INDICE




HOMBRES Y COSAS DE MI TIEMPO
SITUACIONES

(PRIMER CUADERNO)

POPAYÁN


Popayán-como cabeza y circuito de las autoridades civiles y religiosas-fue el centro ardiente de los preparativos de la revolución de 1876 y 1877. De carácter político y religioso, esta revolución tenía como preparador inmediato al Obispo Bermúdez (Carlos) y a los jesuitas, sagaces y activos, que el prelado había traído de Europa para dirigir el Seminario de la Diócesis. A más, eran gente muy a propósito para fomentar la guerra, los miembros notables del Partido conservador residentes en Popayán, que anhelaban casi todos tornar a los tiempos en que dispusieron de la suerte de la República con el General Tomás C. de Mosquera, con Márquez, con Herrán, con Ospina y con Julio Arboleda. De tiempo atrás la virulencia de los periódicos de la capital de la República y más aún la insania de |Los Principios, publicación de Cali, y de |La Semana Religiosa, redactada en Popayán, denotaban la disposición unánime del Partido conservador para llegar al poder por medio de las armas. Coincidía esta tendencia hostil y general del Partido conservador con la época en que habían llegado al Cauca los maestros alemanes, pedidos a Europa para que fundaran las Escuelas Normales y dar así carácter serio a la instrucción primaria. Y fue una desgraciada coinci encia que se explotó a las mil maravillas. Ya muy avanzada la propaganda en el púlpito y en la prensa contra la Ley orgánica de la Instrucción primaria, vino a recrudecer y animar el fanatismo, la presencia de algunos institutores alemanes, llegados al país y exhibidos como monstruos de corrupción, públicamente, y en lo íntimo de los hogares. El peligro se creyó inminente e inmediato con lo sucedido en Cali a la llegada de Mr. Radthla, a fines de 1875. Radthla llegó en la tarde del día...
Los liberales de algunas influencias fueron a encontrarlo y lo condujeron al Hotel, único entonces en Cali, hacia el occidente de la ciudad. Le di rigieron discursos expresivos y le dieron una retreta. Todo quedó en silencio por más de dos horas. Hacia las 8 ó 9 de la noche se oyeron gritos de " ¡Abajo la Normal! " " ¡Muera el Radthla!" "Viva el catolicismo!" Estos gritos los daba un gran motín, organizado-según se dijo-por el padre Fray Damián González y por el doctor Federico Correa González con estudiantes del colegio de este último, en su mayor parte. Era al principio un núcleo apenas de unos 60 ó 70 hombres, pero a los pocos minutos subió a más de 500. Desde los lados de Santa Rosa-parte sur de la ciudad-a San Francisco, había crecido de una manera asombrosa. Pasada una hora, se hacía irresistible. Furiosos e incansables en sus vociferaciones, se dirigían al alojamiento del maestro de escuela, muy poco distante ya. " ¡Muera! ¡Muera el masón!" era la palabra de orden y todos iban armados. Corría peligro, pues, el abnegado institutor. Los liberales, en la confianza de que todo quedaría en paz, -por lo menos esa noche- se habían retirado a sus casas. David Peña estaba profundamente embebido en una lectura cuando le tocaron fuertemente.
- ¿Quién vá? respondió la señora de Peña.
-Soy yo, mi señora, dijo una voz conocida; diga usted al General Peña que los godos quieren asesinar al Maestro.
- "¡Ah miserables!" vociferó Peña y se lanzó a la calle como un relámpago. Este hombre, que desconocía el miedo y era valeroso por temperamento, corría y corría, guiado por el ruido sordo del motín. A nadie le dijo una palabra, y nadie se atrevió a preguntarle nada, pero los pocos liberales que lo vieron pasar lo siguieron y pronto se apercibieron del peligro y del apresuramiento del General. Ya los amotinados, en número 40 veces mayor al de los liberales, estaban cerca del hotel de Radthla, y furiosos, como lobos hambrientos, gritaban y se apilaban en las cercanías. A lo lejos se oían las voces de los que llegaban a engrosar el número, y en todos, la misma incitación y las mismas vociferaciones sangrientas. " ¡Muera el masón! Muera el masón!" gritaron, y en pelotón compacto se fueron