IN MEMORIAM
Las obras de Juan de Dios Uribe no necesitan de recomendaciones.
Este libro es el mejor elogio de su autor. Cosmopolita como
Montalvo-con quien se le compara frecuentemente-y a quien aventaja
en profundidad de ideas; brío y movimiento, si no iguala en la
riqueza del léxico, fue como el sin par ecuatoriano, desterrado,
peregrino, admirador y admirado de los varios países hermanos donde
posó su planta. Estados Unidos, Venezuela, Centro América y
Ecuador-donde vino a morir sirviendo la causa de las ideas
revolucionarias que bullían en su cerebro y en aquel nudo de
volcanes-le vieron sucesivamente, como un meteoro ígneo,
esparciendo las llamas de su genio, ahora como torbellinos de lava,
quizá como reflejos plácidos de la luz tibia de su corazón,
inflamado para el bien y el amor de sus hermanos. Dondequiera fue
el mismo, consecuente y sincero, recto, altivo y veraz, dulce y
afable al propio tiempo. Todos cuantos le conocieron y trataron
amáronle como amigos, aunque discreparan de sus puntos de vista y
lo tuvieran en veces por errado en sus conceptos, aberrante en sus
predilecciones y no siempre justificado en sus odios Bien nacido,
criado al amor de un hogar de excelsas virtudes-donde el fervor por
la ciencia y la verdad era hereditario-surgió a la vida intelectual
en Popayán, al estallido de la guerra de 1876 77, y oyendo perorar
a Conto y David Peña en las
|Sociedades democráticas de
Cali, al resplandor de las armas que iban con él y con su padre y
correligionarios a vencer en los Chancos, el Arenillo y Manizales.
Vio el desastre de Antioquia, su tierra nativa que adoraba, en el
empeño de esa guerra religiosa, presago de males que aún no acaban.
Vino a Bogotá, siguió informales estudios de Filosofía y Letras,
conoció y trató, a nuestros grandes hombres, tomó parte en luchas
candentes de la política de entonces, fue diputado y periodista,
agitador de las masas en las
|Sociedades de Salud Pública,
y tuvo desde entonces a Núñez y su reforma reaccionaria católica
por el enemigo capital de su existencia. Combatir esa reacción,
avivar el fogón de las ideas perseguidas y en eclipse cuando ya la
traición se consumó; provocar la guerra de restauración, con
elementos de aquí y de cuantos nobles convecinos quisieran ayudar
en esa campaña de liberación, ese fue el afán de sus afanes, la
meta de sus esfuerzos, el anhelo de su alma combativa. Su arma fue
la pluma, preparando los caminos a la espada; pues Juan no conoció
el miedo en ninguna de sus manifestaciones, y así concurría al
campo de batalla, como encabezaba el motín y daba una bofetada o un
mentís a quemarropa. Escribió prosa desde muy joven, pero no
comenzó a publicar sino en 1880. Su estilo fue siempre el mismo, es
decir, inimitable, desde el primer bosquejo hasta su canto del
cisne, el Prólogo a las Poesías del que aquí estampa estas
palabras. Poco antes de morir, al expirar el año de 1899, apenas
sin cumplir los cuarenta años, cediendo a instancias nuestras nos
encomendó la publicación de sus escritos, advirtiéndonos que él no
les daba importancia ninguna, pues eran breves plumadas nada más,
chisporroteos instantáneos de la oscilante lámpara que en las
posadas de sus destierros alumbraba sus horas de soledad y rabia.
