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LA CONVERSIÓN DE D. JOSÉ JOAQUÍN ORTIZ


Los médicos aconsejaron a D. José Joaquín Ortiz que se sustrajera al trabajo. El doctor Osorio le dijo:
-Es preciso, para conservar buenos sus ojos, que usted no lea ni escriba.
- Que no lea ni escriba?
-Exactamente.
-No podré hacerlo.
-Pues quedará usted ciego.
Obligar a un hombre de letras a prescindir de sus libros; a un poeta a callar sus estrofas; a un periodista a suspender la polémica, es el colmo de la crueldad; pero el médico cumplía un penoso deber inflexible, y todas las objeciones, las exigencias, las promesas del enfermo tuvieron la misma respuesta:
-Si usted lee o escribe, perderá la vista antes de dos años.
-Aunque suspenda |La Caridad?
-No basta eso.
-Si no trabajo en mis obras de Historia?
-Es poco.
- ¿Dejaré sin concluir mi leyenda de Balboa?...
-No viene al caso el asunto en que se ocupe; todo consiste en que usted ni escriba ni lea.
El médico se despidió y Ortiz fue a sentarse cerca a la mesa de trabajo. Con la cabeza apoya da en la mano, parecía tomar una determinación.
- ¡Bien!-dijo para sí, después de algunos momentos- no trabajaré. Esto acortará mis días, porque se hace una soledad matadora en el alma cuando hemos tenido a los libros y a las ideas como compañeros de la vida y en un momento se abandonan.
Luégo el poeta recordó las palabras del médico: -"No viene al caso el asunto en que se ocupe." Calló un instante; después se puso de pie, como sacudido por una inspiración repentina: su rostro estaba radiante y sus piernas sostenían su busto pequeño con un vigor juvenil.
- ¡Ah! Yo desafío a la ciencia -prorrumpió. -Tengo sobre mí la ciencia infinita. ¿A qué temer?
"Vivid siempre alegres en el Señor," ha dicho San Pablo. Trabajaré y tendrán más claridad mi entendimiento y más luz mis ojos.
Sobre un altar lleno de floreros y de ramilletes había, en el cuarto de trabajo de D. José Joaquín Ortiz, una imagen de la Virgen de Lourdes. Allí se prosternaba todos los días antes de mojar la pluma de ave, que truena en la polémica, y hacía oración. Fue en 1878 cuando el Príncipe Napo león Wysse, el compañero de M. de Lesseps, lo encontró de rodillas allí. El quería conocer a todos los hombres eminentes de nuestra Patria, y Ortiz le dio una cita para las doce. El Príncipe se hizo anunciar a la hora precisa y se le señaló el departamento del escritor. Napoleón Wysse empujó las alas de la puerta y dio, hacia dentro, algunos pasos. Ortiz, de hinojos, oraba ante la imagen de la Virgen, y no pareció notar la llegada del extranjero. Solamente cuando hubo terminado, le hizo los honores de la casa. Napoleón Wysse decía más tarde, en su libro sobre nuestro país, con intención picante:
-José Joaquín Ortiz reza después de almorzar y debe tener dispepsia.
A ese altar fue derecho Ortiz y dobló las rodillas. Se dirigía con calor a la Virgen y pudieron recogerse estas palabras, que eran un voto:
- "Madre de misericordia: yo seré tu cantor y tú serás la luz de mis ojos."
¿Era este un pacto? Para los espíritus sobre excitados por el sentimiento de lo maravilloso todos los imposibles se esconden; prometen y esperan de lo desconocido con tánta seguridad como si presidiese a sus pactos el Notario. Ortiz se levantó sosegado. Su fantasía creaba el medio de trabajar sin cegar: haría un gran poema a la Virgen, y la Virgen conservaría su salud. La derrota del médico apareció a sus ojos indiscutible. Tuvo un movimiento triunfal de orgullo, que no pudo reprimir, y escribió al doctor Osorio:
"He resuelto escribir. Venga usted dentro de dos años, que deseo |verlo. No está por demás que traiga sus instrumentos... para que se los vuelva a llevar.
"Su amigo, JOSÉ JOAQUÍN ORTIZ
"1883. Febrero."

El |verlo, subrayado, era una amistosa provocación.
La lucha iba a establecerse entre la ciencia que desesperaba y la fe que resistía. Desde el día siguiente todas sus fuerzas se concretaron a la obra imaginada. Lo primero que ocurría era establecer el plan. Tener el plan es tener el mármol; la forma es lo de menos para una mano hábil. El poeta quería fuerzas vivas y recurrió a los recuerdos de juventud. Había una historia íntima y verdadera de su vida, que fue como una iluminación. Era una de sus propias aventuras de amor, dramática y honesta, lo cual le permitía colocarse entre el arte y el cielo. A los 18 años D. José Joaquín Ortiz había amado y fue su amor, como todos los de la juventud, una pasión llena de idilios. Julia era la doncella, y él la vio:
Yo, lleno de estupor, sólo un momento
Me atreví a alzar los ojos hacia ella;
Y sentí juntamente ansia y tormento:
Era por cierto una mujer muy bella.
Se amaron y se prometieron felicidad. Julia era hija única y su padre respondía a los que la pedían en matrimonio:
-Aguardad. Cuando yo me sienta morir, Julia será la esposa más feliz. Sí, la más feliz de las esposas en la tierra...
Era el año de 1832 y Ortiz partió de Tunja, su ciudad natal, a Santa Fe, a concluir los estudios de abogado.
- ¿Qué ha dicho mi padre ?-le preguntó Julia temblando al despedirse.
-La misma respuesta de siempre; respuesta vaga.
- ¿Y nada más?
-Se ha comprometido a escribirme cuando "sea tiempo," como él dice.
-Yo hablaré a mi padre y le diré que sin ti no puedo ser feliz.
-El quiere tu felicidad, luego serás mía.

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