EPIFANIO MEJÍA
|(Dedicado a una mujer querida)
Ya he separado de mi admiración de niño por Epifanio Mejía lo que
ella tiene de justo, para hacerla más ardiente, y lo que era
irreflexivo culto parroquial, no para olvidarlo que siempre son
gratos los recuerdos candorosos, sino para que no pesen mis
juicios. La vida de Epifanio contribuye mucho a recoger el mejor
número de las simpatías, y para los antioqueños tiene cierta
rustica entonación, una originalidad tan espontánea, que nos hace
recordar las costumbres de nuestros pueblos, las montañas nativas,
el lenguaje propio de nuestras gentes, y asocia su poesía en la
memoria la agradable rima con cosas e ideas que nos son familiares
y gustamos de oír repetidas en verso. Lo primero que me hizo
saludar con alborozo a este poeta de la ternura, es la más rica de
sus joyas que oí en la infancia. Curioso asistí a una serenata de
ésas que llenan las calles de un pequeño pueblo con sus ecos
apasionados o rumorosos, en que las guitarras, los tiples, las
bandolas y los cantores despiertan a las vecindades. Había cantado
a la ventana de la mujer obsequiada cien canciones, unas hermosas,
otras sin sentido y algunas detestables, cuando el dueño de la
serenata-que así se llama el galán que la dedica- dijo a uno de los
cantores:
-Ahora cante usted
|La Tórtola y que lo acompañe Pedro en
la guitarra.
A poco se llenó la noche con el canto más triste de cuantos había
oído hasta entonces. Era una historia completa de una pareja de
torcaces desgraciadas, escrita con sencillez pasmosa, al mismo
tiempo que fuerte por el colorido y dramática por el movimiento. La
música que le servía de alas para dilatarse en el espacio no
tendría todas las reglas de una composición clásica, pero no le
faltaba ninguno de los tonos que cautivan, deleitan y enternecen.
La voz del cantor se alzaba sola como un lamento y la guitarra por
lo bajo, en sus acordes que hablan en secreto, servía como de
puente mágico a la canción para ir a todas partes. Se repitió
|La Tórtola muchas veces y al cabo la aprendí de
memoria:
"Joven aún, entre las verdes ramas,
De secas pajas fabricó su nido;
La vio la noche calentar sus huevos,
La vio la aurora acariciar sus hijos.
"Batió las alas y cruzó el espacio,
Buscó alimento en los lejanos riscos,
Trajo de frutas la garganta llena
Y con arrullos despertó a sus hijos.
"El cazador la contempló dichosa,
Y sin embargo, disparó su tiro:
Ella, la pobre, en agonía de muerte
Abrió las alas y cubrió a sus hijos.
"Toda la noche pasó gimiendo
Su compañero en el laurel vecino:
Cuando la aurora apareció en el cielo
Bañó de perlas el hogar ya frío."
Después de oír esta composición, que es una miniatura de alto
precio, leí en un periódico de Antioquia, redactado en Manizales,
unos versos al Ruiz, primorosos. Yo conozco este nevado, que se
yergue hacia el Oriente a un lado de Santa Isabel, sobre praderas
extensas y lomas verdes, casi siempre arropadas por la bruma.
Epifanio jamás había ido a Manizales, y adivinó, sin embargo, el
cuadro y le dio vigor de un modo naturalísimo:
"AL RUIZ
"Entre cordilleras verdes
Se alza cordillera blanca;
El sol la riega con oro,
La luna con oro y plata,
Los viajeros antioqueños
Me dicen que el Ruiz se llama."
El toque era verdadero y maestro. Estaba, además, tan al alcance de
una comprensión elemental, que me cautivó, y desde entonces formé
el propósito de recoger en un libro todos los versos de Epifanio
Mejía. Días y noches enteros los pasé sobre las colecciones de
periódicos de Antioquia y de Bogotá buscando el nombre de Emilio,
con que él acostumbró firmar sus versos y su escasa prosa. Fruto de
ese trabajo de mis primeros años es ese volumen, escrito con letra
desigual, anotado orden, que contiene casi todos los versos del
sencillo poeta. Te los regalo y me los agradecerás como un presente
gratisísimo a tu gusto literario y a tu sentimiento delicado y
exquisito de mujer.
Epifanio Mejía se ha vuelto loco, y está desgracia, con las
versiones que la acompañan, da mayor interés a sus versos, porque
los libra de la crítica acerba, cosa que sucede en los mismos casos
y con otros, porque los sufrimientos de los literatos
predispusieron siempre a las disculpas para sus faltas y a la
benevolencia para sus obras. Además, cuando sus dolorosos
abatimientos son irremediables, como la locura, cobra un valor
personal todo lo que ellos han escrito, bueno o malo; y con más
ahínco se busca en sus páginas la huella que deja la enfermedad, su
origen y su progreso, manifestado en los pensamientos del poeta,
que la belleza intrínseca de las poesías. A todos se nos antoja que
por un amor apasionado, por una empresa superior por pesares
amargos ha principiado a vacilar la razón, y entonces el caso
patológico envuelve y absorbe muchas veces al caso; es decir, que
se averigua más por la persona enferma que por lo que ella escribió
en el uso cabal de su salud. Hablo del modo de ver de la
generalidad.
Fue por causa de un poema que escribía Epifanio, por lo que su
cerebro sufrió tan gran trastorno. Por lo menos, se enloqueció
cuando trabajaba en la Amelia, de la cual se han publicado algunos
fragmentos y se conserva inédita mucha parte. Hombre impresionable
sobremanera y quizá enfermizo un contratiempo literario pudo muy
bien amortiguar sus nobles facultades hasta apagarlas en la locura
o trocarlas en la monomanía. Demasiado soñador, tal vez una
fantasía con la cual se encariñó en exceso, que formaba para él una
verdadera esperanza de triunfo, lo abatió al encontrarla imposible
de realizar. O bien pudo ser que su estro enseñado al trabajo
reducido, más bien de detalles rápidos, se embotara, se abatiera en
una concepción superior, que demanda fuerzas ejercitadas y
ampliación intelectual adecuada para llevarla a buen remate. La
Amelia no aparece capaz, sin- embargo, de cansar a Epifanio,
porque, atenido a los fragmentos que poseo, ese poema no pasa de
ser una historia sencilla de desgracias, cantada tan a la carrera,
que en la introducción nada más se ahoga Carlos, el novio de la
protagonista. Los fragmentos dedicados al doctor Camilo A.
Echeverri, enseñan una manera distinta de la dominante en Epifanio,
porque los cuadros son enérgicos y vibrante uno, el primero, en que
describe la catástrofe de una noche de tempestad. Pues que a la
Amelia se atribuye la locura de Epifanio, que tánto obliga al
cariño hacia este dulce bardo, voy a copiar aquí, algunos de sus
versos, que servirán luégo para comparar los diversos estilos del
poeta. Digo desde ahora que el de la
|Amelia es muy rico,
si se quiere, pero que es más lleno y apreciable el que le sirve en
otras poesías como en la
|Muerte del Novillo, en
|Hojas
de mi selva, etc., etc.