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LEOPOLDO ARIAS VARGAS


Entre los hombres activos y entusiastas de la Escuela Republicana, que tánto contribuyó a la lucha por la organización del liberalismo, y que se conserva en la memoria como el encanto de una época caballeresca y revolucionaria, Leopoldo Arias Vargas se incorpora a la altura de los más vehementes, más convencidos y más constantes. Era un soñador romántico, como casi todos los de esos años en que para los liberales la república no sólo aparecía como una indiscutible forma perfecta de gobierno, sino como el campo propicio a la fantasía y a los ensueños vagarosos. La pasión democrática tenía entonces lozanía y primores que pudiéramos llamar franceses, como que la Francia, en sus benéficas agitaciones, era la que daba el argumento y el molde de nuestras luchas, que sólo se diferenciaban de las de esa gran Nación por un tinte indígena apropiado al ambiente americano en que todos se movían. Cuando se quiera gozar a pleno sol de días espléndidos de la República, puede uno ir con el pensamiento a pasar algunas horas entre el grupo de jóvenes de la Escuela Republicana, que allí hay movimiento, convicción, pasión, exuberancia.
Arias Vargas permaneció en un recogimiento silencioso después de sus buenos días de 1854, y ungido con las esencias de esa política candorosa atravesaba por el tumulto actual como personaje extraño a las luchas de estos tiempos. El cambio de los hechos era ciertamente bien notable, y los temperamentos que se resisten a la atracción de los estadios políticos se hacen impalpables entre la multitud, como el aire vago y como los perfumes, con los cuales tienen semejanza. El periodista, el tribuno y el poeta se conservaban en Leopoldo Arias Vargas por un delicado y galante sello de su naturaleza, pero como a pesar de el, como contra sus propios deseos, y sin leve ruido de publicidad Puede en rigor decirse que murió en la primavera, porque como republicano tuvo una hermosa y continuada infancia.
Acabó en el sepulcro una existencia que era recuerdo de otro tiempo, pero que tuvo al perder se en la tiniebla profunda la amorosa señal de des pedida entre sus conciudadanos con los ojos llenos de lágrimas.
( |La Actualidad, 1884)

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