LOS POBRES NIÑOS
Si os encontráis con un niño a quien su madre besa o a quien su
nodriza cuida, sonreís, y os provoca besar sus mejillas frescas y
su frente en que los cuidados no han puesto arrugas y sus pequeños
labios puros que son dos líneas encarnadas. Cuando pasa en brazos
cuidadosos, hundido suavemente en blanco y crespo olán, con su
cofia de encajes que sujeta una cinta de colores, y mueve sus
pequeñas manos redondas con hoyuelos, podéis saludar al recién
nacido feliz, y pensad, pensad, en sus buenos padres. Si a altas
horas de una noche de invierno, en una calle que se arrastra por un
arrabal oscuro, os llama la atención un bulto que obstruye las
aguas del caño como un montón de basura, y os acercáis y es un niño
recién nacido a quien se ha ahogado, entonces una maldición
tremenda se os escapa, la sangre os hierve, y si no sois unos
miserables, quisierais arrojar por un cráter a los villanos que le
dieron el ser.
A los niños felices los veis de continuo en las calles y en las
cunas; nosotros contemplamos hace cuatro días a un recién nacido
ahogado en un sucio caño de la Calle de Las Águilas. Era blanco y
precioso, aun en su martirio: las líneas del rostro suaves,
desarrollo del cuerpo firme y una regularidad aristocrática en todo
el conjunto. Lo había puesto allí, sin duda, una mano criminal que
cubre las manchas de sangre en los salones con guantes de la mejor
clase.
Cerca del caño hay una fuente adonde van las aguadoras, que surten
a la vecindad, con sus cántaros y la larga caña ahuecada con que
los llevan a distancia. Vimos a esas pobres mujeres del pueblo
dejar las rojas vasijas sobre las piedras y correr cerca al cadáver
y llorar la muerte del niño y maldecir en su lenguaje robusto y
natural a la madre infame que aceptó un placer y no rehusó un
asesinato. Admiraba a las buenas gentes la maldad inaudita de una
mujer que en vez de llevar su hijo al seno, le hundía la cara en el
barro, que en vez de calentarlo con sus abrazos le hacía morir
entre las aguas heladas y que por techo le daba el cielo oscuro. Se
admiraban de por qué no lo había cubierto siquiera con un ligero
abrigo y dejádolo en la puerta de alguna casa o sobre las piedras
de la acera a la sombra de un techo. ¿Por qué, se preguntaban, no
habrá llevado esa infame el niño al Hospicio?
-Yo lo hubiera criado, decía una.
-Yo soy muy pobre, añadía otra, pero no me faltaría con qué darle
un cuartillo de leche.
-Estoy criando, agrega orgullosa una tercera y habría mamado como
mi propio hijo.
Todas lloraban, las pobres y buenas mujeres del pueblo, que visten
con harapos y ganan trabajosamente el pan de la vida, pero que se
conmueven generosas ante el cadáver de un niño expósito y maldicen
irritadas a las madres sin corazón.
Un polizonte tomó al niño debajo del brazo y se fue con él para el
anfiteatro de la Escuela de Medicina. El grupo de aguadoras lo
siguió con la vista; luégo una a una llegaron a la fuente y se
perdieron después en distintas direcciones con los pesados cántaros
sobre la espalda y las cañas amarillas en la mano....
¿Y será esto todo?
El caso reciente de infanticidio no es único en la capital, y ocupa
en la serie de esos crímenes el número 1,000 por lo menos. Con
mucha frecuencia aparecen niños muertos en las calles, en las
orillas de los ríos y en las praderas vecinas. Muchos de ellos
tienen, como el de la Calle de Las Águilas, caracteres que revelan
una distinguida procedencia. Al Hospicio se arrojan algunos en que
todo hace pensar en la sangre azul de sus padres.
Podría convenirse en que la miseria produjera una locura
desesperada que hiciera olvidar los deberes de la maternidad: hay
desgraciadas que abandonan sus hijos porque en los pechos enjutos
no tienen leche, ni en el granero trigo, y piensan que ellos serán
menos infelices en los brazos de la caridad pública que en sus
chozas miserables. Esos seres, que practican así una especie de
piedad feroz, es seguro que lloran antes de abandonar a sus
pequeñuelos y que, como en algunos romances, se despiden de ellos
con un beso en la frente.
Pero las madres ricas que cometen un infanticidio son criminales
hasta la abominación. En la ociosidad de una vida muelle, a la
sombra de una educación católica que es tan nociva corno la de los
árboles venenosos, la concupiscencia se desarrolla, el dinero
presta la oportunidad y los amores locos ocultan en su vértigo las
consecuencias del porvenir. Sólo cuando se siente "la
primera pulsación del seno," cuando el vientre es ya
santuario, esas mujeres ardientes e irreflexivas se sobresaltan,
gimen, se desesperan, se confunden. Ellas necesitan la apariencia
de la virtud y las enloquece que el día menos pensado despierte a
la vecindad el llanto de un niño que no ha caído de las nubes.
Piensa la joven en su novio que la cree pura; la esposa, en el
marido que la pondría a las puertas de la calle o a las puertas de
la muerte; la beata soltera, en la charla mordaz de su cofradía, y
todas se aprestan a matar el huésped importuno de sus entrañas. Sus
amantes ocurren a las boticas a buscar remedios que precipiten la
obra de la naturaleza; pero si el centeno venenoso nada alcanza si
el cuerpo de la madre se rebela contra sus intenciones y protege
como con un escudo a la criatura, llenas de rabia esperan el
instante del alumbramiento y antes que ella de el primer vagido la
estrangulan y la arrojan a los estercoleros de las calles. ¡Oh,
señorita honrada, que mañana serás esposa sin mancilla! ¡Oh matrona
respetable, que tánto contribuyes a la felicidad de tu marido! ¡Oh
beata honesta, que con tánta limpieza rezas tus oraciones: merecéis
mucho vos otras... todas las atenciones y cuidados de los
carceleros.
La organización tradicional de la familia tiene gran parte en los
delitos del infanticidio. El matrimonio indisoluble cierra las
puertas a todo avenimiento entre los cónyuges culpables y precipita
a la mujer al crimen oculto para evitar la deshonra bochornosa. La
joven que ha pecado no puede vivir con su amante, porque eso la
afrenta, y antes si mata a su hijo para conseguir un esposo, que es
la costumbre. El descuido que lleva al matrimonio un vínculo que
sólo rompe la muerte, facilita la seducción y da artes a la
lujuria. Luégo, la tradición tiene al sacerdote, que tántas veces
absuelve cuantas veces se delinca.
Los casos de infanticidio en Bogotá son cada vez más frecuentes.
Nosotros proponemos a la policía un procedimiento que la hará
conocer tanto a los responsables de esos delitos como a los de más
criminales: a los 40 días de la comisión de un delito reúna a los
clérigos y aprémielos para que bajo la responsabilidad que
establece la ley, diga cada uno lo que sepa sobre el hecho en
cuestión. En Colombia todos los criminales son católicos, y sin
pérdida de tiempo solicitan la absolución de los sacerdotes. No se
tema que éstos respondan con una restricción mental, oque digan no
saber nada, porque una vez encontrado el autor del crimen,
confesará quién lo absolvió y entonces la ley, con todo su peso,
castigará al sacerdote perjuro.
Es preciso velar por los pobres niños.
(
|La Actualidad, 1884)