De rabia nada más y de coraje inextinguible, como que la melancolía
y las lamentaciones amaneradas jamás se avinieron con su carácter
entero y belicoso. Amaba la vida, no temió a la suerte, y cuando
fue preciso conformarse con dejar de sentir, querer y combatir, se
reclinó entre cipreses-allá en Quito, donde fue como otro Pichincha
en ebullición mientras pudo con la vida-sin lanzar un ¡ay! ni un
reproche ni una imprecación. Era taciturno como un dios Término;
hablaba poco si no estaba entre amigos íntimos. Pero en la tribuna
fue simplemente colosal. Los que le oyeron en León por Máximo Jerez
y los que le aplaudieron en Medellín por Epifanio Mejía, no
olvidarán jamás ni su figura, ni su ademán, ni u voz estentórea,
modulada empero. Corto, fornido, de cabeza grande y hermosa, pelo
bermejizo en el conjunto, lacio y rebelde, que le valió el apodo
cariñoso de "El Indio", con que le agasajaban sus
amigos en confianza. Su pecho era un atambor, su mano una manopla,
su espalda recia un muro. Ágil, gimnasta, el agua helada de los
torrentes era su fascinación. Exquisito
|gourmet, Uribe de
los suyos, era al par un buen discípulo de Carême y la cocina
refinada le había revelado todos sus secretos. Tiraba el dinero, y
en servicio de sus amigos, enfermos o desvalidos nadie podía
rivalizarle. Si su cabeza pensaba en la justicia distributiva que
ha de venir y con ella la igualdad y socialización de las riquezas
y servicios en la comunidad ciudadana, su mano abierta se
adelantaba a las teorías y daba, daba cuanto le era posible
conseguir para los demás. Jamás tuvo sino el terno que llevaba
puesto, porque apenas comprado otro, ya estaba regalado el mejor de
los dos a quienquiera que lo necesitara. La gran farmacia de su
padre era literalmente saqueada por él en beneficio de cuantos
enfermos pobres le hacían saber sus angustias. La miseria ajena le
dolía y le irritaba contra la mala organización de las sociedades
modernas. El comunismo de los primeros cristianos y las obras de
Misericordia eran su ideal y su guía práctica de la vida; por
supuesto, sin el más leve resquicio de superstición religiosa, para
él abominable sonsaca de la bolsa popular y mazmorra del
pensamiento y libertades públicas. Núñez, que temblaba de la pluma
cuando ya tuvo a su servicio las espadas y el hisopo, le desterró
por escritor, por escritor incontrastable de verdad y venganza, de
castigo enhiesto al crimen coronado por el éxito y la general
incurable sujeción de los conservadores colombianos. Trece años
duró ese exilio, con una fugaz entrada a Medellín, a dar un abrazo
a su querida madre. Habló allí, en el discurso inmortal a Epifanio
Mejía, de los financistas que soplaban sobre los billetes de Banco
y fraudulentamente los multiplicaban; habló con voz profética de
vate de aquellas "emisiones clandestinas" del
Banco Nacional, que nadie presumía entonces, pero que el orador
supo presentir y denunciar, y al punto los conservadores de
Antioquia, meros honrados lenones de los hábiles traficantes de la
Altiplanicie, se lo denunciaron al Gobierno suspicaz del señor
Caro, y fue preso allá en Medellín, en un cuartel, incomunicado de
los suyos y sacado entre veinticinco soldados hasta ponerlo, fuera
de hierros, entre las rocas golpeadas por las olas en el
Archipiélago pútrido de San Andrés y San Luis de Providencia.
"Aquí llegué vivo"-nos escribía-"aquí
llegué a este viejo refugio y madriguera del pirata Morgan, donde
he debido encontrar, precediéndome, al pirata Núñez." Allí
organizó unos cuantos negros y un esquife miserable y en ellos y
con ellos se echó al mar. Militares valientes, como Abraham
Acebedo, no quisieron seguirlo en la temeraria empresa de ganar la
costa hospitable nicaragüense. En salvo allí, los radicales le
tendieron los brazos, y volvió su pluma a reverberar al pie del
Momotombo y su espíritu libre a respirar entre auras vívidas. Allá
conoció y abrazó por primera vez a los futuros caudillos de la
libertad ecuatoriana, Eloy Alfaro y Leonidas Plaza Gutiérrez. Junto
con ellos fue a Quito, donde se le desarrolló una lenta pleuresía
cuyos síntomas lo venían preocupando desde que en Centro América,
