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DOS DUELOS DE HOLGUÍN
(Primero)


El 17 de Septiembre los diarios de la mañana en París, publicabanel siguiente proceso verbal:
"A consecuencia de una grave controversia en los EstadosUnidos de Colombia (América del Sur), entre los señores CarlosHolguín y Federico de la Vega, un encuentro se ha creído necesario.De común acuerdo los testigos han convenido que el arma sea laespada.
"Hoy, los dos adversarios fueron sobre el terreno,Aubry-sur-Seine, residencia del señor Santodomingo Vila, Ministrode Colombia en Francia. El combate ha durado diez minutos. Lademasiada impetuosidad fue fatal al señor Federico de la Vega,quien en el último ataque recibió una herida profunda en elantebrazo derecho. Los testigos han puesto fin al duelo aconsecuencia de la imposibilidad de continuarlo por parte del señorde la Vega.
"Y firman la presente relación, por duplicado, en París, a16 del mes de Septiembre de 1882.
"Por el señor Carlos Holguín, |José María TorresCaicedo, César Conto-Por el señor Federico de la Vega, |Héctor F. Varela, Santiago Dudal"
Federico de la Vega había venido a Colombia, como se recuerda,cuando la guerra civil tocaba a las puertas de la Patria. Hombreconsagrado a las letras y a la política en España, tenía una largahistoria de literato y republicano, que lo hacía muy simpático alliberalismo de Colombia. Su estilo fácil, correcto y burlón, daba asu prosa ese sabor original y personal que denuncia a los hombresde talento. El estilo forma una parte tan peculiar del que lo usacomo las narices y las orejas. Federico tenía el suyo, que loscolombianos conocíamos perfectamente en sus libros y en lasrevistas europeas.
La llegada de tan notable huésped no produjo la misma impresión enlos conservadores. La pasión política había logrado alejar por unmomento la hidalguía y la generosidad de que son tan pródigos loscolombianos, como nuestros árboles en hojas, y en vez de tender lamano al recién venido, le hicieron descargas cenadas, desde todoslos periódicos que preparaban entonces la revolución de 1876.Descargas de periodistas de esos que, según Víctor Hugo,dicen:
"Yo soy santo, ángel, virgen y jesuita; insulto lostranseúntes, y no me bato;" aunque dicha sea la verdad,los de aquí sí estaban resueltos a batirse con Federico de laVega.
Más de dos provocaciones diarias fueron a casa del literatoespañol.
-iCómo! preguntaba Federico, ¿aquí se recibe espada en mano a losextranjeros?
-Cuando son españoles, le respondió un chusco, parece que losreciben mal, si no están equivocados mis recuerdos de 1810.
-Pero, hombre, decía otro día: ¿es que estoy comisionado para hacerel curso de los arlequines de Colombia? y aludía a los que lohabían desafiado.
-Parece, más bien, le respondió un amigo, que los arlequines deColombia quieren hacer vuestro entierro.
Se sabe la violencia con que Camilo A. Echeverri lo atacó en unahoja volante, después que, escribió sobre nuestra política unacélebre carta a Adriano Páez. Las publicaciones, menudearon y laindiferencia del agredido dio asa a versiones des agradables, entrelas cuales no era la última decir que si Federico de la Vegasostenía con mucha facilidad una pluma, no le sucedía lo mismo conuna pistola.
Por entonces apareció en |La Ley, del señor don José MaríaSamper, un artículo titulado |Fullerico de la Viga, ydespués de muchas averiguaciones se supo que era escrito por elseñor Carlos Holguín. No se habría ocultado mucho tiempo el nombredel autor, porque allí hay la malicia, el verbo fino y picante quetodos conocemos en nuestro actual Ministro en España.
- ¡Lo tengo! ¡lo tengo! prorrumpió Federico al saber el nombre delautor, con una alegría casi feroz.-Hé aquí tino que es bien dignode matarme, aunque no haya sido buen proceder el insultarmeprevalido del anónimo.
