UN IMPROVISADOR
(JORGE C. POMBO)
Era para nosotros casi un desconocido Jorge C. Pombo, este joven
que ha muerto lejos en las orillas del mar. Los viajeros que
cruzaban nuestro litoral del Atlántico lo llegaron a encontrar en
la ciudad de Barranquilla, y ya en adelante no se les borró su
fisonomía ni olvidaron sus versos, y nos trajeron la nueva de que
un mancebo modesto y gallardo, a las orillas del Magdalena, cerca
al inmenso océano, daba al aire sus quejas y sus alegrías, que la
brisa marina arrebataba, o con el recuerdo de las cuales el
ribereño dejativo entre tenía sus ocios en la tarde, después de la
pomposa caída del sol. Pensamos en el duro destino de ese joven
inspirado que, como tántos que conocemos en las montañas de
Antioquia, prodigaba su inteligencia como rico liberal sus
mercedes, en un reducido escenario, entre queridos amigos, sin duda
para perderla en seguida en un breve y efímero aplauso. Adelante un
paso el poeta humilde, nos decíamos, deje los linderos amados de la
tierra natal y que podamos sus compatriotas aplaudirlo en la
carrera de triunfo; que quiera la Patria señalarlo y lo adule la
gloria con amables caricias. Un día el giro de la vida lo trajo a
Bogotá, precedido de la dulce fama de poeta, y nos apresuramos a
estrechar su mano, a merecer su estimación y su cariño. El plazo
fue corto: cuando apenas comprendíamos su talento y saboreábamos su
amistad, ha abandonado esta altura para morir en las playas del
Pacífico.
Decir una palabra sobre el amable joven, que fue nuestro amigo de
un día, nos ha parecido oportuno, no porque su memoria lo necesite,
sino porque él bien nos quiso, él tuvo para nosotros frases
cordiales, y la gratitud debe ser hoy y siempre señora de los
corazones.
Fue en literatura Jorge C. Pombo un improvisador, de esos que
sorprenden las ideas encuentran presto las palabras y desarrollan
al punto un pensamiento en forma agradable e imprevista. Como era
su ejercicio ocasional, no se ha de buscar en el recuerdo de sus
décimas una trascendencia filosófica que fije la atención, y se le
debe tener más bien como un artista jovial, que podía darse cuenta
de su carácter alegre, pero que quizá no tenía la pretensión de
servir al arte. Sin duda por estudio, o por suma delicadeza de
atención, había adquirido el manejo de la rima, y con mucha chispa
en la cabeza ya no le era difícil envolver en formas elegantes sus
ocurrencias graves o festivas. Mas su destreza en la improvisación
era tan completa, que se le podía someter a pruebas insostenibles
para la generalidad de los ingenios, y uno se confundía perplejo
ante el talento de ese joven, que participaba de la aérea poesía y
de la hábil prestidigitación; que sin menoscabo del donaire del
verso y de la integridad del pensamiento, procedía con tánta
presteza en el arreglo de la estrofa, que el auditorio cauteloso
pensaba que podía mediar un inocente engaño, una anterior
composición de lugar. Descubría en el más árido tema una o muchas
circunstancias veladas y sabía colocarlas en un lugar visible del
verso con el objeto de que toda la atención de los circunstantes se
fijara en ellas y no en las partes escuetas y sin novedad. Raras
veces languidecía, por que sus recursos eran multiplicados, y
cuando su cedió que faltara a la cita de inspiración diaria, fue en
provecho de los contertulios del poeta, porque una contrariedad de
éstas aguijoneaba su numen hasta borrar la mortificación pasajera
con un tropel, con un tumulto de brillantes, de alegres, de agudas
estrofas. Seguro de dominar las dificultades, se lanzaba a ellas, y
así lo vimos apoderarse de los asuntos más laxos, de los
consonantes menos dóciles, para llegar al fin entre el aplauso d
los que lo escuchaban; le vimos, asimismo, en embarazosas
circunstancias, que expolean la cortedad, dejarse llevar libremente
por la inspiración, sin mengua alguna para ella ni para su fama. Ni
alardeaba de estas cualidades por su modestia, y porque creemos que
encontraba muy natural prodigar versos quien tan poco trabajo tenía
en producirlos. A este respecto, la suya n era largueza sino
opulencia. No tenía semejanza alguna con los desdichados que
sueltan versos a montones, sin asunto, sin motivo, sin fin; que van
a tientas como los niños que juegan a la gallina ciega, y que se
hallan satisfechos de haber producido algún ruido de consonantes,
cuando logran fastidiar a los prudentes. Caen por todas partes,
como la helada escarcha, estos impertinentes que en mal se ponen
cuando se creen bien; pobres y ruidosos bufones que se atreven con
las sagradas Musas de planta ligera, cuando ellas dieron las
primicias de sus amores a donceles garridos como Pombo, que pueden
ir ágiles tras ellas, por los florecidos campos, escuchando
fugitivas confidencias; irreverentes profanadores que toman por
lira una guitarra sin cuerdas, que señalan el Monte Parnaso donde
está Monserrate y que convertirían en prima donna a la cocinera.
