EN EL CERCADO AJENO
Al norte de Medellín, a media legua, sobre una colina de las que
cierran la llanura, está el Asilo de Locos. Es un edificio a medio
hacer, con bastante espacio a los lados, con vistas hacia el Valle
de Medellín, hacia el cajón del río, a la cuesta de
|Medina,
a los montes de
|El Gallinazo y de
|El Granizal y a
las cumbres romanescas de Santa Elena. Sitio de mucho aire, de
mucha luz, de paisajes encantadores, corona la eminencia; y el sol
que reverbera en su tejado nuevo, enciende como un fanal sobre el
collado de los infelices. Allí vive Epifanio Mejía, nuestro poeta
loco.
Con el primer ejemplar de
|La Tierra de Córdoba en el
bolsillo, y con la vibración en la cabeza de este himno apasionado
a nuestra raza, quise ir al Asilo a recibir la impresión que le
causara la lectura de los versos de lsaacs al poeta más antioqueño
de los antioquenos. Epifanio tiene lucideces en literatura: hace
buenos versos en su celda de recluso y recita sus antiguas poesías
con una fidelidad perfecta. Cuando la inspiración vence su
dolencia, produce como en los mejores días, pero estas
improvisaciones fugitivas se pierden entre la charla de los locos.
No tiene papel, ni pluma, ni libros, ni nada que lo asocie a su
pasado de escritor, y vive de algunos recuerdos, que están
incólumes en su memoria, y de las extravagancias que constituyen su
desgracia. Distraído de la manía de
|comerciante por mayor
-que es la que ahora tiene- y traído a las Letras, su juicio
adquiere cierto equilibrio; y era este intervalo feliz el que yo
quería aprovechar para leerle el canto de Isaacs. Se me presentaba,
además, la oportunidad de pedir justicia para el pobre poeta
remedio para su desgracia, o bienestar para sus últimos días; pan
para sus hijos, una edición para sus obras -aquello que fuese una
reparación de esta sociedad colombiana, indiferente y avara con los
hombres distinguidos que son humildes. Juntar a Mejía con Isaacs,
cuando al uno se le cree muerto y el otro vi a conmover de nuevo
los corazones y a preocupar los espíritus, en apoyar la musa
enferma de Epifanio en el vigoroso brazo de Efraim, lo cual no
debía causarle sino regocijo al noble corazón del autor de
|María.
El tranvía lo lleva a uno hasta
|El Bermejal, cruzamiento
de carreteras y lugar de baños y de recreo; desde allí trepa la
cuesta, entre sotos y vallados, por un paraje delicioso, con olor
de montaña, con la frescura y reposo de las brisas libres y del
campo verde.
Mientras adelantaba al Asilo, iba pensando en el otro, en Jorge
lsaacs, que tiene su casita a orillas del Combeima, de cara a la
montaña del Quindío, de donde el Tolima, que él ha cantado, bota al
cielo su cono inmenso de nieve inmaculada para recibir las
primicias de la luz de los astros. En lbagué vive, pobre y enfermo,
después de una heroica batalla con la naturaleza y la fortuna. No
ha sido vencido, pero sí destruido. Respiró a pleno pulmón los
miasmas las selvas y de los hombres, y eso, si no ha domado su
altivez, sí ha quebrantado sus fuerzas físicas. Según me escribe,
se repuso un poco en una granja de Emiro Kastos, en el corazón del
monte, propia para poner en fuga las fiebres y los pensamientos
dolorosos. Y vive así este hombre que ha dado tánta gloria a la
literatura de su Patria! ¡Que ha enriquecido a centenares de
editores nacionales y extranjeros con su libro! ¡Y tiene que
hartarse solamente de sueños y quimeras este gran señor que nació
para el arte y las magnificencias! ¡No se queja, no encorva la
espalda; pero sus amigos, a pesar de él, nos quejamos de que aquí,
donde se quiere coro: a Núñez, él mismo, y quieren coronar a Rafael
Pombo, se deje a Jorge lsaacs apuntando siempre a la rueda
veleidosa de la fortuna!
Al proseguir el camino, evocaba a Isaacs en los recuerdos de mi
infancia y de mi juventud.
Cuando lo vi por primera vez en Cali a su regreso del Pacífico,
tenía la fuerza de los cuarenta años: erguido, de pelo y bigotes
negros, altivas la mirada y la faz. Nos mostraban a los chicos la
casa donde nació el poeta y a donde Efraim llegó demasiado tarde
aquella noche de tribulaciones.
