¡Y qué agradable el pan moreno del hombre emancipado! Cuán gratoel olor del rústico alimento que las manos libres disponen sobre elfogón campestre! ¡Cómo lucen en el cuerpo de las mujeres del puebloesas telas modestas que el hombre no ha comprado en la feria de lospoderosos, y esas flores del monte ufanas sobre sus frenteserguidas!
¿Queréis, en fin, a los ricos respetables? Que ayuden a la libertadde los pobres.
¡Y el crédito! La hombría de bien es la fuente del crédito, y no secotiza en los mercados de los poderosos. Las naciones derivan elcrédito de su independencia y de su libertad; y es cuenta baladí lade los millones con que llegaron los hombres a su sepultura y lospueblos a su ruina, porque no se decanta sino el bien y el mal dela conducta en la vertiginosa rotación del tiempo.
Luego amar la paz a todo trance, es establecer la inmunidad deldespotismo, pues no han de querer cosa los tiranos que lacondescendencia de los pueblos ; y no sé de quién pensar más mal,si del que ejercita la tiranía, o del que la soporta.
Jerez no se perdía en el laberinto de las palabras que infunde elmiedo de cuclillas en los corazones irresolutos.
Sabía que las armas son indispensables para el éxito y se lasingeniaba en sus empresas; pero también advertía que el pecho decada ciudadano es una fragua ardiente en que la audacia improvisalos elementos del triunfo: Fuese por el medio, con la vista puestamás allá, y legiones de combatientes lo siguieron, y se alzó ycayó, con la varia fortuna de las armas, que trueca los laureles encipreses, para seguir la porfía el día de mañana. Así lo hicieranlos encargados de las iniciativas populares en América, y laevocación del pasado, que sintetiza Rafael Núñez, por ejemplo, noasombraría el Nuevo Mundo, con la comandita de sus infamias.
Como los grandes guerreros democráticos, Jerez simplificaba, sutáctica en esta palabra: combatir. Como los esforzados caudillosrepublicanos, cifraba su esperanza en esta palabra: vencer. Y comolas almas convencidas, sumaba los infortunios de la guerra en estapalabra: perseverar. Que son las tres cimas en que se asientan,prontas a encumbrarse, las águilas de la victoria.
A la evocación de este caudillo indígena el desastre se embellececomo los campos de un labrador titánico.
Entonces, la espada es cómo el arado; las granadas son las bellotasque producen la encina de la libertad; las bayonetas dejan en lacarne flores de inmortales rojas; las balas de los fusiles vuelancomo palomas mensajeras, y el humo de la pólvora en el camposangriento, cuelga un manto real de fondo escarlata, sobre laespalda de los combatientes.
Jerez tomó represalias y fue duro con el enemigo impenitente ysanguinario. Pero decidme ¿es que los partidos liberales han de iratado al sacrificio como el hijo de Abraham? La venganza es a vecesfermento indispensable al corazón humano, y el olvido de lasofensas, en ocasiones, es el olvido de nosotros mismos.
¡Perdón, baldón!
Ha dejado odios profundos, porque las cicatrices de las derrotasson incurables entre los conservadores mediocres, que nunca van decara al sol, se despiden de sus harapos políticos con el llanto dela soberbia; pero los adversarios leales de Jerez evocan laconformidad del poeta:
"Consuélete saber que fue de Eneas
El noble acero que te dio la muerte."
He tocado la orla de su manto encendido por las batallas, sinpenetrar todo su pensamiento caldeado por las ideas radicales; masdesde la altura en que nos coloca su genio, no se puede prescindirdel espectáculo de los pueblos americanos, tan alejados del lugarque les fue prometido por el ejemplo de Jerez y por susdoctrinas.
Apóstol que edificaba con la palabra y el acero, creía en lavitalidad de la democracia americana, no tanto por su expansiónnumérica cuanto por su capacidad deliberante; y encomendaba alsentido común de las multitudes las más atrevidas empresas de suánimo. No transigía su razón enérgica con las debilidades deespíritu, y a verse tan escudado por la convicción privada, jamáscreyó in la conciencia política de la América Latina.
A la hora de su muerte, en 1881, no era tan irremediable eldesencanto, porque quedaba algo incólume de la herencia de lospróceres de principios del siglo, y una que otra cúpula rematadacon primor por los artífices del renacimiento democrático.
Hoy, desde esta colina, que forman los triunfos de Nicaragua, sedivisa un desolado valle de tristeza a la luz del solponiente.
Hay cien testamentarios de Fernando VII, con rebaños más oprimidose indigentes que los tuvieron los reyes españoles. Los naturales denuestra próvida zona son regalías de los barateros políticos. En lacorriente espiritual se embarca para el Vaticano el fruto de larapiña, y en la barca del Pescador vienen la ignorancia frailesca yla trama de los hijos de Loyola. La raza desheredada de los indiosparece sorprendida en el sueño de sus huacas, para entregarla a lasuperstición y á la matanza. Disponen del hijo del pueblo como bienmostrenco, y la esclavitud del cuartel es más dura que la trata delos negros. Los tributos nacionales improvisan fortunas porencantamiento, ceban la pólvora de los fusiles y llenan loscepillos de las iglesias. Los caracteres se ponen almoneda, cuandono transitan por el martirio o se los traga la muerte. La juventudse marchita en la escolástica o se inicia en el culto del becerrode oro. La ciencia es vergonzante. La literatura forma un juego depalabras sin originalidad ni verdad. Los poetas vuelan como losgansos. Se ha subvertido la grandeza: los cóndores son cuervos, losleones raposas, y las ballenas cocodrilos. Reina el despotismo: sediría que hemos nacido bajo el signo de las Euménides.
¡Y ni una ceja de luz rasga la tiniebla de las nochesárticas!
¡Y bien¡ Antes que retroceder, caiga la mano del pueblo sobre ellibro de los siete sellos; la mano irreverente de la Revolución,que quema y purifica esas miserias. Descolguemos la espada de Jerezque llevó victoriosa el General Ortiz a Honduras, y alumbremos elcamino con la claridad de estos despojos, que no despiden el fuegofatuo del osario sino la luz de la tempestad, el fuego de San Telmoen el tope de la nave capitana.
Máximo Jerez quería para Centroamérica nuestra Constitución deRionegro, que Víctor Hugo saludó como la mejor presea política delespíritu moderno.
Llegó un día que la traición hizo pedazos el Código que era orgullode Suramérica, porque los pensadores de mi país no se preocuparonlo suficiente en hacerlo inviolable por la fuerza de las armas, quees el complemento necesario de la fuerza de las ideas.
¡Ciudadanos! La gran lección de ultratumba, que os da este muertoilustre es manifiesta: la Carta Fundamental que garantiza vuestravida libre, debe estar cerca de la cureña de los cañones.
NOTA. Este admirable discurso lo pronunció el autor a poco dellegar a Nicaragua, después de evadirse casi milagrosa yvalientemente de las islas de San Andrés y Providencia, a donde lohabía confinado a morirse el Gobierno de D. Miguel Antonio Caro yde D. Rafael Núñez, por el crimen de haber pronunciado, enMedellín, otro discurso, en elogio de Epifanio Mejía, poeta loco,de cuya miseria se dolió el autor y por quien prodigios de caridady benevolencia. La actitud del liberalismo colombiano era entoncesde rebeldía y la guerra se predicaba como la única solución anuestra interminable desdicha. (
|El Editor).