LEONIDAS FLÓREZ
Sólo una vez hemos oído hablar en el Senado a Leonidas Flórez.
Ocupa uno de los primeros bancos que están al norte del salón.
Sobre su mesa se apoyan las muletas de las cuales se sirve para ir
del capitolio al coche, después de la herida recibida hace algunos
meses. Es de mediana estatura y vigorosa: una ligera barba negra
cae, sin descender mucho, sobre los lados de su rostro de piel
cobriza; ligero bigote dibujado sobre el labio como el rastro de un
pincel; labios gruesos, un poco levantado el superior; nariz
correcta, ojos negros, la frente poco ancha y atrás el pelo negro y
áspero recortado y profuso sobre su cráneo como un casco de caoba.
El día en que habló y lo oímos, se discutía la Ley 11 de
Cundinamarca. Su discurso fue frío y poco preciso. Esto contrasta
con su carácter apasionado y con la vehemencia que es su fisonomía,
como periodista. En el periodismo es poco artista, pero rudo.
Defiende y ataca con obstinación. Se hace del enemigo político
muchas veces enemigo personal, y la exageración de defectos y de
cualidades, de errores que en el contrario son crímenes y que en el
copartidario son virtudes, es táctica que en ocasiones le ofusca,
sin que logre persuadir. Va a saltos en sus artículos políticos, y
hay en el fondo de algunos de ellos un prurito de autoridad que
choca. No le cansa la monotonía de un mismo cargo, y así lo repite
hoy, mañana y más tarde, sin fastidio. Será patriótico eso, pero es
de mal gusto, en lo que se refiere a la literatura.
Leonidas Flórez es del grupo ecléctico que va de la mano con los
conservadores, ya afortunada mente diezmado por la previsión y el
patriotismo; y, sin embargo, sus ideas son avanzadas en filosofía,
y su lectura cuidadosamente escogida entre lo más innovador y más
ardiente de la literatura francesa. Hemos recorrido los volúmenes
de su librería y no lo harían los conservadores sin tener que
confesarse bien pronto para evitar las ascuas del infierno. La
lucha por el libre pensamiento, el combate contra la sociedad
antigua, reclama todo el esfuerzo de la juventud; y falta a una
obligación contraída con la época actual la gente que nace a la
vida republicana y se aparta de la refriega, si no del todo, por lo
menos a un campo en que se confunde a veces con los enemigos.
(
|La Actualidad, 1884)