derecho al hotel indefenso, pero en esto un puñado de valientes, con Peña a la cabeza, les cae como una bomba a los gritos de "Viva el Partido liberal!" "Vivan las escuelas normales!" "¡Abajo los fanáticos!" El momento fue de estupor grandísimo en los asesinos Ellos contaban con que Peña llegaría tarde y aun creían que permanecería impasible en esos momentos, y lo veían allí con su bella figura erguida, sin sombrero, con la frente iluminada y brillando reluciente espada sobre las cabezas de los enemigos. " ¡Viva el Partido liberal!" gritaba Peña y repartía golpes de plano, que los más esquivaban o que rasgaban los vestidos de algunos. "Viva el Partido liberal!" respondieron sus pocos y valientes compañeros, y a imitación del General, cumplían con su deber. Había en el grupo de los asesinos muchos liberales que sólo estaban allí atraídos con artimañas de fanatismo religioso, liberales que querían, respetaban y temían al General David Peña. Cuando lo vieron, no pudiendo estar a su lado, se desbandaron, y esto, agregado al arrojo de los liberales, produjo en los miserables una deserción vergonzosa. Sobre el campo no quedaron sino amigos de las escuelas, y toda la noche los grupos liberales recorrieron la ciudad vitoreando al gran Partido, a la Ley y a la Ciencia.
Al otro día una |Democrática solemne selló con resoluciones enérgicas y briosos discursos, el resultado de la noche anterior.
Escenas como esta de Cali, ocurrieron en otras partes, y la revolución se veía venir con toda la brutalidad de una cruzada religiosa. Los golpes-triunfos o reveses-se sentían en Popayán con toda su fuerza, y de allí se devolvían con doble impulso, o por el Presidente del Estado, o por el Obispo Bermúdez.
Todo el principio del año desde Enero hasta Junio, fue de efervescencia y de movimiento. En todas las poblaciones se organizaron Sociedades revolucionarias, que se denominaron Las Católicas. Con el sofisma de este nombre lograron los conservadores atraer incautos liberales, algunos de valía relativa, como Juan Sarria en Popayán, y algún otro en Cali. Estas Sociedades se reunían en las iglesias y las componían hombres y mujeres de todas las edades. Oían allí alguna prédica insurgente y recorrían las calles más públicas de las poblaciones a los gritos de " ¡Santo Dios!" dados por los clérigos, y que repetía la multitud en tono acompasado y uniforme. Había en Popayán reuniones de más de 7,000 personas que hacían peregrinajes a los pueblos vecinos, o que de allí venían al centro.
|El Programa Liberal, redactado por César Conto, les había declarado una guerra abierta a todas estas vagabunderías, que eran la careta bajo la cual se preparaba la guerra civil. Esta fue una audacia valientísima, dadas las condiciones excepcionales en que se hallaba el Presidente. En efecto, una inmensa masa de liberales odiaba el Gobierno del Cauca como que se había iniciado cometiendo graves faltas, y luégo había impuesto su voluntad en el gran Jurado, para hacer declarar en blanco el voto del Estado en la elección presidencial anterior. Amenazado aun por las iras de los ministros, Conto no vaciló en abrir campaña resuelta contra los católicos, y escribió en |El Programa Liberal los artículos más fuertes y más firmes que hasta entonces se habían publicado en el Cauca, en orden a las ideas liberales, y con especialidad, en lo tocante a los asuntos religiosos. A estos botafuegos de la prensa liberal respondía la conservadora del Estado y de la República entera con incendios. Se designaba la persona del Presidente del Cauca como el engendro de la tiranía y se llamaba a voces a la reivindicación. M. Briceño pasó entonces, regando la revolución, de correveidile de los revoltosos de Bogotá.
Popayán se hizo un centro candente, como era natural, al mismo tiempo que el lugar más a propósito para la expectativa.
