos en las galerías anchas delprimer piso.
La evasión resuelta, Gutiérrez se retiró a su celda, aparentementetranquilo, pero lleno, en realidad, de los temores que acompañan unpaso tan arriesgado. El había estudiado las costumbres de losguardias y de los empleados y sabía que la única dificultad, parala fuga, eran los enormes cerrojos de las puertas, colocados desdemuy temprano; mas tenía la seguridad de que una vez escapado de lacelda, no ha hallaría un obstáculo serio. Podía muy bien encontrarlos puntos débiles del edificio guardados por centinelas, peroéstos jamás eran más de uno en cada lado, que por tener quecustodiar un largo trecho bien podía no percatarlo; y en casocontrario, habría lucha, fácil de sostener para un hombre fuertecomo él y además armado, pues desde muchos días atrás tenía unagruesa barra de fierro, olvidada por descuido, y sigilosamenterecogida y guardada entre las ropas de su cama.
La parte grave eran los cerrojos del fuerte, pero este riesgodecisivo había desaparecido por casualidad. Hacía dos meses que elcarcelero, hombre curioso, que tenía culto por los hechos íntimosde los acontecimientos criminales, deseaba hacerse a todas lasinterioridades del misterioso drama de
|Los Alisos.
-Yo sabré qué hay en esto, se decía. Es imposible que este hombreno hable: hablará.
Y desde entonces hostigaba a Gutiérrez con preguntas sugestivas,con largas conversaciones y, arrastrado por la pasión de sabersecretos, por una especie de sed devorante, llegó en poco tiempo ade partir horas enteras con el asesino, en su misma celda. Pasó deallí a permitirse cierta expansión, fingida con él, y desde el mesde Enero ya pasaba con Gutiérrez largas veladas de juegos debaraja, en que lo menos era jugar y todo se convertía eninterrogaciones judiciarias.
Justiniano se había encerrado, al principio, en una reservaabsoluta, pero luégo meditó que era conveniente a su propósitohablar bastante, fuera mentira o verdad; y como cediendo a lasinstancias del carcelero, fue poco a poco haciéndose máscomunicativo, aparentemente franco, hasta llegar, el día anterioral 6, a prometerle una confesión explícita.
Esta promesa llenó de placer al curioso, que se prometió no perderel más mínimo detalle.
- ¡Vaya! decía a solas, frotándose las manos. Lo que la sociedadignora voy a yo esta noche. ¡Ja, ja! Qué cara pondrán mañana en latertulia cuando D. Francisco me pregunte:
-Y qué hay de nuevo en tu infierno? Y yo les responda:
- ¿De nuevo? Nada. Poca cosa. Siempre lo mismo.
Y burlonamente me digan:
-Siempre el mismo cantar: eres un imbécil, Pedro.
-Sí, soy un imbécil, por ahora no sé otra cosa sino todo lo quepasó en
|Los Alisos: cómo se verificó el crimen y cuántosson realmente los crimina les. ¡Oh, qué cara pondrán en latertulia!
Antes de las diez los cerrojos del fuerte se corrieron y aparecióen el umbral el carcelero con un farol en una mano y una baraja enla otra. Justiniano estaba recostado en su lecho y una sonrisanerviosa resbaló, como una víbora, por sus labios delgados.
-Buenas noches, señor Gutiérrez, dijo el cancerbero.
-Buenas noches, respondió Justiniano, alzándose del lecho y yendo aarreglar dos bancos cerca a un poyo de la pared, que servía comomesa para el juego de la noche.
-Ha venido usted muy a tiempo, añadió, después de hacer lospreparativos del juego, porque iba a hacerlo llamar. Estoy desdeesta mañana sumamente enfermo y necesito que se me designe elvigilante que ha de acompañarme para salir cada momento. Me esindispensable....
El cómitre sintió una viva contrariedad. En otra ocasión habríadicho al preso: "aguarde usted hasta mañana;"pero Gutiérrez tenía para él, en ese momento, una ciertaimportancia, que lo hacía momentáneamente amable. Contestó alpunto:
-No tenga cuidado. Hasta las doce acompañaré a usted y luégo vendráun vigilante. Voy a prevenirlo.
Y el cernícalo salió, cerrando a su paso la puerta. EntoncesGutiérrez, con una presteza desusada, sacó del bolsillo de supantalón un papel que desdobló y leyó, a la luz del farolabandonado por aquél:
"Justiniano: Todo estará previsto a satisfacción. Elcaballo en los cerezos. Nosotros en el lugar convenido. Una piedraarrojada tres veces contra los hierros de la ventana del fuerte,será la señal a la media noche. Valor.
X.X.X.X.
29 de Marzo."