POR MÁXIMO JEREZ
DISCURSO DE JUAN DE D. URIBE EN LA CIUDAD DE LEÓN EL DIA 10 DEMARZO DE 1894-MANAGUA-TIPOGRAFÍA NACIONAL, CALLE DE ZAVALA, NÚMERO61-1894
Señores:
El partido liberal no espera e la resurrección de los muertos, sinoque los resucita el mismo en la conciencia de los pueblos.
Jerez hace hoy una nueva jornada a la posteridad en presencia devosotros.
Y en homenaje al maestro y al guerrero, viene a buscarinspiraciones en su memoria la gente nueva, que se ha despedido delpasado con los derechos del hombre escritos en su Constitución, yel derecho de los centroamericanos a ser libres, sancionado por lapunta de sus bayonetas.
A estos audaces advenedizos no los conmueven las cosas gastadas delritual antiguo. Encuentran que la gloria infecunda es unasuperstición grosera; que el heroísmo salvaje es una estafa alvalor legítimo; que son vanas las idolatrías-la del altar, queembrutece; la de la sangre, que afrenta; la del dinero, queinfama:-y esas falsedades repugnan a la joven democracia.
Ella se confirma en su Evangelio nuevo, en don de la Razón prendesu antorcha, sobre el sepulcro de este grande hombre, que abre ladesfilada de los verdaderos inmortales de Nicaragua.
Jerez es la convicción triunfante, a despecho de los hados y de lamuerte; es la bandera del honor político; un atributo de laRepública y una de las formas de la Patria. Coexiste su vida con laexistencia nacional durante treinta años, y tiene en si los rasgosde la tierra nativa, porque su carácter es elevado y austero comosus montes; sus ideas son amplias, como los horizontes marinos; suvirtud fue una estrella de la mañana, prisionera en las ondas delos lagos, y ya veis que de sus cenizas surgen manantiales de vida,como las fuentes de salud que brotan al pie de vuestros volcanesextintos.
Aquí vienen los nuevos obreros a tomar aliento junto al; adalidinanimado; el pueblo, que lo amó, querría abrazarse a sus despojosyertos, y las liberales de América se asocian a esta apoteosis, enque el verbo democrático ha tronado magnífico desde Rivas a León, yla consoladora poesía ha ensayado, en sus amables tonos, decir alpueblo los merecimientos del Héroe. Y para mayor deslumbramiento,en el ritmo solemne del corazón de la muchedumbre, se oye el eco delos combates de Choluteca y Tegucigalpa.
También un proscrito de Colombia tiene el honor insigne dedirigiros la palabra, y recuerda en estos momentos significativos,que en suelo de Centroamérica se abrigan los huesos de César Conto,repudiados por los tiranos de su patria, y piensa que los liberaleshemos de llevarlos al solar de sus mayores, como vosotros los deJerez, al estampido del cañón, en andas gloriosas, sobre bayonetascruzadas, cuando sean envueltos en los colores de la bandera sinmancilla, que los padres de la Independencia desprendieron del irisinmaculado. Corito, como Jerez, sometió sus ideas a la prueba delfuego, y bajó de la cátedra y de la magistratura a los, campos debatalla.
Amo la sabiduría centellante, comunicativa y guerrera, que seproduce en nuestra democracia, por sobre los sabios fríos, que altener un bienestar intelectual se libertan de servir a sussemejantes y de correr los riesgos de los partidos. Amo a Jerez y aConto: la espada es y será la quilla de la mente mientras hayaesclavos y señores.
Me propongo hablar de la guerra como una necesidad del credodemocrático, cual lo estableció con su ejemplo Máximo Jerez en lasluchas civiles y en las campañas libertadoras.
Tengo un encargo oficial que me honra, del Ministerio de la Guerra,pero al cumplirlo, conservo íntegra, para mí toda laresponsabilidad de mis palabras.
Si un hombre como Jerez, en la más alta comunicación con las ideas,poseído de sentimientos humanitarios, tranquilo en lasuniversidades, dichoso en los ángulos de su casa, deja lainterrogación sosegada de la verdad, abandona el ejercicio pacientedel bien, cierra los libros y entorna las puertas del hogar paralanzarse en los combates, es porque la guerra tiene unajustificación intrínseca en la vida, cuando algo tremendo seinterpone entre nuestra felicidad y nuestro derecho.