En la noche de... se anunció una gran reunión católica, encabezada por Carlos Albán, para ir a dar los parabienes al Obispo Bermúdez el día de su santo. Curiosos, cuatro o cinco estudiantes de la Escuela Normal fuimos a ver desfilar el concurso a la esquina sur de la plaza, una cuadra antes de la casa del Obispo. A las 8 poco más o menos, principió la desfilada y duró cerca de media hora. Eran hombres todos los concurrentes y casi todos bien armados, los que no con armas de precisión, sí, por o menos, con |macanas, garrotes y cuchillos. Desfilaron en silencio por debajo de los balcones del Presidente, mientras éste fumaba tranquilo en ellos, y entraron a la casa obispal, permaneciendo allí una hora. Nosotros estábamos desarmados y tramos 6 o 7 barbiponientes, el que más de 18 años. Cuando regresaban y había pasado la multitud, me vino tentación de gritar y grité: " ¡Abajo las camándulas!" " ¡Abajo!" contestaron mis compañeros a una voz, y la procesión de fanáticos se detuvo. Al volver a mirar para atrás sólo vi a Hortensio Garzón de pie: los de más habían huido. La primera intención de los fanáticos fue írsenos encima, y algunos se desbandaron, seguramente con ese objeto; pero Albán los contuvo y ordenó la marcha. Nosotros seguimos solos, pero resueltos, gritando abajos y mueras a los católicos. Cuando estuvieron cerca del lugar de las reuniones (cuadra y media de la plaza hacia el norte) empezaron en gritos contra el Presidente, contra los liberales y en vítores a la religión y al Obispo. Muchos liberales nos fuimos a San Francisco a tomar armas, y toda la noche estuvimos avistados con los católicos a la distancia de una cuadra.
Siguieron los días en una efervescencia espantosa. Los conservadores activaban a los católicos en los víllorrios, y con tal objeto se servían de un clérigo zurdo, de nombre Bisot, para llevar la exaltación a |Tierra-adentro, semillero en todas las épocas revolucionarias de magníficos soldados liberales y horror y espanto del partido conservador del Cauca Nada pudo por allá el tal clérigo, a quien los indios cogieron preso y lo trajeron a Popayán. Como entró de noche, sólo al otro día supieron la mala noticia los conservadores. Entonces se pro dujo el más curioso movimiento y más bochornoso de la revolución.
Seguramente aleccionadas por sus maridos y por el Obispo, todas las señoras conservadoras de Popayán salieron a libertar al padre Bisot, apenas supieron la nueva de la prisión. Colmenas de mujeres invadieron la calle de San Francisco en su mayor extensión y se derramaron por las plazuelas y las plazas. Al rededor del cuartel iban y venían en vertiginosos remolinos. Algunos estudiantes de la Escuela Normal y otros del Colegio Mayor, unidos a los soldados, apaciguaban los grupos y formaban cordones preventivos para el caso de una invasión de hombres. Esto tan sólo las agriaba más, y más las incitaba. De los templos entraban y salían como en oleaje y llenaban las bóvedas de las iglesias con sus gritos de desesperación y sus ruegos. Los pocos liberales que impedían el tumulto se perdían en el mar de faldas como granos de arena. Las horas pasaban y con ellas aumentaba la ira y el arrojo de las revoltosas. Muchas señoras quisieron atropellar las guardias y recibieron, golpes de los centinelas que, firmes, no se dejaban vencer ni por las súplicas ni por la temeridad femenil. Era la señora de Chaux una especie de Jefe y por cierto de las más arrojadas e irascibles que puedan encontrarse. Detrás de ella iban las demás, sin miramientos de ninguna especie. No era suficiente para hacerlas entrar en razón la presencia de los maridos, de los padres, de los amantes; cualquiera intimación, cualquier consejo, las alentaba más. Hacia las diez se creyeron impotentes para libertar al fraile por la fuerza, y resolvieron emplear la astucia, las seducciones, cualquier medio. Nombraron, en consecuencia, una comisión compuesta de lo más granado de las señoras y las señoritas para que fuera a pedirle lo que deseaban al Presidente. Se hicieron anunciar, y Conto dio orden a las guardias para que las dejaran entrar sin inconveniente. El mismo las recibió en la escalera y les hizo el cortés cumplimiento de estilo.

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