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EUGENIO CASTILLA


Un anciano que tiene cerca de su pie el sepulcro; que no oye ya bien distintamente los ruidos de la vida, porque la falta de las pasiones ardorosas aísla al individuo del movimiento de los de más hombres, y el recuerdo no es bastante poderoso para derramar nueva energía y arrebatar su botín al tiempo; que ha trabajado lo suficiente para merecer los grandes galardones de la constancia; que ha ido al foro, a la tribuna, a la Legislatura, al Gobierno; un anciano que puede contar sus días por sus fatigas, decidnos, ¿no es justo, natural, indispensable, que venga para él el día del descanso? ¿No debería permanecer quieto, con el sopor del sosiego, en el vestíbulo de ese palacio encantado que se llama la muerte?
Firme todavía, envuelto en la bandera jurada, el doctor Eugenio Castilla no se rinde a los años, y ocupa su puesto de combatiente en nuestra democracia, allá en las filas donde se cierne el peligro, porque el enemigo está cerca.
¡Ah, esa es la verdadera gloria de nuestro partido! El abraza a los ciudadanos con un fuego que no se extingue. Si se llaman Ezequiel Rojas y son filósofos, él los mantendrá con la verdad en los labios hasta el último momento; los hará más fuertes que las preocupaciones vencedoras y las asechanzas de los jesuitas; cerrará con piedad sus ojos y los alzará luégo del sepulcro para inmortalizarlos en forma de enseñanza. Si se llaman Juan Miguel Acevedo, y son conspiradores de Septiembre, él les mantendrá vivo el recuerdo de la tiranía y vivo en el ánimo un nuevo idéntico riesgo por la Patria; él les hará, día y noche, pensar en la suerte de la República, a quien aman y ha rían respetar como a una virgen hija amenazada de violencia.... Se llaman Eugenio Castilla y estarán allí, en el Senado de la República, donde e preciso velar por la conservación del partido liberal que les ha dado el derecho-¡hermosa crueldad-! de vivir y morir en su defensa.
Gustamos de la elocuencia tumultuosa, viva, apasionada, como la de Diógenes Arrieta; de la incomparable, armónica, rotunda, de largas cláusulas, con que hizo su gloria Rojas Garrido y la más bella tradición artística de la República; es de nuestro agrado el polemista incisivo, de golpes de ingenio, de estilo picante que lleva a la discusión un carcaj en vez de un estruendo o de una armonía; pero cuando vemos a un anciano que defiende nuestra propia causa, que se levanta a terciar en el debate con sus cabellos blancos y su cuerpo descarnado; si ha de ayudar con lentes a sus ojos cansados.... cuando escuchamos al doctor Eugenio Castilla, bien comprendemos que no es un orador-no lo habrá sido jamás-que no es un razonador poderoso-no lo habrá sido nunca- pero es un modo de la elocuencia que consiste en la presencia, y parece decir al auditorio:
-Yo soy el tiempo!
La energía de la convicción es lo que constituye el carácter. Los años no han hecho perder nada a las ideas cardinales del doctor Castilla, y él sigue, por el contrario, como los ríos que aumentan su caudal con la distancia, un itinerario in flexible de progreso. Más alto, más alto, mucho más alto lo encontrará la muerte.
(El doctor Castilla ha sido Presidente del Tolima, Senador, Representante, Ministro de tribunales, Secretario de Estado, etc., etc.)

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