en algún desfiladero peligroso, una caballería se rodó con él a un
abismo, causándole graves lesiones externas, pero sobre todo
internas de donde tomó cuerpo y desarrolló la mortal dolencia que
lo mató con cruel y paciente lentitud. Quito supo llorar al
escritor valeroso, recatado y digno, que tanto luchó en pro de su
cultura y resurgimiento liberal. El cable esparció la noticia en
toda la América española y puede decirse que ningún centro
intelectual dejó de conmoverse al conocerla. Venezuela,
particularmente, donde Juan habla vivido como huésped de la gentil
Caracas, recibió con luto en el corazón la infausta nueva. La
patria de Cecilio Acosta, de los grandes prosadores de lengua
castellana, sintió que otra pluma de águila caía del Avila de la
vida al insondable mar del silencio y del no ser. Nosotros
recibimos en Maracaibo, donde a la sazón nos encontrábamos, cien
telegramas de pésame por aquella muerte inesperada. Cipriano
Castro, andino, lo mismo que Andrés Alfonso, espartano de
Margarita, que Delfín Aguilera, poeta dulce del Guárico, que
González Estéves y Raimundo Andueza Palacio, caraqueños, y Emilio
Coll y tantos otros de lejos, así como Rafael López Baralt y toda
la incomparable Maracaibo letrada y linajuda, abrazaron en nosotros
a la sombra gigante que para ellos despertaba grandes recuerdos
gloriosos y promesas de un largo vivir en honra de la lengua que
nos comunica y de las ideas que nos hacen un solo haz en la
desplegada falange humana. Un libro, que al fin de estas obras
publicaremos, recogerá con orgullo cuanto de tierno y hermoso se
estampó en todas las naciones de habla común como homenaje a Juan
de D. Uribe. Sus restos inanes reposaron en Quito hasta que fueron
trasladados a Medellín, por su señora madre, que allí vive. Los
artesanos de esa ciudad, que comprenden cuánto hizo por su causa el
ilustre hijo de Andes, y algunos jóvenes inclinados a las letras,
le hicieron honores merecidos a su túmulo y guardan con cariño esas
cenizas. En los tiempos pasados de su muerte a hoy, fue imposible
al Editor cumplir el compromiso contraído con su amigo y pariente
moribundo. Aun en el extranjero que se hubieran editado estos
escritos, no habrían podido penetrar a Colombia regenerada, donde
un régimen infamante había imperado. "La libertad de
imprenta"-había escrito el autor desde
|Los
Refractarios, en Caracas-"no volverá a Bogotá y a
toda la tierra colombiana sino en el morral de nuestros
soldados." Y en efecto, el morral de nuestros
soldados-después del titánico esfuerzo de 1899 a 1902-no volvió
vacío: en él vinieron
|las libertades necesarias de que hoy
goza el país y que el autor de este libro ayudó a fundar con su
pluma fulminante. Los manumisos de la Regeneración-el vórtice
profano en que hundió Núñez cuanto hubo de prestigioso y honorable
en este país-le deben no pocos de los bienes hoy reconquistados al
batallador tenaz que atizó como ninguno, en sus trece años de
destierro, la hornaza purificadora, el inmenso horno crematorio
donde se consumió entre pólvora toda la podredumbre de aquel
sistema, que Ospina llamó "política de la
morfina" y Uribe "la catalepsia de todas las
virtudes y el hervir vividor de todas las concupiscencias en
ejercicio del estrago." No le tocó volver a su patria
redimida, santificada en el dolor y desmembrada geográficamente,
pero integrada ya y resurrecta en la antigua nacionalidad gloriosa
de otros días. Que duerma el Apóstol sueño secular de triunfo,
reclinado en sus obras y su pluma. Mientras se hable español en
estas latitudes; mientras la dignidad humana forcejee por arrojar
de silos harapos que el fanatismo y la ignorancia han echado sobre
sus hombros en estos Andes ateridos, y mientras los que apreciamos
sus ricos dones de corazón sensible y generoso respondamos a lista
entre los vivos, su memoria no morirá. Sus libros lo vengarán del
silencio de la envidia, de la calumnia e insultos de los pillos y
de la indiferencia de los necios. Nosotros cumpliremos el encargo
que nos hizo ya al dejar la ribera, y velaremos con los suyos junto
a su sepulcro, don de reverdecen, al pasar de los años, las
siemprevivas e inmortales de la Gloria.
A. J. RESTREPO
Bogotá, Abril 3 de 1913.