"Hube de reunir todo el resto de mi valor para llamar a la
puerta de la casa: un paje abrió. Apeándome boté las bridas en sus
manos y recorrí precipitadamente el zaguán y parte del corredor que
me separaba de la entrada del salón: estaba oscuro. Me había
adelantado pocos pasos en él, cuando oí un grito y me sentí
abrazado:
"- ¡María! ¡mi Maria !-exclamé estrechando contra mi
corazón aquella cabeza entregada a mis caricias.
"- ¡Ay! ¡no, no, Dios mío l-interrumpióme
sollozante.
"Y desprendiéndose de mi cuello cayó sobre el sofá
inmediato: era Emma..."
Aquel encuentro de Efraim, que satisfacía mi curiosidad de niño, no
habría de borrárseme de la memoria. En casa de mis padres era
familiar su nombre; y e de versos suyos que publicaron Camacho
Roldán, Becerra, Vergara, Marroquín, Samper, la tertulia de
|El
Mosaico, estaba en nuestra biblioteca, y fue ese mismo
ejemplar el que le sirvió muchos años más tarde para principiar a
reunir sus poesías que habría publicado en Bogotá sin la codicia
feroz de los editores.
Fracasaron por ese tiempo sus negocios de agricultura y tuvo un
pleito ruidoso que lo obligó a escribir uno o dos folletos.
En 1875 era Superintendente de Instrucción pública del Cauca.
Cuando atravesaba los claustros de la Escuela Normal de Popayán,
envuelto en su capa sin mirar a nadie, los estudiantes cerrábamos
¡os libros para contemplarlo llenos de respeto. Él imponía ese
respeto, por otra parte; mas nosotros nos sentíamos orgullosos y
felices al tener por superior de estudios al gran poeta que había
paseado la novia inmortal caucana por todas las comarcas de la
tierra; que había dejado a
|María como numen que preside
los amores castos, hablando a la oreja de las prometidas, y en
nupcias imposibles con los corazones tristes... Felices, orgullosos
y entusiastas, al pensar que el célebre escritor venía del lado de
Cesar Conto, de la redacción de
|El Programa Liberal, de
dar un asalto a los fanáticos, por nosotros, por los normalistas,
que estábamos en el nido de la serpiente, a quienes cada día nos
gritaba la manada religiosa en las puertas de la Escuela, en la
plaza, en las calles, con aullidos de fiera hambrienta:
|¡Mueran
los masones! ¡Mueran los herejes! con este estribillo de la
época, que despedazaba el gaznate de hombres y mujeres:
|¡Santo
Dios! ¡Santo Dios!
César Conto! Combatido por los nuñistas y los conservadores;
envuelto en una red de sociedades católicas; con un Obispo
beligerante a dos cuadras de su casa, y otro Obispo guerrero que le
apuntaba desde Pasto; en la parrilla de las iglesias, de los
periódicos y de las tribunas reaccionarias; desengañado de muchos
de sus copartidarios; con infaustas noticias por el telégrafo a
cada instante; abocado a una guerra de aspecto musulmán; y él sin
soldados, con pocos amigos, inalterable, sonriente, con la bandera
en la mano, parando lo golpes en
|El Programa Liberal: ¡oh,
este recuerdo es el homenaje m glorioso que puede hacérsele a su
memoria!
Al otro día de la batalla de
|Los Chancos (31 de Agosto de
1876) vi a Jorge lsaacs, de pie, a la entrada de una barraca de
campaña. Pasaban las camillas de los heridos, las
|barbacoas de guadua con los muertos, grupos de mujeres en
busca de sus deudos, jinetes a escape, compañías de batallón a los
relevos, un ayudante, un General, los médicos con el cuchillo en la
mano y los practicantes, con la jofaina y las vendas, Trujillo que
marcha al Sur, Conto que regresa a Buga, David Peña a caballo con
su blusa colorada, como un jeque árabe que ha perdido el jaique y
el turbante el mundo de gente, ansiosa, fatigada, febril, que se
agolpa, se baraja y se confunde después de un triunfo. El sol hacía
tremer las colinas, la yerba estaba arada por el rayo, el cielo
incendiado por ese mediodía de Septiembre, y por sobre el olor de
la pólvora y los cartuchos quemados, llegaba un gran sollozo, una
larguísima queja de los mil heridos que se desangraban en aquella
zona abrasada, bajo aquel sol que desollaba la tierra. Isaacs
reemplazó el día antes a Vinagre Neira a la cabeza del
|Zapadores, y, como su primo hermano César Conto, estuvo
donde la muerte daba sus mejores golpes. Yo lo vi al otro día en la
puerta de la barraca, silencioso en ese ruido de guerra, los labios
apretados, el bigote espeso, la frente alta, la melena entrecana,
como el rescoldo de la hoguera; y con su rostro bronceado por el
sol de Agosto y por la refriega, me parecieron sus ojos negros y
chispeantes como las bocas de dos fusiles.