EL TESTAMENTO DE UN POETA
¡Combatida existencia fue la de Emilio Antonio Escobar! Debió ir
bien lejos, y sólo alcanzó como refugio a sus dolores, la tumba.
Era un joven lleno de inteligencia, con ensueños delicados, ideas a
reas, propósitos vagos pero ardientes, que son el distintivo de los
cerebros de algunos poetas desgraciados. Apenas columbró la
perseguida gloria, con la cual celebra esponsales fantásticos la
juventud, cuando el público de Bogotá aplaudía su drama titulado
|¡Justicia o fatalidad! que mereció de la crítica tántos
encomios. Por ese tiempo ya el infortunio lo había herido de
muerte, y la ovación que sus amigos le hicieron por su triunfo fue
casi una fiesta póstuma. El sufrimiento moral es, frecuentemente,
principio y consecuencia de las enfermedades. Una pena íntima, una
espantosa desgracia, postró hasta rendir al pobre joven; el
aneurisma que le dio el último golpe fulminante, no fue sino
resultado de uno ya recibido en medio del pecho.
Tal vez algún día alzaremos este velo sombrío que hoy, por piedad,
no tocamos.
Cuando los médicos desahuciaron a Emilio, él recibió sin miedo el
fallo. Pensamos que deseaba alejarse: hay ocasiones en que la
partida, aunque sea a lo ignoto, es indispensable. Pero para
viajar, porque él creía en una continua ascensión, según la teoría
espiritista, quiso poner sobre el papel lo que vivía y tenía ya
cuerpo en su inteligencia. O como Gustavo Bécquer, "quería
dormir en paz en la noche de la muerte," sin que sus
creaciones fueran a ser su pesadilla. Entonces trabajó mucho: los
días eran contados, y a pesar de sus dolores escribía, sólo
rindiéndose a la suprema fatiga.
Por la tarde salía de su casa, lentamente, a dar un paseo al Parque
de Santander. Iba allí a gozar de la música en las retretas, del
grato verdor de los árboles, y con la vista de las éras florecidas.
Lo vimos en ese lugar por última vez. Su rostro estaba pálido y
flaquísimo, sus ojos azules se movían en un círculo violado, y sus
cabellos rubios habían crecido hacia atrás. Al rededor buscamos por
instinto la muerte. Aquello era un cadáver, y, sin embargo, el
desgraciado joven sonreía dulcemente. Nos habló del diagnóstico de
los facultativos, y como quisiéramos reanimarlo, contestó con
resignación
-Todo es inútil: cuando mucho he de vivir un mes.
No se quejaba; aparecía sosegado y respetuoso con su destino. Por
otra parte, buscaba en los astros un punto de cita para encontrar a
los que amaba.
Pronto conversamos de sus obras. No quería morir sin dar término a
un poema titulado
|Thara, de significación griega.... Nos
refirió el plan y recitó algunos de los versos. Deseaba, asimismo,
concluir un drama que, por lo que le entendimos, era con argumentos
de su propia historia. ¡Espantoso drama seria éste, porque a Emilio
se le agrió en la boca la leche maternal, y el ósculo paterno le
hizo una haga en la mitad del corazón! . . .
La arteria traidora no le dio tiempo. Una tarde no se vio al poeta
ocupar su banco debajo de los árboles, ni a su perrita blanca, a la
leal
|Etairós, juguetear por los caminos de arena del
Parque. Era preciso, ante todo, morir; y comprendiéndolo así
Emilio, escribió a sus amigos predilectos la carta siguiente, que
era su última voluntad:
"Señores Jorge Rafael Aranza y Alejandro Vega.
"Queridos amigos míos:
"Les suplico encarecidamente que hagan cumplir mi voluntad
última, consignada en estas líneas. Perdonen esta postrera
molestia.
"Dejo mi libro de
|Recuerdos a mis amigos todos,
en la confianza de que ellos no dejarán morir mi pobre
nombre.
"Quiero que si alguna vez se publica mi drama, vaya
precedido de un prólogo escrito por Alejandro, que sabe su
historia.
"A Alberto Urdaneta y Lázaro Girón les dejo
|La novia
del Zipa. Ojalá la embellezcan con su lápiz.
"Suplico que se quemen mis papeles y las cartas de mis
amigos.
Quiero ardientemente que mis coronas las guarde Julia como un
recuerdo.
"Una cubierta de luto que tengo en mi cartera, será
colocada dentro de mi ataúd.
"Quisiera ser sepultado en el suelo y que Adelina sembrara
sobre mi sepultura un pensamiento blanco.
"Ojalá que mis nobles amigos paguen a María los cuidados
que ha tenido conmigo durante mi larga enfermedad; es una deuda
sagrada que les dejo.
"Daniel Macharaviaya, Joaquín Pinto, Joaquín González, el
noble doctor Ortega, reciban la expresión de mi gratitud eterna por
sus cuidados.
"En fin, para todos mis buenos, mis queridos, mis fieles
amigos, un último abrazo.
"Adiós.
"Suyo hasta la eternidad.
"EMILIO ANTONIO ESCOBAR
274
"Septiembre- 1885
Que no se olviden de mi pobre
|Etairós." Sencillo
testamento de un poeta infortunado, para quien la desgracia fue la
inspiración y fue la muerte.
(
|La Siesta, 1886)