CONSTANCIO FRANCO
¿Sabe la lluvia por qué cae de lo alto? Sabe la piedra por qué es
dura? ¿Sabe el prado por qué reverdece? No; ni Constancio Franco
Vargas porque habla de política, de ciencias y literatura. Pero él
discute y escribe en el día y en la noche; escribe periódicos,
folletos, libros de moral, de economía, de versos, de novelas, de
viajes; y se empina en las calles, en las Asambleas, en los liceos
para hablar, horas interminables, sobre todas las cuestiones que
han fatiga la verdadera inteligencia. En el Senado de
Plenipotenciarios toma la palabra con mucha frecuencia y habla
horas enteras, a pesar de las dolencias que lo aquejan. Tiene su
garganta la facilidad fastidiosa del que hace gárgaras; la
oportunidad inconsciente de un reloj despertador que produce ruido
y no da horas. Es alto y delgado. Cuando está de pie conserva las
piernas unidas hasta cerca de los tobillos, desde donde los pies
toman distintas direcciones; el busto es débil y sobre él se alza
una cabeza que es como la dilatación irregular de su cuello
larguísimo. En su rostro no busquéis expresión. Como el arbusto
descolorido y rastrero y las lianas débiles son un signo de
esterilidad en el monte, el cabello de hebras delgadas, aplastado
sobre el cráneo, y repartido en gavillas sin color y sin brillo, es
signo, las más de las veces, de esterilidad en la inteligencia. La
nariz es gruesa y corta, sus labios abultados, la barba fue
castaña, los ojos son garzos. Al hablar lo hace de corrido como
quien da una lección; acciona con las manos cerradas, menos los
dedos índices que dirige con violencia continuamente a la cara.
Principia el discurso, y a las pocas palabras adquiere una
apariencia de energía que cualquiera puede confundir con la rabia:
entonces se incorpora más, se afirma en el pupitre, extiende una
mano y grita, grita como el que va a sufrir un síncope. Puede decir
muchas verdades, pero no logrará nunca entusiasmar ni
conmover.
A Constancio Franco lo ha perseguido la burla, y, sin embargo, él
tiene una legítima excusa para su inteligencia: que ella es
naturalmente oscura. Por lo demás, estudia y trabaja sin cansarse.
Tiene el mérito de la hormiga, ya que sería impropio compararlo al
hermoso castor. Y es feliz, a pesar de sus males, porque se cree la
octava maravilla. Dejémosle gozar de su ilusión, aunque esto nos
maraville.
(
|La Actualidad, 1884)