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AQUILEO PARRA


Sí; Aquileo Parra es la abeja incansable, el trabajador que no se fatiga, una fuerza siempre en acción; pero, queridos copartidarios, no lo llaméis grande hombre. Un juicio así tan lato, es generoso, pero erróneo. Bien comprendemos que os sería fácil decir, al tratarse de todos los colombianos, |no hay grandes en Colombia; pero os veríais muy embarazados si al pronunciar el nombre y el apellido de uno de los nuestros, visible en la política, tuvierais que negarle los más pomposos derechos a la posteridad y os resistierais a colocarlo en el número de los inmortales. El juicio generalísimo, ya se ve, no tiene una aplicación amarga, porque al distribuirse se aminora, como lo dice el maestro Bentham; pero cuando la gratitud política, tan fácilmente coloca asientos para los con temporáneos en la inmortalidad, es un atrevimiento retirar uno cuando ya se ha dado el nombre del que deba ocuparlo.... Al descomponer la existencia histórica de los grandes hombres, quedan fracciones que, la mayor parte, tienen un valor aislado y perdurable, debido a la iniciativa de ellos. ¿Y es, queridos copartidarios, que el hecho se cumple en la vida de este respetado Senador? Llamémosle con el nombre que más le honra, llamémosle simplemente obrero. "Para el grande hombre, la inmortalidad; para el hombre sencillamente útil a sus semejantes, el aprecio de su profesión, de su pueblo, de su época y una línea en la historia de su arte: esto es cuanto se le debe y cuanto se le paga," dice Lamartine hablando de un obrero, de condición diferente, y que llamaba Jacquard. No es, como la veis, una cita forzada.
Aquileo Parra es un hombre maduro: de rostro enjuto, con larga barba sedosa que le da aire de somnolencia, de cuerpo débil, al parecer, que se inclina hacia la derecha porque una de sus piernas cojea. El no triunfa en el Senado ni en los consejos políticos de afuera por su elocuencia; tiene un arma poderosa, pero pacífica: el respeto que inspira. Lo ha conquistado en un continuo y sobrio trabajo por la República. Sin levantar como los tribunos los guerreros inmensa vocería en torno de su obra, él ha hecho la tarea insensiblemente, si podemos decirlo así, por aluvión. Como ha marchado de abajo para arriba, a paso lento, hoy que está cerca del término del camino, tiene gran experiencia. Sus consejos son recogidos por los hombres de su escuela con una gran confianza, que depende de que el señor Parra habla siempre con ingenuo convencimiento y busca con tino a los problemas un desarrollo práctico. Además, no se duda fácilmente de un hombre capaz de cualquier sacrificio por el porvenir de su causa.
La más bella condición de los hombres republicanos son sus ensueños patrióticos. Era la fuerza de Garibaldi, recordadlo. Y bien, Parra sueña, sueña en el día y sueña en la noche, un cambio industrial que lo verifique el vapor sobre los rieles en la pobre tierra colombiana tan llena de miseria. De las más apartadas comarcas de nuestro territorio, él cree posible que se lance a cruzar valles y montes la audaz locomotora y que su penacho de humo salude orgulloso a la capital de Colombia. Es seguro que triunfe su pensamiento, porque, generalmente, lo que es posible pero que es arduo, tiene un período febricitante.
( |La Actualidad, 1884)

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