Ese algo pavoroso es, en resume la libertad que se nos arrebata; ylos liberales del ánimo de Jerez no se sientan a llorar, en talconflicto, sobre las piedras del camino.
A despecho de la Independencia, viven las aspiraciones colonialesdentro del partido conservador, que provoca las crisis y lasguerras civiles, compro mete la integridad del país e impide laexpansión generosa y efusiva de los Estados centroamericanos.Cuando triunfa recorre la misma trayectoria de sus modelospeninsulares, y se pregunta uno, en presencia de sus obras, si serácierto que dejaron tánta descendencia moral aquellos facinerosos!Queda abolida de hecho la vida por el cadalso; la prensa por lamordaza; la opinión por la sumisión; la conciencia religiosa por laCuria Romana; la igualdad por los privilegios; la riqueza por lasgabelas; todo, hasta la vida fisiológica por el hambre, en mediódel hartazgo de los conculcadores y de lo frailes. Es la miseria,el sufrimiento y la deshonra abajo; y arriba, un amo que maldice alpueblo, un clérigo que bendice a amo, y la indeclinablevergüenza.
¡Oh, no hay más salud para los ciudadanos que la guerra fulminante!Justa, más justa que las de la Independencia porque ya no se va enpos de un problema ignoto, sino de un bien, perdido, largamentegozado, que duele en lo más hondo.
¡La guerra fulminante!
Los que quieren ser libres no pueden esperarlo de la evolución deltiempo, que los sorprendería en el sepulcro. La iniquidad ahondasus raíces con la tolerancia, como invade el bosque si se abandonael hacha. De dos modos vive el error: por lo que tiene de audaz ypor lo que sus enemigos tienen de pusilánimes. Sufrirlo esconsentirlo; demorar el gol pe es precipitar la afrenta. No hayotro término que la libertad o la muerte para los hombresdignos.
Tal pensaba Jerez. Recordarlo es un consuelo para las almasdesoladas, cuando grandes pueblos de la América se rinden a ladesventura de su suerte de esclavos; porque de sus caudillos, losunos murieron y los otros se fatigaron de la obra; porque de suspensadores los unos ¡ay! no existen, y los otros enervan al pueblocon el sofisma de la evolución pacífica; porque en todas partes sedifunde el miedo sustantivo entre los hombres eminentes, que huyena ampararse en el desierto de las ideas cloróticas.
Reclaman la paz por el ahorro de sangre, de riqueza y decrédito.
Elevemos los asuntos.
¡La sangre! En verdad no se ha de escanciar este licor precioso,como el vino en los festines; no bajará del cadalso a perturbar consu torrente los campos de la filosofía y de la piedad; el hermanono abrirá las venas del hermano. Es sagrada la sangre; pero como loson todas las cosas de la naturaleza, por el tiempo en que no seapreciso tocarlas. . . La libertad está sobre todo; dentro de ellael honor de las naciones y de los partidos, y ya entonces la sangree una contingencia, no verterla una debilidad, y estancarla en losmomentos de la lucha un crimen, porque si no se pudre en loscuerpos, se pudre en las conciencias, hace de los vivos asquerososmuertos que andan.
¡Que corra, que corra por la salud del pueblo: ella les da encambio, a los que caen, su mortaja púrpura, y pone sobre la cabezade los sobrevivientes el gorro colorado!
Y luego, ¿a qué tenerla en las venas opulentas, para que se lachupen los vampiros de la tradición, de la teocracia y de lafuerza?
¡Que corra, que corra!
¡La riqueza! La hacienda bien adquirida es respetable, desde quepremie un esfuerzo honrado; pero en los conflictos de la libertadla hacienda es fungible; cuanto existe ha de consumirse en elincendio para pagar el bien de ser libres, y por utilizar lariqueza misma, que la tiranía devora en defenderse y perpetuar elcrimen. De nada sirven las cosechas opimas, los ganados lucios enlas praderas, los cultivos multiplicados en las heredades, lastelas como una primavera de lujo, el oro en, las cajas de hierro,si este desgraciado corazón del hombre, si esta infelizmentehumana, imploran la misericordia del despotismo, en vez de hacer ála libertad el holocausto de la fortuna.