CANDELARIO OBESO
ÍNTIMO
Mi pobre amigo tenía la inocente vanidad de creerse muy amado de
las mujeres, y esta preocupación le ocasionó las más dolorosas
contrariedades. Mantenía sobreexcitados los sentidos y pronto el
pecho para recibir impresiones amorosas; deleitábase en fantasías
eróticas y en proyectos conyugales, casi siempre inverosímiles.
Bajo su piel negra la sangre se incendiaba con los deseos, y tenía
necesidad de todo el dominio sobre sí mismo para no extraviarse o
enloquecerse. Le sucedía que un capricho, la sombra siquiera de un
sueño, tomaban a sus ojos cuerpo, crecían más, y desde entonces le
dominaban con el imperio absoluto de las ideas únicas. Y como
disponía de talento, de muy buen gusto artístico y de una
estrepitosa alegría cerca a sus amigos, los incidentes diarios de
su vida eran el pábulo de nuestras conversaciones, cuando fumábamos
y bebíamos, en la mesa del festín, o en las horas plácidas de
confidencias sosegadas. Cada período de la vida de Obeso se
señalaba por un romance singular que pronto era del dominio del
público, porque él aborrecía los secretos, y de sus aventuras no
dejaba ninguna parte inédita. Tenía por indignos los pensamientos
solitarios, y, además -esto hay que perdonárselo- creía a los otros
muy interesados en su propia historia. Con frecuencia me preguntaba
formalmente
- ¿Qué dice el público de mí?
Traté a Candelario por primera vez en 1878. Después de terminadas
las clases diarias en San Bartolomé, salía a pasearme al atrio de
la Catedral con algunos condiscípulos. El año era borrascoso,
porque un nuevo círculo político venía al Poder, en medio del
clamoreo confuso y ardiente que alzan las parcialidades cuando se
alternan en el mando. Los recién venidos al Gobierno re presentaban
únicamente el ciego talión, aunque proclamaran nuevas prácticas
administrativas y diversa aplicación de principios. En un periódico
que inspiraba Lino Ruiz, se recomendó la represalia sin ningún
escrúpulo y se alzó el puño colérico sobre las más eminentes
personalidades de la política. El doctor Manuel Murillo fue
escarnecido en
|La Camarilla por plumas oscuras, cuando el
viejo lidiador perdía aparentemente su influencia. Murillo no
sentía en la piel las heridas que sus enemigos creían hacerle
incurables, y yo re cuerdo su imperturbable ceño ante las injurias,
en el retiro de su casa, que me trata a la memoria el toro bravío
en el sesteadero, que no se inquieta por el ruido de las
moscas.
La tarde a que me refiero, Obeso se paseaba con botas altas, un
fuete en la mano derecha, y en la otra, apretados, un montón de
papeles impresos. Su continente y su fisonomía no cambiaron
después: alto y nervudo, con los hombros pronunciados, el cuerpo
derecho, casi vertical sobre el pavimento, el rostro huesoso y
enjuto, los labios gruesos, la nariz chata, sin ser aplastada; los
ojos pequeños y pardos, un poco saltados; la frente muy comprimida
en las sienes, donde las arterias descubrían sus latidos, y
adelante prominente, cónica, prolongada hacia arriba en forma de
cápsula. Sobre la cabeza, el cabello como un morrión, alto,
abundante, en anillos apretados: una lujosa cabellera de mulato. Lo
había visto, pero jamás lo había tratado. Fuese hacia el guipo de
estudiantes, y alargando a cada uno de nosotros una hoja, nos
dijo:
-Es preciso que la canalla respete al genio. Jóvenes: el valor es
un don raro, pero es más raro todavía saberlo emplear con
provecho.
Se alejó, y leímos la hoja, que era un reto a Lino Ruiz, en la cual
le hacia un formal desafío para esa tarde y le prometía darle con
las suelas de las botas en el atrio de la Catedral, como castigo a
sus intemperancias de lenguaje con el doctor Murillo..
Obeso idolatraba a este grande hombre y le correspondía Murillo con
un afecto paternal. Le prodigaba su apoyo munífico y, sin dejar de
dar le provechosos consejos para su vida y el lustre de su carrera,
reía y celebraba sus travesuras, aunque le costaran a su bolsa un
poco caras. En cierta ocasión le sirvió de fiador en un Banco por
una cantidad que debía reembolsarse pasados tres meses. Cuando se
cumplió el plazo, el poeta, que jamás tuvo dinero a fechas
precisas, se encontró sin un solo centavo. En este aprieto fuese
directamente al Banco:
-Señor -dijo al Gerente- sírvase hacer avisar al doctor Murillo que
hoy se cumple el plazo de mi deuda y que mi firma está
comprometida.
