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CARLOS NICOLÁS RODRÍGUEZ


Puede el odio mezquino oponerse al paso de los hombres eminentes hacia la consideración pública mientras viven pero la muerte es una barrera en que la soberbia injusta se abate por impotencia y que destaca en un cuadro sereno las figuras de verdadero mérito. La virtud política es sola mente servir bien a la libertad. La heroicidad civil, no tener vacilación en este trabajo, y el fin de los esfuerzos recomendables en las democracias empujar al pueblo, cada vez con más decisión, a los puestos avanzados del derecho. El apostolado liberal, único justo, tiene que tener atributos de convicción, de pasión y de amor. Carlos Nicolás Rodríguez, que ha muerto en momento infausto, sirvió a la causa republicana con estas condiciones relevantes en toda su franca austeridad, y al presente nada será bastante a impedir que su esfuerzo se recuerde con patriótico interés en la historia de nuestros partidos políticos.
Un gran talento, por todos reconocido, al ser vicio de idea abominadas por los perversos, es lo que ha perdido en breve instante la tierra de Colombia.
No serán polvo liviano las páginas en que Carlos Nicolás Rodríguez grabó los caracteres de la revolución de 1876 y 1877; ni sonidos fugaces las notas soberbias de su discurso a Riomalo, ni tradición momentánea su valiente actitud como Ministro en el Ecuador. No ha de ser perecedero tánto afán por la verdad, tánta lucha por el derecho, tánta devoción por el pueblo. La bandera tricolor puede flotar sobre la tierra de ese sepulcro, porque allí duerme, en la eterna noche, un republicano sin mancilla.
( |La Actualidad, 1884)

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