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LAS MEMORIAS DE DARÍO MAZUERA


El huésped que ocupaba el número 13 en el Hotel Francés se habla levantado muy de mañana el viernes 6 de los corrientes. Cuando estuvo de pie abrió el postigo que da al patio: ninguna persona de la servidumbre atravesaba los corredores. Desde los balcones, que quedan sobre la plaza de mercado, se descubría la calle silenciosa.
-Es buena hora y apenas tendré tiempo, dijo. Las tres en punto, agregó, después de mirar la muestra de un magnífico reloj de oro.
Este personaje desconocido había llegado el día anterior. No respondía a ningún nombre, y cuando el conserje preguntó su dirección para escribirla sobre la pizarra de la portería, el recién venido se contentó con poner en la mano del empleado una moneda de plata y decirle:
-Es inútil. Nadie vendrá a buscarme, y, por otra parte, yo quiero estar solo.
Su equipaje se reducía a poca cosa: un baúl de viaje y un cofre perfectamente cubierto y con sellos estampados sobre parches de lacre negro.
A las pocas horas después de su llegada, el desconocido pidió útiles de escritorio. Escribió sobre dos pliegos de papel billete algunas líneas; buscó en las páginas de su cartera una nota que el tiempo había vuelto amarilla, y puso, sobre cada una dejas cubiertas, respectivamente, estos dos nombres: Rafael Pombo, Florentino Vesga. Luégo llamó.
-Estas cartas a su destino, dijo al mozo que había acudido a su voz.
Llamó otra vez y pidió un coche para las dos de la tarde. El vehículo estuvo a la hora señalada y el desconocido saltó dentro, cerró la portezuela y corrió los vidrios.
- ¿A dónde hemos de ir? preguntó el cochero.
-Al cementerio.
El coche partió al trote de los caballos en esa dirección.
A las cuatro estuvo de vuelta. El cochero lo había visto acercarse a uno de los empleados del cementerio, cerrarle la mano, hablar con él, discutir, gesticular. Notó como un altercado entre el que se obstina y el que no cede. Después pudo distinguir el triunfo pintado en la fisónoma de su cliente, y desde el pescante oír que el extranjero decía, al poner el pie en el estribo:
-A las tres, ¿estamos?
Y que su interlocutor había respondido:
-Seré puntual.
Al llegar al Hotel fue derecho a su cuarto, echó llave a la cerradura por dentro y no se le vio salir más.
Cuando el reloj de la Catedral dio las tres de la mañana, el huésped del número 13 tomó una llavecita, y después de romper los sellos de lacre negro abrió el cofre. Se hubiera podido mirar por encima de los hombros, cuando la caja estuvo abierta, que ella tenía dos compartimientos. Pronto salió de su fondo un cofre más pequeño cubierto y sellado corno el otro; quedaba una pieza de madera que dividía el cofre; el joven la levantó, afirmando su mano en una manija de metal, y la emoción más profunda se pintó en ese momento en su rostro: en el fondo del cofre blanqueaban cenizas y huesos humanos...
- ¡Lo que fue tánto y es tan poco! exclamó, al mismo tiempo que cerraba otra vez la caja fúnebre.
Las cuatro dio el reloj, y algunos golpes se oyeron en la puerta. Era el hombre del cementerio
-Es preciso no perder tiempo, dijo al extranjero.
-En marcha, respondió éste. Y ambos tomaron el camino recorrido el día anterior, llevando la caja mortuoria cubierta con una tela común para evitar las indiscreciones. Al penetrar en el cementerio tomaron la galería de la derecha. La losa de mármol de una bóveda estaba en el suelo y las tinieblas de la cavidad sombría luchaban con las luces del alba. Los dos hombres colocaron el cofre en el hueco abierto y pusieron la lápida, que tenía entrelazadas una lira y una espada. El desconocido se puso de rodillas y su mano trémula grabó dos letras: D. M.
-Le debo la vida y se ha hecho su voluntad, exclamó.
Sus lágrimas corrieron abundantes y dejó el cementerio, porque esta tarea de la muerte no era todo.
A las 11 estaba Florentino Vesga en el cuarto de Rafael Pombo. Ambos habían recibido una carta en que se les pedía una conferencia reunidos en la casa del último. La carta, que no tenía firma, despertaba en los dos una gran curiosidad. He venido, se les decía, desde muy lejos a cumplir la última voluntad de Darío Mazuera. Estaré con ustedes a las doce en punto.
-Es extraño, decía Florentino Vesga; yo sólo tuve ligeras relaciones con Mazuera en París.
-Yo lo conocí a fondo en New York, agregó Pombo.
En 1867-principió a contar Vesga-estábamos en París en la Legación de Colombia a cargo del General Gutiérrez. Un día recibimos la visita de un compatriota que venía de los Estados Unidos.
-Había partido de allí el 17 de Mayo, observó Pombo.
Nos pidió el favor de acompañarlo a los lugares hermosos de la gran capital, porque él hablaba poco francés, y además no conocía las direcciones.
- ¿A dónde quiere usted ir primero? le preguntamos.
-A Mabille, nos respondió.
Fuímonos un grupo de paisanos al famoso baile público, y al entrar nos llamó la atención una anciana que echaba las cartas.
- ¿Qué hace esa vieja? me preguntó Darío Mazuera.
-Dice la buena ventura, le respondí.
-Pues yo quiero saber la mía.
Hice presente a la anciana el deseo de nuestro compañero y ella tomó su naipe. Después de barajarlo, principió a echar las cartas Sobre el tapete.
-As. . . sota. . . siete. . . rey. . . Señor, dijo dirigiéndose a mí, yo no me atrevo a pronunciar el horóscopo.
- ¿Qué motivo hay para eso?
-Será fatal.
Dije a Mazuera la respuesta de la anciana, y él me contestó.
- ¡Sea lo que fuere, que hable!
Entonces le dije que su fin estaba cercano y que sería sangriento.
Lo vi por última vez a los quince días. Estaba muy abatido y lo preocupaban las palabras de la vieja.
-No haga usted caso, le dije.
-Es que la cosa es seria, y hay una coincidencia extraña.
- ¿Cuál?
-Estoy perseguido por la Policía. Al despedirse me dijo:
-Si esa bruja tiene razón, usted lo sabrá algún día.
Luégo no lo volví a ver.
-Partió para América, agregó Pombo, como para continuar el relato de Vesga. A la Habana llegó en pasaje de tercera y completamente pobre. Al desembarcar vio sobre el muelle a un amigo suyo, del Estado del Cauca, médico y casado en la ciudad de Cali, y vuelto a casar en Santiago de Cuba. Fuése hacia él y se reconocieron.
-Necesito de tu protección, le dijo.
-No puedo servirte, le respondió el médico.
-Entonces mañana sabrán en la Habana que tú eres casado dos veces y que tus mujeres viven.
- ¡Eso sería infame!
-Más infame es la pobreza.
-Y bien, ¿cuánto quieres?
-Diez mil pesos y guardo el secreto.
-Los tendrás esta noche; aguárdame a las ocho en el hotel; y a propósito, aquí tienes la dirección de uno magnífico. Yo pago.

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