Murillo rió de la ocurrencia y mandó inmediatamente al Banco el
capital y los intereses. El crédito de Candelario quedaba así
incólume.
Poco después del desafío a Lino Ruiz, que no tuvo consecuencias,
apareció el primer número de un periódico de Obeso titulado
|Lecturas para ti. Aspiraba nada menos con esta publicación
que a hacerse amar de una señorita que seguramente no lo conocía
siquiera. A Obeso no se le hacia desistir de sus empresas, y como
era de accesible para recibir consejos, y dócil para soportar
reprensiones amigables, así era también de obstinado en los errores
que lo apasionaban y de incorregible en momentos de vehemencia. Su
fantasía creó ese amor, y sin darse tregua, sin reflexionar un
instante, resolvió publicarlo a las gentes, en prosa de períodos
cortos, llena de conceptos originales y con número semejante al del
verso blanco; y en estrofas espontáneas, rebosantes de
personalidad, con intimidades del corazón, como dichas al oído. Y
si creía que su estro propio flaqueaba, antes que retroceder, se
arrojaba a los senos de las literaturas extranjeras para sacar
puñados de perlas que él pulía, con el más delicado esmero, y
presentaba a su dama, engarzadas en formas de un puro sabor
castellano. En ese periódico hay, además, un impulso de rabia que
se desata en largo sollozo. Es cuando el poeta considera la
diferencia de raza, las desigualdades de fortuna, la desgraciada
condición del talento en Colombia; y la prosperidad creciente de la
capa espumosa, inconsistente, banal, de esta sociedad hipócrita,
que para valuar a los hombres no se asoma a la cabeza sino al
bolsillo; sociedad concupiscente y egoísta, que vive llena de
harturas en medio de un pueblo miserable. Obeso sentía en sus
músculos de titán las mordeduras sociales, porque era negro, pobre
y poeta; mas no se re signaba a tolerar el insulto, ya verdadero o
ya imaginado, y con su hoja ardiente daba en el rostro a la turba
de presuntuosos de la clase rica, que tienen el descaro de llamarse
nobles porque son judíos; devotos de la aritmética y no de las
dulces Musas, que viven sin corazón, porque lo guardaron desde su
más tierna infancia en una caja de hierro.
Ese amor caprichoso de las
|Lecturas para ti, que los
amigos de Obeso creíamos al principio un pasatiempo literario, fue
más allá del límite su puesto, porque en ocasiones lo dominaba,
hasta hacerlo perder tristemente el juicio. A última hora, deseó la
presea aristocrática para satisfacer un apetito de vanidad, más
bien que una pasión bien nacida, pues creía sinceramente que el
público se hallaba interesado en su empresa, y su indómito orgullo
no toleraba que los espectadores se retiraran sin presenciar su
triunfo. Multitud de ideas contradictorias lo mortificaron, porque
tan pronto se creyó correspondido como engañado; oyendo delante del
Notario la promesa de la novia, o abochornado por las calabazas de
la dama. Miraba tristemente su piel en horas de angustia, y se le
oía decir:
- ¡Hé aquí mi desgracia!
A socorrerlo eficazmente vino por este tiempo otro poeta. La más
sincera amistad ligó a Obeso con Antonio José Restrepo. Se
conocieron días antes, cambiaron sus versos, se contaron su
historia, y hé allí dos camaradas que no debían tener después la
más ligera contrariedad en su cariño recíproco. Para tender la mano
de amigo estaba listo Candelario, y uno sabía que contaba desde
entonces con dos manos más para defenderse, con otra nueva cabeza
para pensar, con un pecho que era todo de uno; en fin, con el
milagro de una doble, existencia. Sin que fueran parte a entibiarlo
la desemejanza de creencias y de gustos literarios, porque él, que
esperaba en Dios y en la inmortalidad del alma, tenía entre sus
amigos predilectos, los más queridos quizá, a más de un ateo y a
más de un materialista; él, que sentía aguijones académicos y
debilidades clásicas, amaba sobre toda ponderación a cerebros
independientes, de fuerza progresiva y revolucionaria, como los de
Diógenes A. Arrieta y Antonio José Restrepo.