Jorge C. Pombo, al contrario, era improvisador legítimo como
Joaquín Pablo Posada, o como nos fue dado conocer a José Manuel
Lleras y a César Conto: rápido, regular, incisivo. Poseía ese tacto
exquisito que consiste en amoldarse al gusto del auditorio para no
levantar repulsión alguna entre los que escuchan; y disponía el
golpe final de sus improvisaciones con tánto aplomo, que aunque
pasaran sin ser notados los primeros versos, se debía aguardar una
conclusión decisiva; como en las minas de pólvora, venía, después
de la mecha más o menos larga, la explosión, más o menos ruidosa.
Es inapreciable semejante método en las obras literarias rápidas,
pues la impresión duradera es la última, y puede, si es vigorosa,
salvar de la catástrofe a la parte anterior desfalleciente. Para
una composición mala, suele ser un final bizarro como el escudo de
una casa arruinada, que infunde respeto. La naturaleza de su
improvisación era picante, sin lo cual no hubiera sido tan popular
su estro; porque en una sociedad donde se falsifican los más
respetables sentimientos, la poesía
|sentimental muy
expansiva, es apócrifa.
Han venido a menos en el gusto del público los improvisadores, por
la usurpación que hacen del campo los que carecen de talento; pero
el hombre de pensamiento vivaz, mantendrá, hasta el fin, lugar
sobresaliente en las letras. Pocas cosas agradan tanto como asistir
al ejercicio de esas inteligencias sin grillos, cerca de las cuales
se siente al mismo tiempo que se oye, el golpe; que desperezan el
ánimo por medio de la prontitud de su ingenio, que tiene fácil y
liviano el cerebro. Son aisladores para precavernos de la
literatura que carga, que fatiga, que aplasta; de esas mallas
eruditas, tejidas con mano torpe y pesada, que caen sobre el
entendimiento como un capuz o como un cilicio. Antes que repudiar
la elasticidad del talento, deberían tenerlo por benemérito, pues
silo bueno en una pieza literaria consiste en tener las ideas bien
dirigidas, la expresión clara, correcta y elegante, entre trabajos
homogéneos y de igual calidad, será de mayor mérito el que se haga
en menos tiempo, porque quiere decir esto, que hubo allí más
claridad en un momento dado y sobre un punto concreto; ni más ni
menos que por lo que es mejor tirador el que da habitual mente en
el blanco al primer disparo.
Cierta escuela de académicos aborígenes in fluye entre nosotros par
darle una fisonomía adusta a la literatura, abrumándola con adornos
grotescos, con flores marchitas y joyas falsificadas. Tratan de
interrumpir la corriente natural, creciente y próspera, por medio
de intercalaciones añejas, de desviaciones sin objeto y de miradas
suplicantes a épocas fenecidas. Si hubiera de prevalecer tan inepto
propósito, diríamos la despedida a las plumas llenas de donaire, de
observación y de agudeza; a las vocaciones críticas; a las arpas
inspiradas; al pensamiento filosófico que nutre la naturaleza; al
entusiasmo que hace desbordar la lucha contemporánea; diríamos
adiós a todo esto para ser huéspedes de un parnaso yermo, simples
reproductores de ideas olvidadas e infecundas; para ser, como dicen
nuestras consejas populares, las ánimas que recogen los pasos de la
humanidad muerta.
No prevalecerá, sin embargo, la reacción literaria que refleja un
retroceso de ideas expirante en el mundo, por más aparentes que
sean sus síntomas de vitalidad en Colombia. Nosotros somos
partículas que, de buen o mal grado, han de adherir a la masa
preponderante que es de progreso, y la quietud y la contramarcha
acusan en los literatos ceguedad o torpeza. El desarrollo libre de
la actividad humana, se impone, como necesario para todo: desde la
propagación de la especie hasta la fecundación del pensamiento, y
nadie es fuerte a plegar, a comprimir durablemente la libertad, que
es para el hombre el blando regazo de la naturaleza. En el campo
espacioso y libre, los talentos finos, agudos, amables; el verbo
fácil, delicado, abundante; la chispa viva, alegre y picante, -de
todo lo cual fue una personificación Jorge C. Pombo-estarán por
encima de los escritores duros, remilgados, entendidos en vejeces,
de que es trasunto el académico colombiano, ese grave y desapacible
"címbalo que llama al coro."
Los versos de Pombo no romperán, tal vez, el nema fatal que los
condena al olvido; pero por algún tiempo estará presente en nuestra
memoria ese buen amigo, ese cerebro chispeante, ese joven de mundo
que tomó la vida alegremente, y, pues no hizo daño, ha de haber
cerrado los ojos sin inquietudes cobardes.
Bogotá, Julio 5 de 1886. - (
|Folleto),
NOTA-Como una muestra de la vena riquísima de este repentista
desaparecido, pero nunca olvidado en nuestro litoral atlántico,
publicamos la siguiente décima suya, improvisada ante unos amigos,
en Barranquilla, en los momentos en que el General Ricardo Gaitán
Obeso sitiaba a Cartagena, en 1885:
" ¿Qué mal pudiera yo hacerte
A ti, Gaitán, feroz hiena,
A ti, por quien Cartagena
En cenizas se convierte?
No deseo que la muerte
Halles en ningún encuentro
Con las fuerzas de aquel centro;
Mi ambición no es esa, es otra:
¡Es que te salga una potra
Más grande que las de adentro!"
Como se sabe, el femenino de potro es una enfermedad local,
privativa de la Heroica y bastante chusca. - (
|El
Editor).