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CARLOS MARTÍN


¿Diremos de este orador que nos satisface? El tiene una bella presencia: hermosa frente que se prolonga sobre el cráneo por falta de cabello; tupida barba corta llena el rostro que domina una nariz correcta que dilata sus ventanillas como síntoma de fogosidad en los momentos agitados; gruesos labios que cierran una boca ancha y re gular,-buen camino de la elocuencia. Es su voz natural, suave, vibrante, - se acomoda a la situación y al asunto de que se trata. Tiene el cuerno macizo, un poco obeso, sin la ridícula pesantez que abruma. Cuando toma la palabra conserva una serenidad tranquila, que lo hace dueño de sí mismo y de los que lo escuchan. Su acción es tan apropiada como su acento.... Y bien, ¿entonces qué?
Carlos Martín abusa de las palabras, con legítimo orgullo retórico, pero con perjuicio de su reputación. Parece que se entretiene con lo que está diciendo, sin cuidarse de los que estudian la verdad de lo que dice. La más sencilla razón, el argumento más convincente, tanto los envuelve en epítetos y en frases rotundas, pero distraídas, que al cabo pierden su fuerza y mueren fugaces, coro nados de flores, como quería morir Mirabeau. Vacilamos en calificar este hábito del señor Martín entre la falta de pensamiento sólido, o la exuberancia de fantasía vistosa, porque nos parece que si no en grado eminente, tiene, sin embargo, buen caudal de doctrina, y porque no es posible confundir el lujo de palabras, aunque ellas sean hermosas, con la fantasía magnífica que lleva a creaciones duraderas.
Aquí, como e todas partes, el modo de tratar las cuestiones del señor Martín, ha tenido mucho séquito, y se nos alcanza como razón para explicar esa prueba de acústica, el modo imprevisto de presentarse los problemas al debate de algunos parlamentos, que no da tiempo a la meditación y que obliga a los hombres de partido a terciar súbitamente, y a envolverse en el perfume de las palabras, que si no los hace aparecer sensatos, por lo menos no impide que aparezcan agra dables. Y es que sólo una inteligencia llena de la claridad que dan el talento y el estudio, puede rápidamente apreciar el conjunto y los detalles de una cuestión en un momento determinado.
Pensamos de algunos oradores de la escuela del señor Martín, que serían más hábiles en presencia de un Jurado impresionable, cuando se trate de salvar, con atrevimiento, el porvenir indeciso de un procesado. Allí podrían agitarse con pasión, hablar muy alto, diluir un argumento en un abanico de palabras, y arrojar a la escena, precipitadamente, un tumulto de frases. Si al otro día sus discursos se imprimen, por casualidad, es bien fácil que no hagan ningún daño al reo porque él ya esté absuelto No sucede lo mismo cuando se habla a un público numeroso que no debe fallar inmediatamente: hay entonces tiempo para meditar en lo que se ha oído, y, pasados algunos días, lo que se creyó un monumento, con la sorpresa del instante, viene a ser un efímero capricho.
( |La Actualidad, 1884).

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