Dio unos pasos por la habitación y se puso á cantar:
"Al campo don Nuño voy,
Donde probaros espero
Que si vos sois caballero,
Caballero también soy."
Después, sin sentarse, escribió algunas líneas sobre un papel quepuso dentro de una cubierta. Llamó luego.
- ¡Mozo! ¡mozo!
Un muchacho apareció en la puerta.
-Sin perder tiempo, vé donde Jacinto Corredor y entrégale estacarta. De allí pasarás a donde Aníbal Galindo a decirle lo queCorredor te ordene:
-Sí, |mi amo, y el mozo tomó el camino a paso largo.
Federico quedó en su cuarto solo, y principió a vestirse. En estaoperación se demoró más de una hora. Cuando acababa de ponerse lacorbata tocaron en la puerta precipitadamente.
-Adentro, dijo, y fue a recibir la visita. Eran Jacinto Corredor yAníbal Galindo.
¿Qué hay, pues? les preguntó con una especie de ansiedad.
-Que está por demás es vestido negro y esa cara melancólica, lerespondieron los amigos. Que tus huesos no quedarán en sueloamericano, y que tu hija recibirá otra vez los besos de su padre;tu hija, a quien con la noción del más delicado cariño, has llamado"mi única musa."
- ¡Será que!...
Comprendieron los amigos por el tono de la voz y el gesto, queFederico dudaba del buen desempeño de la comisión confiada a sulealtad, y se dieron prisa a interrumpirlo.
-Nada de recriminaciones, le dijo Corredor. Hemos leído tu carta yal pie de la letra cumplido tu encargo. Pero es el caso que Holguínno está en la capital y no regresará hasta dentro de quince días.Ahora, si te place más un almuerzo que un desafío, ven con nosotrosal Gran Hotel.
Para todo hay tiempo, respondió Federico, y poniéndose un vestidode color, tomó el brazo de sus amigos y se echaron a lacalle.
Galindo, que es partidario de la paz a todo trance, estuvo a puntode gritar:
- ¡Viva la alegría!
Algunos días después, numerosos amigos acompañaban a Federico de laVega hasta la estación. Llegó la hora de partir y con ella la delos abrazos y apretones de mano. Con un pie sobre la pequeñaescalera del coche, Federico se volvió a uno de los circunstantes yle dijo muy bajo:
-Esta carta para Holguín:
El cochero agitó entonces sobre su cabeza el látigo para herir ellomo de los caballos, pero el viajero le dio orden de aguardar,hizo una seña al que había recibido la carta y le habló en la mayorreserva, breves instantes:
-Que nada se sepa.
-Yo lo prometo.
¡Adiós!
¡Adiósl
El coche se perdió en el polvo del camino, rumbo deOccidente.
Cuando llegó Holguín a Francia, hacía algunos días que Federico dela Vega había partido de París para España, a mejorar su salud,quebrantada por el trabajo y la gota, en las Alpujarras, montañasque quedan en el antiguo reino de Granada. En esos sitiosprimorosos del Mediodía, en donde parece que la naturaleza con suflorescencia se venga de los rigores de las nieves del Norte, elliterato aspiraba las auras de los montes, sentía salud a los rayosde un sol resplandeciente, y vigorizado su pensamiento y abierto atientas emociones su corazón, escribía páginas como idilios eidilios como filosofías.
Holguín tenía motivos para creer que además de los convitesoficiales, habría de recibir presto, en la capital de Francia, unconvite desagradable de Federico de la Vega; y resuelto y amigo dehacer de una vez lo que al cabo ha de tener término, mandó alSecretario de la Legación a que averiguara por su enemigo y ledijera que estaba listo " a responder a Federico de laVega de las injurias hechas a |Fullerico de laViga."
-El señor, respondió el conserje al Secretario, hace mucho que estáfuera de París. Ah, mi Dios! Si supiérais qué tánta falta nos hace,sobre todo a la señora. . . . Una señora guapa. . . . así...
-Silencio! dijo una voz enojada, y al punto atravesó el portal unamujer rigurosamente vestida de negro.

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